Seguridad Pública y Protección Civil
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Algo se mueve bajo el
Teide
El sistema
volcánico de Tenerife está «intranquilo». Los recientes seísmos, según
los expertos, se deben a movimientos de magma a 12 kilómetros de
profundidad. La posibilidad de una erupción es pequeña aunque real. De
producirse no tiene por qué ocurrir en el Teide, dormido desde hace 500
años
Desde el
22 del pasado mes de abril, el sistema volcánico de Tenerife experimenta
una fase de «intranquilidad», aseguran los expertos. El número de
seísmos en Tenerife, especialmente en el noroeste de la isla (en
localidades como Icod de los Vinos y Santiago del Teide en particular),
ha aumentado notablemente, afirma a este diario Nemesio Pérez,
volcanólogo y portavoz del Comité Científico que asesora al Plan de
Actuación y Coordinación de Protección Civil de la isla en el caso de
una erupción volcánica.
«En
1998 se produjeron unos 30 seísmos en todas las islas canarias»,
asegura. Pero el «enjambre» de terremotos entre el 22 de abril y el
pasado 16 de septiembre, explica, supera los 190; fenómenos de poca
magnitud, casi imperceptibles por la población (dos y tres grados en la
escala de Richter), aunque sí por la red de sismógrafos del Instituto
Geográfico Nacional (IGN).
La
aparición de este enjambre tiene un curioso precedente, según Pérez,
desde mediados de 2001, cuando la parte sumergida de la isla, a cuatro
mil metros bajo el agua, experimenta un aumento de la actividad sísmica.
El IGN decidió dotar a las estaciones de vigilancia de
sismógrafos de
banda ancha, más sensibles, y hallaron un ligero aumento en el número de
seísmos. La estación geoquímica del Instituto Tecnológico de Energías
Renovables (ITER), ubicada en Pico del Teide, detectó aumento en la tasa
de emisión de gases y en la cantidad total de emisión difusa de dióxido
de carbono por el pico del Teide a la atmósfera. ¿Qué ocurría? El
aumento de los seísmos podría deberse a la mayor sensibilidad de los
nuevos sismógrafos instalados por entonces por el IGN, y el efecto
observado sería «instrumental».
O quizá,
los terremotos sugerían una cierta agitación por parte de las enormes
masas de magma fundido, a profundidades de unos doce kilómetros, que,
entre otros efectos, empujan los gases magmáticos a la superficie. «Era
una actividad sísmica relativamente anómala», recuerda este experto.
Pérez y un grupo reducido de expertos del ITER (un organismo que es
parte de la red de vigilancia de volcanes, junto con el IGN), sugirieron
entonces una relación entre los seísmos de más y un ligero aumento de
gases magmáticos a lo largo de algunos puntos de la dorsal noroeste del Teide.
En otras
palabras, que ese incremento podría deberse a los primeros bostezos de
un sistema volcánico en el que se ha producido una erupción cada siglo.
En marzo de 2004, el equipo del ITER presentó la hipótesis en firme de
lo que podría llamarse coloquialmente como «bostezo volcánico». Y como
rúbrica a la hipótesis, el enjambre de seísmos apareció un mes después.
El magma es el causante de todo; al subir, desplaza inmensas cantidades
de materia y gas, y huella dactilar estriba en el dióxido
de carbono
(los volcanes son uno de los mayores suministradores de este gas de
invernadero a lo largo de la historia de la Tierra, y responsables de la
formación de la atmósfera actual), así como sulfuro de hidrógeno y
radón, entre otros. Ésta es la última hora del pulso del volcán.
En la
última semana del pasado agosto, una de las estaciones geoquímicas
ubicadas en el Pico del Teide registró emisiones de 4,4 kilogramos de
CO2 por metro cuadrado (un 50 por ciento más de lo habitual) y
110 miligramos diario por metro cuadrado de sulfuro de hidrógeno (el triple
de lo normal). Entre el 30 de agosto y el cinco de septiembre, los
valores de CO2 y sulfuro de hidrógeno fueron, respectivamente, 1,25 y
cuatro veces lo normal. Pero en las fumarolas del volcán los valores
registrados no han sufrido prácticamente variaciones. La «intranquilidad
volcánica» con la que catalogan los expertos a Tenerife tiene dos caras:
puede mantenerse meses, quizá años, sin que ocurra nada, para apagarse
hasta el estado de «tranquilidad».
O, de un
día para otro, las señales pueden cambiar: seísmos más intensos, escapes
mayores de gases y abombamientos del terreno, lo que significa el
preludio de una erupción inminente; el magma está subiendo y encontrará
una grieta por la que salir. Como lo explica el volcanólogo Ramón Ortiz,
del Museo Nacional de Ciencias Naturales: «Aún no sabemos si de la
madriguera va a salir el conejo o el león». ¿Por dónde saldría? ¿ Y
cuándo ocurriría? Son preguntas clave que ahora no tienen respuesta
clara. El Teide, por ejemplo, es el tercer volcán más grande de la
Tierra. Los estudios sugieren que hace 2.000 años experimentó una
erupción explosiva: el magma ascendió con lentitud y se fue cuajando
hasta que formó un tapón que se rompió por la tremenda presión
subyacente, generando terribles explosiones. Hay referencias a otro
«despertar» contemplado por Cristobal Colón en 1492 en su histórico
viaje al Nuevo Mundo, aunque con menor índice de explosividad. El
problema, explica el volcanólogo Vicente Araña, que trabaja en el Museo
Nacional de Ciencias Naturales (MNCN), es que desconocemos la mayor
parte de su historial médico; al Teide y sus aledaños sólo se le ha
tomado el pulso con precisión desde mediados de los ochenta. No hay un
volcán igual a otro. En un sistema complejo como el Teide, decir que
tarde o temprano habrá una erupción no es noticia. La cuestión no
estriba si el Teide finalmente despertará, sino cuándo lo hará, y, sobre
todo, si la erupción saldrá por la chimenea de la gran montaña dormida,
y eso no tiene necesariamente que ocurrir de este modo; el magma puede
emerger por cualquiera de las chimeneas de los conos volcánicos de la
isla, o incluso registrarse una erupción bajo el mar. Como explica
Araña, no se sabe si esta «intranquilidad volcánica» se ha producido
antes y pasó inadvertida por falta de instrumentación: no se puede hacer
un diagnóstico de cómo evolucionará el paciente si casi no se conoce el
historial médico.
Algunos
volcanes despiertan después de haber dormido mucho, mucho tiempo. «La
vida media del ser humano suele ser inferior a las recurrencias, por lo
que no puedes hacer pronósticos de certidumbre importante», dice Pérez.
Entre una siesta, el despertar y la siguiente, viven y mueren decenas de
generaciones de personas. Son sesteos que duran siglos. De acuerdo con
este experto, no parece probable que la erupción, de producirse, ocurra
en el sistema central de la isla (aunque una erupción explosiva en el Teide tendría consecuencias muy graves). La dorsal noroeste, en cambio,
ha registrado buena parte de la actividad sísmica. Pero la posibilidad
de que se produzca una erupción es real en los próximos meses. «Los
estudios de sismicidad apuntan a que el foco de generación de magma está
ahora entre 12 y 14 kilómetros de profundidad, aunque se han producido
seismos más superficiales, a tres y cuatro kilómetros». ¿Significa que
el magma está subiendo? Los seísmos más superficiales pueden deberse al
empuje de gases desde profundidades mayores.
Un magma
en ascenso provoca un número mayor de terremotos, abombamientos en el
terreno que son detectables por rayos láser, fumarolas con
extraordinarios aumentos de gases magmáticos, y acuíferos que comienzan
a hervir por el terrible calor que sube. Araña indica que normalmente
entre estas señales intensas y la erupción pueden transcurrir entre una
semana y diez días: los volcanes tienen la cortesía de avisar antes de
abrirnos las puertas del infierno. De momento, la alerta volcánica está
en amarillo, dentro de los cuatro estados determinados por los expertos
(verde, amarillo, naranja y rojo). Los partes son ahora semanales, y la
información fiable es sin duda el mejor antídoto contra la psicosis del
lugar. Incluso con verde, los expertos realizan un informe mensual sobre
el pulso de la isla.
«En un 90
por ciento de los casos, las perturbaciones de origen profundo
ocasionadas por movimiento de magma se quedan en el subsuelo», explica
Pérez. Lo que quiere decir que, a día de hoy, las probabilidades de que
esta intranquilidad desemboque en una erupción serían de diez entre 100,
lo que es un porcentaje «relativamente pequeño». Si se produce esta
erupción, hoy no se puede predecir dónde sucederá (la última en Tenerife
ocurrió en 1909 en Chinyero), ni si sería explosiva o la lava subiría
con rapidez formando ríos como los que se observan en los volcanes de
Hawai. Como práctica habitual, los científicos elaboran mapas de riesgo
para determinar la ruta que pueda tomar la lava según el lugar y la
topografía, para informar a los servicios de Protección Civil. Durante
estos meses, sus «oídos» estarán más atentos que nunca.
Fuente: La Razón
19.09.04
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