Los olvidados del terremoto de Pakistán
Y ahora empiezan a
morir del frío
Hace dos meses el mundo
tembló de espanto al observar las consecuencias del terremoto en
Cachemira, con 86.000 muertos y unos 100.000 heridos. La
inaccesibilidad de la zona siniestrada y, quizás, cierta desidia
internacional han sepultado las ayudas necesarias para evitar más
muertes por frío y hambre. Un equipo de Médicos Sin Fronteras narra para
CRONICA lo que han visto
Lal
Din enseña los carnés de identidad de sus hijos, los dos muertos
víctimas del terremoto. A sus 70 años, es ahora el único hombre a cargo
de una familia de seis personas. El anciano arrastra una pierna de
madera, recuerdo de la guerra de 1971 contra la India. Su nieto de
cuatro años sufrió un golpe en la tibia durante el seísmo y no puede
mover las piernas. Dos meses después de la catástrofe, todavía no ha
recibido tratamiento. Lal Din cuenta su historia en medio de lo que
queda de su casa, un montón de piedras, escombros y grava, donde se
distinguen los cuerpos en descomposición de sus vacas muertas en el
terremoto. La familia vive ahora en una cabaña improvisada, con unas
mantas como único techo. Escaso abrigo cuando las temperaturas ya no
superan los 10 grados bajo cero.
Dilowali, la aldea de Lal
Din, quizá no sea el lugar más afectado por el terremoto que asoló
Pakistán el pasado 8 de octubre. Cerca del 40% de las casas han
quedado totalmente destruidas. Pero por su situación -un valle
escarpado a unos kilómetros de la línea de control que separa la
Cachemira pakistaní de la India, y que durante el invierno quedará
totalmente aislado del resto del mundo- es uno de los lugares donde la
distribución de ayuda es más urgente. El día de nuestra visita, a
finales de noviembre, los primeros copos de nieve empiezan a caer. Los
habitantes explican que en invierno la capa de nieve puede alcanzar
varios metros. Durante esa temporada apenas salen de sus casas y se
quedan agrupados entorno al fuego. Este año, si la ayuda no llega a
tiempo, si no tienen abrigo suficiente, más de uno podría no sobrevivir
al invierno y los pueblos verán morir a más niños. Después de que el
terremoto matara a 35.000 críos, muchos hablan ya de la generación
perdida de Pakistán. La destrucción es tan grande que en la última
Conferencia de Donantes, éstos se comprometieron a enviar más de 6.000
millones de dólares en ayuda. Pero las necesidades crecen según bajan
las temperaturas.

Embarcado en una carrera
contrarreloj, un equipo de Médicos Sin Fronteras recorre las aldeas de
la región -en realidad, una serie de casas esparcidas en los
flancos de la montaña- para identificar a las familias cuyas
necesidades son las más urgentes. El equipo está formado por dos belgas
y una decena de pakistaníes, todos ellos originarios de la región de
Bagh, la capital del distrito, y ellos mismos víctimas de la catástrofe.
Muchos han perdido su casa; algunos incluso a seres queridos.
Cada día el equipo se despierta al alba y, en grupos de dos, se dispone
a caminar de ocho a diez horas para determinar las necesidades de cada
familia. En esta región aislada, donde la gente está acostumbrada a
vivir casi en autarquía, numerosas familias empezaron la reconstrucción
pocos días después del desastre. Recuperan piedras y vigas de su antigua
casa para construir una nueva al lado.Los más débiles, las familias a
quienes faltan los brazos fuertes, ni siquiera han empezado.
Sajid Hussein, el vecino de Lal Din, tiene 20 años. Su padre murió hace
unos años y desde entonces él asume el rol de cabeza de una familia de
ocho miembros. Las ocho vacas que poseían han muerto y su casa está en
ruinas. Sajid Hussein resultó herido en un brazo. El miembro cuelga de
su cuerpo, aparentemente fracturado, inutilizable. «Me han dado unos
comprimidos», explica cuando le preguntamos si ha recibido tratamiento.
No ha podido empezar a reconstruir y no ha recibido ayuda de sus
vecinos. La alternativa de marcharse de la aldea es impensable para la
mayoría de los habitantes. «La gente quiere vivir en su tierra, es todo
lo que tiene. Los que se han ido [a campos de desplazados más abajo, en
los grandes valles] son cobardes», afirma Chabeer Ahmed, uno de los
líderes del pueblo.
Tras
haber examinado la situación de cada familia, el equipo de MSF entrega
una tarjeta a quienes estiman que necesitarán ayuda para construir un
abrigo para el invierno. Esta tarjeta les dará derecho a un kit de
material que comprende chapa ondulada, una cubierta de lona, material de
construcción, mantas, utensilios de cocina y productos para la higiene.
Para poder recibir esta ayuda, los habitantes de Dilowali tendrán
primero que subir al puerto de Haji Pir, a unos 20 kilómetros de aquí.
Los camiones que traen la ayuda provenientes de la capital, Islamabad, a
dos días de viaje, no pueden pasar por el camino -apenas un sendero- que
desciende al valle.
Al día siguiente de la fase de identificación de las víctimas, a
las siete de la mañana, 17 camiones llenos de material esperan en el
puerto de Haji Pir, a 2.700 metros de altitud. Las cimas que rodean el
puerto están cubiertas de nieve. El cielo está sombrío. El frío,
extremo. Poco a poco, los habitantes del valle llegan a la cima. Algunos
apilados (hasta más de veinte encima y dentro de vehículos
todo-terreno), la mayoría a pie. Al oír su nombre, cada familia se
acerca a los camiones, recibe los 200 kilos de material a los que tiene
derecho y emprende con el bulto sobre sus espaldas el camino de vuelta
hacia el valle.«En la distribución anterior, al principio, parecía
imposible que pudiesen cargar con todo el material. Pero finalmente, al
final del día, no quedaba nada», explica Jean Pletinks, responsable de
los convoyes de MSF.
A finales de noviembre, MSF ya había distribuido tiendas y
kits de construcción a más de 14.000 familias (contando una
media de siete miembros por familia). Pero otras miles seguían sin tener
un abrigo suficiente para el invierno. El acceso por carretera a algunas
zonas, especialmente en el valle del río Neelum, seguía cortado.
Muchas
víctimas no han esperado la llegada de la ayuda y se han reagrupado en
campos alrededor de las principales ciudades de la región, Muzaffarabad,
Mansehra y Bagh, y en los grandes valles. Decenas de miles de personas
se hacinan en estos campos en condiciones de higiene a veces muy
precarias, un terreno fértil para las epidemias. Los desplazados viven
bajo tiendas mal preparadas para el invierno, expuestos a las bajas
temperaturas y la intemperie. La situación en los campos podría, además,
empeorar en las próximas semanas, conforme se intensifique el invierno y
muchas familias que viven en las alturas decidan bajar hacía los valles.
Otra preocupación es la falta de atención sanitaria. Como la mayoría de
los edificios públicos, casi todos los hospitales y centros de salud de
la región han quedado destruidos. En las zonas más remotas, los
habitantes carecen de toda asistencia. Ahí ya no se trata tanto de
atender a víctimas directas del terremoto, personas con fracturas y
heridas, sino de tratar a gente que padece diarreas o infecciones
respiratorias, consecuencia de las condiciones extremadamente precarias
en las que viven ahora.
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PARA AYUDAR A LAS VICTIMAS DE
PAKISTAN |
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Fuente: El Mundo
11.12.05
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