Seguridad Pública y Protección Civil
Seguridad Medioambiental y Protección del Entorno
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10 días para reconstruir
un mapa
Más de una veintena
de médicos y técnicos madrileños del Samur del Ayuntamiento y del Summa
112, enviados todos ellos por la AECI, regresaron ayer a casa después de
haber trabajado durante 10 días en Banda Aceh, la zona de Indonesia más
afectada por los efectos del 'tsunami'
Será
difícil olvidarse de aquel olor pegajoso y putrefacto impregnándolo
todo. La impresión que aún guardan en la retina es como una imagen
estática, casi irreal. Dos horas después de aterrizar en el aeropuerto
de Barajas, las voces, las palmadas de los compañeros, las pancartas y
el despliegue de medios que conforman la acogida, apenas les han
permitido suspirar y retomar esa película de desolación que guardan en
la memoria
Dos
médicos (Raúl Muñoz y César Campos), un técnico en emergencias (Luis
Mariscal) y un enfermero (Pedro Serrano), del SUMMA 112, formaban parte
del contingente que la Agencia Española de Cooperación Internacional (AECI)
envió a la zona del desastre en el sudeste asiático. Junto a ellos, el
Ayuntamiento de Madrid había mandado 20 especialistas sanitarios del SAMUR que, junto a los bomberos de Córdoba y los servicios de urgencias
de Canarias, formaban el grupo de españoles en Banda Aceh, al norte de
Sumatra.
Acostumbrados a situaciones extremas, quizá nunca antes habían visto tan
de cerca cómo saca el vacío sus brazos de barro para devorar ventanas,
puertas y gentes. «Aquello es un solar», comenta Pedro a M2, «ya no
queda nada». Un solar, una marisma, cada uno trata hoy, ya en casa, de
ponerle un nombre a lo que han vivido.
Habían visto escenas en todas partes, en la televisión, en fotografías
que les iban llegando, pero tanta realidad contenida en un desastre de
esta magnitud llega a saturar los ojos y agotar la imaginación.«Es como
si te hablan de cien mil millones de euros, cierra los ojos, ¿los ves?»,
pregunta Pedro.
Pudiendo escoger entre el silencio o el retraimiento, prefirieron
llevarse el humor en las mochilas y tomarlo en pequeñas dosis durante
toda la estancia. Diez días en los que han perdido la noción del tiempo.
Recuerdan las doce uvas que les repartieron en el vuelo de ida y que
devoraron «más o menos a medianoche española» y la llegada a aquella
balsa de agua y sudor, con más de 30 grados y una humedad del 95%. Esto
fue lo más difícil, hacer brotar una pequeña infraestructura de la nada,
transitar abriendo caminos en el lodazal, con el reloj en la nuca y el
agua hasta las rodillas.
Irónicamente, cuatro días después de su llegada a Banda Aceh, «resultó
un descanso empezar a curar a los primeros heridos».Mucho antes, habían
tenido que escarbar, ayudar a potabilizar agua, instalar dos lugares de
trabajo (uno, en el aeropuerto y el otro, en el hospital provincial) y
habilitar un antiguo edificio como lugar de residencia.
Había cierto caos al principio, en la concesión de permisos, pero poco a
poco se fue controlando la situación dentro del caos.Los heridos
llegaban malnutridos, con insuficiencia respiratoria, fracturas en las
extremidades y heridas que se habían infectado por su contacto con el
barro durante tantos días , comentaba uno de los médicos del Samur,
Pedro Peitari, quien confesó sentirse conmovido cuando escuchó por vez
primera la risa de dos niñas «que reían porque querían». Los demás
pequeños atendidos, ni lloraban, «ni realizaban ningún gesto que
demostrara que seguían siendo niños».
Por las noches, sólo el silencio y cuatro o cinco horas que les quedaban
por delante para dormir, «si puedes y si no, para echarte un poco e
intentar descansar». Pero siempre con un ojo abierto, por las temidas
réplicas. En todo el tiempo que estuvieron, sintieron tres temblores,
sólo uno de ellos les sorprendió de día. «Eso fue lo peor de todo. Había
gente que salía llorando, impotente, del edificio principal». Quizá por
eso Pedro decidió dormir a la intemperie todas las noches. «Es lo más
seguro en una situación como esta».
Al amanecer, los americanos sobrevolaban la zona afectada (la zona cero)
porque era imposible acceder de otro modo y lanzaban comida, recogían
heridos y los llevaban a los improvisados hospitales.Allí, el mirar se
les detiene inevitablemente en los gestos de esos niños que se han
olvidado de ser niños, en los adultos, que miran al cielo,
«preguntándole a Ala por qué merecían tal castigo». (Los primeros
generadores de luz que consiguió la población civil fueron a parar a las
mezquitas) y muy a pesar de todo, las sonrisas de las gentes que lo han
perdido todo, «menos su orgullo -añade Luis-, que la mayoría no admite
regalos así como así».
Más allá de los muros del centro médico asoma la bandera nacional y un
cartel que dice «Hospital español: entrada gratuita», y todavía hay
quien desconfía y pregunta si de verdad es gratis.
Los 50 especialistas españoles iban bien preparados, y estaban tan bien
dotados de medios que los norteamericanos (que trataban de organizar
toda la ayuda) les hicieron responsables del triaje de los heridos que
ellos mismos transportaban. «Tratábamos a los pacientes sin dolor y
prácticamente con la misma calidad y cuidado que en la propia ciudad.
Los americanos se quedaron alucinados». Para conseguirlo tuvieron que
improvisar una furgoneta y hasta un camión, como unidad móvil, donde
podían procurar atención primaria a los heridos. Todo éllo, en unas
condiciones donde «no paraba de chorrear agua y enfermos». Las lluvias
torrenciales eran continuas durante el día y dificultaban la labor de
los sanitarios.
Todos los miembros de la expedición española se había vacunado de todo
lo inimaginable y aún así han tenido suerte porque no ha habido ni
diarreas, ni enfermedades. Han convivido con las reinas de los pantanos
y las aguas cenagosas, las ranas, y los molestos mosquitos, pero no les
han visitado las sanguijuelas.
Guiados únicamente por la sabidurá del lenguaje gestual establecieron
una comunicación amistosa con algunos civiles, que se movilizaban para
ayudar en lo que podían: con las camillas y los traslados, «permanecían
allí,, sin esperar nada a cambio».
No pueden recordar demasiadas anécdotas en particular. «Imagínate una
historia que se pueda desarrollar en esas circunstancias, lo más
rocambolesca que puedas, seguro que es verídica». Quizá una que habla de
un hombre que se salvó con su familia del terremoto, los sacó a la calle
y cogió la moto para ir a ver cómo estaba su madre. Escuchó a sus
espaldas algo parecido a un estruendo y al girar la cabeza, contempoló
atónito como una pared de agua le pisaba la rueda trasera. Su madre
estaba bien pero al regresar a su hogar para ver a su familia, ya no
existía.
El responsable de Samur, Javier Quiroga, recuerda las camas vacías que
se retorcían enfrente del Hospital. «Sacaron a los enfermos a la calle
por si se repetía el terremoto y se los llevó el tsunami».
A la hora de hacer balance, se calcula que se han tratado y
diagnosticado a 310 pacientes y, sobre todo, se han puesto las bases que
faciliten la labor a los relevos sucesivos.
Por otra parte, en la sede del Samur de Madrid varios profesionales han
mostrado su malestar por la forma en que se ha seleccionado al personal
destinado a esta tareas. Al menos seis enfermeros y médicos, previamente
elegidos, han sido descartados en las últimas horas por motivos
exclusivamente personales
Fuente: El Mundo
12.01.05
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