Seguridad Pública y Protección Civil
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Pilotos de helicóptero:
cuando el enemigo es el fuego
Conmocionados por
la muerte de 17 militares en Afganistán a bordo de un «Cougar», pilotos
de helicóptero españoles, la mayoría procedentes del Ejército, nos
cuentan cómo se juegan la vida diariamente en un combate desigual contra
las llamas de los incendios que arrasan bosques y sierras cada verano.
Su
enemigo no se oculta en los vientres hueros de las montañas afganas como
una criminal presencia fantasmagórica, sino que atufa España por sus
cuatro costados dando la cara, feroz, brutal, encaramado a nuestros
montes, asido a nuestros pastos, invasor como el cáncer de todos los
valles, colinas y barrancos. Y hoy, cuando a media mañana nos llegaba la
noticia de la muerte de 17 militares españoles a bordo de un «Super
Puma» pulverizado en el desierto afgano, Isidoro, militar en la reserva,
con 23.000 horas de vuelo a sus espaldas, y helicopterista de incendios
en su recobrada vida civil, se reafirma: «Lo de Afganistán ha sido
tremendo, pero después de 18 años en el Ejército le digo, a estas
alturas de mi vida, que no hay adversario más peligroso que el fuego, ni
misión más arriesgada que la de un rescate: cuando alguien está a punto
de perder la vida se actúa como en un incendio, pero sin límites que
valgan, ni siquiera el de la falta de visibilidad».
Isidoro, uno de los cuatrocientos pilotos de helicóptero que sobrevuelan
el infierno español este verano, aguarda la voz de alerta desde su base
madrileña de San Martín de Valdeiglesias, «un palacio -aunque no deje de
ser un prefabricado- si lo comparamos con lo que se ve por ahí. Porque
es sorprendente que, ahora que se ha demostrado después de muchos años
de incendios que el helicóptero es lo más eficaz para combatir los y que
estos aparatos y nuestro trabajo han tenido tal reconocimiento, pilotos
y tripulaciones vivan de forma infrahumana en muchas bases de Galicia,
Andalucía y otros lugares. Se quedaría de piedra si viera en qué
agujeros y chabolas indecentes tiene que vivir la gente, con el pueblo
más cercano a 14 kilómetros, y sin absolutamente nada, muriéndote de
calor, comido por las moscas, y así hay que pasar todo el verano, 20
días seguidos, luego 8 de descanso. Es angustioso. Los polacos, por
ejemplo, son unos pilotos admirables, que trabajan fenomenal, y no piden
nada; y muchos viven en esas condiciones porque les aplican lo de "éstos
están acostumbrados.", pero no es así. No puedes estar en Huelva, a 45
grados en un chamizo, y pretender ir fresco a una misión en la que la
gente se juega la vida».
De orto a ocaso, el piloto entretiene la guardia entre la gimnasia y la
lectura. Ahora vela por el penúltimo de Auster, «El libro de las
ilusiones». «Si tienes muchas salidas parece que el día se pierde un
poquito, pero las horas muertas son terribles. Y los contratistas y las
administraciones se aprovechan de que para nosotros esto es nuestra
vida, de que es el trabajo más bonito del mundo y de que estamos
enganchados a él».
«Nos dicen los molinillos»
El impacto del siniestro del aparato militar está presente todo el
tiempo. Y más para él que estuvo 18 años «con el Rey» pilotando «super
pumas» como el derribado. «Da la impresión de que le han tirado algo
porque un aparato no cae así por las buenas envuelto en humo.
Los "Cougar" son muy seguros y no tienen problemas como no sea la
necesidad de cambiar un fusible o una tarjeta electrónica., poco más. Se
tiene mucha experiencia en su mantenimiento por lo que casi descartaría
una avería». «¡Qué curioso -recapacita- que se fijen tanto en
nosotros! ¿Sabe que el helicóptero en España, donde el mundo de la
aviación ha estado siempre en manos de pilotos de avión, ha sido una
cosa de segunda, a la que no se hacía mucho caso? ¡Pero si hasta nos
llaman los "molinillos"! O te dicen, que casi es peor, "mira qué
gracioso el helicóptero"».
Pero
de desprecios está trufada nuestra historia. Especialmente hiriente
cuando se trata de la tragedia del fuego. Sin ir más lejos, el
Ministerio de Medio Ambiente -cuya titular acaba de tener que dar la
cara por la muerte de 11 agentes en Guadalajara-, ha recibido este mes
un tirón de orejas, vía carta, por parte de Marino Aguilera, presidente
de la Asociación Profesional de Pilotos Comerciales y Técnicos de
Mantenimiento de Helicópteros de España (Apythel), quien le ha hecho ver
su dislate. «El BOE número 261 del viernes 24 de octubre de 2004 -le
explica el piloto a la ministra Narbona- publica la resolución del MMA
por la que se adjudica un concurso para helicópteros con capacidad para
lanzar 4.500 litros de agua y al mismo tiempo transportar cuadrillas de
bomberos. Ponemos en su conocimiento que los requisitos básicos de la
contratación se han incumplido puesto que se han venido realizando los
trabajos con helicópteros modelo Kamov K33A11BC que, aunque tienen
matrícula española, poseen un certificado de aeronavegabilidad especial
restringido lo que les impide transportar personas. Es de suponer que
para ese Ministerio los bomberos forestales son personas, consideración
muy importante ante la autorización que la Dirección General de Aviación
Civil da a esta clase de helicópteros en la que se prohíbe el transporte
de personas pero autoriza el de bomberos. ¿Tampoco Aviación Civil
considera personas a los bomberos forestales?».
Más aún, el menosprecio que este representante de pilotos atisba en el
departamento de Narbona da también de lleno a los mismos helicópteros
porque «fíjese -le espeta Aguilera a la ministra- que, en España, para
atender la defensa, el ministerio de Bono compra flamantes helicópteros,
los últimos del modelo NH90; Hacienda hace igual con el moderno modelo
Dauphin N3 para vigilancia aduanera, Interior compra los EC-135 de
Eurocopter para la Policía y los E-120 para Tráfico, y hasta Fomento ha
dejado de alquilar los Sikorsky S61 para tener en propiedad otros
nuevos. Todos, salvo el Ministerio de Medio Ambiente». «Dato -apostilla
el ex militar- ante el que sobran las palabras».
Falta de previsión o algo natural
Porque «es inaudita la falta de previsión, de competencia y de interés
de las autoridades que esperan hasta el último momento para abordar un
problema de emergencia nacional», añade Aguilera, que durante una década
sirvió en el Batallón de Helicópteros de Maniobras IV al que pertenecían
algunos de los fallecidos el martes en Afganistán. «¿Qué esperaban
encontrar en el mercado cuando tras el incendio de Guadalajara, y
viéndose superados ante la escasez de medios y acuciados por la mala
coordinación, decidieron la contratación de siete aeronaves más? Pues
evidentemente, lo que no había querido nadie, pero de lo que se trataba
era de poder enseñar material. Y ya está bien de que cada vez que ocurre
algo así se rasguen las vestiduras hablando del fuego como si fuera un
fenómeno impredecible e incontrolable de la naturaleza en vez del
producto de su improvisación. Si el helicóptero de Medio Ambiente que
trabajó en el Alto Tajo -y que pilotaba un ruso- no hubiera perdido el
bambi -o depósito de agua- por tres veces, y si se hubiera producido una
mejor coordinación aérea, seguramente estaríamos hablando de un suceso
de otras dimensiones».
«Cuando un incendio cabalga a 75 kilómetros por hora y las condiciones
obligan a atacar el fuego sin poder penetrar en él, el medio aéreo es la
clave. Es una guerra que hay que ganar en tiempo real, combate a combate
y nada se puede posponer. No es posible-subraya Aguilera- que nadie
decida cortar tres árboles del único sitio en que se puede coger agua en
el fuego de Guadalajara, y que quedan a un metro del rotor, haciendo
peligrosa y lenta la operación, y que sólo se actúe cuando el fuego se
ha desbocado, cuatro días después. ¿No hemos aprendido nada en tantos
años de tragedia?».
Pero Francisco Lucas, director general de Coyotair y portavoz del sector
de helicópteros de la Asociación Española de Compañías Aéreas (AECA), y
como él todos los que han sentido cómo se les quemaba la cara en esa
aproximación a 10 metros sobre las llamas -«de lo contrario, la descarga
de agua no es efectiva»-, sí comprende la estrategia del enemigo. «La
eficacia es que cuando haya humo se dé el aviso y los aparatos despeguen
a toda velocidad porque lo más importante, como digo yo, es apagar el
fuego con los pies».
Su helicóptero, un AS 350-B3, de factura Eurocopter, que esta mañana
nublada de agosto reposa en la base madrileña de Las Rozas, es capaz de
alzar el vuelo en dos minutos -el reglamento dice que no en más de 10-,
y acaba de poner su nombre en el Guiness al ascender hasta el Everest,
un «ochomil» para un aparato que pesa 1.100 kilos y que, como una
hormiga de hierro, es capaz de levantar 2.800; alcanza una velocidad de
130 nudos (240 kilómetros por hora) y llena su bambi con 1.000 litros en
20 segundos. «Y en dos horas -añade Lucas orgulloso-, siempre con
agua cerca, puede hacer de 15 a 20 descargas».
«Después de 18 años en este oficio -explica Lucas- aprendes la filosofía
del fuego, y hasta a dirigirlo. Tiene su propia vida y crea sus propias
turbulencias. He visto cómo hacía estallar árboles y formaba vientos
insospechados tras una inversión térmica que alimentaba su ferocidad y
le proporcionaba un avance salvaje. Pero no es una lucha limpia: los
tendidos eléctricos, cuando no tienes visibilidad, pueden ser una trampa
mortal. Y ahora los molinos de viento son otra faena».
«Ahí arriba -confiesa Lucas-te sientes el más grande del mundo cuando le
pegas a la llama. Entonces, por la emisora de tierra, te llega la
fiesta; pero cuando se te va el agua a lo quemado y oyes un "¡coño, que
no das ni una!", te hundes y te crees el más inútil de todos. Porque ves
la lucha de tus compañeros, la pena y la impotencia; el sufrimiento a
secas en el corazón terrible de ese infierno ».
| Así
viven |
| Un informe del Colegio
Oficial de Pilotos de la Aviación Comercial concluye, tras
inspeccionar 55 bases de las 150 para la extinción de incendios
forestales en España, y en donde las tripulaciones viven hasta
20 días seguidos, que en un 48 por ciento de los casos carecen
de cama individual y aseo propio; no hay medios de regulación de
la temperatura en el 65,4 por ciento, y el 35 por ciento no
tiene agua potable. El 38 por ciento de los pilotos declaró
haber padecido alguna vez fatiga. Además, se ha comprobado que
el 53,8 por ciento de estas bases presentan obstáculos que
pueden interferir en las maniobras de despegue y aterrizaje, y
un 67,3 por ciento de ellas no tiene vigilancia por lo que son
susceptibles de sufrir daños o invasiones de personas o ganado. |
Fuente: ABC
21/08/2005
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Suplemento Temático: Incendios Forestales