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Viernes, 19 de agosto de 2005


Seguridad Colectiva y Defensa Nacional

Lágrimas y silencio para recibir a los militares muertos en Afganistán

Don Juan Carlos encabezó la delegación que esperó al avión Hércules con los féretros en la base de Getafe

 

Foto: La RazónMinutos después de las ocho de la tarde de ayer, el Hércules con los cuerpos de los 17 militares fallecidos en Afganistán aterrizó en la base de Getafe. Allí les esperaban sus familiares y una comitiva encabezada por Don Juan Carlos.

 

Diecisiete catafalcos sobre una pista vacía. 140 corazones destrozados, en silencio, que se vaciaron de golpe cuando a miles de kilómetros un helicóptero volaba por última vez en el desierto. Un avión que a las ocho de la tarde se perfila en el cielo madrileño y en su vientre, los cuerpos de aquellos que, fieles al juramento que empeñaron, dieron su vida en medio de una nada de polvo y piedra.

El silencio presidido por Su Majestad el Rey se rompió cuando el Hércules que dieciséis horas antes había despegado de Herat se posó en el asfalto de la Base Aérea de Getafe. Sus motores no fueron capaces de tapar el estruendo de la congoja que a los familiares impedía apartar los ojos de aquel avión, del que bajó dieciocho minutos después de las ocho el ministro de Defensa para dar novedades a Don Juan Carlos, que esperaba acompañado por el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero y Su Alteza Real el Príncipe de Asturias. El ministro fue recibido con un cálido abrazo por parte del Monarca, vestido con el uniforme del Ejército de Tierra, con quien mantuvo una breve conversación y que también tuvo un gesto cariñoso con el Jefe del Estado Mayor del Ejército, el general José Antonio García González, que acompañó a Bono en su viaje y que se colocó detrás del Rey, junto a sus compañeros de la cúpula militar.

Foto: La Razón
El Rey y Don Felipe saludan al Jefe del Estado Mayor del Ejército. A su lado, Zapatero se funde en un abrazo con Bono

Acto seguido se abrió la compuerta trasera del Hércules. Uno a uno, los féretros de los militares caídos en acto de servicio, cubiertos por la bandera de España, fueron saliendo al son de la marcha fúnebre. Compañeros de la Brigada de Infantería Ligera Aerotransportable (Brilat) y de la Fuerza Aeromóvil del Ejército de Tierra (Famet), a las que pertenecían los fallecidos, recorrieron lentamente los doscientos metros que separaban el aparato de la hilera de catafalcos, llevando sobre ellos el peso de diecisiete hombres que partieron convencidos de una misión que a algunos parece absurda. Entre los portadores, aún vestidos con el traje mimetizado que llevaban cuando vieron el aparato estrellado contra el suelo, algunos miembros de la tripulación del segundo helicóptero, que quisieron estar en la última despedida a sus amigos en medio del dolor y del orgullo.

Foto: El País

A su paso, el llanto desgarrado y el desconsuelo silencioso de todos aquellos que hace escasas semanas despedían a unos ilusionadísimos soldados y que ayer recibían como nunca hubieran querido a sus seres queridos. Los militares caídos también recibieron, uno a uno, el último saludo del Rey, del Príncipe y de toda una cúpula militar aún sobrecogida por la tragedia. Sentada, llorando pero serena y vestida con el uniforme de campaña, la sargento Susana Pérez, viuda del también sargento Alfredo Francisco Joga, que dos horas antes había aterrizado en Madrid para recibir el cadáver de su marido, con quien compartía misión en Afganistán. En todo momento permaneció agarrada al brazo de un familiar.

Foto: La Razón
Los familiares de los militares muertos no pudieron contener las lágrimas en la llegada del avión que traía los restos mortales

Cuando todos los ataúdes se hallaron colocados en su lugar correspondiente, el arzobispo castrense, monseñor Francisco Pérez González, con un enorme sol rojo ocultándose frente a la pista, rezó un breve responso en el que recordó a todos y cada uno de los fallecidos, y que no dudó en destacar que «han dado su vida por la paz». El prelado transmitió también el pésame y el consuelo que el Papa Benedicto XVI enviaba a los familiares de los fallecidos. Tras ser bendecidos por el arzobispo, los ataúdes fueron introducidos en los diecisiete coches fúnebres por sus compañeros, que les despidieron firmes. Antes de dar por finalizado el acto, Don Juan Carlos y Don Felipe se cuadraron ante los familiares de los militares fallecidos, en uno de los gestos más emotivos de la tarde. Posteriormente, tras saludar a todas las autoridades, el Rey y el Príncipe abandonaron el aeródromo. Tras ellos, toda la cúpula militar y los ministros de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, de Sanidad, Elena Salgado; la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, el coordinador general de Izquierda Unida, Gaspar Llamazares, y diversos representantes de los grupos parlamentarios,

El breve acto de homenaje concluyó pasadas las nueve de la noche, tras lo cual los cuerpos fueron trasladados al hospital militar Gómez Ulla, donde se les practicaría la autopsia y donde se hallaban recuperándose los cuatro heridos del segundo Cougar. Estos llegaron hacia las seis de la tarde a la base aérea de Torrejón a bordo de otro avión junto al equipo de investigadores que se había trasladado a Herat para la identificación de los cadáveres.

Los familiares, a bordo de los autobuses dispuestos por el Gobierno salieron en silencio de la Base Aérea hacia los hoteles que el Ministerio de Defensa les había facilitado para su estancia en Madrid, a la espera de que el sábado, si no hay cambios en las previsiones, se celebre el funeral de Estado en la capital. Posteriormente, cada uno de los fallecidos será enterrado en el lugar dispuesto por sus familias.

El dolor de los familiares al paso de los ataúdes
Al pasar por delante los ataúdes (cubiertos con la bandera española), los rostros de los familiares traslucían todo el dolor que los embargaba. Algunos escondían su cara, abatidos, entre las manos, mientras otros intentaban secar sus lágrimas con algún pañuelo. Las manos se buscaban para enlazar aún más un dolor que les ha unido desde el pasado martes. Los sollozos entrecortados rompían el silencio de la pista mientras, a sólo unos metros de ellos, pasaban los cuerpos de sus seres queridos, recibidos con el saludo militar por algunos de sus compañeros, confundidos entre el público civil.

Foto: El País

Cuando todos los féretros estaban ya sobre sus respectivos catafalcos, y escoltados cada uno por los militares que los habían transportado a hombros, se acercó hasta ellos monseñor Francisco González, que los bendijo con agua bendita administrada con un hisopo. El obispo castrense no quiso prolongar más el sufrimiento de los familiares y apenas pronunció un brevísimo responso. Cuando los militares que formaban la comitiva comenzaron a introducir los ataúdes en los coches fúnebres, Don Juan Carlos y el Príncipe Felipe se acercaron al lugar donde se encontraban los familiares y les expresaron de nuevo sus condolencias. La viuda del sargento Alfredo Francisco Joga sacó fuerzas de flaqueza para corresponder al saludo militar de Su Majestad y Don Felipe a los militares y se puso de pie, pero apenas aguantó unos segundos.

Vuelos desde Sevilla y Vigo. Los familiares de los cuatro militares sevillanos fallecidos (unas cuarenta personas) viajaron a primera hora de la tarde en dirección a Madrid, desde el aeropuerto de San Pablo, en dos aviones fletados por el Ministerio de Defensa.

Foto: El PaísEl resto del centenar de familiares que se dio cita en el aeródromo también fue llegando a la base de Getafe a lo largo de la tarde desde sus lugares de origen. Los de los diez militares gallegos fallecidos salieron a las cinco menos veinte del aeropuerto vigués de Peinador en un avión militar con destino a Madrid. A la capital se desplazaron, acompañados de un militar, ocho familiares por cada soldado. En coches particulares, taxi o autobús, los familiares –visiblemente emocionados– fueron llegando a partir de las tres de la tarde al aeropuerto de Peinador, al que evitaron acceder por la entrada principal. Todos esperaron en un reservado del aeródromo, compartiendo su dolor, la salida del avión militar (que en principio estaba prevista para las tres de la tarde).

A miles de kilómetros de distancia, en la base militar de Herat (Afganistán) sus compañeros los habían despedido dieciséis horas antes (el vuelo hizo escala en Estambul) con lágrimas en los ojos. La misa funeral en el aeropuerto afgano, oficiada por el capellán de la compañía, con los 17 féretros cubiertos con la bandera de España, alcanzó su máxima emotividad cuando el contingente español entonó «La muerte no es el final», un cántico que sonó más desgarrador que nunca.

Los féretros fueron introducidos después, a hombros de los militares, en el avión Hércules que los trajo de regreso a España, en una comitiva encabezada por el ministro de Defensa, José Bono, que antes de dejar tierras afganas quiso despejar cualquier duda sobre la identificación de los cadáveres. «Los cadáveres de los 17 militares muertos regresan a España identificados indubitadamente», aseguró a Efe Bono. El ministro de Defensa ha permanecido en territorio afgano apenas 24 horas para tramitar la repatriación de los cuerpos de los soldados fallecidos, que han sido identificados con dos días de antelación sobre el calendario anticipado por el propio Bono a su llegada a Herat. El Ministerio de Defensa, explicó, se puso en contacto con los familiares de los militares desaparecidos para comunicarles la conclusión de los trabajos de identificación antes de que se repatriaran los cadáveres

En el hospital Gómez Ulla se completará el protocolo de identificación, se efectuarán las autopsias en un plazo máximo de 48 horas y, si ninguna familia pide una segunda prueba, los restos mortales de los soldados se entregarán finalmente a sus allegados.

Aunque todavía no se ha determinado ni la hora ni el lugar de los funerales de Estado, el secretario de Estado de Comunicación, Miguel Barroso, adelantó en su visita a Figueirido junto a Zapatero que, «casi con toda probabilidad» mañana se organizará un sepelio conjunto en Madrid, una vez cumplido todo el protocolo estipulado para la identificación de los cadáveres.

Este será el último homenaje que recibirán en grupo los militares caídos en Afganistán antes de recibir sepultura. Como recordaba por la mañana en la base sevillana de El Copero el Jefe del Estado Mayor de la Defensa, el general Félix Sanz Roldán, «hicieron honor para lo que estaban entrenados, que es cumplir con su obligación a cualquier precio». Y honor y recuerdo es lo que ahora obliga. Honor y recuerdo a aquellos que «con su sangre, la empresa rubricaron, con su esfuerzo, la Patria redimieron».

Fuente: La Razón
El País
Belt Ibérica S.A.
19/08/2005

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