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Jueves, 15 de diciembre de 2005


Seguridad Pública y Protección Civil

Los olvidados del terremoto de Pakistán

Y ahora empiezan a morir del frío

 

Hace dos meses el mundo tembló de espanto al observar las consecuencias del terremoto en Cachemira, con 86.000 muertos y unos 100.000 heridos. La inaccesibilidad de la zona siniestrada y, quizás, cierta desidia internacional han sepultado las ayudas necesarias para evitar más muertes por frío y hambre. Un equipo de Médicos Sin Fronteras narra para CRONICA lo que han visto

Foto: El MundoLal Din enseña los carnés de identidad de sus hijos, los dos muertos víctimas del terremoto. A sus 70 años, es ahora el único hombre a cargo de una familia de seis personas. El anciano arrastra una pierna de madera, recuerdo de la guerra de 1971 contra la India. Su nieto de cuatro años sufrió un golpe en la tibia durante el seísmo y no puede mover las piernas. Dos meses después de la catástrofe, todavía no ha recibido tratamiento. Lal Din cuenta su historia en medio de lo que queda de su casa, un montón de piedras, escombros y grava, donde se distinguen los cuerpos en descomposición de sus vacas muertas en el terremoto. La familia vive ahora en una cabaña improvisada, con unas mantas como único techo. Escaso abrigo cuando las temperaturas ya no superan los 10 grados bajo cero.

Dilowali, la aldea de Lal Din, quizá no sea el lugar más afectado por el terremoto que asoló Pakistán el pasado 8 de octubre. Cerca del 40% de las casas han quedado totalmente destruidas. Pero por su situación -un valle escarpado a unos kilómetros de la línea de control que separa la Cachemira pakistaní de la India, y que durante el invierno quedará totalmente aislado del resto del mundo- es uno de los lugares donde la distribución de ayuda es más urgente. El día de nuestra visita, a finales de noviembre, los primeros copos de nieve empiezan a caer. Los habitantes explican que en invierno la capa de nieve puede alcanzar varios metros. Durante esa temporada apenas salen de sus casas y se quedan agrupados entorno al fuego. Este año, si la ayuda no llega a tiempo, si no tienen abrigo suficiente, más de uno podría no sobrevivir al invierno y los pueblos verán morir a más niños. Después de que el terremoto matara a 35.000 críos, muchos hablan ya de la generación perdida de Pakistán. La destrucción es tan grande que en la última Conferencia de Donantes, éstos se comprometieron a enviar más de 6.000 millones de dólares en ayuda. Pero las necesidades crecen según bajan las temperaturas.

Foto: El Mundo

Embarcado en una carrera contrarreloj, un equipo de Médicos Sin Fronteras recorre las aldeas de la región -en realidad, una serie de casas esparcidas en los flancos de la montaña- para identificar a las familias cuyas necesidades son las más urgentes. El equipo está formado por dos belgas y una decena de pakistaníes, todos ellos originarios de la región de Bagh, la capital del distrito, y ellos mismos víctimas de la catástrofe. Muchos han perdido su casa; algunos incluso a seres queridos.

Cada día el equipo se despierta al alba y, en grupos de dos, se dispone a caminar de ocho a diez horas para determinar las necesidades de cada familia. En esta región aislada, donde la gente está acostumbrada a vivir casi en autarquía, numerosas familias empezaron la reconstrucción pocos días después del desastre. Recuperan piedras y vigas de su antigua casa para construir una nueva al lado.Los más débiles, las familias a quienes faltan los brazos fuertes, ni siquiera han empezado.

Sajid Hussein, el vecino de Lal Din, tiene 20 años. Su padre murió hace unos años y desde entonces él asume el rol de cabeza de una familia de ocho miembros. Las ocho vacas que poseían han muerto y su casa está en ruinas. Sajid Hussein resultó herido en un brazo. El miembro cuelga de su cuerpo, aparentemente fracturado, inutilizable. «Me han dado unos comprimidos», explica cuando le preguntamos si ha recibido tratamiento. No ha podido empezar a reconstruir y no ha recibido ayuda de sus vecinos. La alternativa de marcharse de la aldea es impensable para la mayoría de los habitantes. «La gente quiere vivir en su tierra, es todo lo que tiene. Los que se han ido [a campos de desplazados más abajo, en los grandes valles] son cobardes», afirma Chabeer Ahmed, uno de los líderes del pueblo.

Foto: El MundoTras haber examinado la situación de cada familia, el equipo de MSF entrega una tarjeta a quienes estiman que necesitarán ayuda para construir un abrigo para el invierno. Esta tarjeta les dará derecho a un kit de material que comprende chapa ondulada, una cubierta de lona, material de construcción, mantas, utensilios de cocina y productos para la higiene. Para poder recibir esta ayuda, los habitantes de Dilowali tendrán primero que subir al puerto de Haji Pir, a unos 20 kilómetros de aquí. Los camiones que traen la ayuda provenientes de la capital, Islamabad, a dos días de viaje, no pueden pasar por el camino -apenas un sendero- que desciende al valle.

Al día siguiente de la fase de identificación de las víctimas, a las siete de la mañana, 17 camiones llenos de material esperan en el puerto de Haji Pir, a 2.700 metros de altitud. Las cimas que rodean el puerto están cubiertas de nieve. El cielo está sombrío. El frío, extremo. Poco a poco, los habitantes del valle llegan a la cima. Algunos apilados (hasta más de veinte encima y dentro de vehículos todo-terreno), la mayoría a pie. Al oír su nombre, cada familia se acerca a los camiones, recibe los 200 kilos de material a los que tiene derecho y emprende con el bulto sobre sus espaldas el camino de vuelta hacia el valle.«En la distribución anterior, al principio, parecía imposible que pudiesen cargar con todo el material. Pero finalmente, al final del día, no quedaba nada», explica Jean Pletinks, responsable de los convoyes de MSF.

A finales de noviembre, MSF ya había distribuido tiendas y kits de construcción a más de 14.000 familias (contando una media de siete miembros por familia). Pero otras miles seguían sin tener un abrigo suficiente para el invierno. El acceso por carretera a algunas zonas, especialmente en el valle del río Neelum, seguía cortado.

Foto: El MundoMuchas víctimas no han esperado la llegada de la ayuda y se han reagrupado en campos alrededor de las principales ciudades de la región, Muzaffarabad, Mansehra y Bagh, y en los grandes valles. Decenas de miles de personas se hacinan en estos campos en condiciones de higiene a veces muy precarias, un terreno fértil para las epidemias. Los desplazados viven bajo tiendas mal preparadas para el invierno, expuestos a las bajas temperaturas y la intemperie. La situación en los campos podría, además, empeorar en las próximas semanas, conforme se intensifique el invierno y muchas familias que viven en las alturas decidan bajar hacía los valles. Otra preocupación es la falta de atención sanitaria. Como la mayoría de los edificios públicos, casi todos los hospitales y centros de salud de la región han quedado destruidos. En las zonas más remotas, los habitantes carecen de toda asistencia. Ahí ya no se trata tanto de atender a víctimas directas del terremoto, personas con fracturas y heridas, sino de tratar a gente que padece diarreas o infecciones respiratorias, consecuencia de las condiciones extremadamente precarias en las que viven ahora.

PARA AYUDAR A LAS VICTIMAS DE PAKISTAN

Fuente: El Mundo
11.12.05

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