Lágrimas y silencio para recibir a los militares muertos en Afganistán
Don Juan Carlos
encabezó la delegación que esperó al avión Hércules con los féretros en
la base de Getafe
Minutos
después de las ocho de la tarde de ayer, el Hércules con los cuerpos de
los 17 militares fallecidos en Afganistán aterrizó en la base de Getafe.
Allí les esperaban sus familiares y una comitiva encabezada por Don Juan
Carlos.
Diecisiete catafalcos
sobre una pista vacía. 140 corazones destrozados, en silencio, que se
vaciaron de golpe cuando a miles de kilómetros un helicóptero volaba por
última vez en el desierto. Un avión que a las ocho de la tarde se
perfila en el cielo madrileño y en su vientre, los cuerpos de aquellos
que, fieles al juramento que empeñaron, dieron su vida en medio de una
nada de polvo y piedra.
El silencio presidido
por Su Majestad el Rey se rompió cuando el Hércules que dieciséis horas
antes había despegado de Herat se posó en el asfalto de la Base Aérea de
Getafe. Sus motores no fueron capaces de tapar el estruendo de la
congoja que a los familiares impedía apartar los ojos de aquel avión,
del que bajó dieciocho minutos después de las ocho el ministro de
Defensa para dar novedades a Don Juan Carlos, que esperaba acompañado
por el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero y Su Alteza
Real el Príncipe de Asturias. El ministro fue recibido con un cálido
abrazo por parte del Monarca, vestido con el uniforme del Ejército de
Tierra, con quien mantuvo una breve conversación y que también tuvo un
gesto cariñoso con el Jefe del Estado Mayor del Ejército, el general
José Antonio García González, que acompañó a Bono en su viaje y que se
colocó detrás del Rey, junto a sus compañeros de la cúpula militar.
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El
Rey y Don Felipe saludan al Jefe del Estado Mayor del
Ejército. A su lado, Zapatero se funde en un abrazo con Bono |
Acto seguido se abrió la
compuerta trasera del Hércules. Uno a uno, los féretros de los militares
caídos en acto de servicio, cubiertos por la bandera de España, fueron
saliendo al son de la marcha fúnebre. Compañeros de la Brigada de
Infantería Ligera Aerotransportable (Brilat) y de la Fuerza Aeromóvil
del Ejército de Tierra (Famet), a las que pertenecían los fallecidos,
recorrieron lentamente los doscientos metros que separaban el aparato de
la hilera de catafalcos, llevando sobre ellos el peso de diecisiete
hombres que partieron convencidos de una misión que a algunos parece
absurda. Entre los portadores, aún vestidos con el traje mimetizado que
llevaban cuando vieron el aparato estrellado contra el suelo, algunos
miembros de la tripulación del segundo helicóptero, que quisieron estar
en la última despedida a sus amigos en medio del dolor y del orgullo.

A su paso, el llanto
desgarrado y el desconsuelo silencioso de todos aquellos que hace
escasas semanas despedían a unos ilusionadísimos soldados y que ayer
recibían como nunca hubieran querido a sus seres queridos. Los militares
caídos también recibieron, uno a uno, el último saludo del Rey, del
Príncipe y de toda una cúpula militar aún sobrecogida por la tragedia.
Sentada, llorando pero serena y vestida con el uniforme de campaña, la
sargento Susana Pérez, viuda del también sargento Alfredo Francisco Joga,
que dos horas antes había aterrizado en Madrid para recibir el cadáver
de su marido, con quien compartía misión en Afganistán. En todo momento
permaneció agarrada al brazo de un familiar.
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Los
familiares de los militares muertos no pudieron contener las
lágrimas en la llegada del avión que traía los restos
mortales |
Cuando todos los ataúdes
se hallaron colocados en su lugar correspondiente, el arzobispo
castrense, monseñor Francisco Pérez González, con un enorme sol rojo
ocultándose frente a la pista, rezó un breve responso en el que recordó
a todos y cada uno de los fallecidos, y que no dudó en destacar que «han
dado su vida por la paz». El prelado transmitió también el pésame y el
consuelo que el Papa Benedicto XVI enviaba a los familiares de los
fallecidos. Tras ser bendecidos por el arzobispo, los ataúdes fueron
introducidos en los diecisiete coches fúnebres por sus compañeros, que
les despidieron firmes. Antes de dar por finalizado el acto, Don Juan
Carlos y Don Felipe se cuadraron ante los familiares de los militares
fallecidos, en uno de los gestos más emotivos de la tarde.
Posteriormente, tras saludar a todas las autoridades, el Rey y el
Príncipe abandonaron el aeródromo. Tras ellos, toda la cúpula militar y
los ministros de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, de Sanidad,
Elena Salgado; la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza
Aguirre, el coordinador general de Izquierda Unida, Gaspar Llamazares, y
diversos representantes de los grupos parlamentarios,
El breve acto de
homenaje concluyó pasadas las nueve de la noche, tras lo cual los
cuerpos fueron trasladados al hospital militar Gómez Ulla, donde se les
practicaría la autopsia y donde se hallaban recuperándose los cuatro
heridos del segundo Cougar. Estos llegaron hacia las seis de la tarde a
la base aérea de Torrejón a bordo de otro avión junto al equipo de
investigadores que se había trasladado a Herat para la identificación de
los cadáveres.
Los familiares, a bordo
de los autobuses dispuestos por el Gobierno salieron en silencio de la
Base Aérea hacia los hoteles que el Ministerio de Defensa les había
facilitado para su estancia en Madrid, a la espera de que el sábado, si
no hay cambios en las previsiones, se celebre el funeral de Estado en la
capital. Posteriormente, cada uno de los fallecidos será enterrado en el
lugar dispuesto por sus familias.
| El
dolor de los familiares al paso de los ataúdes |
| Al pasar por delante los
ataúdes (cubiertos con la bandera española), los rostros de
los familiares traslucían todo el dolor que los embargaba.
Algunos escondían su cara, abatidos, entre las manos,
mientras otros intentaban secar sus lágrimas con algún
pañuelo. Las manos se buscaban para enlazar aún más un dolor
que les ha unido desde el pasado martes. Los sollozos
entrecortados rompían el silencio de la pista mientras, a
sólo unos metros de ellos, pasaban los cuerpos de sus seres
queridos, recibidos con el saludo militar por algunos de sus
compañeros, confundidos entre el público civil.

Cuando todos los féretros
estaban ya sobre sus respectivos catafalcos, y escoltados
cada uno por los militares que los habían transportado a
hombros, se acercó hasta ellos monseñor Francisco González,
que los bendijo con agua bendita administrada con un hisopo.
El obispo castrense no quiso prolongar más el sufrimiento de
los familiares y apenas pronunció un brevísimo responso.
Cuando los militares que formaban la comitiva comenzaron a
introducir los ataúdes en los coches fúnebres, Don Juan
Carlos y el Príncipe Felipe se acercaron al lugar donde se
encontraban los familiares y les expresaron de nuevo sus
condolencias. La viuda del sargento Alfredo Francisco
Joga sacó fuerzas de flaqueza para corresponder al saludo
militar de Su Majestad y Don Felipe a los militares y se
puso de pie, pero apenas aguantó unos segundos. |
Vuelos desde Sevilla y
Vigo. Los familiares de los cuatro militares sevillanos fallecidos (unas
cuarenta personas) viajaron a primera hora de la tarde en dirección a
Madrid, desde el aeropuerto de San Pablo, en dos aviones fletados por el
Ministerio de Defensa.
El
resto del centenar de familiares que se dio cita en el aeródromo también
fue llegando a la base de Getafe a lo largo de la tarde desde sus
lugares de origen. Los de los diez militares gallegos fallecidos
salieron a las cinco menos veinte del aeropuerto vigués de Peinador en
un avión militar con destino a Madrid. A la capital se desplazaron,
acompañados de un militar, ocho familiares por cada soldado. En coches
particulares, taxi o autobús, los familiares –visiblemente emocionados–
fueron llegando a partir de las tres de la tarde al aeropuerto de
Peinador, al que evitaron acceder por la entrada principal. Todos
esperaron en un reservado del aeródromo, compartiendo su dolor, la
salida del avión militar (que en principio estaba prevista para las tres
de la tarde).
A miles de kilómetros de
distancia, en la base militar de Herat (Afganistán) sus compañeros los
habían despedido dieciséis horas antes (el vuelo hizo escala en
Estambul) con lágrimas en los ojos. La misa funeral en el aeropuerto
afgano, oficiada por el capellán de la compañía, con los 17 féretros
cubiertos con la bandera de España, alcanzó su máxima emotividad cuando
el contingente español entonó «La muerte no es el final», un cántico que
sonó más desgarrador que nunca.
Los féretros fueron
introducidos después, a hombros de los militares, en el avión Hércules
que los trajo de regreso a España, en una comitiva encabezada por el
ministro de Defensa, José Bono, que antes de dejar tierras afganas quiso
despejar cualquier duda sobre la identificación de los cadáveres. «Los
cadáveres de los 17 militares muertos regresan a España identificados
indubitadamente», aseguró a Efe Bono. El ministro de Defensa ha
permanecido en territorio afgano apenas 24 horas para tramitar la
repatriación de los cuerpos de los soldados fallecidos, que han sido
identificados con dos días de antelación sobre el calendario anticipado
por el propio Bono a su llegada a Herat. El Ministerio de Defensa,
explicó, se puso en contacto con los familiares de los militares
desaparecidos para comunicarles la conclusión de los trabajos de
identificación antes de que se repatriaran los cadáveres
En el hospital Gómez Ulla
se completará el protocolo de identificación, se efectuarán las
autopsias en un plazo máximo de 48 horas y, si ninguna familia pide una
segunda prueba, los restos mortales de los soldados se entregarán
finalmente a sus allegados.
Aunque todavía no se ha
determinado ni la hora ni el lugar de los funerales de Estado, el
secretario de Estado de Comunicación, Miguel Barroso, adelantó en su
visita a Figueirido junto a Zapatero que, «casi con toda probabilidad»
mañana se organizará un sepelio conjunto en Madrid, una vez cumplido
todo el protocolo estipulado para la identificación de los cadáveres.
Este será el último
homenaje que recibirán en grupo los militares caídos en Afganistán antes
de recibir sepultura. Como recordaba por la mañana en la base sevillana
de El Copero el Jefe del Estado Mayor de la Defensa, el general Félix
Sanz Roldán, «hicieron honor para lo que estaban entrenados, que es
cumplir con su obligación a cualquier precio». Y honor y recuerdo es lo
que ahora obliga. Honor y recuerdo a aquellos que «con su sangre, la
empresa rubricaron, con su esfuerzo, la Patria redimieron».
Fuente: La Razón
El País
Belt Ibérica S.A.
19/08/2005
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