Seguridad Medioambiental
y Protección del Entorno
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Los mitos del
‘Frankenstein’ transgénico
El debate sobre los
alimentos transgénicos se ha articulado desde posturas muy radicales:
para unos, significarán el fin del hambre; para otros, el de la
biodiversidad. Según los expertos, no se ha sabido explicar que hay más
beneficios que riesgos.
La controversia sobre el
desarrollo de alimentos transgénicos se ha llegado a denominar como “el
debate del siglo XXI”. Una disputa polarizada al extremo entre
detractores y defensores, y enturbiada por intereses ecologistas,
políticos y empresariales.
Para unos, los transgénicos serán una herramienta imprescindible para la
sostenibilidad del ser humano: en 2050, la población mundial ascenderá
hasta las 9.000 millones de habitantes y el terreno cultivable se
reducirá a un tercio del actual, lo que hará imprescindible multiplicar
la productividad agrícola. Sin embargo, sus oponentes sólo ven peligros
de toxicidad para seres humanos, animales y plantas, y un ataque a la
biodiversidad. “Jugar a ser dioses” o “crear Frankensteins” son
expresiones que asocian a la transgénesis.
Mal enfoque
El resultado final ha sido que gran parte de la opinión pública, sobre
todo en Europa, se ha formado una opinión negativa sobre los
transgénicos, a pesar de que la comunidad científica los defiende casi
unánimemente.
El profesor Humberto D. Rosa, secretario de Estado de Medio Ambiente de
Portugal y científico de la Universidad de Lisboa, que participó en el
curso Alimentos Transgénicos organizado por la Universidad Complutense
de Madrid en El Escorial, asegura que se ha utilizado una mala
estrategia para “vender” estos avances: “Se enfocó excesivamente hacia
los productores; se habló más de los beneficios de la industria que de
los del consumidor, de manera que éste veía más claros los riesgos que
los beneficios; tampoco contribuyó la minusvaloración sistemática de los
peligros, la exageración sobre las virtudes y la resistencia del sector
al etiquetado de los productos transgénicos”.
El principal problema, según D. Rosa, es que se han creado muchos mitos,
desde los dos puntos de vista. “Por ejemplo, decir cosas como que
conducir un coche tiene más riesgo que los organismos genéticamente
modificados; o que la agricultura orgánica es peor para la salud que la
biotecnológica; o que los ecologistas no sirven al medioambiente sino a
objetivos oscuros... Estos argumentos son respetables, pero a menudo son
imprecisos o exagerados. No es la mejor manera de convencer a los
escépticos”.
A esto se suma la visión apocalíptica –de mucho calado en la opinión
pública– que se ofrece desde la trinchera contraria: la ingeniería
genética permitirá la aparición de alergias y de resistencias a
herbicidas y antibióticos, se desquilibrarán los ecosistemas, se
reducirá la biodiversidad silvestre, se contaminarán suelos y
acuíferos...
A pesar de ello, el científico portugués cree que la mayoría de la gente
no está totalmente en contra ni a favor: “Lo aceptarán si entienden que
los beneficios son mayores a los riesgos. Están listos para estar
convencidos, pero todavía no lo están”.
Una oportunidad de mercado ecológica
Como contrapunto a los avances de la biotecnología en los cultivos, la
denominada agricultura orgánica o ecológica ha experimentado en los
últimos años un tirón formidable. Como es lógico, sólo en los países
ricos, donde las necesidades alimentarias básicas están cubiertas. Por
ejemplo, en Austria, el año pasado, creció un 10%.
En España, el crecimiento fue del 2%, pero el potencial es enorme. Según
Ignacio Romagosa, investigador de la Universidad de Lérida, “la sociedad
ha asumido el valor intrínseco, no sólo instrumental de los animales.
Los defensores de la agricultura ecológica reclaman
el mismo valor para las plantas”.
Esto no quiere decir que no acepten ningún método de mejora genética:
acceden a algunos, como la selección masal o el diagnóstico de ADN, pero
rechazan todo lo demás: selección ‘in vitro’, metagénesis, transgénesis...
Para Romagosa, más que una concepción ética de la agricultura, “sobre
todo es una oportunidad de mercado”, en la que a veces se llega
demasiado lejos en la negación de los avances tecnológicos.
Para él, lo óptimo sería una producción agrícola “integrada”, que
contempla la necesidad de ser respetuosos con el medioambiente, pero sin
llegar a la exageración.
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“La ingeniería
genética utiliza las mismas armas que la naturaleza” |
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En 1978, Werner
Arber (Gränichen, Suiza, 1929) recibió el Premio Nobel de
Medicina –junto a Daniel Nathans y Hamilton O. Smith– por su
descubrimiento de las enzimas de restricción y su aplicación en
la genética molecular.
Arber realizó durante los cursos de verano de la UCM en El
Escorial una defensa de la modificación genética de los
alimentos, basada en sus conocimientos sobre evolución
molecular. Su tesis era la siguiente: “La ingeniería genética
utiliza las mismas herramientas que la naturaleza para mejorar
la calidad de los alimentos”.
Pregunta: Usted es un defensor de los transgénicos. ¿Por qué
hay tanto escepticismo sobre su uso?
Respuesta: No
comparto el miedo a que determinadas modificaciones genéticas
tengan efectos negativos, porque conozco cómo funciona la
evolución biológica. Se puede observar que las estrategias que
utiliza la naturaleza constantemente para mantener la
biodiversidad son, en realidad, las mismas que aplica la
ingeniería genética. Y sólo después de haberse estudiado todas
las consecuencias de esas modificaciones, pueden ser utilizados,
por ejemplo, en la agricultura.
P.: ¿Por qué las mayores dudas en este tema surgen en Europa,
una de las regiones con mayor nivel científico?
R.: Seguramente
una de las razones es que casi nadie en Europa sufre de hambre;
la gente no contempla una necesidad de cambiar de hábitos
alimenticios, nos gusta nuestra alimentación. Pero también hay
otras razones que serían menos fáciles de defender, como las que
tienen que ver con intereses políticos.
P.: Quizá términos como “manipulación genética” suenan muy
“artificiales” para la opinión pública...
R.: Deberíamos
ser conscientes de que en todas las formas en la que los
ingenieros genéticos usan genes hoy en día, éstos estaban
presentes en la naturaleza. Por el momento, nadie ha creado un
gen nuevo. A veces se publican noticias de que los científicos
han creado un nuevo organismo, pero eso es una estupidez.
P.: En agricultura es donde más avances –y críticas– se han
aplicado...
R.: La
agricultura, según hoy la conocemos, no tiene menos riesgos que
la biotecnológica. Se cultivan enormes extensiones con la misma
planta. Por ello, las posibilidades de cruces horizontales entre
especies se incrementan. Si no se quiere que esto ocurra,
entonces deberíamos cambiar también nuestro concepto actual de
la agricultura. Entonces, ¿cómo haríamos para alimentar a seis
mil millones de personas? |
Fuente: Expansión
23/08/2005