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Martes, 15 de febrero de 2005


Seguridad Pública y Protección Civil

Relato de los bomberos que subieron a la Torre

«Sólo le oíamos pedir ayuda; lo único que se piensa es en salvar a los compañeros y salir de allí»

 

Varios fallos en los sistemas antiincendio del edificio Windsor estuvieron a punto de provocar una tragedia entre los hombres del Servicio de Extinción de Incendios

Ernesto (como los demás protagonistas de este relato, un nombre ficticio) acaba de colgar el teléfono a su mujer cuando suenan las alarmas en el parque de bomberos. Las agujas del reloj rozan las 11.30 de la noche. «Fue una salida extraña desde el principio», recuerda ahora, treinta y seis horas después de haberse salvado del infierno en que se convirtió el sábado el edificio Windsor de Madrid. «En cada aviso siempre se encienden antes las luces, como una primera advertencia, y después suenan los timbres en todo el recinto. Pero en esta ocasión ocurrió al contrario». Quizá una intuición, quizá una advertencia de lo que estaba por llegar, o simplemente la anécdota que refresca ahora la memoria de aquellos primeros momentos. La misma sensación que invadió a José y Pedro, dos de los compañeros con los que compartiría más tarde los minutos más angustiosos de su vida.

Pocos segundos después, una de las primeras dotaciones de bomberos en llegar al lugar de la catástrofe (ocho efectivos) se dirigía a toda velocidad al cruce de la calle Raimundo Fernández Villaverde con Orense. «Fue la primera información que recibimos». Mientras comprobaban sus equipos en el interior del camión autobomba, la emisora lanzaba nuevos datos: «Es un edificio de gran altura, una planta vigésimo primera». Cruce de miradas y momentos de silencio se mezclaron con los consejos del jefe de carruajes y de los más veteranos: «Hay que ir tranquilos y sobre todo no separarse del compañero en ningún momento». Sabias recomendaciones, como podrían comprobar poco después. «A partir de una quinta planta -explica Pedro- cualquier incendio se complica, porque hay que tirar más mangaje, tienes que subir más escaleras y el desgaste físico es mucho mayor».

La primera sorpresa

Desde el puente de la calle Raimundo Fernández Villaverde los ocho miembros de la dotación pudieron ver con sorpresa una planta entera del edificio Windsor ardiendo y, lo que es peor, cómo las lenguas de fuego habían conseguido salir, ya, por las ventanas. «Entonces supimos que no era un incendio normal, que había que actuar con rapidez. Un fuego así ya debía llevar tiempo ardiendo: había podido «romper al exterior». Entraba más oxígeno y las llamas se extendían. Llevaba tiempo enganchado», argumenta José.

Foto. El MundoCuatro minutos más y desembarcaban en la puerta del edificio Windsor, equipados con sus sistemas de respiración autónoma, cuerdas, arneses y cargando unos 50 metros de mangajes. En total, 40 kilos de peso por bombero. «Cogimos los mangajes de 25 milímetros porque nos permiten mayor movilidad en el interior, y acceso a todos los rincones. Son más manejables». La orden era alcanzar la planta 22 desde dentro del edificio. «No podíamos perder tiempo, había que llegar lo antes posible al fuego y teníamos que ahorrar energías. Por eso, subimos en el ascensor». En la 19, lo abandonaron y tomaron las escaleras para acceder a la planta 22. «En la 21 otra dotación ya está atacando el fuego».

Ahora, por las escaleras, los hombres acceden al «hall» de la planta 22. «Allí todavía se podía respirar sin autónomo», recuerda David. Un lujo que duró poco tiempo. Había que reconocer el estado de todo ese nivel, pasillo a pasillo, puerta a puerta... Aún estaban todos juntos, rostros serios, en silencio -«la procesión va por dentro»- y sobre todo sin despistarse, ni un sólo segundo, de sus compañeros.

Sin la presión suficiente

Dentro, tendría que haber estado, literalmente, lloviendo. «Pero los rociadores automáticos (sprinklers) no habían cumplido su trabajo», explica José. Un par de minutos más y las mangueras están conectadas a una boca de incendio equipada (BIE). «Con cada paso el humo se hacía más denso y aumentaba el calor. Me quité el guante y toqué una de las paredes -explica David -. Estaba caliente. Y si hay calor es que hay fuego detrás». Bastó con abrir la puerta para confirmar la pesadilla: una sala completamente arrasada por las llamas.

Por parejas, los ocho se turnan ahora para contener el fuego. Una tarea que supone no pocos esfuerzos. «La boca de incendios, la que suministraba el agua, tenía poca presión, así que tuve que cruzar la puerta y penetrar 50 centímetros en esa habitación para hacer llegar el agua a los focos de fuego. Al avanzar sentía cómo el guante se pegaba a mi mano por el calor, cómo comenzaba a quemarse. No podía aguantar esa temperatura», recuerda Ernesto.

En ese momento, llega una nueva orden. Ernesto y otro compañero seguirían luchando con el incendio de la 22. Mientras, el resto de la dotación subiría a reconocer la planta 23. «En ese nivel se estaba «colando» el fuego. A medida que avanzábamos por los pasillos el calor era más intenso, lo notábamos en el cuello. Y el humo ya no nos permitía ver nada. Por si fuera poco, el mangaje ya no llegaba hasta donde estábamos. Por eso decidimos bajar, de nuevo, a la planta de Ernesto. Ellos tenían mangaje suficiente y podríamos cogerles unos metros». Una decisión acertada, como comprobaron después.

Foto. El Mundo

Ningún otro signo les permitió adivinar el trágico escenario que les esperaba al bajar las escaleras. «Oíamos muchos ruidos, de escombros o techos cayendo». Pero entre todos aquellos sonidos, fueron los gritos desesperados de Ernesto y de su compañero los que les dejaron sin respiración. «Lo olvidamos todo. El incendio, la planta donde estábamos, los equipos de respiración... Sólo oíamos a Ernesto pedir ayuda. Lo único que se piensa en esos momentos es en salvar a los compañeros y salir de allí...».

Ernesto hace ahora un esfuerzo por recordar aquellos dramáticos momentos. Acaban de sofocar el incendio de la 22, cuando el equipo de respiración autónoma de su compañero avisa de que ha entrado en la reserva de aire. Sólo quedan unos cuatro minutos. «Decidimos salir a recoger otro equipo, entrar de nuevo y rematar la faena. Pero en ese mismo momento, el aire de mi compañero se agotó por completo. Me enganché a su chaquetón e intenté buscar una salida, pero ya no se veía nada. Es como si te taparan los ojos. Sin aire y todo lleno de humo. Además, perdimos el mangaje que nos servía de guía. Puede que sólo estuviera a 20 centímetros de mí, pero no lo veía. Llegó un momento en que ya no podía avanzar. A cada paso y en cualquier dirección tropezaba con las paredes. Nos quedamos atrapados. Así que me detuve, me quité la máscara y compartí el aire que me quedaba con él. Calculé que teníamos seis minutos. Fue entonces cuando pensé que había llegado mi hora. Vi que mi vida se iba. Ni siquiera tenía esperanzas de escuchar nada, ni una voz... Me quedé en blanco».

El relato de Ernesto ha dado paso a un profundo silencio que invade la estancia donde se celebra esta entrevista. Ellos se miran a los ojos en un gesto de complicidad y ahogan sus emociones en un suspiro, porque ninguno olvidará nunca aquellos minutos de angustia. José y David todavía mantienen vivos los gritos de sus compañeros pidiendo auxilio. «Me habría metido a por ellos donde fuera», afirma José, mientras David asiente con la cabeza.

En peligro de muerte

Foto: El MundoPor fortuna, ambos llegaron a tiempo e inmediatamente condujeron a sus compañeros hasta el ascensor, la vía de escape más rápida. «Estaban a tres pasos de la salida», recuerda David. «Sólo cuando les tuve en mis brazos me sentí tranquilo», interrumpe José. La dotación al completo descendió hacia la planta baja del edificio Windsor. Allí recogieron mangaje de mayor capacidad y volvieron a subir. Ahora utilizarían otro sistema para detener el incendio. Conectaron las mangueras del camión autobomba a una columna seca, instalación que recorre toda la altura del edificio, para suministrar agua a las plantas superiores. Pero no funcionaba. Ya en la 22, «comprobamos que no llegaba presión suficiente y el agua no tenía fuerza de alcance para detener el foco de incendio. Así que dos de nosotros tendrían que subir a una planta superior para cortar la llave de sección de la columna seca y conseguir así más presión. Pero la llave tampoco cortaba». Entre tanto, «un fallo en el equipo de respiración autónoma» de José le dejó sin aire. Volvía a ocurrir. La tensión, los nervios... Un humo denso que impedía la visibilidad... Una vida otra vez en peligro. Por fortuna, de nuevo, alguien llevó a José hacia la escalera. Y también se salvó.

Las imágenes se suceden. «Estábamos en la 22, por encima ardía la 23 y por debajo la 21. No fue una ratonera porque el edificio estaba compatimentado, pero todas sus caras ardía a nuestro alrededor». Bajamos algunos peldaños para que José se recuperara... Volvimos a subir... Y sucedió. «Un estruendo por encima de nuestras cabezas, como si pasara un tren». Y un silencio que se hizo eterno. Inmediatamente, llegaron nuevas órdenes por las emisoras: «Que todas las dotaciones desalojen rápidamente el edificio». Una y otra vez, insistentemente. «Salimos de allí a la carrera.»

Nos acordamos de los bomberos del 11-S

Mientras evacuaban a la carrera el edificio, con la amenaza de que en cualquier momento pudiera derrumbarse planta por planta, José y David recordaron miles de imágenes que tienen ya grabadas de por vida en sus retinas. Se acordaban de los cientos de bomberos que fallecieron en el atentado de las Torres Gemelas de Nueva York. «Vi a los bomberos neoyorquinos en el momento en el que atravesaban los torniquetes de entrada a las Torres para acceder al interior», dice José.

«Pensaba que ellos debieron sentir lo mismo que nosotros en aquellos instantes. La escalera se hacía eterna. Bajábamos todas las dotaciones, en silencio, pensando que aquello se iba a hundir. Contábamos las plantas una a una, la 16, la 15... Cuando miré otra vez, todavía íbamos por la décima», continúa. David no olvida que «todos nuestros jefes se quedaban atrás y paraban para comprobar que todos los efectivos bajaban, que nadie se perdía en el camino».

Ya fuera del Windsor, en la calle, los nervios se templaron. Todos y cada uno de los que entraron a sofocar las llamas se encontraban a salvo. Ahora había que intentar que el incendio no se propagara hacia los edificios colindantes. Primero desde los soportales del edificio de La Estrella. «Mientras refrescábamos la fachada, un compañero nos advertía de la caída de escombros y cascotes. Entonces, nos refugiamos en los soportales». Después, prosiguieron la faena desde la azotea.

A las siete de la mañana fueron finalmente relevados. A su llegada al parque de bomberos encontraron a decenas de compañeros que fuera de servicio se habían presentado para ayudar. «Nos recibieron con los brazos abiertos y con la alegría de que regresábamos sanos y a salvo».

 

Fuente: ABC
15.02.05

* Normativa de referencia: Protección contra Incendios

Experto: Edificio Windsor: ¿es la seguridad sólo un gasto?, por Ignacio Cortés (14.02.05)

Experto:
La seguridad ante una emergencia: ¿una obligación normativa?, por Rosa Sandino (31.01.05)

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