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Martes, 23 de agosto de 2005


Seguridad Colectiva y Defensa Nacional

El último vuelo de los Cougar

El lugar donde se estrellaron los dos helicópteros ya está limpio de restos materiales y custodiado por 25 soldados españoles

 

El viento del norte azotaba ayer con tanta fuerza la zona cero que incluso costaba trabajo caminar por el lugar, una pequeña planicie rodeada de montañas junto a un riachuelo.
Cinco Vamtac (vehículos de alta movilidad táctica) con 25 hombres del Ejército de Tierra han tomado posiciones en las colinas y accesos para custodiar el lugar del impacto del Cougar que la pasada semana cayó matando a 17 soldados y también los restos del segundo helicóptero siniestrado, encajado de forma imposible en un recoveco de las rocas. Se trata de que nadie acceda al sitio, de que ningún lugareño se intente apoderar de un siniestro recuerdo que pueda ser utilizado para posteriores reivindicaciones.Y también de honrar la memoria de los hombres que fallecieron allí.

Foto: El Mundo

Sólo entre el valle montañoso donde se estrelló el aparato es posible reconstruir los hechos del fatídico martes que estuvo a punto de costar 34 vidas, como explican algunos de los experimentados oficiales de la Fuerza Aérea que acompañaron ayer a este diario al lugar. Dominada por bellísimas elevaciones de entre 200 y 300 pies de altitud se asienta la llanura donde no queda ningún rastro material del Cougar pero sí las huellas de lo sucedido: un primer impacto, más leve, en una pequeña loma, que muy probablemente desestabilizó el aparato y un segundo y definitivo golpe situado a unos 50 metros en el que el helicóptero viró y giró varias veces sobre sí mismo.

El efecto del mismo hizo que la cola se desprendiera, volando unos metros más allá de la cabina. En cuestión de segundos la nave se había convertido en una bola de fuego. Entre el efecto del impacto y las altísimas temperaturas, de más de 1.000 grados, el Cougar que segundos antes sobrevolaba el majestuoso valle había quedado convertido en un amasijo de hierros.


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Los dos aparatos, en vuelo táctico, habían salido minutos antes de la base. Se desplazaban en dirección sur a entre 200 y 300 metros de distancia y, como parte del ejercicio, se separaron por unos segundos. Todo transcurría con normalidad. Uno siguió en esa dirección, el otro viró hacia la derecha posiblemente tras pactar con el primero un punto de encuentro donde deberían haber tomado contacto visual, al margen del riachuelo. Pero lo que encontró el segundo Cougar cuando ascendió por el valle fue una densa columna de humo. El fuego devoraba el helicóptero con sus ocupantes aún en el interior y hacía estallar la munición de las ametralladoras y el resto del armamento reglamentario, lo que probablemente indujo a los ocupantes del segundo helicóptero a pensar que estaban bajo fuego enemigo.

La visión de los restos humeantes y las detonaciones de la munición hicieron que su piloto, el sargento primero Gregorio Peña, se viera obligado a tomar una decisión que conllevaba salvar las vidas de sus 16 compañeros y la suya propia en cuestión de segundos. Peña logró esquivar el lugar del accidente haciendo una rápida maniobra evasiva en la que su helicóptero quedó sin fuerza y fue incapaz de elevarse.

No sabía si estaban siendo sometidos a un ataque o si la mala suerte se había cebado en sus colegas, pero lo cierto es que sólo tenía dos opciones, tomar tierra en un aterrizaje de emergencia o estrellarse contra las rocas que tenía enfrente. Con una pericia sin límites, acompañada de una suerte inconmensurable, logró asentar el aparato en un estrecho hueco de los escarpados peñascos, a unos 150 metros de los restos humeantes del primer aparato que yacían en la llanura.

El morro del segundo Cougar quedó empotrado en un agujero de las rocas, lo que provocó las heridas de los miembros de la tripulación. Las aspas llegaron a rozar parte de la elevación, pero la suerte quiso que el lugar tuviera escasos 12 metros, lo suficiente para que los ocho metros de diámetro de las palas tuvieran suficiente sitio.

Se puede decir que la zona tenía el espacio justo, el mínimo, para que el helicóptero tomara tierra. «Si se hubiera adentrado un metro más adelante, las rocas se habrían comido las palas», explicaba ayer un avezado piloto.

«Gracias a la pericia del piloto y a la Virgen no tuvimos 34 víctimas en lugar de 17. Es tan milagroso como si un niño cae de un decimoquinto piso y sobrevive», explica un oficial de la Fuerza Aérea tratando de describir la imposible maniobra de aterrizaje.«Si quisiéramos meter el helicóptero en ese lugar con calzador sería imposible», añade. «Ni tratando de aterrizar allí a propósito sería posible tomar tierra de esa forma», apunta otro curtido piloto.

Pese al shock del aterrizaje de emergencia y la confusión, el equipo salió inmediatamente del helicóptero -que podría haber explotado- y mantuvo la suficiente sangre fría para tomar posiciones defensivas. Frente a ellos yacían los restos del primer aparato, que según los expertos podría haber rozado la elevación mencionada con la panza, el tren de aterrizaje y las ruedas antes de chocar.

Pocos minutos después llegaba la señal de alerta máxima a la base de Herat, donde está desplegada la tropa española y a sólo 25 kilómetros de la zona cero. Los dos Medevac (helicópteros de evacuación médica) y el tercer Cougar del que dispone el contingente partieron inmediatamente al lugar en auxilio de las víctimas, mientras por tierra los miembros de la Fuerza de Reacción Rápida seguían las coordenadas.

El panorama que hallaron era desolador. Los cinco heridos fueron evacuados en un primer turno, y los supervivientes del segundo Cougar insistieron en proteger sus posiciones. Incluso cuando los Medevac regresaron para trasladarlos a la base prefirieron mantenerse en sus puestos, dicen que cinco horas, hasta que en el lugar había tantos soldados que su presencia era innecesaria.

Desde entonces, más de 300 miembros de las Fuerzas Armadas han trabajado en el lugar siguiendo las instrucciones de un juez español y de un coronel jurídico, asegurándose de que no quedara nada del aparato siniestrado.

El primer paso fue levantar los cadáveres, una decisión que siguiendo el reglamento tuvo que esperar la orden del juez togado encargado del caso y fue supervisada por el asesor jurídico de la base.Después, comenzó la recuperación de los restos materiales y una batida que concluyó el pasado domingo «tras trabajar de sol a sol». Las proximidades fueron limpiadas en busca de cualquier huella o marca que indicara el desarrollo del siniestro.

Siguiendo escrupulosamente la táctica de reconstrucción de accidentes aéreos, el personal militar procedió a marcar todas las pruebas, a medir las distancias, a realizar los croquis pertinentes y a tomar detalladas fotografías con el objetivo de reconstruir el siniestro con total fidelidad antes de proceder a analizar los restos. Se trataba de ser «absolutamente respetuoso», dicen los expertos, con el procedimiento, las víctimas y sus familias.

Una vez que los restos de los fallecidos estuvieron en la base, sería el equipo de identificación de cadáveres de la Guardia Civil, 13 expertos que volaron hacia Afganistán desde España el día después del siniestro, quienes trabajaron 13 horas seguidas hasta poder ponerles nombres y apellidos. Nueve de ellos pudieron ser identificados mediante huellas dactilares; para los otros ocho, tuvieron que consultarse las fichas dentales.

El trabajo de los más de 200 miembros de la Brilat y del largo centenar de soldados adscritos a la Fuerza de Reacción Rápida que barrieron la zona y rescataron los restos fue intachable: ni un trozo de cristal ha quedado en la zona cero. Hasta el más mínimo rastro humano ha sido enviado a España en neveras especiales escoltadas por personal médico de Camp Arena. En la zona del siniestro, la cola partida y la cabina del segundo Cougar recuerdan la tragedia.

Un alto porcentaje del aparato volverá a volar, pero antes será investigado en España. Una vez que un Chinook norteamericano facilite su evacuación, nada en el hermoso valle recordará aquella fatídica jornada.

Fuente: El Mundo
23/08/2005

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* ESPECIAL: Sangre española en Afganistán.

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