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Martes, 7 de septiembre de 2004


Seguridad Corporativa y Protección del Patrimonio

Los fantasmas de las obras de arte robadas

Ladrones, falsificadores y mirones indocumentados, que tocan y disparan sus flashes, son las bestias negras del Arte del siglo XXI.

 

El robo a mano armada de los tres munch en Noruega ha puesto «El grito» en el cielo de los fantasmas que aterran a museos sin protección y sin seguros, a coleccionistas indefensos y a ciudadanos huérfanos de su derecho inalienable al patrimonio cultural Ante la atónita mirada de la periodista, el inspector jefe Montero marcó en su teléfono móvil el número del más famoso ladrón de obras de arte del siglo XX y le saludó: «¡Qué pasa, mamón! ¿Cómo estás?». Sólo segundos antes le había contado que venía de hablar con Erik «el Belga», un comentario que pensé podría ser un aliciente a mi turno de entrevista, ya que tras el robo en el Munchmuseet hay lista de espera para atender a la Prensa en las dependencias de la Brigada del Patrimonio Histórico del CNP, y, claro, es de suponer que a todos nos van a contar lo mismo. «Pues él dice que no robaba lo que se cuenta», le había espetado al investigador, decano en Europa de los agentes expertos en bienes culturales, después de veinte años dedicado a recuperar piezas artísticas. «¡Qué mamón!», me había adelantado con una sonrisa. Un guiño mas que un apelativo para René Alphonse van den Berghe, que fuera azote del gótico y el románico en los lugares sacros de media España, detenido en 1982 por el grupo de especialistas de Barcelona al que por entonces estaba asignado Montero, y que hoy, desde su refugio malagueño, es paño de lágrimas de los desvalijados y «fuente de conocimientos» para la propia Policía.

«No se exagera absolutamente nada cuando se habla de Erik -asegura el inspector jefe-, pero también le digo que, como el Lute, llegó a forjarse una leyenda negra por la que le endosaban muchas maldades en las que no había tenido nada que ver. Eso pasó hace más de veinte años. Entonces, el chorizo español entraba en las iglesias a robar el cepillo, pero de tocar el santo, tururú. Fue Erik el que le dio la perspectiva de que el santo también valía su peso en dinero y creó escuela. Luego, tras su detención, los mangantes -que curiosamente casi todos eran de la misma etnia- quedaron descabezados, pero como mantenían contactos con el exterior, la mayoría de las veces por lazos familiares, y habían aprendido, pese a su analfabetismo, el valor de las piezas a razón de lo que les pagaban por ellas, continuaron el expolio. Luego, eso ha ido a menos hasta caer en picado gracias a los inventarios, a la mayor seguridad y a la comunicación instantánea por internet. Hoy el principal problema que tenemos son las falsificaciones y, por encima de todo, mas que a detener ladrones estamos volcados en recuperar, en las mejores condiciones posible, lo sustraído».

Dosificar la presión al cafre

Por eso cuando sale a relucir el robo de los munch en Oslo el policía habla de «dar bola a los cafres. Y si hay que soltar carrete, se hace; da igual el tiempo que se tarde en encontrar la obra, pero hay que dosificar y disminuir la presión, porque si un malo se siente acorralado es capaz de destruir la obra y eso es irrecuperable. A mí me da igual que sea un cuadro de Munch o la menor pieza del último pueblo de España porque el patrimonio cultural no tiene valor mensurable: cuando me preguntan qué vale algo siempre contesto "incalculable"».

De ahí que a Montero no le dolieran prendas en perseguir durante tres años por media Europa a la Virgen del Capítulo, robada en Trasobares (Zaragoza) 23 años antes y entregarla a su pueblo, «tras solventar de aquella manera la cuestión», el 20 de septiembre de 1997. «Un bien cultural es irrepetible y jurídicamente -enfatiza el policía con la mirada clavada en su interlocutora- merecería un trato y una protección especial. Hoy por hoy, nuestro código penal castiga prácticamente igual el robo del radiocaset de un coche que la receptación de una talla del XIV. Y los bienes culturales no tienen precio, su preservación la siento como propia; son mi vida».

Y como muestra del pesar del inspector jefe, un botón: Tres meses después de que el fiscal jefe del TSJA, Jesús García Calderón, manifestara que la legislación española es «insuficiente» para proteger los bienes culturales y abogara porque el Código Penal dedique un capítulo en el que se tipifiquen específicamente los delitos cometidos contra el patrimonio, se conocía el 9 de junio la condena a un año de prisión a los autores del robo de 17 cuadros -entre ellos dos goyas, un pisarro, un brueghel y un sorolla- del domicilio de la empresaria Esther Koplowitz.

Pero ahora el mundo tiene su vista puesta en el Museo de Munch. «Estuve allí hará un mes -explica a Los Domingos de ABC Rosina Gómez-Baeza, directora de ARCO- y a todas luces eran insuficientes las medidas de seguridad. Pero no es un caso único porque podríamos hablar de una lista interminable de museos que adolecen del presupuesto suficiente para protegerse, hasta el punto de que ni siquiera aseguran unas obras de arte que son el símbolo de la cultura de un país y de la cultura universal».

«Toda medida es poca -añade Gómez Baeza-. En Arco hay muchos medios policiales y también hemos sufrido el ataque de los desaprensivos. Y es que el mundo del arte tiene que estar siempre alerta ante la posible comisión de actos fraudulentos como las falsificaciones, minucioso en las comprobaciones exhaustivas de los orígenes de la pieza y pendiente del estado de conservación de la obra».

El mito del amante solitario

Dice esta experta después de darle vueltas a la autoría del robo de los munch, que «no existe ese supuesto amante del arte que sólo quiere deleitarse en la contemplación de un cuadro en soledad, porque el coleccionista quiere compartir ese momento excelso con otras personas, y la prueba está en que muchos de ellos donan sus obras a los museos, incluso el propio artista, que crea y ofrece su obra a amplias audiencias como hizo Munch, que la donó a la ciudad de Oslo. Desde luego, estas obras robadas no están destinadas a ser adquiridas por un coleccionista».

«Siempre aprende uno de los errores. Muchos de los museos españoles están tomando medidas. Hay que dotarlos de medios suficientes para proteger el patrimonio de la cultura, porque es una obligación de los gobiernos y un derecho de los ciudadanos. Mire -me confiesa- no se me va de la cabeza el comentario que me hicieron en Oslo: "Ay, el museo Munch está pasando momentos difíciles". Así me lo dijeron, con pena. Y es tremendo que no haya dinero para la creación artística, para preservar un patrimonio que atrae a visitantes y cuyo efecto llamada debería revertir en su cuidado. Siento que el robo de los munch es un bofetón al país. Es como si a nosotros nos roban "El Guernica". Un bofetón a Noruega y a todos los amantes del arte».

Como el impacto de ver caer sobre la mesa del sargento Pastor, del Grupo de Patrimonio Histórico de la Guardia Civil, un libro, he dicho bien, libro, con las obras de arte más importantes robadas en España, extraídas de un total de 36.000 fotografías. «Y somos unos privilegiados porque frente a los aproximadamente 400 objetos robados al año en nuestro país, en Francia se sustraen unos 9.000 y en Italia, que encabeza el ranking, el doble». Dos países con los que las autoridades españolas hacen piña, como con Portugal, para agilizar las devoluciones de las piezas sustraídas y que son halladas en sus territorios, sin poner el menor problema, y no como sucede con los Países Bajos y el Reino Unido que, según todas las fuentes policiales, resultan intratables, la mayoría de las veces, en cuanto a la recuperación del patrimonio.

El sargento, que junto al álbum fotográfico del expolio ha colocado otro volumen de obras de arte recuperadas por el Instituto Armado, explica que «en España operan grupos de nacionales, clanes familiares más bien, pero que de ningún modo se trata de bandas organizadas. Serán unas ochenta personas, no más, pero que siempre reinciden como ese matrimonio detenido en la "Operación Torico", que residía en la localidad valenciana de Cullera y que durante la semana "se hacía" las iglesias de Teruel para después vender lo robado en un mercadillo de Alicante los sábados por la mañana».

Fueron estos guarda civiles los que recuperaron el Códice del Beato de Liébana el 21 de julio de 1997 y los que tienen clavada la espina de no haber dado con el paradero de las cuatro tablas de Arcenillas (Zamora), uno de los mayores tesoros del siglo XV atribuidas al maestro flamenco Fernando Gallego, y que fueron robadas hace 20 años aprovechando la oscuridad de la noche. «Pero seguimos buscando -asegura Pastor- con la esperanza de que no estén dañadas porque esa gente es capaz de todo: aquí hemos visto desde cómo los ladrones le rompían los brazos a un Cristo crucificado porque no les cabía en el maletero del coche, hasta usar pinturas del XVII para tapar las goteras del techo de una chabola».

«Todos conocemos a los malos»

Un mercado de señores y de hampones que tantas veces intenta traspasar la delgada línea al comercio lícito y donde la buena fe siempre acaba llevándose el gato al gua frente al brazo endeble de la Justicia. «Es muy difícil que una obra que procede de la vía delictiva pueda aparecer en una casa de subastas que se tilde de seria -asevera Vicente Martín Peña, director general de Afinsa-. Entonces, ¿a dónde podría ir? Pues a mercados secundarios de subastadores, porque no se puede decir siquiera anticuarios, ya que parece un ataque al gremio al que nosotros también pertenecemos; pero siempre puede haber alguien con pocos escrúpulos, que los hay, y además son conocidos. Todo el mundo sabe en este sector con quien se juega los cuartos y nadie arriesga el prestigio de una marca: en cuanto hay la menor duda, se rechaza la pieza, y si la duda es muy razonable y se identifica como procedente de la vía delictiva, se denuncia. Detrás de cada obra hay un historial, una huella que no hay manera de manipular».

«Éste es un mercado corto -añade Martín Peña- y no es mucha la gente que acude a las subastas o a los circuitos del galerismo y sabemos quiénes son los malos. En los mentideros se oyen siempre los mismos nombres y como lo sabemos nosotros lo sabrá la Policía, pero estamos en un Estado garantista y lo que tiene de bueno lo tiene de malo: todo el mundo sabe que en ese establecimiento se vende droga pero hasta que no se detiene al traficante con la papelina en la mano... De hecho, cuando se produce un expolio se sabe que será por esas vías por donde se intentarán canalizar las piezas para salir al mercado». Unos túneles fantasmales que estos días surca «El Grito».

Fuente: ABC
29.08.04

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