Nuevas Tecnologías Aplicadas a la Seguridad
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La huella genética cumple
20 años como método de identificación universal
La huella genética,
la identificación de un ser vivo, sea humano o no, por las
características singulares de su genoma, se ha convertido en un método
de identificación universal en todas las aplicaciones en que es
factible, con una aceptación que hace 20 años apenas se vislumbraba.
Fue entonces cuando Alec
Jeffreys, de la Universidad de Leicester (Reino Unido) puso a punto la
base de este método. Ya con el título de sir, Jeffreys celebró el
aniversario la pasada semana en la misma universidad, donde sigue
trabajando.
Para la ocasión ha rememorado en declaraciones el momento en que se dio
cuenta de la importancia de lo que tenía entre manos. "Mi vida cambió en
la mañana del lunes 11 de septiembre de 1984, a las 9.05", asegura ahora
Jeffreys. "En ciencia no es habitual tender un momento eureka así.
Estábamos obteniendo patrones extraordinariamente variables de ADN,
incluyendo el de nuestro técnico de laboratorio y su madre y su padre,
así como de muestras no humanas. Mi primera reacción a estos resultados
fue 'esto es demasiado complicado' y de repente me di cuenta de que
teníamos una huella genética."
Como siempre que se da un descubrimiento accidental en ciencia, no es
tan accidental, porque el científico que lo realiza se da cuenta de lo
que ha conseguido y de sus implicaciones. En este caso, Jeffreys y su
equipo pensaron inmediatamente en algunas aplicaciones como los casos
criminales, de paternidad y la identificación de gemelos verdaderos,
así como el trabajo en conservación y diversidad en especies no humanas.
Luego pensaron en la dimensión de la inmigración, como método
de identificación de personas sobre las que no se poseía documentación
fiable.
El primer caso de
inmigración, recuerda Jeffreys, llegó enseguida, sorprendentemente.
Se trataba de un chico originario de Ghana al que, al volver de un viaje
a su país, se le negó la residencia porque su documentación parecía
falsificada. Las pruebas de ADN demostraron con un 99,997% de
probabilidad, que era hermano de los demás hijos de su madre, de
nacionalidad británica, por lo que pudo quedarse en el Reino Unido.
Otro caso, de los primeros internacionales, fue el de Josef
Mengele, criminal de guerra nazi, cuyos supuestos restos fueron
descubiertos en 1985 en un cementerio brasileño. En 1988 se comparó el
ADN extraído de un hueso del esqueleto con el ADN de la sangre de la
esposa y el hijo de Mengele. La conclusión, con un 99,94% de
probabilidad fue positiva para la identificación de los restos
encontrados como los pertenecientes a Mengele.
La aceptación de la huella genética como método forense, en casos
criminales, tardó bastante más. La condena de una persona sobre esta
base fue considerada durante años demasiado aventurada, a pesar de que
su comparación con otros métodos menos precisos, como la identificación
visual, le beneficiaba. Sin embargo, el perfeccionamiento y la
normalización del método han llevado a su aceptación universal. En casos
recientes, se ha exonerado a personas condenadas incluso a cadena
perpetua y a la pena de muerte en su momento, sobre la base de su ADN.
El primer caso fue el del estadounidense Kirk Bloodsworth, condenado a
la pena de muerte en 1985 por el asesinato y violación de una niña de
nueve años. La revisión del caso se produjo en 1992 con el resultado de
que Bloodsworth quedó en libertad en 1993.
Uno de los casos más famosos de aplicación de la huella genética fue la
oveja Dolly, presentada en 1997 como el primer mamífero clonado de una
célula adulta. Esta afirmación no se pudo sostener científicamente hasta
que se realizó la comprobación de que su ADN era idéntico al de la oveja
donante. Fue el equipo de Jeffreys el que probó "más allá de cualquier
duda razonable que Dolly procede de una célula del tejido mamario tomada
de la oveja adulta donante", explicó entonces Esther Signer, autora del
análisis.
Jeffreys fue un niño aficionado a la ciencia. A los 13 o 14 años,
afirma, su padre le regaló un juego de química y accidentalmente se
salpicó con ácido sulfúrico la cara. El accidente fue "la causa de que
ahora lleve barba", dice. Tras licenciarse en bioquímica en Oxford, el
científico británico descubrió la genética y llegó en 1977 a la
Universidad de Leicester, donde decidió dedicarse a estudiar las
variaciones heredadas de los genes. En todos esos años fue avanzando en
la detección de variaciones en el ADN humano, hasta que descubrió la
forma de detectar los minisatélites, que se convirtieron en los
marcadores genéticos base de la huella genética.
Jeffreys no ha dejado de trabajar. Lleva casi 20 años dedicado a
profundizar en el estudio de las mutaciones y recombinaciones del ADN,
centrándose en los minisatélites. Ha estudiado las familias de la zona
de Chernóbil, escenario del accidente nuclear de 1986, para ver cómo los
factores ambientales influyen en las mutaciones.
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La base de
la diversidad humana |
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Tras descubrir
en 1984 la base de la huella genética, Jeffreys y otros
investigadores perfeccionaron y simplificaron el método para
lograr el llamado perfil genético, base de las
investigaciones del atentado del 11-M en Madrid, por
ejemplo. Estas técnicas se basan en los microsatélites,
secuencias cortas de los elementos químicos que forman
la larga cadena del ADN que se utilizan para estudiar su
inestabilidad. Los microsatélites muestran una mayor
variación entre una persona y otra que la mayor parte del resto
del ADN y esta variación se plasma en el número de unidades
repetidas.
"Desde el principio nos dimos cuenta de que los minisatélites
son variables porque son inestables", explica Jeffreys. Sin
embargo, el científico británico ha buscado nuevas formas de
estudiar los cambios que se introducen en el genoma humano -la
diversidad humana- de una generación a la siguiente, porque
"aunque una persona tenga 10 hijos, como mucho hallaríamos una o
dos mutaciones en ellos". Jeffreys estudia ahora el esperma, con
lo que dispone de un material abundantísimo. De los estudios ha
deducido que la mutación y la recombinación no son procesos
diferentes en estas regiones repetitivas de ADN. Parece ser que
los minisatélites evolucionan como parásitos en lugares
determinados del genoma, las llamadas zonas calientes, donde se
produce entrecruzamiento genético, y que se propagan a través de
la recombinación. Entre estas zonas existen largos bloques no
susceptibles a la recombinación.
"Nuestro trabajo es importante para entender cómo se organiza
la diversidad humana", explica Jeffreys, "pero también para
los genes que causan enfermedades. Para encontrar un gen
relacionado con una enfermedad, hay que encontrar la mutación
que predispone a ella. Si la mutación reside en una zona del
genoma estable e identificada, el problema se puede reducir en
primer lugar a encontrar el bloque y luego buscar la mutación
dentro del bloque. Esto reduce el coste de buscar en el genoma
completo".
Jeffreys trata de comprender el por qué de estas zonas calientes
del genoma y las reglas que parecen impedir que en ellas se
produzcan recombinaciones peligrosas. |
Fuente: El País
15.09.04
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