Seguridad Pública y Protección Civil
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El crimen organizado se
muda a Alicante
Setenta y cinco
bandas de delincuencia organizada, cincuenta de ellas con bases en la
comarca de Torrevieja, conforman una parte sustancial del inquietante
panorama al que deben enfrentarse a diario unas Fuerzas de Seguridad
que, en la provincia de Alicante, literalmente no dan abasto.
El
episodio de secuestro registrado en Jávea, al norte de Alicante, y
saldado con la muerte por infarto de un empresario alemán que fue
torturado en su propia casa por un grupo mafioso para tratar de
arrancarle el secreto de dónde guardaba el dinero resultante de una
venta reciente, ha vuelto a revelar -periódicamente es así- el fuerte
arraigo en la costa alicantina de unos elementos delincuenciales que se
sitúan a la vanguardia de los nuevos modos de actuar, «profesionales» y
expeditivos al máximo, importados por las mafias originarias de los
países del este europeo.
Los investigadores coinciden en subrayar que la tupida red
de comunicaciones que jalona la provincia, así como la
abundancia en ciertas comarcas de urbanizaciones de una extensión
enorme, juegan a favor de que estos grupos de delincuentes «hayan
tomado la zona como una especie de paraíso de impunidad». Muchos
de ellos han logrado instalar sus bases de operaciones en Levante,
huyendo de las medidas adoptadas por el plan contra la delincuencia
organizada puesto en marcha en la Costa del Sol.
A ello se suma la clamorosa escasez de agentes de las Fuerzas de
Seguridad especializados en puntos considerados tradicionalmente «muy
calientes». Es el caso de Torrevieja y los municipios vecinos: un
área inabarcable para los veintidós guardias civiles que integran la
Policía Judicial de la zona y los ocho efectivos dedicados a la
investigación. Con todo, el Instituto Armado en la ciudad salinera,
representado por un total de 259 miembros, ha logrado resolver el 10 por
ciento de las 1.425 infracciones penales que se produjeron en su ámbito
competencial durante el pasado mes de agosto.
Cadáveres en las cunetas
La estadística delictiva que registra la provincia de Alicante
produce escalofríos de consideración. De acuerdo con los datos
recopilados durante este último mes, el sur de Alicante contribuye de
forma decisiva a que esta provincia acumule el 12 por ciento de los
delitos cometidos en todo el territorio nacional. Los expertos han
constatado, además, un aumento exponencial de los robos con violencia e
intimidación -que no dudan en atribuir de forma abrumadora a las bandas
organizadas- y, lo que es más preocupante, el empleo en la comisión de
los mismos de una saña desaforada. Claro que, hace unos años, a finales
de la década pasada, la tendencia no apuntaba mucho mejor. Era la época
en que cada grupo mafioso buscaba su sitio. «Fue entonces cuando las
cunetas de las carreteras comarcales se convirtieron en improvisados
cementerios de cadáveres descuartizados, en una suerte de juego macabro
que idearon estos grupos para enviarse señales con las que dejar claro
dónde estaban los límites de cada cual», recuerdan los expertos
policiales.
Intercambio de ayuda
Una vez asentadas, y con las cosas meridianamente claras, las mafias
internacionales que operan en la provincia han optado por dispensarse
ayuda mutua poniendo cada una de ellas al servicio de la otra lo mejor
de sus respectivas «especialidades».
En este sentido, hay constancia de que los magrebíes dedicados al
tráfico de hachís contratan a matones albano-kosovares
cuando se trata de saldar una deuda pendiente o de emitir un aviso más
que elocuente a éste u otro miembro de una banda mafiosa
considerada como rival.
La desaparición de los rusos
Ucranianos, rumanos, búlgaros, serbios,
albano-kosovares y, en menor medida, colombianos y
magrebíes constituyen el mosaico de denominaciones de origen de
estas bandas, compuestas por lo general por no más de seis
miembros. Brilla por su ausencia la cuota rusa, cuyos elementos coparon
hasta finales de los noventa el negocio relacionado con la prostitución
y la introducción ilegal de mujeres captadas en su país bajo promesas
falsas para emplearlas en los locales de alterne situados
mayoritariamente en la Vega Baja alicantina. Hoy, los hilos de los
clubes son manejados por los rumanos, quienes obligan a sus jóvenes
compatriotas, muchas de ellas menores de edad, a emplearse en ellos.
Pequeños ejércitos
La aparente inhibición de delincuentes rusos se explica,
según los investigadores consultados por ABC, por el hecho de que «ya
sólo conciben la costa alicantina como un lugar de descanso idóneo, eso
sí, para blanquear el dinero que han obtenido de manera ilícita en otros
países». Con ellos de vacaciones, el siniestro testigo del ejercicio de
la delincuencia internacional ha sido recogido por bandas de albano-kosovares,
cuyos miembros, de acuerdo con las fuentes policiales consultadas,
cuentan con una contrastada experiencia militar en sus lugares de
origen.
De hecho, los investigadores no albergan dudas sobre el alto grado de
militarización que domina en estos grupos, concebidos como pequeños
ejércitos. Así, lo advertía Europol en un informe que, publicado en
2003, definía la provincia de Alicante como foco principal de
organizaciones mafiosas.
Fuente: ABC
19.09.04
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