Lágrimas mudas en 'Camp Arena'
Algunos se
sostenían la cara con ambas manos, otros se limpiaban lágrimas
incontenibles con gesto rápido y disimulado y, los menos, lloraban
mudos, aferrados a un pañuelo de papel mientras se mordían los labios.
Eran
las 12.30 horas de ayer, hora local, cuando los militares españoles
desplegados en Camp Arena, la Base Avanzada de Apoyo de la ISAF en Herat
(Afganistán), acudían a la enorme carpa habilitada como cafetería para
ver por televisión la retransmisión en directo del último episodio de
uno de los peores siniestros que ha padecido el Ejército español: el
funeral de Estado por sus 17 colegas caídos el pasado martes a un puñado
de kilómetros de su posición.
Era uno de los actos más emotivos de los vividos y también uno de los
últimos que recordarán en público a los compañeros, que murieron al caer
su helicóptero Cougar.
Hoy, las cinco banderas pertenecientes a España, Italia, Eslovenia,
Afganistán y la Alianza Atlántica que llevan cuatro días ondeando a
media asta en Herat serán izadas por completo, señal de que el luto
termina y la misión retoma su curso habitual.
El solemne silencio que se hizo en la carpa, sólo roto por el ruido
constante de los aparatos de aire acondicionado que apenas podían
combatir los 40 grados del exterior y por la marcha fúnebre
retransmitida por los monitores, pesaba tanto como el agotamiento de los
militares. Media hora antes se había avisado al personal -«a las
12.30 se retransmitirá en la cafetería el funeral por los compañeros
fallecidos», tronaban los altavoces- mediante la megafonía de la
Base, instalada sobre un árido desierto de piedras cerca del aeropuerto
local. Y a partir de esa hora, las sillas verdes de plástico esparcidas
por la tienda comenzaron a ser ocupadas por soldados y oficiales que
enmudecían con la vista fija en los televisores.
Algunos enviaban SMS, conscientes del sufrimiento de sus familiares que,
desde España, ven en los caídos a sus propios seres queridos.«Siempre
estuvieron preocupados, pero ahora lo están más que nunca»,
comentaba uno de ellos mientras el viento, menor que el registrado el
día del siniestro, sacudía la carpa militar.
Carreteras españolas
Los escasos militares que accedieron hablar con este diario quitaban
hierro a la peligrosidad de la misión. «Me siento mucho más inseguro
en las carreteras españolas que en Afganistán», decía otro. Achacan
a la mala suerte la tragedia y se niegan a referirse a las causas de la
misma hasta que la investigación en curso aporte conclusiones.«Hablar de
un ataque sólo mete miedo a las familias», decía un soldado que, como el
resto, sólo se pronunciaba bajo estricto anonimato. Lo cierto es que el
grado de alerta en Camp Arena no ha cambiado, y los militares recorren
la base sin chalecos ni cascos y con las armas descargadas.
Al poco de comenzar la retransmisión de los solemnes funerales, cuando
más de un centenar de militares se concentraba bajo la carpa, el coronel
Miguel Moreno, responsable de Base, se deslizó en silencio entre sus
hombres para ocupar una silla vacía. Pese a tener un monitor en la
tienda habilitada como despacho, Moreno prefirió sumarse por unos
minutos a sus hombres con aspecto cansado pero firme. A los 17
fallecidos pocos les conocían bien puesto que se habían sumado a la
misión hace 20 días escasos, pero el abatimiento era igualmente
generalizado. «Las misiones del Ejército hermanan hasta un punto difícil
de explicar», decía un uniformado.
Y eso quedó ayer suficientemente demostrado. Los soldados italianos que
comparten base con los españoles se confundían con éstos últimos en
presencia y en dolor. El monitor que suele emitir la RAI fue sintonizado
de manera que retransmitiera la ceremonia celebrada en el Palacio de
Buenavista del Cuartel General del Ejército de Tierra de Madrid, y la
expresión de los rostros de los militares bajo bandera italiana era
imposible de distinguir de los que llevaban bandera española.
Uno de los italianos sollozaba incesantemente con la mano de un colega
en el hombro. «Trataba con los fallecidos cada día, era el encargado
de repostar sus helicópteros».
Cuentan en Camp Arena que los italianos, con quien hubo sus más y sus
menos en el pasado, han vivido la tragedia como si fuera propia. Que han
ampliado los turnos del comedor para permitir a los españoles acudir a
las ceremonias religiosas celebradas en la Base, que se han ofrecido a
dejarles a los españoles la cafetería en exclusiva para que velen a los
caídos, que han llorado por ellos como si fueran sus propios muertos.
Asegurar la zona
También se escuchan heróicas historias de los tripulantes del segundo
helicóptero implicado. Que el piloto solicitó al ministro de Defensa,
José Bono, no regresar a España y continuar con la misión; que uno de
los capitanes prefirió no ser evacuado de la zona de la tragedia una vez
que llegó la Fuerza de Reacción Rápida y que insistió en quedarse para
asegurar la zona...
Sobre las causas del accidente, la pregunta casi ofende a los
uniformados y el hermetismo es absoluto. «Especular con un ataque
sólo mata a nuestras familias», dice un militar. «El precedente del
Yakovlev es lo que está perjudicándonos. Esa es una guerra política,
accidentes de aviación hay muchos y nosotros nos limitamos a cumplir
órdenes», apunta otro.
Para dos jóvenes soldados, el siniestro sólo les ha amargado una misión
que acababan de comenzar hace una semana. «Yo sólo pienso en que pase
pronto el tiempo y poder regresar a casa por Navidad».
Fuente: Mónica G. Prieto
Enviada especial Herat (Afganistán)
El Mundo
21/08/2005
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