La
encrucijada de los reyes del "petrodolar"
Tras la muerte del
rey Fahd, Arabia Saudí se prepara para el cambio generacional.
El reinado de Abdula será fugaz y
puede dar paso a una nueva generación de jeques,
los nietos del fundador del país. Del histórico relevo dependerá no sólo
el futuro de sus 26 millones de habitantes. También la salud económica
de Occidente, cuyas naciones necesitan el crudo saudí para vivir
Arabia Saudí ha decidido reducir su producción de crudo en 300.000
barriles diarios. En vista de las negociaciones en curso, esperamos
que todos los productores de la OPEP y los mayores exportadores
independientes reduzcan su oferta para lograr el equilibrio deseado».
El párrafo es el tercero y último del comunicado que ha marcado la
historia del mercado petrolero en la última década. Fue redactado y
difundido en Riad el domingo 22 de marzo de 1998. Llevaba el membrete
del Gobierno saudí: una palmera sobre dos cimitarras.Y como el tiempo ha
demostrado, no portaba una recomendación, sino un ultimátum en toda
regla. Pocos exportadores desoyeron el mensaje. La mayoría respaldó la
propuesta a pie juntillas.Al unísono, los magnates cerraron el grifo del
crudo. Y la cotización del barril -hundida durante meses- cogió tantos
bríos que aún hoy, siete años después, prosigue la subida.
La potestad de Arabia Saudí en el mercado petrolero es tan firme como en
1998. O como en el 59, cuando su responsable de Asuntos Petroleros,
Abdula Tariki, engendró la OPEP en una suite del Nilo Hilton de El
Cairo. Desde su nacimiento (en Bagdad, un año después) y pese al enorme
potencial de algunos de sus socios, Arabia Saudí y la OPEP han sido y
son una misma cosa. Por si algún mandatario se había olvidado de ello,
la muerte del rey Fahd ha refrescado la memoria de Occidente esta
semana. La sucesión del legendario monarca no afecta sólo al bienestar
de los 26 millones de ciudadanos saudíes, sino al rumbo de la economía
mundial. Tan rotundo como cierto.
La incertidumbre que genera el relevo es tal que el propio Gobierno
de Riad adjuntó al anuncio del fallecimiento una promesa de estabilidad
política a largo plazo. De los 40 vástagos del fundador de la
dinastía reinante (el legendario Abdelaziz Abdulrahman al Saud), dos de
ellos liderarán el país. Abdula será rey; Sultán, príncipe heredero.
Hasta ahí, el asunto queda atado y bien atado.
Pero hay un problema de cifras: 81 y 77 son las edades respectivas de
los dos gobernantes. 73,9 y 41,1, los porcentajes de reservas y de
producción de crudo que controla la OPEP en todo el mundo. La
combinación asusta a los observadores internacionales. Quien ostente el
cetro saudí tendrá un poder inmenso y efectivo para influir sobre la
cotización del petróleo. Y en función del nivel que alcance el
barril, se expandirá o retrocederá el Producto Interior Bruto (PIB) de
los países occidentales.
Analistas y bancos de inversión auguraban esta semana una larga
temporada de inestabilidad para el mercado energético. Hasta ahora, los
elevados precios del crudo respondían a otros factores, tanto
productivos -fuerte demanda y escaso excedente de oferta-, como
geopolíticos -conflictos en Irak y atentados islamistas-.Nadie
contaba, sin embargo, con el añadido de una posible guerra de poder en
el país que exporta más crudo de todo el mundo.
Transcurridos siete días desde la muerte del rey Fahd, casi todos los
expertos coinciden en formular una afirmación y una pregunta.El mandato
de Abdula será transitorio, lo cual ayudará a impedir cualquier
terremoto político. Pero, ¿qué ocurrirá cuando llegue al trono la
siguiente generación?
La cadena sucesoria podría prolongarse con los 20 hermanos y
hermanastros aún vivos de Abdula. Bastaría con que cada cual le
entregara el testigo al siguiente, de mayor a menor edad. Pero la ley
otorga al rey el poder absoluto para elegir heredero. Más pronto que
tarde se producirá el salto generacional y gobernarán Arabia Saudí los
nietos del fundador de la dinastía Al Saud.
Son tantos los candidatos y tantas las facciones de pensamiento en la
clase gobernante que la coronación de uno u otro podría cambiar
completamente el rumbo de la política petrolera nacional, basada en el
compromiso con Occidente. Y esa sería la mejor de las peores soluciones.
Podría caer la dinastía y nacer un nuevo régimen, más radical -incluso-
que el actual. Otros dioses han claudicado ya, y no muy lejos,
precisamente. Que se lo digan a los iraníes, que llegaron a creer que el
Sha era invulnerable.
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Los mensajes de calma y el silencio sepulcral impuesto durante los
funerales no han bastado para enterrar los malos augurios. Desde la
fundación del reino, en 1932, Arabia Saudí ha vivido cuatro relevos en
el trono (1952, 1964, 1975 y 1982). En estos 73 años de Historia, los
habitantes el país del desierto, que nació de la guerra, han vivido
desde asaltos al poder a un regicidio. El caso más extremo es el del rey
Fasal, que sufrió un golpe de Estado en 1969 y fue asesinado seis años
después por su sobrino. Sin embargo, siempre han portado el bastón de
mando los hijos del venerado Saud.
Tarde más o menos en materializarse el recambio, parece claro que el
futuro de la dinastía y el destino del país caerá en manos de los nietos
del fundador. El problema es que la tercera generación no lo tendrá tan
fácil para vivir, al igual que sus padres, como reyes del petrodólar.
Los primeros yacimientos de crudo fueron descubiertos en 1930, antes del
nacimiento del moderno Estado saudí. Pero hasta finales de los 60 no se
produjo el verdadero despegue de la industria. La inclinación hacia
aficiones más mundanas del rey Jaled dejó los asuntos del barril en
manos del enérgico Fahd, entonces príncipe y miembro del Gobierno. Obra
suya es el milagro petrolero saudí. Y suyas son la alianza estratégica
con Estados Unidos y la gloriosa victoria de Riad sobre las
multinacionales extranjeras de la era Rockefeller, que exprimían los
pozos sin dar casi nada a cambio.
Las mismas crisis energéticas que hundieron a la mayoría de las naciones
occidentales en 1973, 1979 y principios de los 80, hicieron rebosar, en
cambio, de billetes verdes las arcas del Ejecutivo saudí. Percibieron
tantos petrodólares que, a lo largo de los años 70, el potencial de
crecimiento de su economía tenía poco que envidiar a países como
Alemania y Japón.
Según el Departamento de Energía estadounidense, Arabia Saudí percibía
en 1972 unos beneficios netos por las exportaciones de crudo de 17.100
millones (en dólares constantes de 2005).Este año, las estimaciones
apuntan a un cifra casi nueve veces mayor: 150.100 millones de dólares.
El incremento del Producto Interior Bruto (PIB) también ha sido
astronómico. La estadística del World Factbook de la CIA muestra un
crecimiento del 100% entre 1983 y 2004.
La Arabia Saudí de 2005 es otro planeta, si se compara con aquella que
empezaron a conquistar en los años 20 el joven Saud y unas cuantas
decenas de guerreros beduinos. Eso sí: diferente para lo bueno y para lo
malo.
Si los padres de la patria iban en camello y sus hijos en encerados
Chevrolet recién importados de América, al saudí del siglo XXI no le
queda otro remedio que ir a pie. Por dos razones: hay menos dinero y
muchos más bolsillos que llenar. En 1980 poblaban el país poco más de
ocho millones de personas. Hoy, incluyendo los cinco millones de
residentes extranjeros, tiene 26,4. Más del triple.
Para ver las consecuencias basta con examinar de nuevo las cifras del
Departamento de Energía de EEUU. Los beneficios petroleros per cápita
ascendían a 22.174 dólares en 1980. El año pasado, a 4.511 dólares,
cuatro veces menos.
Otra perspectiva la dan los dos rostros que ofrece al visitante la
capital saudí. En pocos kilómetros, el viandante puede contemplar los
escaparates de las firmas más lujosas del planeta y los suburbios donde
se hacinan los más desfavorecidos de Riad.
El culpable absoluto de la situación -lo recuerdan los estudiosos del
país- no es el crecimiento demográfico. Hay otros factores. Como el
injusto reparto de la riqueza. Y sobre todo, la inexistencia de reformas
decididas, para evitar que al país se lo trague el desierto cuando los
yacimientos se vacíen de petróleo.
El PIB per cápita ronda los 12.000 dólares. Claro que para efectuar el
cálculo se han metido en el mismo saco los míseros subsidios del 25% de
la población que está en paro (sólo un 14%, según el Gobierno) y las
fortunas de los jeques petroleros. El máximo exponente de estos últimos
es el príncipe Alwaleed Bin Talal Alsaud, sobrino del rey, y quinto en
la lista de multimillonarios de Forbes con una fortuna de 23.700
millones de dólares.
Muchos observadores occidentales critican que Riad no haya canalizado
los torrentes de petrodólares hacia la inversión en negocios distintos
al energético. A sabiendas, sobre todo, de que por muy vastas que sean
las reservas de petróleo tienen fecha de caducidad. Pero la ausencia de
un proceso de diversificación tiene causas muy complejas.
Precisamente, ha sido la complicada confluencia de posturas en la
numerosísima familia real lo que ha frenado cualquier intento de
reforma. Siendo ya príncipe heredero, Abdalá superó los prejuicios anti
estadounidenses de su juventud y creó (el 30 de agosto de 1999) el
Consejo Económico Supremo. Su misión: abrir a la inversión extranjera
los tesoros que guarda el subsuelo de la Peninsula Arábica. Luego
vendría la famosa instantánea: su perfil majestuoso cruzando el umbral
del rancho Crawford, de la mano -literalmente- del presidente Bush
(Texas, 25 de abril de 2005).
En lo político, Abdalá convocó la pasada primavera las primeras
elecciones municipales -para unos un gesto; para otros, una descarada
farsa-. En lo económico, aprobó una batería de medidas de corte
aperturista para atraer dinero privado. Y para asegurarse el beneplácito
de los más conservadores, las acompañó de un proceso de saudización del
tejido industrial.
Para empezar, bajó los impuestos a las multinacionales extranjeras: un
30% a las que extraen gas y un 20% en el resto de actividades donde
participan empresas foráneas. Con la vista puesta en la Organización
Mundial del Comercio -de la que Riad no forma parte- insinuó la
posibilidad de privatizar una parte de Saudi Aramco.Este gigantesco
holding controla el 98% de las reservas de crudo del país, que a su vez
representan la cuarta parte de las existentes en todo el planeta.
Los resultados son tan poco visibles que ni están cuantificados. Salvo
alguna rara excepción, la mayoría de los negocios estratégicos (energía,
telecomunicaciones, infraestructuras...) siguen totalmente cerrados.
Peor aún, la saudización, mediante la cual se pretendía recortar el
elevado número de trabajadores extranjeros y sustituirlos por
nacionales, ha aumentado las trabas burocráticas lo que ha provocado un
frenazo a la llegada de capital extranjero.
Pese a todo, Abdalá seguirá intentándolo en los años que le queden de
vida. Pero, al igual que ocurre en El Vaticano, es obvio que Arabia
Saudí tiene por delante un reinado relativamente fugaz.De los 7.000
príncipes que conviven en el país, sólo son reverenciados un par de
centenares. De este exclusivo grupo saldrá el encargado de evitar que el
país del oro negro y la estirpe Al Saud tengan el mismo final que
Macondo y los Buendía en Cien años de soledad.
Fuente: El Mundo
07.08.05