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Viernes, 19 de agosto de 2005


Seguridad Colectiva y Defensa Nacional

Sangre, sudor y lágrimas en la reconstrucción de la 'zona cero'

La Torre de la Libertad, ¿el proyecto definitivo?

 Desde 2001 no ha habido más que disertaciones filosóficas sobre lo que debería ser la 'zona cero'. La última versión de la Torre de la Libertad parece el proyecto definitivo, pero aún hay muchas incógnitas y críticas.

 

La zona cero de Nueva York, donde se levantaban las Torres Gemelas, sigue siendo un descampado polvoriento en el que crecen en desorden las malas hierbas, cuatro años después de que Bin Laden y sus secuaces atacasen la ciudad. Los estadounidenses la denominan the pit -el hoyo- y unas vallas metálicas impiden a los curiosos turistas, armados con cámaras fotográficas, hacerse una idea cabal de lo que se cuece en este terreno de más de seis hectáreas.

En realidad, no vale la pena escudriñar: desde 2001 no ha habido más que disertaciones filosóficas sobre lo que debería ser esta simbólica zona del Bajo Manhattan. Lo más tangible es algo intangible: el proyecto de la Torre de la Libertad, cuya tercera versión se presentó la semana pasada y que, si no median nuevas batallas, verá la luz en 2010. Ron Ronsenbaum, columnista de The New York Observer, ha sentenciado que "ahora resulta aparente que todo el proyecto y la vida de sus potenciales habitantes está en manos de un grupo de egoístas, idiotas, políticos oportunistas e incompetentes".

Gráfico: Expansión
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Parte del problema es que hay demasiados actores en juego. La Lower Manhattan Development Corporation es la agencia gubernamental que lleva la voz cantante. Pero también participan en esta ceremonia de la confusión otras instituciones y personajes poderosos como Larry Silverstein -el promotor de las obras y titular del alquiler del terreno-; George Pataki -el gobernador del estado-; el alcalde, Michael Bloomberg; Daniel Libeskind -arquitecto-; David Childs -arquitecto de Silverstein-; y, por supuesto, el Departamento de Policía.

Políticos y empresarios apostaron desde un principio por reconstruir la zona comercial de las torres gemelas, pero envolviendo el nuevo edificio en una forma arquitectónica que simbolizase la resistencia contra el fanatismo terrorista. En 2003, Libeskind ganó un concurso internacional con una torre de unos 540 metros de altura (1.776 pies, una cifra que coincide con el año de la independencia de EEUU) que giraba alrededor de una plaza asentada sobre la zona cero actual. Pero éste no hizo las delicias de Silverstein, que consiguió justo antes de los atentados del 11-S hacerse con el derecho a explotar el suelo durantes décadas.

Silverstein, que financia la reconstrucción con las indemnizaciones de las aseguradoras, dijo que la arquitectura desalentaría la demanda y que muchas empresas se negarían a ocupar los pisos más altos. Así que se encargó a Childs, que acaba de edificar la colindante Torre 7, que modificase la idea original. Y así lo hizo. Pero un informe de la policía del pasado mes de abril -que concluía que la torre estaba demasiado arrimada a la calle West Street, de intenso tráfico rodado, pudiendo ser el blanco fácil de un ataque con camión bomba- obligó a que Childs se rediseñase a sí mismo. De ahí surge la nueva Torre de la Libertad, que estará a 28 metros y no 7,5 de la autopista. El edificio de cristal, que seguirá teniendo 514 metros, se elevará sobre un pedestal de cemento y acero de 61 metros de alto, de los que los nueve primeros no tendrán ventanas.

Los paréntesis entre un diseño y otro han estado marcados por los tira y afloja entre políticos, asociaciones de víctimas, periodistas, inversores y críticos de arte. En mayo las obras fueron postergadas indefinidamente, y el máximo responsable de la reconstrucción dimitió. Hace dos meses, el excéntrico inversor Donald Trump, que ha hecho su fortuna edificando rascacielos en Nueva York, presentó a bombo y platillo su propia versión de la Torre de la Libertad y dijo que todo lo planeado hasta ahora era "una mierda arquitectónica". Muchos periodistas, desde las principales páginas de opinión, bombardean con la idea de que es un disparate construir nuevas oficinas cuando lo que necesita la zona son más viviendas y zonas habitables. Para complicar más las cosas, el banco de inversión Goldaman Sachs dijo que retiraba su cuartel general del barrio. Bloomberg y Pataki no han escapado a las bofetadas mediáticas. El alcalde Bloomberg ha sido acusado de estar más pendiente de la modernización del estadio de los Jets en el West Side, la obra estrella de su apuesta fallida por ganar la sede de los Juegos Olímpicos en 2012, mientras que Pataki ha sido criticado por no tener en mente más que proyectos faraónicos. Pero ambos han sido también críticos con el quisquilloso Silverstein y han estado a punto de retirarle el derecho al terreno aduciendo razones de interés público.

El proyecto pinta mal y, a lo mejor, todavía no hemos visto lo peor. Unos se quejan de los plazos: "¡Pero si el Empire State Building se construyó en poco más de un año!"; otros, de que no habrá demanda suficiente para las nueva oferta de oficinas y tiendas: "¡Pero si ya está sin ocupar el 16% de los locales!".

No falta quien dice que la nueva torre es tan fea y cerrada en sí misma, que se lanza el falso mensaje a la comunidad internacional de aislamiento en la lucha contra el terrorismo. Encima, algunos de los proyectos adicionales, como el mausoleo en honor a las víctimas y el centro de artes interpretativas son sospechosos de estar dirigidos por la izquierda crítica con Bush. Lo único que marcha, dicen, es la estación alada diseñada por el arquitecto español Santiago Calatrava. ¡Menos mal!

Unos critican los plazos de ejecución; otros, que no habrá demanda suficiente para las nuevas oficinas

Fuente: Expansión
11.07.05

* 11-S. Operación global contra el terrorismo: El análisis de los profesionales

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