Seguridad Colectiva y Defensa Nacional
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Okinawa, la llave del Pacífico
Los habitantes de
la isla japonesa, ocupada durante casi tres décadas por EE UU, piden una
reducción de la fuerza militar norteamericana
"Okinawa es crucial para
la estabilidad regional, las relaciones entre Washington y Tokio, y los
intereses de Estados Unidos", afirma el general Jan Marc Jouas, de 47
años y jefe de la base aérea de Kadena, ubicada en esta isla japonesa.
Es la mayor de Estados Unidos fuera de sus fronteras y desde ella se
controla lo que se ha convertido en la región estratégica más importante
del mundo. Más allá de sus alambradas, arrecifes coralinos y playas de
fina arena incitan a la población de Okinawa a buscar los beneficios
económicos del turismo y a exigir una "reducción significativa" de la
presencia militar norteamericana en su suelo.
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Marines norteamericanos, en un centro especial de
entrenamiento para la guerra en la jungla, al norte de
Okinawa |
Para los estrategas
estadounidenses, la creciente rivalidad entre China y Japón, la decisión
del régimen norcoreano de fabricar armas nucleares, las aspiraciones
independentistas de Taiwan y la ruta del 70% del comercio mundial han
hecho del Pacífico oriental una "región única" para el porvenir del
siglo XXI. En este sentido, más que plantearse una retirada de Okinawa,
el mando militar norteamericano sostiene que hace falta "analizar la
situación en su conjunto y a largo plazo para determinar cómo se pueden
recolocar las fuerzas".
Okinawa es la mayor de las islas del diminuto archipiélago del mismo
nombre, que forman 160 islas, de las que 50 están habitadas. Sólo
representa el 0,6% de la extensión total de Japón, pero sus habitantes
se quejan de que seportan el 75% del peso de la alianza militar con EE
UU. A unos 1.500 kilómetros al sur de Tokio, la conquista de Okinawa
durante la Segunda Guerra Mundial jugó un importante papel en el fin de
la contienda, y Estados Unidos no devolvió la soberanía a Japón hasta
1972. En la actualidad, además de Kadena, hay en toda la isla otra
treintena de bases e instalaciones militares que acaparan el 20% de la
superficie.
"Las bases son la continuación de la ocupación. No tienen nada que ver
con el tratado bilateral entre EE UU y Japón. Los militares
norteamericanos no son nuestros invitados. Nos sentimos ocupados",
afirma Yoshihiko Higa, de 63 años y consejero del gobierno local de
Okinawa. Según Higa, aunque los pacifistas exigen la retirada total de
los norteamericanos, el gobierno local "comprende la necesidad de tener
una fuerza disuasoria, pero quiere poner fin a la excesiva carga que
soporta y, en concreto, a la presencia de los marines".
En Japón hay 50.700 militares norteamericanos, de los que 12.000 están
en Okinawa que, unidos a sus familiares y personal civil, ascienden a
51.000 estadounidenses en la isla. Hay 7.500 efectivos de las Fuerzas
Aéreas; 1.500 de Infantería y Marina, y los 17.000 restantes son
marines. Éstos precisamente son los que la mayoría de población quiere
que se vayan debido en gran parte a que muchos son jóvenes solteros o
destinados sin su familia, que "conducen, beben y se comportan de forma
temeraria", afirma la ONG Movimiento Femenino Antimilitar. A ellos se
atribuyen buena parte de los 5.328 delitos y faltas cometidos por las
tropas estadounidenses entre 1972 y diciembre de 2004, de los que
destacan por su gravedad 541 casos de homicidios, violaciones o atracos.
Los marines están en el ojo del huracán desde que, en septiembre de
1995, tres de ellos violaron a una niña de 12 años. Las masivas
protestas desatadas por esa bárbara acción llevaron a la conclusión de
un acuerdo denominado SACO (Comité de Acción Especial sobre Okinawa),
que determinó la devolución de 11 instalaciones norteamericanas,
incluida Futenma, la base de helicópteros de los marines, muy ruidosa y
que representa un claro riesgo para los 90.000 habitantes de Ginowan que
viven a escasos metros de sus alambradas. Nadie puede excluir un
accidente como el del año pasado, cuando se estrelló un helicóptero que
trataba de aterrizar en la base.
Pasados casi diez años, sólo se ha devuelto una instalación menor, y
Futenma, con sus 3.500 marines y 150 trabajadores civiles, sigue
operativa, con sus 74 helicópteros y cuatro aviones de apoyo operacional
en plena actividad. "Somos invitados del Gobierno de Japón y nos deben
realojar ellos", dice el coronel Leo Falcam, comandante en jefe de
Futenma, que desde que llegó hace un mes ha ordenado que se reparen las
instalaciones, que llevaban una década sin acometer obras.
"SACO fue un fracaso porque se realizó entre Washington y Tokio sin
consultar con Naha, capital del archipiélago. Estableció la devolución
de la tierra, pero no la reducción de las tropas norteamericanas, que es
lo que nosotros queremos. Esperamos que aprendan la lección y escuchen
nuestra opinión ahora que renegocian el futuro de las bases", señala el
consejero del gobierno local.
La implementación de SACO habría supuesto devolver el 20% del terreno
que ahora ocupa el Ejército de Estados Unidos, pero la demanda
generalizada de eliminar o reducir la presencia de los marines se habría
radicalizado porque habría aumentado el número de militares en zonas
hartas de pedir que se vayan. Además, exigía al Gobierno japonés un
fuerte desembolso para construir en terrenos ganados al mar una base
aérea en sustitución de Futenma.
El diario Okinawa Times realiza cada cinco años una encuesta sobre la
presencia norteamericana. La de 2005 revela que entre el 10% y el 15% de
la población quiere la retirada inmediata, y entre el 70% y el 80%, una
retirada gradual y coordinada. El coronel de marines Stacy Clardy, por
el contrario, considera que, "pese a lo que diga la prensa local -que es
muy antiamericana-, la población apoya mayoritariamente la continuidad
de las bases por los beneficios económicos que reportan".
Tras la ocupación norteamericana, en junio de 1945, los supervivientes
de una batalla que dejó 240.000 muertos -decenas de miles,
estadounidenses- fueron amontonados en campos de concentración. Como
todo estaba arrasado, las tropas victoriosas levantaron sus campos donde
creyeron conveniente sin compensar a nadie. Sólo en el momento de la
devolución de Okinawa a Japón se estableció que los terrenos sobre los
que estaban instaladas las bases pertenecían en partes más o menos
iguales al Gobierno central, a las municipalidades y a personas
privadas. Se determinó también que el arrendamiento lo pagaría Tokio.
"Ese dinero llegó como un extra, cuando los propietarios habían
reconstruido su vida desde la nada, porque la isla quedó reducida a
cenizas. Quienes lo reciben son en su mayoría pensionistas que no
quieren saber de nuevos riesgos, ni de lo que obtendrían con la
recuperación y venta de la tierra", afirma Tomohiro Yara, especialista
del Okinawa Times en temas militares, al reconocer que muchos de los
miles de arrendatarios están conformes con la situación actual.
Japón corre con el 70% del total de los gastos de las bases
norteamericanas en el país, incluido el pago a los japoneses que
trabajan en éstas. Por eso, las ONG y la oposición piden que el Gobierno
renegocie el mantenimiento de estas instalaciones que cuestan al erario
público más de 5.000 millones de dólares anuales. El líder de la
oposición, Katsuya Okada, se ha comprometido a retirar a los marines de
Okinawa si el Partido Democrático Japonés llega al poder.
En Naha se respira también un resquemor contra Tokio por permitir que 60
años después de la guerra, Okinawa siga militarizada. "Tras la derrota,
Estados Unidos estacionó a sus marines donde le interesó, y Tokio, pese
al evidente malestar de la población, decidió quitarse el problema de
encima negociando su traslado a Okinawa. Ellos no los quieren; nosotros,
tampoco", dice Gima, secretaria de 58 años que está en contra de un
acuerdo que suponga la sustitución de las tropas norteamericanas por
japonesas.
La actitud del Gobierno central levanta ampollas entre una población
que, en muchos casos, aún no ha asimilado la conquista japonesa, en
1879, de lo que fue el próspero reino de Ryukyu. "Mientras estuvimos
bajo control de Estados Unidos, hablábamos nuestra lengua. El retorno a
Japón no ha servido más que para imponernos una doble ocupación: la
militar norteamericana y la cultural japonesa, que pretende asimilarnos
y está acabando con nuestra cultura", comenta el empresario de 28 años
Yu Shimabukuru.
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Guam y la fuerza de despliegue
rápido |
La isla norteamericana de
Guam, situada en el centro del Pacífico, está llamada a
convertirse en la nueva clave de la estrategia del Pentágono en
esa parte del mundo. Guam está a medio camino entre Hawai, sede
de la flota estadounidense en ese océano, y la base aérea de
Kadena, en la isla japonesa de Okinawa. Kadena, con sus dos
escuadrones de cazas F-15 (44 aparatos), dos aviones de
reconocimiento AWACS; 15 KC-135 para abastecer de combustible en
vuelo a otras naves y un KC-135 preparado para operaciones de
rescate, es, según su comandante en jefe, general Jan Marc Jouas,
una "pieza única" de la defensa norteamericana, por lo que
parece muy poco probable que se vea afectada por la
reestructuración que se derivará del acuerdo entre Washington y
Tokio. El plan que, tras múltiples retrasos, está previsto que
se haga público en septiembre, se enmarca en la nueva estrategia
militar de EE UU en el Pacífico.
Entretanto, las quinielas sobre la reducción de los efectivos
del Pentágono en Okinawa son múltiples y variadas, pero la
mayoría de las apuestas se inclinan porque una parte
significativa de los marines destinados a esa isla sea
trasladada a Guam, donde se establecería un comando intermedio
de este cuerpo, que enlazaría las operaciones entre el mando de
Hawai y el de Okinawa. Pese a las dificultades logísticas que
plantea el traslado, el teniente coronel de marines Phillip
Ridderhof, encargado de planes estratégicos, no descarta que ésa
sea la eventual solución a la demanda de reducción de tropas de
Okinawa, ya que trasladarlas a otra zona de Japón reproduciría
el problema.
Frente al fracaso de la ocupación de Irak y el auge del llamado
"terror asimétrico", que no conoce fronteras ni medidas, el
Pentágono ha optado por apoyarse y colocar en primera línea de
su política defensiva a las fuerzas de despliegue rápido. Guam y
Okinawa serían las puntas de lanza de esa política en el
Pacífico. |
Fuente: El País
31.07.05
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