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Jueves, 13 de enero de 2005


Seguridad Pública y Protección Civil

Seguridad Medioambiental y Protección del Entorno

10 días para reconstruir un mapa

Más de una veintena de médicos y técnicos madrileños del Samur del Ayuntamiento y del Summa 112, enviados todos ellos por la AECI, regresaron ayer a casa después de haber trabajado durante 10 días en Banda Aceh, la zona de Indonesia más afectada por los efectos del 'tsunami'

 

Será difícil olvidarse de aquel olor pegajoso y putrefacto impregnándolo todo. La impresión que aún guardan en la retina es como una imagen estática, casi irreal. Dos horas después de aterrizar en el aeropuerto de Barajas, las voces, las palmadas de los compañeros, las pancartas y el despliegue de medios que conforman la acogida, apenas les han permitido suspirar y retomar esa película de desolación que guardan en la memoria

Dos médicos (Raúl Muñoz y César Campos), un técnico en emergencias (Luis Mariscal) y un enfermero (Pedro Serrano), del SUMMA 112, formaban parte del contingente que la Agencia Española de Cooperación Internacional (AECI) envió a la zona del desastre en el sudeste asiático. Junto a ellos, el Ayuntamiento de Madrid había mandado 20 especialistas sanitarios del SAMUR que, junto a los bomberos de Córdoba y los servicios de urgencias de Canarias, formaban el grupo de españoles en Banda Aceh, al norte de Sumatra.

Acostumbrados a situaciones extremas, quizá nunca antes habían visto tan de cerca cómo saca el vacío sus brazos de barro para devorar ventanas, puertas y gentes. «Aquello es un solar», comenta Pedro a M2, «ya no queda nada». Un solar, una marisma, cada uno trata hoy, ya en casa, de ponerle un nombre a lo que han vivido.

Habían visto escenas en todas partes, en la televisión, en fotografías que les iban llegando, pero tanta realidad contenida en un desastre de esta magnitud llega a saturar los ojos y agotar la imaginación.«Es como si te hablan de cien mil millones de euros, cierra los ojos, ¿los ves?», pregunta Pedro.

Pudiendo escoger entre el silencio o el retraimiento, prefirieron llevarse el humor en las mochilas y tomarlo en pequeñas dosis durante toda la estancia. Diez días en los que han perdido la noción del tiempo. Recuerdan las doce uvas que les repartieron en el vuelo de ida y que devoraron «más o menos a medianoche española» y la llegada a aquella balsa de agua y sudor, con más de 30 grados y una humedad del 95%. Esto fue lo más difícil, hacer brotar una pequeña infraestructura de la nada, transitar abriendo caminos en el lodazal, con el reloj en la nuca y el agua hasta las rodillas.

Irónicamente, cuatro días después de su llegada a Banda Aceh, «resultó un descanso empezar a curar a los primeros heridos».Mucho antes, habían tenido que escarbar, ayudar a potabilizar agua, instalar dos lugares de trabajo (uno, en el aeropuerto y el otro, en el hospital provincial) y habilitar un antiguo edificio como lugar de residencia.

Había cierto caos al principio, en la concesión de permisos, pero poco a poco se fue controlando la situación dentro del caos.Los heridos llegaban malnutridos, con insuficiencia respiratoria, fracturas en las extremidades y heridas que se habían infectado por su contacto con el barro durante tantos días , comentaba uno de los médicos del Samur, Pedro Peitari, quien confesó sentirse conmovido cuando escuchó por vez primera la risa de dos niñas «que reían porque querían». Los demás pequeños atendidos, ni lloraban, «ni realizaban ningún gesto que demostrara que seguían siendo niños».

Por las noches, sólo el silencio y cuatro o cinco horas que les quedaban por delante para dormir, «si puedes y si no, para echarte un poco e intentar descansar». Pero siempre con un ojo abierto, por las temidas réplicas. En todo el tiempo que estuvieron, sintieron tres temblores, sólo uno de ellos les sorprendió de día. «Eso fue lo peor de todo. Había gente que salía llorando, impotente, del edificio principal». Quizá por eso Pedro decidió dormir a la intemperie todas las noches. «Es lo más seguro en una situación como esta».

Al amanecer, los americanos sobrevolaban la zona afectada (la zona cero) porque era imposible acceder de otro modo y lanzaban comida, recogían heridos y los llevaban a los improvisados hospitales.Allí, el mirar se les detiene inevitablemente en los gestos de esos niños que se han olvidado de ser niños, en los adultos, que miran al cielo, «preguntándole a Ala por qué merecían tal castigo». (Los primeros generadores de luz que consiguió la población civil fueron a parar a las mezquitas) y muy a pesar de todo, las sonrisas de las gentes que lo han perdido todo, «menos su orgullo -añade Luis-, que la mayoría no admite regalos así como así».

Más allá de los muros del centro médico asoma la bandera nacional y un cartel que dice «Hospital español: entrada gratuita», y todavía hay quien desconfía y pregunta si de verdad es gratis.

Los 50 especialistas españoles iban bien preparados, y estaban tan bien dotados de medios que los norteamericanos (que trataban de organizar toda la ayuda) les hicieron responsables del triaje de los heridos que ellos mismos transportaban. «Tratábamos a los pacientes sin dolor y prácticamente con la misma calidad y cuidado que en la propia ciudad. Los americanos se quedaron alucinados». Para conseguirlo tuvieron que improvisar una furgoneta y hasta un camión, como unidad móvil, donde podían procurar atención primaria a los heridos. Todo éllo, en unas condiciones donde «no paraba de chorrear agua y enfermos». Las lluvias torrenciales eran continuas durante el día y dificultaban la labor de los sanitarios.

Todos los miembros de la expedición española se había vacunado de todo lo inimaginable y aún así han tenido suerte porque no ha habido ni diarreas, ni enfermedades. Han convivido con las reinas de los pantanos y las aguas cenagosas, las ranas, y los molestos mosquitos, pero no les han visitado las sanguijuelas.

Guiados únicamente por la sabidurá del lenguaje gestual establecieron una comunicación amistosa con algunos civiles, que se movilizaban para ayudar en lo que podían: con las camillas y los traslados, «permanecían allí,, sin esperar nada a cambio».

No pueden recordar demasiadas anécdotas en particular. «Imagínate una historia que se pueda desarrollar en esas circunstancias, lo más rocambolesca que puedas, seguro que es verídica». Quizá una que habla de un hombre que se salvó con su familia del terremoto, los sacó a la calle y cogió la moto para ir a ver cómo estaba su madre. Escuchó a sus espaldas algo parecido a un estruendo y al girar la cabeza, contempoló atónito como una pared de agua le pisaba la rueda trasera. Su madre estaba bien pero al regresar a su hogar para ver a su familia, ya no existía.

El responsable de Samur, Javier Quiroga, recuerda las camas vacías que se retorcían enfrente del Hospital. «Sacaron a los enfermos a la calle por si se repetía el terremoto y se los llevó el tsunami».

A la hora de hacer balance, se calcula que se han tratado y diagnosticado a 310 pacientes y, sobre todo, se han puesto las bases que faciliten la labor a los relevos sucesivos.

Por otra parte, en la sede del Samur de Madrid varios profesionales han mostrado su malestar por la forma en que se ha seleccionado al personal destinado a esta tareas. Al menos seis enfermeros y médicos, previamente elegidos, han sido descartados en las últimas horas por motivos exclusivamente personales

Fuente: El Mundo
12.01.05

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