Amor en tiempos de guerra
La soldado española
y el traductor
Los dos estaban
destinados en Irak: Marina como militar, Nasser como traductor.
Se enamoraron tras una emboscada de la que el hombre salió ileso. Luego
la mujer fue la heroína del asalto que sufrió la base de Nayaf
Aquella
mañana, la del 4 de abril de 2004, según tendría ocasión sobrada de
comprobar, Marina no se encontraba precisamente en el lugar más seguro y
tranquilo en que podía hallarse una joven española de su generación.
Destinada como soldado profesional en la unidad de policía militar
encargada de la seguridad de la base Al Andalus, en Nayaf, había salido
ese día de guardia.
Acababa de meterse en la cama, para recuperar parte del sueño del que no
había podido disfrutar aquella noche, cuando empezó a oír disparos. En
seguida entró en su alojamiento otra militar, gritando desaforadamente:
«¡Nos atacan, nos atacan!» Por un momento, Marina no terminó de
entender. Como los demás soldados del contingente español, alguna vaga
noticia tenía de la tensión que se había ido acumulando en los últimos
días, a raíz de los crecientes desafíos de la milicia del Mahdi, el
ejército del clérigo chií Moqtada el Sadr, a la autoridad de la
coalición internacional.
Pero que eso pudiera desembocar en un ataque a la base era algo que ni
siquiera se le había pasado por la imaginación. Tras el primer instante
de desconcierto, saltó de la cama y se puso el equipo reglamentario. A
su compañera, mientras empuñaba su ametralladora MG 42, le dijo sin más:
«Pues si nos atacan, habrá que subir a defenderse».
Eso hizo. Durante las siguientes seis horas, Marina no se movió
de la azotea del edificio principal de la base, desde donde los soldados
españoles, algunos centroamericanos y mercenarios civiles de la CPA (Coalition
Provisional Authority) hubieron de mantener a raya con sus armas a los
numerosos elementos insurgentes que pretendían entrar por fuerza en el
recinto.
Para valorar la situación, hay que anotar que la base estaba en mitad de
una ciudad de 700.000 habitantes, y que su guarnición apenas sumaba 300
hombres y mujeres. En aquella azotea acabaron ocupando puestos de simple
fusilero todos los efectivos disponibles, incluidos los oficiales
y a ratos el propio coronel Asarta, a la sazón jefe del acuartelamiento.
Era Marina, merced al superior alcance y potencia de su ametralladora,
quien se encargaba de batir los blancos que le iban señalando sus
superiores como preferentes: los vehículos que se aproximaban cargados
de hombres armados, las ventanas de los edificios cercanos donde se
localizaba el origen del fuego enemigo. Cuando el general Fulgencio Coll,
al mando de la brigada, se presentó en la base y subió a la azotea para
evaluar la situación, allí estaba aquella soldado, manejando con pasmosa
serenidad su pesada y mortífera arma.
SORPRESA
Una imagen que había de dejar huella incluso a un militar tan
experimentado como Coll, veterano de múltiples misiones internacionales,
en medio de un incidente bélico tan grave como el ejército español no
había conocido desde hacía décadas.
La paradoja es que Marina se encontraba allí por amor. La historia había
comenzado mucho antes, en septiembre de 2003. Fue entonces cuando Nasser,
un joven español de padre sirio, recibió la oferta del Ministerio de
Defensa de incorporarse como intérprete de árabe a la brigada
multinacional Plus Ultra. El trabajo no estaba mal pagado, a Nasser la
aventura le atraía, y aunque era consciente de que no dejaba de ser un
riesgo desplazarse a un país recién salido de una guerra, creyó que
podía asumirlo y aceptó.
Tras volar a Kuwait, un convoy español lo trasladó por la ruta Tampa
hasta Diwaniya, donde se hallaba el cuartel general de la Plus Ultra.
Allí empezó pronto su tarea. Principalmente servía de intérprete a los
militares de los equipos CIMIC, encargados de las labores de
reconstrucción. Debía traducir para ellos lo que les decían los
contratistas, funcionarios y autoridades locales, y transmitirles a
éstos las instrucciones de sus jefes.
Con raras excepciones, recuerda, observó en los iraquíes una franca
simpatía hacia los españoles, con los que el trato era mejor y les
resultaba más fácil entenderse, por el carácter de unos y otros, que con
los militares de otros países de la coalición internacional. A partir de
cierto momento, comenzó a trabajar con relativa frecuencia con el
comandante Gonzalo, el oficial de la Guardia Civil encargado de
supervisar la formación y la actuación en la zona de la nueva policía
iraquí.
Para el comandante, Nasser sólo tiene elogios: respetuoso con todos, sin
importar el rango, muy trabajador, decidido, y empeñado en ganarse el
afecto de su gente, los policías iraquíes, a los que regalaba insignias
y trataba de hacer sentir como auténticos compañeros. También Nasser se
sentía a gusto trabajando con él, y como en otras muchas ocasiones lo
acompañó en la madrugada del 22 de enero de 2004 a una misión
comprometida: detener a un mafioso local en la población de Al-Hamza.
Lo que siguió es tristemente conocido: el hombre al que buscaban no
estaba, y cuando la escolta militar se retiró a la base, al comandante,
que iba en una furgoneta con Nasser y tres policías iraquíes, lo
atrajeron a una emboscada donde recibió un disparo que a la postre le
costaría la vida. Nasser, que resultó ileso, sólo recuerda el ruido de
los tiros y de los impactos en la chapa a su alrededor. No vio a los
agresores, todo fue muy rápido.
Regresaron a toda velocidad a la base y dejaron al comandante y a uno de
los policías, herido en una pierna, al cuidado de los médicos. Poco
después, Nasser supo de la muerte del comandante, tras su traslado de
urgencia a España. Y fue entonces cuando empezó a tratar más con Marina,
una soldado de policía militar destinada en Diwaniya con la que había
pegado la hebra alguna vez.
Nada en particular hasta entonces, recuerda Nasser: ella le preguntaba
cómo se escribía su nombre en árabe, él se interesaba por cómo llevaba
ella lo de ser militar. Tras la emboscada de Al-Hamza, la chica lo vio
tan abatido que quiso darle su apoyo. Y poco a poco «sin precipitarse,
que en un lugar así a veces los sentimientos se confunden», puntualiza
él, la relación fue evolucionando hasta que comenzaron a correr rumores
que sus mandos investigaron y ellos no desmintieron.
Eso fue lo que motivó el traslado de Marina a Nayaf, donde habría de
vivir la batalla del 4 de abril. Curiosamente, ese día, a Nasser, que
regresaba poco después a España, le habían dado permiso para ir a
visitarla y también estaba en Nayaf. De vez en cuando salía a la azotea
y se encontraba allí a su novia disparando impasible su ametralladora.
«Una sensación rara», reconoce. Pero es algo de lo que no hablaron esa
noche, ni hablan hoy.
Marina lo resume así: «Disparé contra gente, claro, pero no me paraba a
ver a quién le daba; no me enorgullezco de eso. De lo que estoy
orgullosa es de haber defendido a mis compañeros.» Y asegura que se
presentaría voluntaria para una nueva misión.Su novio lo corrobora: «Es
una mujer muy valiente».
Nasser volvió a España a mediados de abril. Marina, dos semanas después.
Desde mayo de 2004 viven juntos, y él ha ingresado recientemente en el
ejército como soldado profesional. Espera que lo destinen a Badajoz,
donde está ella. En cuanto a casarse, «lo que ella quiera y como ella
quiera». Si le hace ilusión por la iglesia, Nasser (ni musulmán ni
cristiano, tan sólo, dice, creyente en Dios) tendrá que bautizarse. Está
dispuesto.
Fuente: El Mundo
18.12.05