Los 'Lobos' lloran a las 'Hormigas'
Olvidada su
rivalidad con la 1ª compañía de la Brilat, a la que pertenecían 12 de
los fallecidos en el siniestro del Cougar, los miembros de la 2ª
compañía les dedican su misión en Afganistán. «Eran buena gente,
algunos unos cachondos mentales, otros verdaderos caballeros», evocan
los soldados
«Todo esto ha sido
como si nos hubieran metido una puñalada». El teniente Miguel Ángel
Calvo, coruñés de 34 años, se muerde los labios mientras devuelve el
saludo a las decenas de niños afganos que agitan sonrientes sus manos al
paso del convoy español. Hace sólo 24 días llegó a Afganistán junto a
los otros 83 miembros de la 2ª Compañía de la Brilat a la que pertenece,
los Lobos, pero él y sus hombres parecen haber envejecido en tres
semanas de misión.
Calvo no sólo conocía
personalmente a cada uno de los 12 compañeros de la 1ª Compañía -la de
las Hormigas- que fallecieron durante el accidente del Cougar del
fatídico día 16; también fue el encargado, junto a sus soldados, de
acudir al lugar del siniestro y velar los restos, de custodiar la zona
cero y de colaborar en el rescate de los cuerpos de sus amigos. Y
habiendo pisado el lugar de los hechos, no le cabe ninguna duda de que
se trató de un accidente.«Ha sido la mala suerte, ¡qué mala suerte!»,
repite apretando los dientes.
A las 14.00 horas, Herat quema a más de 40 grados de temperatura y el
viento arenoso cuartea los rostros de los soldados. La columna militar,
compuesta por cuatro Vamtac (vehículos de alta movilidad táctica) y una
ambulancia, se desplaza pesadamente por los caminos pedregosos que
comunican la ciudad con Qal i Naw, la segunda localidad afgana donde se
acuartelan tropas españolas, para mantener la presencia en la zona y dar
confianza a una población harta de violencia. En el interior del
blindado del teniente Calvo, los recuerdos sólo asaltan a los soldados a
petición de la periodista, porque están demasiado atentos a la misión
asignada como para perderse en el dolor. Pero, abierta la caja de
Pandora, todos tienen algo que recordar.
«Eran buena gente, algunos unos cachondos mentales, otros verdaderos
caballeros», evoca Calvo mientras el blindado supera los baches de
caminos pedregosos. «Hay cosas que duelen, uno acababa de tener una
niña, otro estaba a punto de casarse, algunos habían ascendido hace
poco», acota el soldado Tomás Lorenzo, 25 años, nacido en Pontevedra y
encargado de las transmisiones del Vamtac.«Pero hay que sobreponerse. Un
día lloras y a la mañana siguiente hay que trabajar», apostilla el cabo
Cristian Galego, el conductor del blindado, nacido en O Grove. Mientras,
el tirador Pérez Gil, de 25 años y originario de Arbo (Pontevedra),
mantiene silencioso su posición ante la ametralladora pesada de 12,70
milímetros, encargada de velar por las vidas del Vamtac.
Los caídos no pertenecían a los Lobos, sino a las Hormigas, la 1ª
Compañía de la Brilat con la que, antes, la manada mantenía cierta
rivalidad. La tragedia ha borrado las diferencias y hermanado a sus
integrantes, sobrepuestos a la tragedia con una entereza impresionante.
«La mejor manera de honrar a los caídos es continuar y culminar
nuestra misión», añade Lorenzo con la mirada perdida en el horizonte.
«Nosotros estamos hechos de otra pasta, y a esto es a lo que venimos»,
agrega Calvo.
Y eso que los Lobos han llorado, y mucho, a las Hormigas. Dicen que,
durante los primeros días, se daban fuerzas repitiéndose a sí mismos uno
de los 10 mandamientos que componen el código de conducta de la
compañía: «Ser camarada de mis camaradas, no abandonar jamás, ni en la
paz ni en la guerra», recita Galego.«Cuando me sentía flaquear me decía
a mí mismo: somos profesionales, somos profesionales», añade Lorenzo.
Pérez Gil informa al grupo de que ha tomado contacto visual con una
población. El teniente Calvo revisa su mapa, ordena al equipo ponerse
los cascos y sube las ventanas blindadas para evitar que ningún paisano
les tire «un regalito» en el interior: una granada o un artefacto
explosivo. «Es una zona tranquila, pero también un polvorín», informa
Galego. «La gente nos trata muy bien, pero todos éstos tienen un fusil
debajo de la almohada, como nosotros. Esto no es el sur de Afganistán,
pero no nos podemos descuidar», añade.
El equipo de Calvo tiene permanentemente a mano sus armas
reglamentarias, el fusil de 5,56 milímetros, mientras superan el núcleo
urbano compuesto por precarias construcciones de adobe. Los lugareños
les saludan cansadamente con la mano. «Esta gente está un poco en la
Edad Media, llevan toda la vida matándose entre sí y por eso quieren la
paz», prosigue el teniente. «Pero si estamos aquí es para poner las
bases del cambio y darles la libertad», interrumpe el cabo Galego sin
apartar la vista del camino. «Nuestros compañeros podrían haberse matado
igualmente estando de maniobras, aquí tenemos una buena causa para
estar», acota Lorenzo. «Estamos ayudando a un pueblo oprimido durante
toda su existencia. A mí también me habría gustado que nos hubieran
ayudado a los españoles durante la Guerra Civil», continúa Galego.
Tras cinco horas de recorrido por la región, la columna vuelve a Herat.
En sus calles, los soldados observan a los niños desnutridos, muchos
mutilados por las minas antipersona, que se asoman al paso del convoy.
«Entre los valores de nuestra unidad figuran renunciar a nuestros
derechos para que los civiles mantengan sus libertades», prosigue
Lorenzo encontrando un sentido real a esa máxima. Finalmente, los
Vamtac penetran en Camp Arena dejando atrás la ciudad. «Y mañana, más»,
concluye Galego tras parar el motor del Vamtac.
Fuente: El Mundo
26/08/2005
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