Seguridad Pública y Protección Civil
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Rafael Noja, experto en
grandes catástrofes: «La Protección Civil española está totalmente
descafeinada»
Era
el hombre que siempre estaba «ahí», la voz de mando que procuraba el
orden tras el caos de las grandes catástrofes que han golpeado Madrid en
los últimos treinta años.
Curtido en el trato
con políticos de todo pelaje, Rafael Noja, leyenda en la Protección
Civil española y funcionario más antiguo del Estado, se jubila con el
relevo de un año que se ha ido dejando tantísimo dolor.
Aquí sólo piensa el jefe.
Así rezaba el cartel que durante años presidió el despacho madrileño del
onubense Rafael Noja, obsequio de los miembros de su equipo -al que no
faltaba una pizca de mala uva-, hartos de perder tiempo y saliva con un
hombre que para cada problema tenía siempre, antes que nadie, la
solución. Porque Noja ha sido desde la delegación gubernativa de la
capital del Reino una especie de máquina de los remedios, ya fuera para
organizar las primeras elecciones, para coordinar la seguridad de la
Conferencia de Paz, de las visitas del Papa, restablecer el orden tras
una catástrofe aérea con dos centenares de muertos o para repartir
subvenciones entre las películas que se hacían en los setenta.
Y por supuesto para que imperase la eficacia tras la terrible ventanilla
kafkiana de nuestras pesadillas, porque el dogma de este laureado
funcionario es que «el administrado tiene que estar informado en todo
momento de lo que necesite. El contribuyente -asevera- no puede perder
un mes para saber qué ha pasado con su escrito, o que sus asuntos queden
a expensas de la manida frase "hay que ponerlos en marcha". "¿Hay que
ponerlos?". No hombre, no, póngalos en marcha en este mismo momento. Y
si hacen falta más medios, que se den; pero la Administración no debe
ser nunca un lastre. Verá -me dice sonriendo- yo es que soy lo menos
funcionario que se podía ser».
-La descoordinación en el socorro a la población tras el desastre del
maremoto en el sudeste asiático pide a gritos unidad en el auxilio.
¿Será posible que algún día nos pongamos de acuerdo?
-Es imprescindible la creación de una fuerza internacional de Protección
Civil que podría coordinarse cada año por un país, y cuyo cometido sea
la atención inmediata y organización del socorro exterior en casos de
grandes desastres. Eso, evidentemente, requiere la buena voluntad de la
comunidad internacional y su abordaje no debe retrasarse más. En este
caso quiero ser optimista.
-Criticamos la organización tras el desastre del tsunami y, sin
embargo, en España asistimos cada año al espectáculo de miles de
personas atrapadas en las carreteras ante la llegada de las primeras
nieves.
-Así es, sorprendente. Yo me he quedado helado cuando he visto que ha
vuelto a pasar. ¿Cómo es posible que a pesar de la experiencia no
estuviéramos preparados? Le aseguro que en las carreteras de Madrid
todos los años hemos intentado que nada nos sorprendiera, y me extraña
que se haya llegado tan tarde a algo previsible, independientemente de
que el ciudadano no sea capaz de llevar cadenas y se meta en carreteras
que se pueden quedar bloqueadas.
-¿También cree, como el Gobierno socialista, que la culpa es del
contribuyente?
-No, de ninguna manera; pero eso no quita para decir que el ciudadano
puede ir mejor preparado. Hay que prever que el ciudadano falle y, por
eso, lo que no puede fallar jamás es la Administración.
-Parece que la Protección Civil española anda un poco descafeinada.
-Totalmente descafeinada. Yo tengo mi propia idea y debíamos volver al
mando único que es fundamental. La Dirección General de Protección Civil
se ha quedado sin contenido. ¿Qué razones hay? Las de la propia España
para los asuntos políticos: las comunidades quieren tener cada vez más
poder y los Ayuntamientos lo mismo. Así que el Estado se va quedando sin
nada.
-¿Qué fue lo que más le preocupó cuando tuvo que coordinar los actos
públicos de las visitas del Papa?
-Pensar con sentido común. Ahí me apunté un tanto con el agua. Imaginé
qué puede ocurrir en una aglomeración a 36 grados. Pues que se desplome
la gente. Así que pedí al Canal de Isabel II ocho aljibes de agua y
80.000 bolsas de un litro. Montamos cuatro grandes hospitales de campaña
alrededor de la Castellana. Pero el agua dio la vida al millón de
personas congregado.
-¿Y cómo se «inventa» uno la organización de las primeras elecciones
en España?
-Usted lo ha dicho: fue un invento con todas las de la ley. Juan José
Rosón, que fue el primer gobernador civil de Madrid de la democracia, me
dijo que buscase un equipo y nos pusimos en marcha haciendo primero una
cantidad ingente de papeleo que, ahora, cuando veo la preparación de los
comicios al cabo de los años, y que ronda todavía por ahí algún
documento mío, me satisface pensar que no estábamos tan equivocados; sin
embargo, la realización de las primeras elecciones en Madrid, cuyos
resultados no se supieron hasta seis días después, fue dificultosísima
porque creé un sistema por medio de motos que tenían que llevar a
Cibeles unos telegramas, y fue el lío padre, así que a los siguientes
comicios se suprimieron y se mejoró el sistema.
Lo ideal sería el voto
electrónico, pero eso en España va a ser muy difícil porque somos muy
desconfiados y eso de que toques un botón y hayas votado... También me
mandaron a Andalucía y a Cataluña a organizar las elecciones de 1982 y
lo único que pedí fue que los gobernadores civiles, con todo el respeto
por mi parte y sabiendo cual era su dignidad, no se atravesaran en mi
camino, porque mandaban la tira, te podían detener, y, sobre todo, te
podían hacer la vida imposible. En Barcelona, al principio, pinché en
hueso con José María Belloch, el padre del actual alcalde de Zaragoza,
que me recibió de uñas, y además la Prensa había dicho: «Una vez más, la
Administración central no se fía de los catalanes y manda a un director
de elecciones de Madrid». Me dieron más que a una estera, pero todo
acabó bien.
-De aquellas motos a internet. ¿Cómo se ha vivido el avance
tecnológico en la función pública?
-Jesús Sancho Rof, que era entonces el subsecretario de Interior y que
estaba al frente de las elecciones, no creía en los ordenadores. Para él
era muy difícil; no entraba por ahí hasta que me dijo «en Madrid, hacer
lo que queráis y ya veremos cuál es el final», y el final no fue otro
que salió tan bien que me volvió a llamar para decirme « explícame eso
de los ordenadores que lo vamos a poner en toda España». Y esa es la
historia. Luego, todo el sistema informático se ha perfeccionado, pero
queda muchísimo. También he vivido el rechazo total y absoluto de los
funcionarios hacia la informática, y hasta hubo que organizar unos
cursos por los que se les pagaba 500 pesetas, que por entonces no estaba
mal, para que se agarraran al ordenador. Ya ve, ahora, sin
embargo, nadie quiere hacer nada que no sea con una de esas máquinas.
-Después el teléfono móvil desbancó al radioaficionado, clave en la
protección civil.
-Yo he cuidado de los radioaficionados de una forma tremenda. A través
de los «walkies» teníamos comunicación con cualquier punto, y si el «walky»
no llegaba, poníamos un coche con un radioaficionado en el medio para
que hiciera de conexión. Los radioaficionados de Protección Civil han
jugado un papel importantísimo en la seguridad y socorro de la
ciudadanía. Enntonces sólo los teníamos a ellos, y también al Ejército
tendiendo cables. Así es como me he movido en los tres peores momentos
de mi vida.
-Imagino que habla de 1983, que en sus últimas boqueadas sembró
Madrid con 358 cadáveres.
-Efectivamente: Se cayó el avión de Mejorada del Campo el 27 de
noviembre, con 181 muertos y 11 supervivientes; luego, el 7 de
diciembre, colisionan los dos aviones en el aeropuerto de Barajas, con
93 muertos y 42 supervivientes, y a los diez días, también en sábado
como los anteriores, se incendia la discoteca Alcalá 20, con 84 muertos.
Y esos son muchos muertos. Tuvimos que superar dos problemas: el de
encontrarnos de sopetón con los hechos y la no existencia de una ley de
Protección Civil. Actuábamos simplemente bajo unas órdenes
ministeriales. Era imprescindible que en medio del caos supiera todo el
mundo, hasta las Fuerzas del Estado, que uno mandaba y los demás
obedecían, y ese uno que era Rodríguez Colorado, gobernador civil de
Madrid, me confió a mí, jefe de Protección Civil, todo el asunto.
-¿Y cómo se impone la autoridad entre el caos del desastre?
-Puse la mejor voluntad posible. Había tenido una escuela muy buena como
director del Parque Sindical Deportivo Puerta de Hierro de Madrid con
50.000 personas que entraban cada día. Tenía muy arraigado el sistema de
mando y el gobernador civil de Madrid confió en mí. Salí de aquello
poniendo en marcha el sentido común, porque no había otra, y haciendo
cumplir todo aquello que yo creía que iba bien al momento. Después
recibí la primera medalla de plata de Protección Civil. Y pensé: estoy
en la mitad de lo cierto. Y a partir de aquel momento me convertí en
conferenciante sobre grandes catástrofes, como si yo fuera un gran
entendido, y lo único que hice fue intervenir en tres grandes
siniestros. Fue una experiencia muy dura y cuando acabó todo sufrí un
arrechucho al corazón.
-¿Puede sustraerse al sufrimiento ajeno que produce un desastre?
-Me he preguntado después cómo pude saltar por encima de los cadáveres
en Mejorada del Campo. Pero cuando me encontré con eso a la una y media
de la madrugada no había tiempo para pensar en nada. Antes de salir
había llamado a las Fuerzas Armadas pidiendo tres grandes focos de luz
para ver qué teníamos. Había cuerpos por todas partes. Tuve claro que si
no me veían duro, certero y firme al mandar, allí no me hacía caso
nadie. Le repito que no había normas escritas. Un general de la Guardia
Civil me preguntó «¿y qué atribuciones tiene usted para hacer lo que
está haciendo?», cuando mandé retranquear la zona en medio kilómetro
para que no pasara la gente, y le contesté «eso se lo pregunta al
gobernador civil de Madrid». «¿Y usted manda en la Guardia Civil?». «Sí,
y en todo el que esté aquí». «¿Se lo habrán dado por escrito». Me quedé
de piedra: «Sí, tiene usted razón, se cae un avión y nos vamos a ir a la
Delegación gubernativa a ponerme un escrito». Luego el hombre fue
encantador y se hizo amigo mío. Otro momento muy duro es cuando tienes
que comunicar a las familias lo que ha ocurrido. La presión social es lo
peor. La gente se impacientaba y los policías que hacían las
identificaciones no podían darse más prisa. Que todo tiene un tiempo es
la principal enseñanza de la Protección Civil.
-Hemos escuchado el reproche de las víctimas del 11-M porque las
avisaban por megafonía para ir a identificar a sus muertos.
-Tremendo. Yo no lo hubiera hecho nunca. Hubiera cogido a uno por uno,
personalmente. Se me podrá decir que no he tenido que atender a las
familias
de 192 muertos, pero en el accidente de Mejorada hubo 181. He de decirle
que cuando Madrid sufrió el atentado del 11-M yo ya no tenía
encomendadas funciones de Protección Civil porque era director del
gabinete técnico del nuevo delegado del Gobierno.
-Antes me ha dicho que en Mejorada pidió a las Fuerzas Armadas que le
mandaran focos para alumbrar el desastre. ¿Cree que el Ejército hoy está
en disposición de prestar ese tipo de ayudas?
-No. Eso fue en el año 1983 y desde entonces la evolución ha sido
tremenda. El anterior capitán general de Madrid me advirtió: «Noja, hay
que ir buscando otros medios para esas situaciones porque ahora mismo no
los tenemos».
-¿Y qué ha hecho para llevarse bien con todos los políticos?
-Pues eso me preguntan muchas veces, porque los he tenido de todos los
partidos. Es cuestión de darlo todo.
-¿Cómo le sienta el tópico de que si quieres un futuro seguro y sin
complicaciones hazte funcionario?
-Acaba de tocar mi punto débil. Me pone malo escuchar «me saco la
oposición y siendo funcionario ya he resuelto la papeleta». Yo no he
resuelto jamás la papeleta sólo con la oposición. Cuando yo estudiaba
Comercio había un profesor que me contó el siguiente chiste que yo he
llevado toda mi vida entre ceja y ceja y que lo saben todos mis equipos,
sin los que yo no hubiera sido nada: en un camino había embarrancado un
carro de arena y siete soldados miraban alrededor, y dice el sargento
«pero, ¿qué hacéis así después de media hora? ¡Quitaros de ahí!»
Entonces mete el hombro y de un trallazo saca la mula, y le dice uno
«nos ha fastidiado, trabajando cualquiera». Así que yo le digo a mi
gente: «Que no tenga que venir yo con la tralla» y le aseguro que he
dejado amigos en todas partes porque yo he exigido pero también he
luchado siempre por ellos.
Fuente: ABC
09/01/2005