Seguridad Colectiva y Defensa Nacional
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El
aviador que ardió
La gran tragedia de
la II Guerra Mundial, hace 60 años, produjo una asombrosa cosecha de
héroes desgraciados. Entre esos personajes se encuentra el valiente
piloto Johannes Steinhoff, que, considerado el hombre más guapo de la
Luftwaffe, resultó espantosamente quemado a bordo de su avión
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El as de la aviación de
combate alemana Johannes Steinhoff, antes del accidente que
sufrió a bordo de un reactor Me-262 en 1945 |
Un ángel llevó a Steinhoff al
infierno. Experimentado piloto de caza alemán con un rotundo saldo de
176 victorias en el aire, el aviador se encaramó aquel 18 de abril de
1945 a su flamante Messerschmitt 262, un aparato maravilloso, el primer
reactor de combate operacional del mundo, para lanzarse a su misión
número 900. El hombre que subía al rutilante aeroplano -una máquina
sensacional que parecía un tiburón y volaba "como un ángel", según la
descripción del as de caza Adolf Galland-, encarnaba como un hermoso
halcón todo lo de arrojado, fiero y salvaje que representa la aviación
de caza. Considerado oficiosamente "el hombre más guapo de la Luftwaffe"
y un tipo bastante decente que abogaba por hacer la guerra en los cielos
de la manera más caballerosa y justa posible y hasta tuvo los arrestos
de enfrentarse a su corrupto jefe, el mariscal Goering, Steinhoff acabó
la jornada convertido físicamente en un monstruo.
Al despegar junto a otros miembros de su escuadrilla de jets, la selecta
Jagdverband 44, la mejor agrupación de pilotos que ha conocido la
historia, incluyendo al circo del Barón Rojo, el tren de aterrizaje del
avión de Steinhoff se hundió en el cráter de una bomba mal tapado. El
reactor, encabritado, se elevó de un salto un metro en el aire y se
estrelló. Empezó a incendiarse y mientras el aviador trataba de abrir la
cabina una enorme explosión sacudió el aparato al estallar los 24
cohetes R4M de armamento que portaba bajo las alas. En medio del
combustible ardiente, Steinhoff se abrasaba vivo. Consiguió salir entre
las llamas, rodar y alejarse a rastras del aparato, que se disolvió en
una ensordecedora deflagración final. Aullaba de dolor. Su rostro se
había fundido como cera en un horno. Le llevaron a un hospital donde los
médicos decretaron que no sobreviviría, y allí quedó dos años, como el
protagonista de El paciente inglés, convertido en una gran llaga
sufriente que soñaba cielos azules y grandes desiertos amarillos -los
que había sobrevolado en África-. En sus sueños aparecían también el
Etna, sobre cuya caldera había combatido en Sicilia y que le devolvía a
aquel instante espantoso de fuego que le desfiguró, y los paisajes
nevados de Rusia, cuyo helado recuerdo mitigaba su ardiente dolor.
Al revés que el aviador cinematográfico que interpretaba Ralph Fiennes,
Steinhoff se salvó. Pero durante años hubo de someterse a penosas
operaciones, como otros pilotos de la II Guerra Mundial arrojados del
cielo (véase el conmovedor libro The reconstruction of warriors, de E.
R. Mayhew, Greenhill, 2004). En 1969, un cirujano plástico le rehizo los
párpados con piel del brazo y pudo quitarse por fin las gafas oscuras
que protegían sus ojos condenados hasta entonces a permanecer siempre
abiertos.
Sus primeros combates
Johannes Steinhoff, Mäcki, nacido en Bottendorf, Turingia, en 1913, era
hijo de un agricultor y estudió para ser maestro antes de que la
recesión en Alemania tras la I Guerra Mundial y el paro le llevaran a
alistarse en la marina. De allí pasó a la aviación naval y luego a la
Luftwaffe. Steinhoff empezó a volar en 1935 junto a muchos de los que
serían también grandes ases. Su primer combate fue contra bombarderos
británicos sobre Holanda en 1939: derribó uno. Participó en la Batalla
de Inglaterra y en sus letales dogfights, donde aprendió a valorar la
pericia, el coraje y la "deportividad" de los pilotos de la RAF. Luego
luchó en Rusia y desde el aire vio morir un ejército en Stalingrado para
después pasar al Norte de África, a Italia, a Rumanía y a defender los
cielos de Berlín.
Patriota pero no nazi -Hitler le hizo callar en un par de célebres
ocasiones en que expresó arriesgadamente ante el führer su opinión sobre
la equivocación de la guerra en el Este y el absurdo uso del Me-262 como
bombardero-, Steinhoff fue uno de los protagonistas del célebre motín de
los pilotos de caza contra Goering a causa de la demencial manera de
éste de conducir la guerra aérea y de su malévola obsesión por
culpabilizar de las derrotas a los pilotos. Estuvo a punto de terminar
ante una corte marcial pero finalmente se le reclutó para la JV 44, la
desesperada escuadrilla final de ases en reactores, donde sufrió el
accidente, y ardió.
La historia de Steinhoff, que supo sobreponerse a sus quemaduras y su
deformidad y regresó al mundo de la aviación para convertirse en uno de
los generales responsables de la nueva fuerza aérea alemana en la OTAN
-murió, retirado, en 1994; su hija Úrsula se casó con un senador de EE
UU-, no atrae sólo por sus ecos mitológicos de Ícaro guerrero caído y
abrasado -y posterior Fénix de la Luftwaffe-. Escribió un bello libro de
memorias, Messerschmitts over Sicilly (Pen & Sword, 2004), que,
convertido ya en un clásico de la aviación, relata las peripecias de
Steinhoff y su grupo de caza en el verano de 1943, desde su llegada a
Sicilia tras el desastre del Afrika Korps hasta su retirada de la isla
por la invasión aliada.
El aviador narra experiencias de vuelo y frenéticos combates aéreos
-entre el staccato de las ametralladoras y los mortales dedos luminosos
de las trazadoras- con una emoción y un lirismo dignos de James Salter.
Inferiores en número, volando en los ya obsoletos Me-109 desde sus bases
junto al durrelliano monte Erice, Steinhoff ("Odiseo Uno") y sus hombres
se enfrentan día tras día, sin ninguna esperanza, a las oleadas de
bombarderos y enjambres de cazas enemigos. Goering les acusa de
cobardía, pero Steinhoff y sus aviadores siguen luchando y cayendo,
sobre el mar y los campos de olivos, envueltos en el embriagante vértigo
de la velocidad y en el olor a sudor, fuel y cordita. En un pasaje,
Steinhoff sobrevuela el templo de Segesta y mientras la aurora tiñe las
columnas dóricas, la cabina se inunda de un brillo cegador, envolviendo
al piloto en un resplandeciente y terrible augurio.
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Un encuentro con el reactor de
Hitler |
| Fue complicado llegar hasta
él, pero valió la pena. Durante años había soñado con ver un
Messerschmitt 262, uno de los aparatos legendarios de la
historia de la aviación (véase Hitler's jet plane, de Mani
Ziegler, Greenhill, 2004), y ahora estaba por fin ante el temido
reactor, capaz de volar a casi 900 kilómetros por hora para
espanto de los aviones de hélice y pistón. Con su aspecto de
escualo, reposaba en el museo del antiguo campo de aviación de
Kbely, en las afueras de Praga. Puse la mano sobre su morro
prominente y cerré los ojos para conjurar los sueños de la
bestia dormida. Vi arder a Steinhoff y caer al gran Nowotny
gritando: "¡Mierda, mi turbina!". El mejor piloto del jet fue,
sin embargo, Kurt Welter, que volaba en él de día y de noche,
despegando desde las autobahn, y, lo que son las cosas, fue a
morir en 1949 cuando el coche se le caló en un paso a nivel sin
barrera. La historia de los Me-262, aunque lucharon en el bando
de los malos, es muy emocionante. Tremendamente vulnerables en
tierra, como los albatros (el reactor recibió precisamente dos
nombres de ave: Schwalbe, golondrina, y Sturmvogel, petrel), los
pilotos enemigos los cazaban al despegar y aterrizar,
convirtiéndolos en fugaces pájaros de fuego. |
Fuente: El País
07.08.05
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