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Viernes, 14 de enero de 2005


Seguridad Pública y Protección Civil

Rafael Noja, experto en grandes catástrofes: «La Protección Civil española está totalmente descafeinada»

Era el hombre que siempre estaba «ahí», la voz de mando que procuraba el orden tras el caos de las grandes catástrofes que han golpeado Madrid en los últimos treinta años.

Curtido en el trato con políticos de todo pelaje, Rafael Noja, leyenda en la Protección Civil española y funcionario más antiguo del Estado, se jubila con el relevo de un año que se ha ido dejando tantísimo dolor.

 

Aquí sólo piensa el jefe. Así rezaba el cartel que durante años presidió el despacho madrileño del onubense Rafael Noja, obsequio de los miembros de su equipo -al que no faltaba una pizca de mala uva-, hartos de perder tiempo y saliva con un hombre que para cada problema tenía siempre, antes que nadie, la solución. Porque Noja ha sido desde la delegación gubernativa de la capital del Reino una especie de máquina de los remedios, ya fuera para organizar las primeras elecciones, para coordinar la seguridad de la Conferencia de Paz, de las visitas del Papa, restablecer el orden tras una catástrofe aérea con dos centenares de muertos o para repartir subvenciones entre las películas que se hacían en los setenta.

Y por supuesto para que imperase la eficacia tras la terrible ventanilla kafkiana de nuestras pesadillas, porque el dogma de este laureado funcionario es que «el administrado tiene que estar informado en todo momento de lo que necesite. El contribuyente -asevera- no puede perder un mes para saber qué ha pasado con su escrito, o que sus asuntos queden a expensas de la manida frase "hay que ponerlos en marcha". "¿Hay que ponerlos?". No hombre, no, póngalos en marcha en este mismo momento. Y si hacen falta más medios, que se den; pero la Administración no debe ser nunca un lastre. Verá -me dice sonriendo- yo es que soy lo menos funcionario que se podía ser».

-La descoordinación en el socorro a la población tras el desastre del maremoto en el sudeste asiático pide a gritos unidad en el auxilio. ¿Será posible que algún día nos pongamos de acuerdo?

-Es imprescindible la creación de una fuerza internacional de Protección Civil que podría coordinarse cada año por un país, y cuyo cometido sea la atención inmediata y organización del socorro exterior en casos de grandes desastres. Eso, evidentemente, requiere la buena voluntad de la comunidad internacional y su abordaje no debe retrasarse más. En este caso quiero ser optimista.

-Criticamos la organización tras el desastre del tsunami y, sin embargo, en España asistimos cada año al espectáculo de miles de personas atrapadas en las carreteras ante la llegada de las primeras nieves.

-Así es, sorprendente. Yo me he quedado helado cuando he visto que ha vuelto a pasar. ¿Cómo es posible que a pesar de la experiencia no estuviéramos preparados? Le aseguro que en las carreteras de Madrid todos los años hemos intentado que nada nos sorprendiera, y me extraña que se haya llegado tan tarde a algo previsible, independientemente de que el ciudadano no sea capaz de llevar cadenas y se meta en carreteras que se pueden quedar bloqueadas.

-¿También cree, como el Gobierno socialista, que la culpa es del contribuyente?

-No, de ninguna manera; pero eso no quita para decir que el ciudadano puede ir mejor preparado. Hay que prever que el ciudadano falle y, por eso, lo que no puede fallar jamás es la Administración.

-Parece que la Protección Civil española anda un poco descafeinada.

-Totalmente descafeinada. Yo tengo mi propia idea y debíamos volver al mando único que es fundamental. La Dirección General de Protección Civil se ha quedado sin contenido. ¿Qué razones hay? Las de la propia España para los asuntos políticos: las comunidades quieren tener cada vez más poder y los Ayuntamientos lo mismo. Así que el Estado se va quedando sin nada.

-¿Qué fue lo que más le preocupó cuando tuvo que coordinar los actos públicos de las visitas del Papa?

-Pensar con sentido común. Ahí me apunté un tanto con el agua. Imaginé qué puede ocurrir en una aglomeración a 36 grados. Pues que se desplome la gente. Así que pedí al Canal de Isabel II ocho aljibes de agua y 80.000 bolsas de un litro. Montamos cuatro grandes hospitales de campaña alrededor de la Castellana. Pero el agua dio la vida al millón de personas congregado.

-¿Y cómo se «inventa» uno la organización de las primeras elecciones en España?

-Usted lo ha dicho: fue un invento con todas las de la ley. Juan José Rosón, que fue el primer gobernador civil de Madrid de la democracia, me dijo que buscase un equipo y nos pusimos en marcha haciendo primero una cantidad ingente de papeleo que, ahora, cuando veo la preparación de los comicios al cabo de los años, y que ronda todavía por ahí algún documento mío, me satisface pensar que no estábamos tan equivocados; sin embargo, la realización de las primeras elecciones en Madrid, cuyos resultados no se supieron hasta seis días después, fue dificultosísima porque creé un sistema por medio de motos que tenían que llevar a Cibeles unos telegramas, y fue el lío padre, así que a los siguientes comicios se suprimieron y se mejoró el sistema.

Lo ideal sería el voto electrónico, pero eso en España va a ser muy difícil porque somos muy desconfiados y eso de que toques un botón y hayas votado... También me mandaron a Andalucía y a Cataluña a organizar las elecciones de 1982 y lo único que pedí fue que los gobernadores civiles, con todo el respeto por mi parte y sabiendo cual era su dignidad, no se atravesaran en mi camino, porque mandaban la tira, te podían detener, y, sobre todo, te podían hacer la vida imposible. En Barcelona, al principio, pinché en hueso con José María Belloch, el padre del actual alcalde de Zaragoza, que me recibió de uñas, y además la Prensa había dicho: «Una vez más, la Administración central no se fía de los catalanes y manda a un director de elecciones de Madrid». Me dieron más que a una estera, pero todo acabó bien.

-De aquellas motos a internet. ¿Cómo se ha vivido el avance tecnológico en la función pública?

-Jesús Sancho Rof, que era entonces el subsecretario de Interior y que estaba al frente de las elecciones, no creía en los ordenadores. Para él era muy difícil; no entraba por ahí hasta que me dijo «en Madrid, hacer lo que queráis y ya veremos cuál es el final», y el final no fue otro que salió tan bien que me volvió a llamar para decirme « explícame eso de los ordenadores que lo vamos a poner en toda España». Y esa es la historia. Luego, todo el sistema informático se ha perfeccionado, pero queda muchísimo. También he vivido el rechazo total y absoluto de los funcionarios hacia la informática, y hasta hubo que organizar unos cursos por los que se les pagaba 500 pesetas, que por entonces no estaba mal, para que se agarraran al ordenador.  Ya ve, ahora, sin embargo, nadie quiere hacer nada que no sea con una de esas máquinas.

-Después el teléfono móvil desbancó al radioaficionado, clave en la protección civil.

-Yo he cuidado de los radioaficionados de una forma tremenda. A través de los «walkies» teníamos comunicación con cualquier punto, y si el «walky» no llegaba, poníamos un coche con un radioaficionado en el medio para que hiciera de conexión. Los radioaficionados de Protección Civil han jugado un papel importantísimo en la seguridad y socorro de la ciudadanía. Enntonces sólo los teníamos a ellos, y también al Ejército tendiendo cables. Así es como me he movido en los tres peores momentos de mi vida.

-Imagino que habla de 1983, que en sus últimas boqueadas sembró Madrid con 358 cadáveres.

-Efectivamente: Se cayó el avión de Mejorada del Campo el 27 de noviembre, con 181 muertos y 11 supervivientes; luego, el 7 de diciembre, colisionan los dos aviones en el aeropuerto de Barajas, con 93 muertos y 42 supervivientes, y a los diez días, también en sábado como los anteriores, se incendia la discoteca Alcalá 20, con 84 muertos. Y esos son muchos muertos. Tuvimos que superar dos problemas: el de encontrarnos de sopetón con los hechos y la no existencia de una ley de Protección Civil. Actuábamos simplemente bajo unas órdenes ministeriales. Era imprescindible que en medio del caos supiera todo el mundo, hasta las Fuerzas del Estado, que uno mandaba y los demás obedecían, y ese uno que era Rodríguez Colorado, gobernador civil de Madrid, me confió a mí, jefe de Protección Civil, todo el asunto.

-¿Y cómo se impone la autoridad entre el caos del desastre?

-Puse la mejor voluntad posible. Había tenido una escuela muy buena como director del Parque Sindical Deportivo Puerta de Hierro de Madrid con 50.000 personas que entraban cada día. Tenía muy arraigado el sistema de mando y el gobernador civil de Madrid confió en mí. Salí de aquello poniendo en marcha el sentido común, porque no había otra, y haciendo cumplir todo aquello que yo creía que iba bien al momento. Después recibí la primera medalla de plata de Protección Civil. Y pensé: estoy en la mitad de lo cierto. Y a partir de aquel momento me convertí en conferenciante sobre grandes catástrofes, como si yo fuera un gran entendido, y lo único que hice fue intervenir en tres grandes siniestros. Fue una experiencia muy dura y cuando acabó todo sufrí un arrechucho al corazón.

-¿Puede sustraerse al sufrimiento ajeno que produce un desastre?

-Me he preguntado después cómo pude saltar por encima de los cadáveres en Mejorada del Campo. Pero cuando me encontré con eso a la una y media de la madrugada no había tiempo para pensar en nada. Antes de salir había llamado a las Fuerzas Armadas pidiendo tres grandes focos de luz para ver qué teníamos. Había cuerpos por todas partes. Tuve claro que si no me veían duro, certero y firme al mandar, allí no me hacía caso nadie. Le repito que no había normas escritas. Un general de la Guardia Civil me preguntó «¿y qué atribuciones tiene usted para hacer lo que está haciendo?», cuando mandé retranquear la zona en medio kilómetro para que no pasara la gente, y le contesté «eso se lo pregunta al gobernador civil de Madrid». «¿Y usted manda en la Guardia Civil?». «Sí, y en todo el que esté aquí». «¿Se lo habrán dado por escrito». Me quedé de piedra: «Sí, tiene usted razón, se cae un avión y nos vamos a ir a la Delegación gubernativa a ponerme un escrito». Luego el hombre fue encantador y se hizo amigo mío. Otro momento muy duro es cuando tienes que comunicar a las familias lo que ha ocurrido. La presión social es lo peor. La gente se impacientaba y los policías que hacían las identificaciones no podían darse más prisa. Que todo tiene un tiempo es la principal enseñanza de la Protección Civil.

-Hemos escuchado el reproche de las víctimas del 11-M porque las avisaban por megafonía para ir a identificar a sus muertos.

-Tremendo. Yo no lo hubiera hecho nunca. Hubiera cogido a uno por uno, personalmente. Se me podrá decir que no he tenido que atender a las familias
de 192 muertos, pero en el accidente de Mejorada hubo 181. He de decirle que cuando Madrid sufrió el atentado del 11-M yo ya no tenía encomendadas funciones de Protección Civil porque era director del gabinete técnico del nuevo delegado del Gobierno.

-Antes me ha dicho que en Mejorada pidió a las Fuerzas Armadas que le mandaran focos para alumbrar el desastre. ¿Cree que el Ejército hoy está en disposición de prestar ese tipo de ayudas?

-No. Eso fue en el año 1983 y desde entonces la evolución ha sido tremenda. El anterior capitán general de Madrid me advirtió: «Noja, hay que ir buscando otros medios para esas situaciones porque ahora mismo no los tenemos».

-¿Y qué ha hecho para llevarse bien con todos los políticos?

-Pues eso me preguntan muchas veces, porque los he tenido de todos los partidos. Es cuestión de darlo todo.

-¿Cómo le sienta el tópico de que si quieres un futuro seguro y sin complicaciones hazte funcionario?

-Acaba de tocar mi punto débil. Me pone malo escuchar «me saco la oposición y siendo funcionario ya he resuelto la papeleta». Yo no he resuelto jamás la papeleta sólo con la oposición. Cuando yo estudiaba Comercio había un profesor que me contó el siguiente chiste que yo he llevado toda mi vida entre ceja y ceja y que lo saben todos mis equipos, sin los que yo no hubiera sido nada: en un camino había embarrancado un carro de arena y siete soldados miraban alrededor, y dice el sargento «pero, ¿qué hacéis así después de media hora? ¡Quitaros de ahí!» Entonces mete el hombro y de un trallazo saca la mula, y le dice uno «nos ha fastidiado, trabajando cualquiera». Así que yo le digo a mi gente: «Que no tenga que venir yo con la tralla» y le aseguro que he dejado amigos en todas partes porque yo he exigido pero también he luchado siempre por ellos.

Fuente: ABC
09/01/2005

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