Seguridad
Alimentaria y Protección Biotecnológica
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Pesticidas en la dieta
Diversos estudios
hallan restos de plaguicidas en más de un tercio de las frutas y
verduras
De cada
100 verduras que consume cualquier ciudadano europeo, 60 están
completamente limpias de pesticidas; 36 tienen restos en dosis
inferiores al máximo tolerado, y cuatro están contaminadas por encima de
esas dosis. Comienza a haber evidencias, sin embargo, de que pequeñas
dosis durante mucho tiempo pueden ser más perniciosas que altas dosis
una sola vez.
Los
pesticidas no son sólo perjudiciales para las plagas agrícolas. Hay
muchas evidencias de sus efectos nocivos sobre la salud humana.
Mayoritariamente se incorporan a nuestro organismo a través de la dieta,
ya que una proporción de los alimentos que consumimos presentan residuos
de plaguicidas. El uso de los productos más dañinos se ha ido
prohibiendo en la agricultura, y ahora empiezan a cosecharse los
resultados positivos. Un estudio que acaba de realizarse en Barcelona
revela que los pesticidas organoclorados, los más persistentes,
parecen
haber desaparecido completamente de algunos alimentos, como es el caso
de la fruta.
Ésta es la buena noticia. La mala es que el estudio, realizado por la
Agencia de Salud Pública de Barcelona y publicado recientemente en
Gaceta Sanitaria, sigue detectando rastros de compuestos organoclorados
en otros productos, como algunas hortalizas y la leche, aunque su
presencia se ha detectado sólo en el 1,5% de las 1.109 muestras de
alimentos analizadas. Otro tipo de pesticidas, menos persistentes pero
también tóxicos, los compuestos organofosforados, siguen apareciendo en
el 14,8% de los productos. Eso sí, en concentraciones generalmente muy
bajas. La presencia de plaguicidas varía según el tipo de alimentos,
desde el 37,5% de los cítricos al 3,2% de los frutos secos.

Estos resultados están en sintonía con diversos informes realizados por
la Comisión Europea. Según datos del año 2001, el 59% de frutas y
verduras que se consumen en Europa no contiene pesticidas. El 37%
presenta restos de plaguicidas por debajo de los límites máximos
tolerables. Y en el 3,9% de los casos se superan estos límites. Esto
significa que de cada 100 verduras que podemos ingerir, unas 60 están
completamente limpias. Pero también significa que cuatro van a contener
niveles de pesticidas más altos de lo legalmente permitido.
El gran interrogante es valorar de qué forma esta ingesta continuada de
contaminantes a niveles muy bajos afecta a la salud humana. Un reciente
estudio del Instituto Sindical de Trabajo, Ambiente y Salud (ISTAS) del
sindicato Comisiones Obreras ha analizado la situación ambiental de la
agricultura en Almería. Y ha llegado a la siguiente conclusión: "Los
productos agrarios cultivados y listos para su comercialización
presentan contaminación por restos de plaguicidas. En la mayoría de los
casos esta contaminación está dentro de los valores permitidos por la
normativa. Sin embargo, al tratarse en gran medida de sustancias disruptoras endocrinas, persistentes y bioacumulativas, estos límites
legales no garantizan la protección de la salud pública".
El doctor Miquel Porta está completamente de acuerdo. Para este
epidemiólogo del Instituto Municipal de Investigaciones Médicas de
Barcelona, la llamada "hipótesis de las dosis bajas" gana terreno:
"Sospechamos que en algunos casos una exposición crónica a dosis bajas
puede acabar siendo peor que una exposición puntual a dosis altas". Por
ejemplo, se han descrito alteraciones neurológicas en los cuidadores de
ovejas ingleses que han utilizado organofosforados durante años para
desinsectar a los animales, según se publicó en la revista The Lancet.
Pero, además, según la composición de la dieta total,
algunas personas
"podrían alcanzar niveles de ingesta superiores a los deseables"
de
frutas, verduras o derivados de los cereales, afirma Joan Ramon Villalbí
coautor del estudio mencionado de la Agencia de Salud Pública de
Barcelona.
Esto plantea una paradoja entre paradojas: la ingesta de vegetales
podría ser desaconsejable por efecto de los plaguicidas. ¿No
representaban la fruta y la verdura el paradigma de la dieta saludable?
En la época de la agricultura industrial, el consumo de estos alimentos
no está exento de riesgos. Aunque, en el caso de la fruta, los expertos
dicen que basta con sacarle la piel para eliminar prácticamente todo el
pesticida. La otra posibilidad es lavarla, con lo que se puede disminuir
entre un 30% y un 70% del contaminante.
Para saber el origen del problema hay que preguntarse qué sucede en las
huertas y los campos de cultivo. En el mencionado informe del ISTAS
sobre la situación en Almería, dirigido por Ana M. García, de la
Universidad de Valencia, y Rafael Gadea, se presenta un panorama
inquietante: los plaguicidas más utilizados en Almería son con
frecuencia (42%) sustancias persistentes y/o con efectos como
disruptores endocrinos. Según datos del 2003, un 27% de los plaguicidas
utilizados, o bien habían sido retirados del mercado o estaban en
proceso de retirada por su peligrosidad. Los autores afirman que
"continúan muy extendidas las malas prácticas como el uso, al menos
ocasional, de productos prohibidos, falta de protección en la
manipulación y aplicación, falta de formación e información sobre los
riesgos de exposición a estos productos químicos...".
La falta de control de lo que sucede en Almería llega al extremo de que,
según reza el informe del ISTAS, "las enfermedades profesionales apenas
se registran. En el año 2002, el Sistema de Vigilancia Epidemiológica de
Andalucía registró 98 intoxicaciones que no quedaron registradas en las
estadísticas oficiales".
Otro motivo de preocupación son los residuos vegetales de los cultivos
de invernadero, que "presentan concentraciones elevadas de sustancias
peligrosas, en muchos casos por encima de los niveles permitidos. El
posible uso de estos residuos para alimentación del ganado es una vía de
entrada en la cadena alimentaria humana que representa un riesgo para la
salud pública".
Lo que los agricultores echan en el campo lo acaban encontrando los
médicos en el cuerpo humano. En un trabajo publicado en Environmental
Research el año pasado, el grupo de investigadores dirigido por Nicolás
Olea, de la Universidad de Granada, ha encontrado compuestos tan tóxicos
como el endosulfan en el 78% de un grupo de 200 mujeres analizadas, o
lindando en el 55%. El estudio cita literalmente que "la frecuencia de
DDT en las muestras de serum (77%) sugiere una exposición actual a este
compuesto en el sur de España, a pesar de que esta fuente es
desconocida". Desconocida e ilegal, dada la prohibición absoluta del uso
del DDT desde hace muchos años.
En las zonas próximas a la Albufera de Valencia se ha detectado la
presencia de compuestos organofosforados en la sangre de los habitantes
de la zona como resultado de las numerosas fumigaciones aéreas
realizadas, relata Ana García. Aunque no se ha podido detectar ninguna
alteración en la salud, García destaca que "los riesgos a largo plazo de
esta exposición mantenida son desconocidos".
Los compuestos organofosforados pueden afectar sobre todo al sistema
nervioso. Según Ana M. García, del Departamento de Salud Pública de la
Universidad de Valencia, "se han descrito enfermedades crónicas
neurológicas debidas a la exposición mantenida a estos plaguicidas y
también secuelas a largo plazo después de una intoxicación aguda".
Algunos de los compuestos organofosforados también actúan como
cancerígenos, teratógenos (producen malformaciones o defectos
congénitos) y disruptores hormonales (alteran el funcionamiento de las
hormonas humanas), aunque "los conocimientos sobre sus efectos crónicos
en las personas son todavía limitados", destaca García.
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En busca de alternativas |
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Ante los problemas que el uso de pesticidas puede provocar a largo plazo
para la salud, comienzan a desarrollarse diversas alternativas. Por
ejemplo, investigadores de la Universidad de Lleida y del Instituto de
Investigación y Tecnología Agroalimentarias (IRTA) han identificado una
levadura, denominada Candida sake, que inhibe el crecimiento de hongos
patógenos de la fruta. La utilización de la levadura permite prescindir
de los fungicidas químicos en las cámaras frigoríficas, asegura la
investigadora Inmaculada Viñas.
El uso de feromonas es otro ejemplo de arma biológica contra las plagas.
Angel Guerrero, profesor del CSIC en Barcelona, intervino en la síntesis
de la feromona de la procesionaria del pino.
Actualmente se tratan 200.000 hectáreas de bosque con feromonas e
inhibidores de cutícula para combatir esta plaga. Es un ejemplo de las
posibilidades del denominado Control Integral de Plagas, una combinación
de técnicas "muy específicas y poco contaminantes", según Guerrero.
Las alternativas al uso masivo de pesticidas existen. Pero falta mucha
información, formación y apoyo para encarar el problema, que, según los
especialistas en salud pública, no puede ignorarse por más tiempo.
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Fuente: El País
08.02.05
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