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Jueves, 23 de septiembre de 2004


Seguridad Pública y Protección Civil

Algo se mueve bajo el Teide

El sistema volcánico de Tenerife está «intranquilo». Los recientes seísmos, según los expertos, se deben a movimientos de magma a 12 kilómetros de profundidad. La posibilidad de una erupción es pequeña aunque real. De producirse no tiene por qué ocurrir en el Teide, dormido desde hace 500 años

 

Desde el 22 del pasado mes de abril, el sistema volcánico de Tenerife experimenta una fase de «intranquilidad», aseguran los expertos. El número de seísmos en Tenerife, especialmente en el noroeste de la isla (en localidades como Icod de los Vinos y Santiago del Teide en particular), ha aumentado notablemente, afirma a este diario Nemesio Pérez, volcanólogo y portavoz del Comité Científico que asesora al Plan de Actuación y Coordinación de Protección Civil de la isla en el caso de una erupción volcánica.

 «En 1998 se produjeron unos 30 seísmos en todas las islas canarias», asegura. Pero el «enjambre» de terremotos entre el 22 de abril y el pasado 16 de septiembre, explica, supera los 190; fenómenos de poca magnitud, casi imperceptibles por la población (dos y tres grados en la escala de Richter), aunque sí por la red de sismógrafos del Instituto Geográfico Nacional (IGN).

Foto: www.canarias.orgLa aparición de este enjambre tiene un curioso precedente, según Pérez, desde mediados de 2001, cuando la parte sumergida de la isla, a cuatro mil metros bajo el agua, experimenta un aumento de la actividad sísmica. El IGN decidió dotar a las estaciones de vigilancia de sismógrafos de banda ancha, más sensibles, y hallaron un ligero aumento en el número de seísmos. La estación geoquímica del Instituto Tecnológico de Energías Renovables (ITER), ubicada en Pico del Teide, detectó aumento en la tasa de emisión de gases y en la cantidad total de emisión difusa de dióxido de carbono por el pico del Teide a la atmósfera. ¿Qué ocurría? El aumento de los seísmos podría deberse a la mayor sensibilidad de los nuevos sismógrafos instalados por entonces por el IGN, y el efecto observado sería «instrumental».

O quizá, los terremotos sugerían una cierta agitación por parte de las enormes masas de magma fundido, a profundidades de unos doce kilómetros, que, entre otros efectos, empujan los gases magmáticos a la superficie. «Era una actividad sísmica relativamente anómala», recuerda este experto. Pérez y un grupo reducido de expertos del ITER (un organismo que es parte de la red de vigilancia de volcanes, junto con el IGN), sugirieron entonces una relación entre los seísmos de más y un ligero aumento de gases magmáticos a lo largo de algunos puntos de la dorsal noroeste del Teide.

En otras palabras, que ese incremento podría deberse a los primeros bostezos de un sistema volcánico en el que se ha producido una erupción cada siglo. En marzo de 2004, el equipo del ITER presentó la hipótesis en firme de lo que podría llamarse coloquialmente como «bostezo volcánico». Y como rúbrica a la hipótesis, el enjambre de seísmos apareció un mes después. El magma es el causante de todo; al subir, desplaza inmensas cantidades de materia y gas, y huella dactilar estriba en el dióxidoFoto: www.canarias.org de carbono (los volcanes son uno de los mayores suministradores de este gas de invernadero a lo largo de la historia de la Tierra, y responsables de la formación de la atmósfera actual), así como sulfuro de hidrógeno y radón, entre otros. Ésta es la última hora del pulso del volcán.

En la última semana del pasado agosto, una de las estaciones geoquímicas ubicadas en el Pico del Teide registró emisiones de 4,4 kilogramos de CO2 por metro cuadrado (un 50 por ciento más de lo habitual) y 110 miligramos diario por metro cuadrado de sulfuro de hidrógeno (el triple de lo normal). Entre el 30 de agosto y el cinco de septiembre, los valores de CO2 y sulfuro de hidrógeno fueron, respectivamente, 1,25 y cuatro veces lo normal. Pero en las fumarolas del volcán los valores registrados no han sufrido prácticamente variaciones. La «intranquilidad volcánica» con la que catalogan los expertos a Tenerife tiene dos caras: puede mantenerse meses, quizá años, sin que ocurra nada, para apagarse hasta el estado de «tranquilidad».

O, de un día para otro, las señales pueden cambiar: seísmos más intensos, escapes mayores de gases y abombamientos del terreno, lo que significa el preludio de una erupción inminente; el magma está subiendo y encontrará una grieta por la que salir. Como lo explica el volcanólogo Ramón Ortiz, del Museo Nacional de Ciencias Naturales: «Aún no sabemos si de la madriguera va a salir el conejo o el león». ¿Por dónde saldría? ¿ Y cuándo ocurriría? Son preguntas clave que ahora no tienen respuesta clara. El Teide, por ejemplo, es el tercer volcán más grande de la Tierra. Los estudios sugieren que hace 2.000 años experimentó una erupción explosiva: el magma ascendió con lentitud y se fue cuajando hasta que formó un tapón que se rompió por la tremenda presión subyacente, generando terribles explosiones. Hay referencias a otro «despertar» contemplado por Cristobal Colón en 1492 en su histórico viaje al Nuevo Mundo, aunque con menor índice de explosividad. El problema, explica el volcanólogo Vicente Araña, que trabaja en el Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN), es que desconocemos la mayor parte de su historial médico; al Teide y sus aledaños sólo se le ha tomado el pulso con precisión desde mediados de los ochenta. No hay un volcán igual a otro. En un sistema complejo como el Teide, decir que tarde o temprano habrá una erupción no es noticia. La cuestión no estriba si el Teide finalmente despertará, sino cuándo lo hará, y, sobre todo, si la erupción saldrá por la chimenea de la gran montaña dormida, y eso no tiene necesariamente que ocurrir de este modo; el magma puede emerger por cualquiera de las chimeneas de los conos volcánicos de la isla, o incluso registrarse una erupción bajo el mar. Como explica Araña, no se sabe si esta «intranquilidad volcánica» se ha producido antes y pasó inadvertida por falta de instrumentación: no se puede hacer un diagnóstico de cómo evolucionará el paciente si casi no se conoce el historial médico.

Algunos volcanes despiertan después de haber dormido mucho, mucho tiempo. «La vida media del ser humano suele ser inferior a las recurrencias, por lo que no puedes hacer pronósticos de certidumbre importante», dice Pérez. Entre una siesta, el despertar y la siguiente, viven y mueren decenas de generaciones de personas. Son sesteos que duran siglos. De acuerdo con este experto, no parece probable que la erupción, de producirse, ocurra en el sistema central de la isla (aunque una erupción explosiva en el Teide tendría consecuencias muy graves). La dorsal noroeste, en cambio, ha registrado buena parte de la actividad sísmica. Pero la posibilidad de que se produzca una erupción es real en los próximos meses. «Los estudios de sismicidad apuntan a que el foco de generación de magma está ahora entre 12 y 14 kilómetros de profundidad, aunque se han producido seismos más superficiales, a tres y cuatro kilómetros». ¿Significa que el magma está subiendo? Los seísmos más superficiales pueden deberse al empuje de gases desde profundidades mayores.

Un magma en ascenso provoca un número mayor de terremotos, abombamientos en el terreno que son detectables por rayos láser, fumarolas con extraordinarios aumentos de gases magmáticos, y acuíferos que comienzan a hervir por el terrible calor que sube. Araña indica que normalmente entre estas señales intensas y la erupción pueden transcurrir entre una semana y diez días: los volcanes tienen la cortesía de avisar antes de abrirnos las puertas del infierno. De momento, la alerta volcánica está en amarillo, dentro de los cuatro estados determinados por los expertos (verde, amarillo, naranja y rojo). Los partes son ahora semanales, y la información fiable es sin duda el mejor antídoto contra la psicosis del lugar. Incluso con verde, los expertos realizan un informe mensual sobre el pulso de la isla.

«En un 90 por ciento de los casos, las perturbaciones de origen profundo ocasionadas por movimiento de magma se quedan en el subsuelo», explica Pérez. Lo que quiere decir que, a día de hoy, las probabilidades de que esta intranquilidad desemboque en una erupción serían de diez entre 100, lo que es un porcentaje «relativamente pequeño». Si se produce esta erupción, hoy no se puede predecir dónde sucederá (la última en Tenerife ocurrió en 1909 en Chinyero), ni si sería explosiva o la lava subiría con rapidez formando ríos como los que se observan en los volcanes de Hawai. Como práctica habitual, los científicos elaboran mapas de riesgo para determinar la ruta que pueda tomar la lava según el lugar y la topografía, para informar a los servicios de Protección Civil. Durante estos meses, sus «oídos» estarán más atentos que nunca.

Fuente: La Razón
19.09.04

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