Tsunami, año I: épica de la reconstrucción
La gran ola segó
casi trescientas mil vidas en el sureste asiático. Y aún más: ahondó el
apartheid de los más desfavorecidos.
Un
año después del maremoto recorremos el sur de la India, una de las
«zonas cero» de la tragedia donde ONG como Ayuda en Acción trabajan para
recuperar el futuro
Domingo 26 de diciembre de 2004. 7.58 hora local. 1.58 hora peninsular
española. Un terremoto de magnitud 9 en la escala Richter sacude el
norte de la isla de Sumatra (Indonesia). A más de 4.000 metros de
profundidad el movimiento sísmico provoca enormes olas que a más de 500
kilómetros por hora arrasan la costa de Indonesia, Sri Lanka, Tailandia
y la India. El balance: 280.000 muertos y más de 6 millones de
damnificados.
Miles de personas lo perdieron todo.
El mar se lo llevó. Familiares, casas, barcos, tierras... Hoy, cuando
falta una semana para que se cumpla un año del desastre, aún queda mucho
por reconstruir. Pero, para más inri, en lugares como la India el
tsunami no ha hecho más que ahondar el apartheid asiático. Para los
grupos más desfavorecidos (mujeres, ancianos, niños, discapacitados,
castas como los dalits o indígenas como los irulas) la exclusión y
marginación han encabezado las páginas de su diario desde entonces.

«Las catástrofes son naturales pero
los desastres no», señalan los responsables de la ONG Ayuda en Acción
que, desde aquel día, trabaja para restablecer la situación y mejorar
las condiciones de vida de muchas de estas personas. «No se trata de
partir de cero», sentencian.
Privatización de la costa
Por ello, su prioridad, junto con Action Aid y organizaciones locales
como Udhavi o la plataforma de ONG de Chennai, ha sido dar a conocer a
las comunidades sus derechos para que den respuesta a las acciones que
el Gobierno indio quiere emprender. «Se está utilizando el tsunami como
excusa para evacuar a comunidades, como los pescadores, de las zonas
costeras y privatizar estas áreas», denuncia Vannesa Peter, desde Action
Aid.
En
un principio, los afectados se debatieron entre volver a las tierras
donde un día estuvieron sus casas o quedarse en los campos de
desplazados. Una duda razonable si se tiene en cuenta que a los que
optaron por no regresar el Gobierno les ha dado dinero y un título de
propiedad, cosa de la que la mayoría de estas familias carecía.
La primera solución que se ofreció en la zona de Tamil Nadu fue la
construcción del campo de Kargil Nagar, un sitio de diminutas casas
unifamiliares de 3x4 metros cuadrados en las que llegaban a habitar
hasta siete personas. El lugar se convirtió en poco tiempo en un sitio
inmundo y las familias han tenido que ser trasladadas.
Ayuda en Acción ha tomado cartas en el asunto: ha impulsado la
construcción de viviendas en Ennore y comprado catamaranes y redes para
apoyar la recuperación de la pesca tradicional y en grupo. No obstante,
el problema reside en que los terrenos cedidos para estas nuevas
construcciones se sitúan a unos doce kilómetros de la costa, lo que ha
obligado a muchos a abandonar su tradicional modo de vida. «Antes, con
sólo mirar al mar sabíamos qué redes teníamos que utilizar, o qué peces
podíamos ir a pescar. Ahora estamos demasiado lejos y tampoco nadie
puede cuidar de nuestras redes y barcos», se lamenta un «meenavar»
(pescador en lengua tamil).
Raja tiene 32 años y vive junto a su mujer y tres hijos en una de las
casas construidas por la ONG. Durante el trayecto que separa Ennore del
lugar donde estaba su casa antes del maremoto (Nochi Kuppan) permanece
callado, observando. Hace un día gris y la lluvia arrecia por momentos
mientras el viento jalea las olas del Índico que se estrellan contra las
piedras de la playa. Es la primera vez que regresa y cuando entra en el
terreno alambrado no disimula su emoción. «Aquí estaba mi vida. Aquí
nacieron mis hijos...», explica sobre una superficie en la que ya no
queda nada de su casa, ni de las de las 650 familias que allí habitaban.
«Antes tenía dinero y podía mandar a mis hijos a la escuela. Era feliz»,
dice con la mirada perdida.
Intentos de suicidio
Una alegría que muchos tardarán en recuperar. «Retomar la vida después
de un desastre puede llevar unos 5 años, esto con ayuda psicológica
acompañada de la vuelta al trabajo o la escuela y la reconstrucción de
sus hogares», argumenta Niveditha, trabajadora social de la ONG local
Nimhans. Son múltiples los problemas que los voluntarios se han
encontrado durante meses: estados de shock, depresiones, pesadillas...
intentos de suicidio.
A un par de kilómetros de la playa, Paranthaman sale de su casa y se
levanta la camiseta para mostrar unas enormes cicatrices. El trauma
psicológico que sufrió tras el desastre fue tal que intentó quemarse a
lo bonzo. «El mar destruyó las pocas oportunidades de trabajo que había.
Sentí que era una carga para mi familia y decidí acabar con ello»,
relata este joven de veintiún años que gracias al trabajo de las ONG ha
tenido acceso a un tratamiento médico y psicológico. «He aprendido la
lección -dice-. Si volviera a ocurrir no lo haría. Sólo correría más
rápido».
El tsunami se llevó las ya mermadas esperanzas de muchos jóvenes de
conseguir una vida mejor. Soñaban con dejar de ser pescadores y ganar
unas cien rupias al día (dos euros) para buscar un trabajo. «Es una
generación de jóvenes donde la mayoría ha ido a la escuela. Por ello
esperan conseguir un trabajo, pero cuando llegan al mercado laboral no
tienen oportunidades», explica Vannesa. El resultado es la frustración,
el desánimo y la idea de acabar con sus vidas. Además, la mayoría de
ellos, a pesar de vivir en minúsculas casas, tienen acceso a la
televisión en la que contemplan la vida de otros jóvenes a los que
quieren emular. cosa que nunca alcanzarán.
A todo lo anterior se unió una curiosa circunstancia: «Las depresiones
fueron más frecuentes porque tras el tsunami perdieron la televisión con
la que entretenerse, y el aburrimiento agravó el trauma psicológico»,
cuentan los trabajadores sociales.
Tierras para los «intocables»
Además de la pesca, la recuperación de las tierras de cultivo,
salinizadas por las aguas, continúa siendo uno de los desafíos más
importantes en los que trabaja Ayuda en Acción. En India, existen unos
160 millones de dalits, de intocables. En un férreo sistema de castas
están condenados a realizar trabajos en condiciones de semiesclavitud,
se les niega la entrada a los templos, sacar agua de los pozos
comunitarios o se les sirve la comida en platos y vasos distintos. Pero
ahora, y gracias al trabajo de las ONG por mejorar la situación, una
pequeña de comunidad de dalits ha conseguido tierras para cultivar.
En cualquier catástrofe son los colectivos más vulnerables los más
zarandeados por la tragedia. De los cerca de 300.000 muertos que provocó
el tsunami, más de la mitad eran mujeres y niños. Mujeres que tuvieron
menos suerte que Mary, que logró huir cuando vio acercarse la gran ola.
Una experiencia que le provocó el aborto del niño que esperaba. Ahora,
sostiene en sus brazos a un nuevo hijo cuyo nombre significa «amanecer».
Mary lo tiene claro: «No quiero que sea pescador, prefiero que sea
policía».
Fuente: ABC
18.12.05
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