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El
"fantasma" del financiero apestado
Javier de la Rosa
vuelve a sentarse en el banquillo de la Audiencia Nacional, pero sus
declaraciones ya no despiertan tanta expectación
El que fuera el todopoderoso ejecutivo
de la etapa del 'pelotazo', hoy deambula solo por Barcelona, sin más
oficio que defenderse de los procesos pendientes, tras pasar más de 10
años entrando y saliendo de prisión.
Deambula por algunos de las rincones clásicos de Barcelona como alma en
pena. Mantiene las viejas costumbres, como la de acudir casi todos los mediodías a la coctelería Ideal, en la barcelonesa calle Aribau. Pero ya
nada es igual. Generalmente, la única compañía de la que disfruta el que
fuera todopoderoso financiero Javier de la Rosa en su tradicional rincón
del céntrico local es la de los escasos escoltas que mantiene en nómina.
Estos días, De la Rosa vuelve a sentarse en el banquillo de los acusados
de la Audiencia Nacional. Pero no despierta, ni de lejos, la expectación
que acompañaba a sus primeras comparecencias ante la Justicia, a pesar
de que es uno de los procedimientos más importantes de los que tiene
abiertos. Se enfrenta a una petición de pena de la Fiscalía
Anticorrupción de 38 años de prisión.

Hasta ahora, De la Rosa ha sido
condenado sólo a dos penas de 22 meses y cinco años de prisión,
respectivamente. Y aún tiene pendiente el proceso por la
descapitalización de Grand Tibidabo, su gran proyecto personal, en el
que más de 6.000 pequeños accionistas enterraron sus patrimonios hasta
sumar los 30.000 millones de las antiguas pesetas, que se volatilizaron
en manos del financiero.
Pero ya no sorprende a nadie que afirme que los cerca de 450 millones de
dólares que desaparecieron de las cuentas del Gurpo Torras, el
portaaviones español del grupo kuwaití KIO, se destinaron a pagos
políticos para obtener apoyo internacional a la intervención aliada para
liberar Kuwait de la invasión de Irak, que se produjo en agosto de 1990.
La Justicia suiza confirmó ya en 1998 que el dinero desapareció en forma
de pagos multimillonarios a personalidades españolas como el diplomático
Manuel Prado (100 millones de dólares) o Enrique Sarasola (28,5 millones
de dólares).
Pero los jueces suizos también demostraron que la parte del león del
expolio fue a parar a los bolsillos de Javier de la Rosa y de sus jefes
de KIO. De la Rosa se llevó 126 millones de dólares; Fahad al Sabah, el
presidente de KIO, 120 millones de dólares; Fouad Khaled Jaffar,
director general del consorcio kuwaití; 25 millones de dólares; y Khaled
al Sabah, 15 millones de dólares.
Los más de 10 años que ha pasado entrando y saliendo de diferentes
prisiones españolas no han pasado en vano. Durante ese tiempo, De la
Rosa ha ido quemando la munición que decía tener contra buena parte de
la clase política española. Hace 15 años, el financiero presumía de
tener pillados a las principales instituciones del Estado y a la mayoría
de los partidos políticos.

Si bien es cierto que De la Rosa
arrastró en su caída al que fuera jefe de la Inspección Regional de
Hacienda en Cataluña, Josep Maria Huguet, un hombre próximo al hoy
presidente del Parlamento Europeo, José Borrell, y a buena parte de su
equipo. La carrera política del propio Borrell se vio truncada en 1999
por aquellas revelaciones. El dirigente socialista tuvo que abandonar
como candidato del PSOE a La Moncloa tras imponerse en las primarias del
partido a Joaquín Almunia.
Borrell fue la víctima de más calado de De la Rosa. Al margen del
dirigente socialista, el financiero sólo ha podido demostrar durante
estos años que entregó dinero a dos políticos: el ex dirigente popular
de Cataluña Enrique Lacalle, y el ex diputado de CiU y hoy miembro del
Consell Consultiu de la Generalitat Jaume Camps.
Aunque ahora proclame ante los jueces de la Audiencia Nacional que
entregó 140 millones de las antiguas pesetas al ex dirigente popular y
hoy gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), Rodrigo Rato, y
otros 200 millones de pesetas al ex secretario general de Convergència
Democràtica de Caralunya (CDC), Miquel Roca, ya nadie cree a De la Rosa.
Y, lo que es más importante, ya nadie le teme.
Los que hace 15 años se abrían paso a codazos para aparecer junto al
financiero, que entonces parecía tener cuentas bancarias sin límite, hoy
evitan a ese ex presidiario que puede volver en cualquier momento a la
cárcel y que se pasea por Barcelona, aparentemente sin más que hacer que
preparar su defensa en los diferentes procedimientos judiciales en los
que está encausado.
Para los que en otro tiempo le trataron, De la Rosa no es más que un
fantasma de la Barcelona del pelotazo, del dinero fácil y de la
corrupción generalizada. El financiero aparece en el imaginario
colectivo barcelonés como el jefe del siniestro clan del que formaban
parte de manera destacada personajes como el abogado penalista Juan
Piqué Vidal -antiguo hombre de confianza de De la Rosa- o el juez
corrupto Lluís Pascual Estevill, ambos condenados por conspirar para
extorsionar empresarios.
Algunos de los que fueron sus más cercanos colaboradores aseguran que De
la Rosa es un auténtico parado de lujo. «Vive de su mujer, de su familia
y de los fondos que pueda haber ido repatriando del extranjero», asegura
quien en otro tiempo estuvo muy cerca de De la Rosa.
Hasta el año 2000, se atribuían al financiero algunas operaciones
inmobiliarias en los márgenes del mercado -no faltaron los que
aseguraron que De la Rosa se dejaba ver en compañía de conocidos subasteros de Barcelona-, pero en los últimos cinco años no parece tener
actividad laboral o mercantil alguna. Para alguien que logró su posición
social a golpe de talonario, perder el avión privado, el espectacular
yate Blue Legend, o la posibilidad de alquilar una planta entera del
Hotel Villamagna cada vez que se desplazaba a Madrid, es prácticamente
como ser invisible.
Queda muy lejos la gloriosa noche del 20 de mayo de 1992, cuando para
asistir a la única final de la Copa de Europa que ha ganado el FC
Barcelona hasta ahora, la del desaparecido estadio de Wembley, De la
Rosa se llevó en su avión privado a Londres a buena parte del Gobierno
de la Generalitat y de la plana mayor de CDC.
Sus principales avalistas en el seno de Convergència, el propio Jordi
Pujol y el que fuera durante años su conseller de Economia, Macià
Alavedra, han dejado la política activa desde hace mucho tiempo y sus
sustitutos no quieren saber nada de personajes como Javier de la Rosa.
Los apoyos políticos que compró De la Rosa tampoco le han sido útiles.
Entregó cantidades ingentes de dinero al diplomático Manuel Prado y
Colón de Carvajal (nada menos que 100 millones de dólares), cuya amistad
personal con el Rey Don Juan Carlos era pública y notoria, convencido de
que así comprometía a la Casa Real Española. Como compensación por
aquellos pagos, lo único que obtuvo De la Rosa, en la práctica, fue
poder acudir «a merendar pa amb tomàquet» al Palacio de la Zarzuela en
un par de ocasiones. Caras meriendas que, al final, costaron una condena
de cinco años de prisión para el propio De la Rosa y otra para Prado
sólo por una parte del dinero.
Paradójicamente, el 22 de mayo de 2004, la hija mayor de De la Rosa,
Gabriela, la que le asiste como abogada defensora ante la Audiencia
Nacional, acudía como invitada a la Catedral de la Almudena, del brazo
de su novio, el hijo mayor de la infanta Pilar, hermana de Don Juan
Carlos, Juan Gómez-Acebo. Una ceremonia que tanto De la Rosa como Prado
tuvieron que ver por las televisiones de los respectivos centros
penitenciarios en los que cumplían entonces condena.
De la Rosa se tiene que defender a sí mismo con la colaboración de una
de sus hijas porque ningún bufete de prestigio quiere hacerse cargo de
su defensa. Está gafado, lleva la mala suerte a cualquier letrado que se
atreva a defenderle ante los tribunales.Los despachos profesionales que
han llevado la defensa de Javier de la Rosa han acabado por separarse o
por caer en desgracia.
Sólo los hijos del financiero le apoyan en los compases finales de su
batalla perdida con la Justicia. Parecen compartir la desgracia del
propio De la Rosa, marcado por la desgracia de que su padre, el
fallecido abogado franquista Antonio de la Rosa Vázquez, se fugara a
Brasil tras dejar vacía la caja del Consorcio de la Zona Franca de
Barcelona en 1979. De la Rosa siempre protegió a su padre. Hasta el
punto de que, cuando prescribieron los delitos por los que fue condenado
en España, le volvió a acoger en su casa hasta su muerte.
El estigma de ser el hijo de uno de los mayores delincuentes económicos
de la época, aunque le enemistó de por vida con los gobiernos
socialistas de la época de Felipe González, no le impidió ejercer como
un auténtico encantador de serpientes. Logró convencer a los miembros de
la desconfiada familia Garnica, en aquel tiempo dueños y señores de
Banesto, para que le dieran, en los primeros años 80, todos los poderes
en su filial catalana, la Banca Garriga Nogués. Cuando De la Rosa
abandonó la entidad, a mediados de la década, había generado un agujero
de 100.000 millones de pesetas de la época.
Pero los Garnica callaron para ocultar su propia vergüenza, mientras De
la Rosa encantaba a los representantes europeos de KIO, que, a pesar de
las advertencias del Gobierno español, le confiaron más de medio billón
de pesetas. De la Rosa no tardaría en intentar comprar el favor de los
socialistas. Entregó miles de millones de las antiguas pesetas (hasta
10.500 millones, según estableció la Justicia británica) al fallecido
intermediario Enrique Sarasola, amigo personal de Felipe González.
La invasión de Kuwait en 1990 fue el primer gran tropiezo de De la Rosa.
Convencidos de que Sadam Husein iba a arrasar el país, los gestores de
KIO, De la Rosa incluido, se repartieron la caja del consorcio y lo
abandonaron. Cuando Kuwait fue liberado, los jefes de De la Rosa fueron
destituidos. Sus sucesores llevan persiguiéndoles -a ellos y a De la
Rosa- desde entonces. Pero el financiero aún tardaría cuatro años en
caer. Suficientes para poner en marcha su proyecto personal, Grand
Tibidabo, desde el que controlaría tanto el proyecto emblemático de la
política turística de la Generalitat, lo que hoy es Port Aventura, hasta
una importante participación en Tele 5. Una aventura en la que embarcó a
los amigos de la clase política que se había ido encontrando cuando era
el todopoderoso hombre de KIO en España. Personajes como Prado, Sarasola
o el ex secretario de Presidencia de la Generalitat de Pujol, Lluís
Prenafeta.
El castillo de naipes financiero de De la Rosa empezó a caer a finales
de 1992, cuando los kuwaitíes presentaron contra él una querella en la
Audiencia Nacional y una demanda civil en la Corte Comercial de Londres.
Dos años después, en octubre de 1994, Javier de la Rosa ingresaba por
primera vez en la cárcel.De hecho, hoy está en libertad provisional y se
enfrenta a peticiones de penas que superan los 52 años de prisión.
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El extranjero, por Tom Burns
Marañón |
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Recuerdo a un
colega del Financial Times, que fue y sigue siendo muy buen
amigo, defendiendo apasionadamente a Javier de la Rosa durante
un tiempo que estuvo destinado en España. Lo que más le
interesaba del entonces joven financiero, más aún que sus
proyectos empresariales, era su condición de outsider, palabra
que quiere decir el de fuera, y que se reconoce y es reconocido
como un extranjero en su país porque no pertenece a la casta de
los que mandan. Este colega y amigo es lo que los ingleses
llaman un colonial, en su caso nació y se crió en Sudáfrica, y
por lo tanto, por su acento y por sus modos, es todo un outsider
en la clasista sociedad británica. Hombre de gran talento y
ambición, mi amigo se abrió paso en Londres gracias a su buen
hacer, su ingenio y capacidad de utilizar los codos si la
situación lo requería. Llegado a Madrid, concluyó sin demora que
la clase empresarial española era endogámica hasta decir basta y
que despreciaba cuanto ignoraba de un mundo competitivo y
meritocrático. En De la Rosa encontró la excepción a la regla y,
dicho sea de paso, en Mario Conde también. Decretó que el futuro
les pertenecía.
También conocí a
De la Rosa en aquella época dorada, aunque le traté menos y no
tuve ningún especial flechazo con él. No quiero entrar en los
problemas judiciales y me parece, además de mal gusto a estas
alturas y a toro pasado, hacer leña del árbol caído.Sólo
quisiera dejar constancia de que la Kuwait Investment Office,
institución opaca donde las haya, fichó a De la Rosa como
moqueta para allanar su desembarco en España creyendo que,
además de ser un hombre listo y encantador, era miembro por
derecho propio del circuito cerrado de la elite. No cayó en la
cuenta de que era un outsider. En eso mi colega tenía razón.
|
Fuente: El Mundo
18.12.05
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