Belt Ibérica S.A. Analistas de Prevención

- Menú -

HOME

Noticias...
Se busca...
Eventos...
Legislación...
Bibliografía...
Artículos...

> MAPA del WEB <

Su opinión...

Envíenos la noticia o el comentario que desee.

 

 

Noticias Profesionales

  

Noticias

Jueves, 25 de agosto de 2005


Seguridad Medioambiental y Protección del Entorno

Los mitos del ‘Frankenstein’ transgénico

El debate sobre los alimentos transgénicos se ha articulado desde posturas muy radicales: para unos, significarán el fin del hambre; para otros, el de la biodiversidad. Según los expertos, no se ha sabido explicar que hay más beneficios que riesgos.

 

La controversia sobre el desarrollo de alimentos transgénicos se ha llegado a denominar como “el debate del siglo XXI”. Una disputa polarizada al extremo entre detractores y defensores, y enturbiada por intereses ecologistas, políticos y empresariales.

Para unos, los transgénicos serán una herramienta imprescindible para la sostenibilidad del ser humano: en 2050, la población mundial ascenderá hasta las 9.000 millones de habitantes y el terreno cultivable se reducirá a un tercio del actual, lo que hará imprescindible multiplicar la productividad agrícola. Sin embargo, sus oponentes sólo ven peligros de toxicidad para seres humanos, animales y plantas, y un ataque a la biodiversidad. “Jugar a ser dioses” o “crear Frankensteins” son expresiones que asocian a la transgénesis.

Mal enfoque

El resultado final ha sido que gran parte de la opinión pública, sobre todo en Europa, se ha formado una opinión negativa sobre los transgénicos, a pesar de que la comunidad científica los defiende casi unánimemente.

El profesor Humberto D. Rosa, secretario de Estado de Medio Ambiente de Portugal y científico de la Universidad de Lisboa, que participó en el curso Alimentos Transgénicos organizado por la Universidad Complutense de Madrid en El Escorial, asegura que se ha utilizado una mala estrategia para “vender” estos avances: “Se enfocó excesivamente hacia los productores; se habló más de los beneficios de la industria que de los del consumidor, de manera que éste veía más claros los riesgos que los beneficios; tampoco contribuyó la minusvaloración sistemática de los peligros, la exageración sobre las virtudes y la resistencia del sector al etiquetado de los productos transgénicos”.

El principal problema, según D. Rosa, es que se han creado muchos mitos, desde los dos puntos de vista. “Por ejemplo, decir cosas como que conducir un coche tiene más riesgo que los organismos genéticamente modificados; o que la agricultura orgánica es peor para la salud que la biotecnológica; o que los ecologistas no sirven al medioambiente sino a objetivos oscuros... Estos argumentos son respetables, pero a menudo son imprecisos o exagerados. No es la mejor manera de convencer a los escépticos”.

A esto se suma la visión apocalíptica –de mucho calado en la opinión pública– que se ofrece desde la trinchera contraria: la ingeniería genética permitirá la aparición de alergias y de resistencias a herbicidas y antibióticos, se desquilibrarán los ecosistemas, se reducirá la biodiversidad silvestre, se contaminarán suelos y acuíferos...

A pesar de ello, el científico portugués cree que la mayoría de la gente no está totalmente en contra ni a favor: “Lo aceptarán si entienden que los beneficios son mayores a los riesgos. Están listos para estar convencidos, pero todavía no lo están”.

Una oportunidad de mercado ecológica

Como contrapunto a los avances de la biotecnología en los cultivos, la denominada agricultura orgánica o ecológica ha experimentado en los últimos años un tirón formidable. Como es lógico, sólo en los países ricos, donde las necesidades alimentarias básicas están cubiertas. Por ejemplo, en Austria, el año pasado, creció un 10%.

En España, el crecimiento fue del 2%, pero el potencial es enorme. Según Ignacio Romagosa, investigador de la Universidad de Lérida, “la sociedad ha asumido el valor intrínseco, no sólo instrumental de los animales. Los defensores de la agricultura ecológica reclaman
el mismo valor para las plantas”.

Esto no quiere decir que no acepten ningún método de mejora genética: acceden a algunos, como la selección masal o el diagnóstico de ADN, pero rechazan todo lo demás: selección ‘in vitro’, metagénesis, transgénesis... Para Romagosa, más que una concepción ética de la agricultura, “sobre todo es una oportunidad de mercado”, en la que a veces se llega demasiado lejos en la negación de los avances tecnológicos.

Para él, lo óptimo sería una producción agrícola “integrada”, que contempla la necesidad de ser respetuosos con el medioambiente, pero sin llegar a la exageración.

“La ingeniería genética utiliza las mismas armas que la naturaleza”

En 1978, Werner Arber (Gränichen, Suiza, 1929) recibió el Premio Nobel de Medicina –junto a Daniel Nathans y Hamilton O. Smith– por su descubrimiento de las enzimas de restricción y su aplicación en la genética molecular.

Arber realizó durante los cursos de verano de la UCM en El Escorial una defensa de la modificación genética de los alimentos, basada en sus conocimientos sobre evolución molecular. Su tesis era la siguiente: “La ingeniería genética utiliza las mismas herramientas que la naturaleza para mejorar la calidad de los alimentos”.

Pregunta: Usted es un defensor de los transgénicos. ¿Por qué hay tanto escepticismo sobre su uso?

Respuesta: No comparto el miedo a que determinadas modificaciones genéticas tengan efectos negativos, porque conozco cómo funciona la evolución biológica. Se puede observar que las estrategias que utiliza la naturaleza constantemente para mantener la biodiversidad son, en realidad, las mismas que aplica la ingeniería genética. Y sólo después de haberse estudiado todas las consecuencias de esas modificaciones, pueden ser utilizados, por ejemplo, en la agricultura.

P.: ¿Por qué las mayores dudas en este tema surgen en Europa, una de las regiones con mayor nivel científico?

R.: Seguramente una de las razones es que casi nadie en Europa sufre de hambre; la gente no contempla una necesidad de cambiar de hábitos alimenticios, nos gusta nuestra alimentación. Pero también hay otras razones que serían menos fáciles de defender, como las que tienen que ver con intereses políticos.

P.: Quizá términos como “manipulación genética” suenan muy “artificiales” para la opinión pública...

R.: Deberíamos ser conscientes de que en todas las formas en la que los ingenieros genéticos usan genes hoy en día, éstos estaban presentes en la naturaleza. Por el momento, nadie ha creado un gen nuevo. A veces se publican noticias de que los científicos han creado un nuevo organismo, pero eso es una estupidez.

P.: En agricultura es donde más avances –y críticas– se han aplicado...

R.: La agricultura, según hoy la conocemos, no tiene menos riesgos que la biotecnológica. Se cultivan enormes extensiones con la misma planta. Por ello, las posibilidades de cruces horizontales entre especies se incrementan. Si no se quiere que esto ocurra, entonces deberíamos cambiar también nuestro concepto actual de la agricultura. Entonces, ¿cómo haríamos para alimentar a seis mil millones de personas?

Fuente: Expansión
23/08/2005

© BELT.ES  Copyright. Belt Ibérica, S.A. Madrid - 2004. belt@belt.es