Seguridad Pública y Protección Civil
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El gran negocio del fuego
Cada año se gasta
más en extinción pero hay más fuegos. En algunas zonas las empresas
cobran por metros apagados. El dinero a repartir (370 millones) prende
una sospecha terrible: habría interés en que arda el bosque
Hace más de 2.000
años, en la Roma de Julio César, Marco Licinio Craso recibió el encargo
de crear el primer servicio de bomberos de la Historia. Lo hizo tan
bien que los incendios disminuyeron drásticamente y, con ellos, el
aluvión de dracmas que él cobraba por apagarlos. Entonces contrató una
brigada paralela de incendiarios. Marco Licinio, que se hizo
inmensamente rico, no sólo acababa de inventar un oficio. También el
valor del fuego como negocio. Dos milenios después, este rincón de
Europa adonde Craso huyó durante las guerras civiles padece la mitad de
los 40.000 incendios forestales que se declaran al año en la UE.
Y el temor de que manos interesadas prendan fuego al bosque va más allá
de la leyenda negra. Cada vez se gasta más dinero en extinción; cada año
arde más superficie. ¿Ecuación sospechosa?
La Administración (central y autonómica) destina en 2005 más de 370
millones de euros a la guerra contra el fuego. Pagar a casi 23.000
efectivos y alquilar o mantener cientos de aviones y helicópteros no le
sale barato al erario público. El reparto de la tarta es muy
desigual: 600 euros al mes gana un peón brigadista; 160.000 puede cobrar
una empresa de helicópteros por mantener un aparato activo durante el
mismo tiempo.
«Aquí nunca interesó coger por los cuernos el problema del fuego.
Interesó convertir el fuego en un negocio», sentencia Alfonso Fernández,
profesional de viveros forestales. Galicia, donde vive y trabaja, sufre
(son datos del último lustro) una media anual de 10.000 incendios. La
mitad de toda España. La cuarta parte de los fuegos europeos. «Es normal
que se gane dinero con ese trabajo», apunta Alfonso, «pero no podemos
mantener 7.000 trabajadores en Galicia en época de fuegos. El
planteamiento lógico sería apagarlos en invierno. La prevención
simplificaría muchísimo la extinción».
En Galicia los ayuntamientos tienen potestad de contratar mediante
convenio a 4.000 temporeros en época de riesgo. Se reparten entre ellos
más de 8 millones de euros. Al final del verano, el maná deja de caer.
Un modelo tan viciado ha provocado casos que luego amplifican las
leyendas negras: brigadistas que queman el monte para asegurar el
contrato estival. En la memoria, el incendio de Yeste (Albacete), en
1994, la hasta entonces mayor tragedia ecológica de Castilla-La Mancha.
Testigos vieron a una avioneta, la «Icona 73», arrojando botellas
incendiarias.
Estos días atrás, la detención de cuatro miembros de un retén en A
Fonsagrada (Lugo), liberados con cargos el 27 de julio, desempolvó las
viejas historias de sospechas. En Vilanova del Camí (Barcelona), se
detuvo en 1996 a dos miembros de Protección Civil contratados por el
Ayuntamiento. Se demostró que uno de ellos provocó varios incendios para
que lo contrataran durante todo el año. Fue condenado a prisión y tanto
él como su familia, repudiados, dejaron el pueblo.
El chapucero modelo gallego, que los alcaldes utilizan para obtener
réditos políticos, desemboca en el absurdo. «Es una barbaridad», espeta
un forestal de Lugo. «Mandan al monte a los amigos. Por no hablar de
los alcaldes chulos que te levantan la brigada en plena extinción, o una
carroceta que te hace falta, porque son suyas. Ha llegado a pasar».
El agente clama contra una Administración que no intenta «reducir el
máximo posible el personal eventual. Les dan cursos mínimos para
cubrirse ante la cuestión legal... Desconocen el protocolo, carecen de
equipos de oxígeno ¡Parece el ejército de Pancho Villa!». Y un dato
inquietante más: «En Castilla y León, las empresas cobran por metros
apagados», apunta Francisco Cabezos, de CCOO. Lo mismo que en Galicia en
los años 80. «Iban al fuego y lo dejaban hacerse grande. Lo cuentan las
viejas glorias, pero ahora es otra cosa», explica un agente de las
nuevas promociones.
La Comunidad de Madrid contrata los efectivos terrestres antiincendios a
dos empresas privadas desde 1995. Las mismas empresas todos los años.
«Hemos denunciado que la privatización del servicio está generando mucho
dinero», dice Cabezos. «Hay ahí un gran negocio que planteábamos que se
quedara en el ámbito público, se invertiría más en personal y en
formación y se harían contratos más estables».
30 MILLONES DE EUROS
Los incendios le cuestan este año 30 millones al Gobierno regional, un
8% más que en 2004. «El presupuesto aumenta año a año, pero las
inversiones en sueldos y categorías no suben en proporción», critica
Cabezos.
Al contribuyente español le salen mucho más caros los medios aéreos. Hay
150 bases activas en verano. Sólo el Gobierno central moviliza 62
aeoronaves, entre hidroaviones de Defensa y helicópteros contratados a
empresas privadas. «La extinción de incendios sigue siendo la principal
fuente de trabajo de estas empresas», explica Marino Aguilera,
presidente de la Asociación de Pilotos y Técnicos de Mantenimiento de
Helicópteros (Aphytel).
Tres empresas -dos participadas por la firma canadiense lidera el sector
en el mundo- copan gran parte del mercado y tejen una tupida red de
subcontrataciones. «En Galicia los polacos están desde el 89. Por lo
menos, se consiguió que los helicópteros fuesen certificados en España»,
apunta Aguilera. «Un piloto español puede llegar a cobrar 2.400
euros al mes y un polaco sale un 40% más barato...». Aguilera no cree en
la veracidad -más leyenda negra- de las historias que hablan de
helicópteros dejando caer artefactos incendiarios en la maleza. «Las
empresas cobran el servicio haya o no haya fuegos».
Según un exhaustivo informe sobre incendios preparado por CCOO, el 66%
del gasto público en la materia se destina a apagarlos y sólo un 34% a
prevenirlos. Algo que enerva al agente forestal catalán Francesc Coll.
«En Cataluña son los bomberos los responsables de la extinción y están
diciendo: por favor, no nos den más dinero para aviones y coches». Pero
ningún gasto puede contener lo que Coll llama «la paradoja de la
extinción»: «El 98% de la superficie se pierde en el 0,3% de los
incendios».
Xosé Santos, cofundador en 2001 del Comité de Defensa do Monte Galego,
está convencido de que «el mejor fuego es el que no llega a iniciarse».
«En el caso gallego, el dinero se gastó a lo loco: 800 millones de
euros desde 1989 y prácticamente todo dedicado a la extinción. Jamás se
han ejecutado programas de corta de maleza con fondos de la UE, y hay
una directiva del 92 que los contempla».
El viverista Alfonso Fernández es más cáustico: «Se acaban de adjudicar
en Galicia contratos de prevención, curiosamente a dos filiales de Ence,
por cerca de 480.000 euros. Es muy simpático, estaban licitados en
febrero y se adjudican a finales de julio. Cortafuegos y desbroces que
tenían que estar listos a principios de campaña».
Félix Romero, coordinador del reciente informe de Adena ¿Por qué se
queman los montes españoles?, subraya lo difícil que resulta «establecer
políticas de prevención cuando no sabemos por qué arden los montes». «Se
desconoce la causa del 40% de los incendios que ocurren cada año. Sólo
el 3% acaba con algún detenido». En este aspecto, los agentes forestales
de Cataluña marcan la pauta.«Como no tenemos responsabilidades directas
en extinción desde 1988, nos hemos podido dedicar más a investigar»,
apunta Francesc Coll. «Se ha pasado de un 40% a un 13% de incendios
no clarificados. Y la conclusión es que detrás del fuego no está sólo el
pirómano o el loco que tan rentable le sale al político...».
Contra las creencias populares, pirómanos, brigadistas y especuladores
ocupan puestos muy marginales en el ranking de causas conocidas. Las dos
más importantes, según Adena: el despeje de monte para regenerar zonas
de pasto o la quema de desechos agrícolas habrían originado el 25% de
los incendios en 2004. Agricultores y pastores ligados desde siempre a
la cultura del fuego. Intereses económicos también, al fin y al cabo.
Fuente: El Mundo
14/08/2005
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Suplemento Temático: Incendios Forestales