Seguridad Colectiva y Defensa Nacional
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Ciudades en alerta máxima
Los atentados de
Londres han confirmado la vulnerabilidad de las metrópolis, objetivos
predilectos del terrorismo global en Occidente
El terrorismo 'yihadista'
que amenaza al mundo ha golpeado con especial virulencia a Nueva York,
Londres y Madrid. Los últimos atentados indiscriminados, que se cobraron
al menos 56 vidas en la capital británica, han dejado claro que el
enemigo es osado y habita cómodamente en el entramado de las grandes
ciudades de Occidente. En todas ellas se ha disparado la alerta
El 25 de julio pasado, día del apóstol Santiago, los peregrinos y
turistas que visitaron la catedral compostelana tuvieron que someterse a
fastidiosos registros y desprenderse de sus mochilas para acceder al
templo. Hasta la meca del Camino de Santiago había llegado la alerta de
seguridad de nivel 3, la máxima, implantada por el ministro del
Interior, José Antonio Alonso, como reacción inmediata a los atentados
ocurridos en el metro de Londres el 7 de julio. Un ataque que estremeció
como un escalofrío la espina dorsal del mundo occidental y dejó al
descubierto una vez más la fragilidad de las grandes ciudades frente al
terrorismo multiforme, indiscriminado y brutal que había golpeado
anteriormente a Nueva York y Madrid.
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Vigilancia en la estación
de Atocha (Madrid) |
Las grandes metrópolis,
el escaparate más deslumbrante de nuestro mundo occidental, han pasado a
ser vistas de pronto como gigantescas ratoneras, donde millones de
personas pueden quedar atrapadas si la perversa mente del terrorismo
golpea en los puntos neurálgicos: redes de transporte,
edificios emblemáticos, redes de suministros básicos que son la linfa vital de
estos complejos conglomerados humanos.
La consigna en el Ministerio del Interior era evitar cualquier sorpresa
devastadora. En el curso de unas horas, y de acuerdo con lo contemplado
en el Plan de Prevención y Protección antiterrorista de marzo de este
año, se desplegaron por todo el país más de 11.000 policías nacionales y
11.750 guardias civiles, que en la primera semana realizaron 30.735
controles. A las Fuerzas Armadas, en esta alerta máxima, les
correspondía la "vigilancia y protección de grandes infraestructuras de
transportes aéreos, terrestres y marítimos. Protección de
objetivos estratégicos. Reconocimientos aéreos de objetivos estratégicos no
urbanos. Control del espacio aéreo". Se repetía la imagen de los
soldados patrullando discretamente embalses y centrales nucleares, bases
militares y puertos.

Hasta ahora, como recuerdan los expertos, el terrorismo yihadista no ha
cumplido sus peores amenazas de uso de armas químicas o bacteriológicas,
y sus atentados, por mortíferos que sean, se han mantenido dentro de
esquemas convencionales. Pero la policía española tiene bien presente el
caso de los dos marroquíes detenidos en diciembre de 2004, presuntamente
vinculados a la red del 11-M, que se habían paseado meses antes por los
alrededores de una central nuclear en Guadalajara, cámara fotográfica en
ristre.
'Peinar' Madrid
La necesidad de mantener el plan en pie pareció indiscutible después
de que el 21 de julio se repitieran los ataques terroristas -esta vez
fallidos- en el metro de Londres y, tres días después, se produjera una
nueva masacre en el enclave turístico egipcio de Sharm el Sheij. En
Madrid se desplegaron mil agentes del Cuerpo Nacional de Policía en
tareas de vigilancia, con el objetivo de peinar la ciudad e intentar
detectar cualquier movimiento sospechoso. O quizá más bien con la
intención de calmar la ansiedad de los ciudadanos. Porque, ¿hasta qué
punto es posible defender del terrorismo yihadista una gran ciudad? Un
lugar como Madrid, donde se mueven a diario 900.000 viajeros en los
trenes de cercanías, centenares de miles más se desplazan por la red del
metro, y en cuyas calles se concentra un flujo diario de no menos de
800.000 vehículos. Una capital repleta de sedes oficiales, edificios
emblemáticos y museos famosos.
"Todo está vigilado. Los grandes almacenes, los estadios deportivos, los
intercambiadores de autobuses y las estaciones de Renfe", confirma un
comisario adscrito al dispositivo de alerta especial en la capital
española. Un despliegue en el que participa también de un modo u otro la
policía local y los cada vez más numerosos agentes de la seguridad
privada. Si no fuera por los 1.100 guardias privados que la patrullan,
difícilmente la red de metro madrileña podría estar a la altura de las
exigencias de seguridad que requiere la capital. Pero es mucho lo que
falta por hacer para impermeabilizar este transporte básico. En su
último informe, la dirección del Metro de Madrid prevé, entre otras
cosas, "crear seis puestos nuevos de seguridad en la red, de los cuales
dos ya están operativos; situar dispositivos detectores de antiintrusión
en los puntos de posible entrada a la red, como accesos, pozos de
ventilación, salidas de emergencia; instalar dispositivos de control en
todas aquellas zonas consideradas como sombra, mejorando en gran medida
la cobertura de seguridad".
A corto plazo, habrá que conformarse con lo que ya funciona y, sobre
todo, con los 1.100 vigilantes que patrullan una red de más de 266
kilómetros. Pero el despliegue de fuerzas no siempre es uniforme. El
miércoles pasado, en la línea de Ventas-Cuatro Caminos se veían pocos
agentes en vestíbulos y andenes. Contra todo pronóstico, un grupo de
guardias fornidos y jóvenes mantenía una animada conversación en una de
las bocas de acceso. El nivel 3 de alerta no parecía agobiarles. Tampoco
los vigilantes privados que se ocupan de los controles de seguridad en
la estación de Atocha parecían especialmente alerta a mediodía del
miércoles.
En el vestíbulo de Atocha
En el vestíbulo-jardín de la estación, a espaldas de la zona de
cercanías golpeada por el terror el 11 de marzo de 2004, centenares de
viajeros agotaban los minutos de espera antes de coger sus trenes. El
ambiente es tranquilo. Los altavoces anunciaban únicamente la salida o
la llegada de un tren. Frente a la cristalera que separa los andenes de
llegadas había sólo un empleado de la empresa Segur. A la misma compañía
pertenecen los cinco vigilantes que controlaban en el piso superior el
embarque de pasajeros. Dos jóvenes empleadas con chalecos amarillos
fluorescentes sobre el uniforme comprobaban minuciosamente los billetes
de cada viajero, antes de que depositasen maletas y otros bultos en la
cinta rodante del escáner. El agente que supervisaba la imagen hablaba
por el móvil mientras cruzaban ante sus ojos bolsos y maletas. También
aquí, en esta estación tan ligada al terror en Madrid, el nivel de
alerta 3 brillaba por su ausencia, al menos aparentemente.
"Nuestra presencia no siempre se nota", advierte el comisario madrileño,
que considera el trabajo de vigilancia antiterrorista enormemente
complicado. "Sí, porque pensar mal es fácil. Y las ciudades son muy
vulnerables. Sobre todo frente a terroristas que no se preocupan ni
siquiera de su vida". Eso no significa que el despliegue preventivo no
sea fundamental. "Aunque nunca llegas a saber lo que has evitado", dice.
Nada escapa a la amenaza, ni redes de alcantarillado, ni suministros de
agua, ni conducciones eléctricas o redes de telecomunicaciones. Hay que
estar en todas partes, como una presencia discreta que no despierte
alarmas.
"Cuando la gente nos ve en los intercambiadores de autobuses o en las
estaciones de Renfe, uno nota una expresión interrogativa en sus ojos.
¿Estás ahí por seguridad nada más o porque hay alguna alerta?, parecen
preguntarte". El comisario viste de uniforme, ha rebasado apenas los 40
años, pero su experiencia es larga. "Nuestro dispositivo se basa en
recabar información, en controlar los vehículos sospechosos, en aplicar
una vigilancia generalizada de domicilios. Funcionamos a base de muchos
datos, muchas veces aportados por la ciudadanía".
Llamadas de alerta
Los madrileños colaboran, asegura este responsable policial. Cada
día se reciben llamadas de alerta. "Casi siempre avisos de gente que
denuncia movimientos extraños de algún vecino inmigrante que vuelve a
malas horas, pero en el 100% de los casos son alarmas que no se
confirman, claro". El comisario dice que los más colaboradores son los
jóvenes. "La gente mayor no nos ve del todo como un servicio de
seguridad, son desconfiados, y además temen hacer el ridículo". ¿Quién
no ha tenido palpitaciones ante una mochila aparentemente abandonada en
el vagón de tren, o ante un bulto demasiado grande que sobresale de la
papelera en la estación de metro? "Es mejor denunciarlo, sin miedo",
insiste el comisario. "Nosotros comprobamos todo, y todos los datos se
canalizan hacia los servicios de información".
¿Hasta cuándo durará esta alarma? Nadie tiene aún una respuesta, pero el
presidente del Colegio de Psicólogos de Madrid, Fernando Chacón, cree
que la tensión inherente a una alerta de este tipo no se puede mantener
demasiado tiempo. "La alarma acaba por ceder con el tiempo; de lo
contrario, terminan produciéndose desajustes psicológicos y físicos en
los ciudadanos. Es tal la tensión, que consumimos pronto nuestras
energías, y eso puede dar paso a una depresión". A Chacón le parece que
fue más mesurada la reacción española tras el 11-M que la de Londres
tras el 7-J y el 21-J. Por eso no le extrañan los cálculos de los
especialistas que apuntan a masivas secuelas psíquicas en la población
de la capital británica. Al menos uno de cada cinco londinenses
padecerá, dicen, trastornos psicológicos. Son cálculos hechos después
del demoledor impacto de los ataques del 21 de julio. "Es lo que más
temíamos en Madrid después del 11-M. Porque varios atentados seguidos
multiplican el efecto de inseguridad que causa el ataque inicial", dice
Chacón. Basándose en su experiencia de aquellos días terribles, este
psicólogo aconseja "acotar la amenaza", poner una barrera a la inquietud
indiscriminada que puede derivar en pánico y cobrarse un alto precio en
la estabilidad mental y en la convivencia de los ciudadanos. "Una
situación así, de desconfianza hacia el otro, puede deteriorar la
relación con los demás, especialmente con las personas de aspecto
árabe".
Mustafá el M'Rabet, presidente de la Asociación de Trabajadores
Marroquíes en España (ATIME), cree que algunos de esos efectos negativos
se han producido ya. "Un ejemplo claro de esta psicosis que están
sufriendo las ciudades es lo que ocurrió en la base de Getafe el sábado
23 de julio". El error de un conductor marroquí que buscaba insulina a
la desesperada para un miembro de su familia terminó en los titulares de
prensa como un intento de ataque a la base militar de esa localidad
madrileña. "Hablamos de esta situación todo el día. Tememos que esta
psicosis termine por afectarnos a muchísimos de nosotros", dice El
M'Rabet. Al menos el error quedó sólo en un susto, pese a que uno de los
ocupantes del vehículo dejó caer una cartera que llevaba. No había en
ella rastro de explosivos. Tan sólo, al parecer, dos ejemplares del
Corán y dos mantas para la oración.
Fanatismo religioso
Al catedrático emérito de Psiquiatría Social de la Universidad
Complutense Francisco Alonso-Fernández, autor de varios libros sobre la
psicología del terrorista fanático, el Corán le produce cierta
inquietud. "Es un libro contradictorio, pero la política respecto al
infiel está clara: conversión o exterminio. Figúrese: si una religión de
amor como el cristianismo se convirtió durante unos siglos en una
religión enormemente cruenta, ¿qué se podrá esperar de la religión
mahometana, que nace de un espíritu bélico? Veo que hay en ella un
espíritu fundamentalista todavía más cruento que en el cristianismo".
No significa esto que pueda hablarse de lucha de civilizaciones, porque,
como subraya en un artículo reciente Fernando Reinares, experto en
terrorismo internacional del Instituto Elcano, este terrorismo "plantea
riesgos y amenazas a sociedades correspondientes a diferentes
civilizaciones. En la actualidad está dirigiéndose asimismo contra su
propia población de referencia". Reinares ha analizado minuciosamente
los 187 atentados perpetrados en todo el mundo por distintos grupos de
la yihad neosalafista en 2004. Sólo tres se produjeron en la Europa
occidental, concretamente en España (los ataques del 11-M, el atentado
frustrado contra la línea del AVE Madrid-Sevilla y el suicidio de los
terroristas de Leganés el 3 de abril). Fueron, sin embargo, los más
cruentos y los que despertaron mayor alarma, pese a la amplitud y
difusión global de los ataques en los que participaron árabes de muchas
nacionalidades. Una verdadera multinacional terrorista.
"Ese ejército multinacional ha sido el gran logro de Osama bin Laden",
apunta Alonso-Fernández. "Algo no conseguido nunca antes entre los
árabes". Una unidad de métodos y de objetivos, destinada a poner a
nuestras sociedades contra las cuerdas. ¿Qué puede hacer el ciudadano de
a pie en este contexto de amenaza incierta? "La gente tiene que saber
que su colaboración es fundamental", insiste el comisario de Madrid,
aunque reconoce que el problema "nos desborda por completo. Desde la
inmigración que no podemos controlar hasta el hambre en los países de
origen de esta gente". Un pronóstico inquietante. "Lo que está claro",
añade, "es que si no somos capaces de controlar la situación, dentro de
unos años tendremos nosotros también, igual que en Londres, terroristas
autóctonos". Y nuestras ciudades serán todavía más frágiles.
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Medidas contra el terror en Roma, Nueva York, Londres y París
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Mientras la policía
de Londre desplegaba, según su responsable, el comisario Ian Blair, "la
mayor operación antiterrorista desde la II Guerra Mundial", una
sensación de inquietud e inseguridad desconocida se apoderaba esta
semana de sus habitantes.
La advertencia policial, el jueves,
era tan brutal como taxativa: al menos tres de los suicidas que vieron
frustrado su propósito de hacer saltar por los aires varios vagones del
metro y un autobús el 21 de julio pasado podrían preparar nuevos golpes.
Si algo así ocurriera, pocos dudan de que la severa legislación
antiterrorista británica se endurecería más. Pero la huella de lo
ocurrido en la capital británica este mes de julio se ha dejado sentir
en todo el mundo desarrollado. Muchos ojos se han vuelto con especial
temor a Italia, uno de los principales aliados de Estados Unidos en la
guerra de Irak, y hasta ahora respetado por el terrorismo yihadista.
Roma, capital política y ciudad
santa del mundo cristiano, se prepara a defenderse. Las autoridades han
renovado el plan de defensa civil, activo desde el ataque a las Torres
Gemelas, que contempla la actuación de las fuerzas del orden, bomberos y
servicios de emergencia en caso de ataque con explosivos o
bacteriológico, además del refuerzo del sistema sanitario en caso de
atentado. Al nerviosismo ha contribuido la detención en Ramadi (Irak) de
un sujeto al que se hallaron fotografías vía satélite de la capital
italiana. En todo el país, el aumento de efectivos comenzó tras los
atentados en Londres. El Gobierno aprobó un paquete de medidas
antiterroristas -base de una nueva ley- que prevé el aumento de
dotaciones policiales. Lo esencial, con todo, de la nueva ley será el
reforzamiento de los servicios de inteligencia y la creación de un
tribunal único antiterrorista. Las comunicaciones estarán mucho más
vigiladas, ya que las tarjetas telefónicas de prepago para móviles serán
nominativas, el tabulado telefónico se almacenará durante seis años y el
de Internet, durante dos.
Son normas no muy diferentes a las que se ha comprometido a aprobar
también el Gobierno francés antes de las próximas
navidades. Esencialmente se trata de modificaciones legales que deberían
permitir un mayor control telefónico y de videovigilancia. En
estos momentos, la instalación de una cámara de vigilancia en un lugar
público requiere la autorización de un juez y del prefecto del
departamento. La nueva ley generalizará ese tipo de control y permitirá
además que las grabaciones puedan ser almacenadas. También se pretende
que los operadores telefónicos guarden durante al menos un año las
referencias de cada conexión telefónica o contacto vía Internet, sin
inmiscuirse sin embargo en sus contenidos. Entre los efectos inmediatos
de esas modificaciones legales está la posibilidad de instalar cámaras
en cada uno de los 4.000 autobuses parisienses.
El contexto antiterrorista francés se
caracteriza en este momento por la vigencia del llamado plan vigipirate
en su fase alerta roja, la máxima de las cuatro que contempla. La alerta
roja comporta controles aleatorios en el acceso a los trenes, patrullas
en el interior de los trenes de gran velocidad, la restricción o
prohibición de partes importantes del espacio aéreo francés y el
almacenamiento de agua potable.
Más liviano ha sido el impacto de los atentados del 7-J y del 21-J en
una ciudad como Nueva York, en alerta desde los ataques
suicidas del 11-S de 2001. Desde ese día, el código naranja -el cuarto
más alto de una escala de cinco colores- sigue activado. Pero los
atentados de Londres son un recordatorio de que la amenaza sigue latente
y de las vulnerabilidades de su red de transportes. Por eso, la reacción
inmediata fue reforzar la protección en autobuses, red de metro y
ferrocarriles, puentes y túneles, a pesar de que la policía (NYPD) no
cuente con informes de inteligencia sobre posibles atentados. Y, como
medida excepcional, se efectúan registros sorpresa en los accesos a las
estaciones.
La NYPD, integrada por 39.110 agentes, no precisa cuántos agentes están
asignados a su dispositivo antiterrorista y se limita a decir que
"centenares" de agentes se han sumado a las patrullas que vigilaban la
red de metro, para duplicar sus efectivos. Por su parte, la Autoridad de
Transporte Metropolitano (MTA) cuenta con 723 agentes, que se coordinan
con las patrullas uniformadas y de paisano de la NYPD. La MTA dispone a
su vez de una unidad antiterrorista propia, que rastrea las plataformas
y los túneles en busca de explosivos.
En términos financieros, la reacción neoyorquina a los ataques del 7-J
costará a las arcas públicas locales 1,9 millones de dólares semanales,
el doble de lo que se gastó en alertas anteriores, como la que el verano
pasado se activó para los distritos financieros de Nueva York, Newark y
Washington. Los neoyorquinos, entretanto, empiezan a mostrar signos
psicóticos. Los avisos a la NYPD en los que se alerta sobre paquetes o
personas sospechosos se han doblado desde los atentados de Londres,
hasta los 1.476 casos, frente a los 804 del mismo período de 2004.
También se ha disparado el número de amenazas de bomba, hasta las 149
llamadas. En este contexto, los actos delictivos en el metro, utilizado
cada día por 4,5 millones de personas, se han reducido un 22% desde el
7-J. |
Fuente: El País
31.07.05
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Especial Atentado 11-M.
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