El
último vuelo de los Cougar
El lugar donde se
estrellaron los dos helicópteros ya está limpio de restos materiales y
custodiado por 25 soldados españoles
El viento del norte
azotaba ayer con tanta fuerza la zona cero que incluso costaba trabajo
caminar por el lugar, una pequeña planicie rodeada de montañas junto a
un riachuelo.
Cinco Vamtac (vehículos de alta movilidad táctica) con 25 hombres del
Ejército de Tierra han tomado posiciones en las colinas y accesos para
custodiar el lugar del impacto del Cougar que la pasada semana cayó
matando a 17 soldados y también los restos del segundo helicóptero
siniestrado, encajado de forma imposible en un recoveco de las rocas.
Se trata de que nadie acceda al sitio, de que ningún lugareño se intente
apoderar de un siniestro recuerdo que pueda ser utilizado para
posteriores reivindicaciones.Y también de honrar la memoria de los
hombres que fallecieron allí.

Sólo entre el valle
montañoso donde se estrelló el aparato es posible reconstruir los hechos
del fatídico martes que estuvo a punto de costar 34 vidas, como explican
algunos de los experimentados oficiales de la Fuerza Aérea que
acompañaron ayer a este diario al lugar. Dominada por bellísimas
elevaciones de entre 200 y 300 pies de altitud se asienta la llanura
donde no queda ningún rastro material del Cougar pero sí las huellas de
lo sucedido: un primer impacto, más leve, en una pequeña loma, que muy
probablemente desestabilizó el aparato y un segundo y definitivo golpe
situado a unos 50 metros en el que el helicóptero viró y giró varias
veces sobre sí mismo.
El efecto del mismo hizo que la cola se desprendiera, volando unos
metros más allá de la cabina. En cuestión de segundos la nave se había
convertido en una bola de fuego. Entre el efecto del impacto y las
altísimas temperaturas, de más de 1.000 grados, el Cougar que segundos
antes sobrevolaba el majestuoso valle había quedado convertido en un
amasijo de hierros.

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Los dos aparatos, en
vuelo táctico, habían salido minutos antes de la base. Se desplazaban en
dirección sur a entre 200 y 300 metros de distancia y, como parte del
ejercicio, se separaron por unos segundos. Todo transcurría con
normalidad. Uno siguió en esa dirección, el otro viró hacia la derecha
posiblemente tras pactar con el primero un punto de encuentro donde
deberían haber tomado contacto visual, al margen del riachuelo. Pero lo
que encontró el segundo Cougar cuando ascendió por el valle fue una
densa columna de humo. El fuego devoraba el helicóptero con sus
ocupantes aún en el interior y hacía estallar la munición de las
ametralladoras y el resto del armamento reglamentario, lo que
probablemente indujo a los ocupantes del segundo helicóptero a pensar
que estaban bajo fuego enemigo.
La visión de los restos humeantes y las detonaciones de la munición
hicieron que su piloto, el sargento primero Gregorio Peña, se viera
obligado a tomar una decisión que conllevaba salvar las vidas de sus 16
compañeros y la suya propia en cuestión de segundos. Peña logró
esquivar el lugar del accidente haciendo una rápida maniobra evasiva en
la que su helicóptero quedó sin fuerza y fue incapaz de elevarse.
No sabía si estaban siendo sometidos a un ataque o si la mala suerte se
había cebado en sus colegas, pero lo cierto es que sólo tenía dos
opciones, tomar tierra en un aterrizaje de emergencia o estrellarse
contra las rocas que tenía enfrente. Con una pericia sin límites,
acompañada de una suerte inconmensurable, logró asentar el aparato en un
estrecho hueco de los escarpados peñascos, a unos 150 metros de los
restos humeantes del primer aparato que yacían en la llanura.
El morro del segundo Cougar quedó empotrado en un agujero de las rocas,
lo que provocó las heridas de los miembros de la tripulación. Las aspas
llegaron a rozar parte de la elevación, pero la suerte quiso que el
lugar tuviera escasos 12 metros, lo suficiente para que los ocho metros
de diámetro de las palas tuvieran suficiente sitio.
Se puede decir que la zona tenía el espacio justo, el mínimo, para
que el helicóptero tomara tierra. «Si se hubiera adentrado un metro más
adelante, las rocas se habrían comido las palas», explicaba ayer un
avezado piloto.
«Gracias a la pericia del piloto y a la Virgen no tuvimos 34 víctimas en
lugar de 17. Es tan milagroso como si un niño cae de un decimoquinto
piso y sobrevive», explica un oficial de la Fuerza Aérea tratando de
describir la imposible maniobra de aterrizaje.«Si quisiéramos meter el
helicóptero en ese lugar con calzador sería imposible», añade. «Ni
tratando de aterrizar allí a propósito sería posible tomar tierra de esa
forma», apunta otro curtido piloto.
Pese al shock del aterrizaje de emergencia y la confusión, el equipo
salió inmediatamente del helicóptero -que podría haber explotado- y
mantuvo la suficiente sangre fría para tomar posiciones defensivas.
Frente a ellos yacían los restos del primer aparato, que según los
expertos podría haber rozado la elevación mencionada con la panza, el
tren de aterrizaje y las ruedas antes de chocar.
Pocos minutos después llegaba la señal de alerta máxima a la base de
Herat, donde está desplegada la tropa española y a sólo 25 kilómetros de
la zona cero. Los dos Medevac (helicópteros de evacuación médica) y el
tercer Cougar del que dispone el contingente partieron inmediatamente al
lugar en auxilio de las víctimas, mientras por tierra los miembros de la
Fuerza de Reacción Rápida seguían las coordenadas.
El panorama que hallaron era desolador. Los cinco heridos fueron
evacuados en un primer turno, y los supervivientes del segundo Cougar
insistieron en proteger sus posiciones. Incluso cuando los Medevac
regresaron para trasladarlos a la base prefirieron mantenerse en sus
puestos, dicen que cinco horas, hasta que en el lugar había tantos
soldados que su presencia era innecesaria.
Desde entonces, más de 300 miembros de las Fuerzas Armadas han trabajado
en el lugar siguiendo las instrucciones de un juez español y de un
coronel jurídico, asegurándose de que no quedara nada del aparato
siniestrado.
El primer paso fue levantar los cadáveres, una decisión que siguiendo el
reglamento tuvo que esperar la orden del juez togado encargado del caso
y fue supervisada por el asesor jurídico de la base.Después, comenzó la
recuperación de los restos materiales y una batida que concluyó el
pasado domingo «tras trabajar de sol a sol». Las proximidades fueron
limpiadas en busca de cualquier huella o marca que indicara el
desarrollo del siniestro.
Siguiendo escrupulosamente la táctica de reconstrucción de accidentes
aéreos, el personal militar procedió a marcar todas las pruebas, a medir
las distancias, a realizar los croquis pertinentes y a tomar detalladas
fotografías con el objetivo de reconstruir el siniestro con total
fidelidad antes de proceder a analizar los restos. Se trataba de ser
«absolutamente respetuoso», dicen los expertos, con el procedimiento,
las víctimas y sus familias.
Una vez que los restos de los fallecidos estuvieron en la base, sería el
equipo de identificación de cadáveres de la Guardia Civil, 13 expertos
que volaron hacia Afganistán desde España el día después del siniestro,
quienes trabajaron 13 horas seguidas hasta poder ponerles nombres y
apellidos. Nueve de ellos pudieron ser identificados mediante huellas
dactilares; para los otros ocho, tuvieron que consultarse las fichas
dentales.
El trabajo de los más de 200 miembros de la Brilat y del largo centenar
de soldados adscritos a la Fuerza de Reacción Rápida que barrieron la
zona y rescataron los restos fue intachable: ni un trozo de cristal ha
quedado en la zona cero. Hasta el más mínimo rastro humano ha sido
enviado a España en neveras especiales escoltadas por personal médico de
Camp Arena. En la zona del siniestro, la cola partida y la cabina del
segundo Cougar recuerdan la tragedia.
Un alto porcentaje del aparato volverá a volar, pero antes será
investigado en España. Una vez que un Chinook norteamericano facilite su
evacuación, nada en el hermoso valle recordará aquella fatídica jornada.
Fuente: El Mundo
23/08/2005
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