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Lunes, 22 de agosto de 2005


Seguridad Colectiva y Defensa Nacional

Lágrimas mudas en 'Camp Arena'

Algunos se sostenían la cara con ambas manos, otros se limpiaban lágrimas incontenibles con gesto rápido y disimulado y, los menos, lloraban mudos, aferrados a un pañuelo de papel mientras se mordían los labios.

 

Foto: El MundoEran las 12.30 horas de ayer, hora local, cuando los militares españoles desplegados en Camp Arena, la Base Avanzada de Apoyo de la ISAF en Herat (Afganistán), acudían a la enorme carpa habilitada como cafetería para ver por televisión la retransmisión en directo del último episodio de uno de los peores siniestros que ha padecido el Ejército español: el funeral de Estado por sus 17 colegas caídos el pasado martes a un puñado de kilómetros de su posición.

Era uno de los actos más emotivos de los vividos y también uno de los últimos que recordarán en público a los compañeros, que murieron al caer su helicóptero Cougar.

Hoy, las cinco banderas pertenecientes a España, Italia, Eslovenia, Afganistán y la Alianza Atlántica que llevan cuatro días ondeando a media asta en Herat serán izadas por completo, señal de que el luto termina y la misión retoma su curso habitual.

El solemne silencio que se hizo en la carpa, sólo roto por el ruido constante de los aparatos de aire acondicionado que apenas podían combatir los 40 grados del exterior y por la marcha fúnebre retransmitida por los monitores, pesaba tanto como el agotamiento de los militares. Media hora antes se había avisado al personal -«a las 12.30 se retransmitirá en la cafetería el funeral por los compañeros fallecidos», tronaban los altavoces- mediante la megafonía de la Base, instalada sobre un árido desierto de piedras cerca del aeropuerto local. Y a partir de esa hora, las sillas verdes de plástico esparcidas por la tienda comenzaron a ser ocupadas por soldados y oficiales que enmudecían con la vista fija en los televisores.

Algunos enviaban SMS, conscientes del sufrimiento de sus familiares que, desde España, ven en los caídos a sus propios seres queridos.«Siempre estuvieron preocupados, pero ahora lo están más que nunca», comentaba uno de ellos mientras el viento, menor que el registrado el día del siniestro, sacudía la carpa militar.

Carreteras españolas

Los escasos militares que accedieron hablar con este diario quitaban hierro a la peligrosidad de la misión. «Me siento mucho más inseguro en las carreteras españolas que en Afganistán», decía otro. Achacan a la mala suerte la tragedia y se niegan a referirse a las causas de la misma hasta que la investigación en curso aporte conclusiones.«Hablar de un ataque sólo mete miedo a las familias», decía un soldado que, como el resto, sólo se pronunciaba bajo estricto anonimato. Lo cierto es que el grado de alerta en Camp Arena no ha cambiado, y los militares recorren la base sin chalecos ni cascos y con las armas descargadas.

Al poco de comenzar la retransmisión de los solemnes funerales, cuando más de un centenar de militares se concentraba bajo la carpa, el coronel Miguel Moreno, responsable de Base, se deslizó en silencio entre sus hombres para ocupar una silla vacía. Pese a tener un monitor en la tienda habilitada como despacho, Moreno prefirió sumarse por unos minutos a sus hombres con aspecto cansado pero firme. A los 17 fallecidos pocos les conocían bien puesto que se habían sumado a la misión hace 20 días escasos, pero el abatimiento era igualmente generalizado. «Las misiones del Ejército hermanan hasta un punto difícil de explicar», decía un uniformado.

Y eso quedó ayer suficientemente demostrado. Los soldados italianos que comparten base con los españoles se confundían con éstos últimos en presencia y en dolor. El monitor que suele emitir la RAI fue sintonizado de manera que retransmitiera la ceremonia celebrada en el Palacio de Buenavista del Cuartel General del Ejército de Tierra de Madrid, y la expresión de los rostros de los militares bajo bandera italiana era imposible de distinguir de los que llevaban bandera española.

Uno de los italianos sollozaba incesantemente con la mano de un colega en el hombro. «Trataba con los fallecidos cada día, era el encargado de repostar sus helicópteros».

Cuentan en Camp Arena que los italianos, con quien hubo sus más y sus menos en el pasado, han vivido la tragedia como si fuera propia. Que han ampliado los turnos del comedor para permitir a los españoles acudir a las ceremonias religiosas celebradas en la Base, que se han ofrecido a dejarles a los españoles la cafetería en exclusiva para que velen a los caídos, que han llorado por ellos como si fueran sus propios muertos.

Asegurar la zona

También se escuchan heróicas historias de los tripulantes del segundo helicóptero implicado. Que el piloto solicitó al ministro de Defensa, José Bono, no regresar a España y continuar con la misión; que uno de los capitanes prefirió no ser evacuado de la zona de la tragedia una vez que llegó la Fuerza de Reacción Rápida y que insistió en quedarse para asegurar la zona...

Sobre las causas del accidente, la pregunta casi ofende a los uniformados y el hermetismo es absoluto. «Especular con un ataque sólo mata a nuestras familias», dice un militar. «El precedente del Yakovlev es lo que está perjudicándonos. Esa es una guerra política, accidentes de aviación hay muchos y nosotros nos limitamos a cumplir órdenes», apunta otro.

Para dos jóvenes soldados, el siniestro sólo les ha amargado una misión que acababan de comenzar hace una semana. «Yo sólo pienso en que pase pronto el tiempo y poder regresar a casa por Navidad».

Fuente: Mónica G. Prieto
Enviada especial Herat (Afganistán)
El Mundo
21/08/2005

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* ESPECIAL: Sangre española en Afganistán.

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