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Miércoles, 19 de enero de 2005


Seguridad Pública y Protección Civil

Ella venció al tsunami

Cuando la policía sueca Karin Svärd vio acercarse las olas gigantes salió corriendo en dirección contraria a todo el mundo. Sus tres hijos estaban jugando en la orilla y pretendía salvarles. Hoy los cuatro están vivos y en casa

 

Tal vez la peripecia de Karin no resulte tan espectacular como la de Martin Hambrook. Galés de 40 años, Hambrook relataba hace una semana en un periódico británico cómo se encontraba haciendo surf en Sri Lanka el pasado domingo 26 de diciembre cuando una ola gigantesca empezó a acercarse a la costa. Con la tabla atada al tobillo, como es habitual en la práctica de este deporte, tuvo que tratar de navegar sobre el tsunami. Acabó aterrizando literalmente sobre el restaurante del interior del hotel en el que se hospedaba con su pareja y su hijo de siete años. Los tres se han quedado temporalmente en Sri Lanka, no para hacer surf, sino para prestar la ayuda que puedan en la localidad de Hikkaduwa.

Foto: El Mundo

Karin Svärd, en biquini, corre hacia la primera de las cinco olas que se abatieron sobre Krabi (Tailandia). Sus hijos (primero, tercero y cuarto por la izquierda), jugaban en la orilla.

Karin, no. Karin está de vuelta en Suecia. El maremoto le cogió a ella y a su familia en Hat Rai Lay Beach, en Krabi, al sur de Tailandia. Y aunque ella no dominó la ola gigante bajo ninguna tabla de surf, la fotografía en la que se la ve corriendo mar adentro para tratar de rescatar a sus hijos la ha convertido en una de las heroínas del desastre.

En contra lo que pudieron pensar millones de personas que vieron esa imagen en todo el mundo, Karin sobrevivió. Como sus tres hijos. Y sentada en el sofá de su casa, en el norte del país escandinavo, ha contado tranquilamente su historia con final feliz.

«Tenía que intentar salvar a mis hijos. Nada iba a detenerme», relataba hace unos días en el periódico sueco Expressen. «Según me acercaba a la ola, el terror iba creciendo dentro de mí. Podía sentirlo físicamente. Pero tenía muy claro lo que tenía que hacer. Simplemente, eché a correr hacia mi familia».

Fue lo contrario, echar a correr tierra adentro, lo que permitió salvar la vida a muchos. Incluso quedarse quietos. Tanto Stephen Boulton, un bombero británico, como su mujer y sus tres hijos, sobrevivieron después de atarse con toallas playeras a una palmera en las playas de Kandooma, en las Islas Maldivas. Otro de esos pequeños milagros en mitad de la tragedia: 153.357 personas muertas o desparecidas -tres españoles entre éstos últimos- y alrededor de cinco millones de personas directamente afectadas de una forma u otra.

Pero a Karin no le servía atarse mientras veía la amenaza cernirse sobre sus retoños.

Melena rubia y ojos claros, Karin, Karin Svärd, presenta la perfecta apariencia sueca. Tiene 37 años y es policía, aunque aún no se ha reincorporado a su puesto, a la espera de ver cómo evolucionan las lesiones que padeció en el tobillo izquierdo. Sus tres hijos, Anton, de 14 años, Filip, de 11, y Viktor, de 10, sí que han retomado ya las clases en Skelleftehamn, la localidad en la que reside la familia Svärd.

«Podía ver ese enorme muro blanco viniendo hacia mí», recuerda.«Cada vez venía más rápido, pero no me importó. Allí estaban mis hijos; quería tenerlos en brazos y cuidar de ellos».

Como varios miles de suecos, Karin y su marido, Lars, decidieron pasar las vacaciones de Navidad en Tailandia. El país nórdico llora ahora la muerte de 52 compatriotas y se pregunta angustiado por el paradero de cerca de 2.000 más mientras celebra esperanzado episodios como el de Karin.

La familia se encontraba en la playa en Krabi cuando sobrevino la catástrofe. La orilla del mar había retrocedido rápidamente unos 100 metros dejando un montón de peces agonizantes sobre la arena. «Fue extraño, pero ninguno comprendimos la importancia de aquello en absoluto. Yo pensé que no era más que la bajada de la marea o la resaca de las olas», recuerda Karin.

Entretanto, sus hijos jugaban a coger los peces junto a Per, de 40 años, el hermano de la mujer policía. Tan absortos estaban que no se dieron cuenta de lo que se acercaba desde el horizonte.

«De repente, pude ver una pared blanca de agua que se acercaba, cada vez era más grande. La gente gritaba: "Salid de la playa, salid de la playa". Yo empecé a gritar a mis hijos y a mi hermano, pero estaban a unos 200 metros y con el ruido de la playa no me oían».

Foto: El Mundo

Karin Svärd, con su marido y sus tres hijos en su casa de Suecia

De forma que decidió echar a correr hacia ellos, que seguían jugando desocupados. «Escuché las voces de personas que me decían: "Váyase de la playa", según me veían correr, pero no podía hacerles caso», prosigue Karin. «Sólo cuando yo estaba a unos 150 metros los niños se volvieron y vieron la ola. Pude ver el pánico en sus caras. Echaron a correr hacia mí, pero no podían ir muy rápido porque el suelo estaba muy pesado».

Karin estaba a unos 20 metros de sus hijos cuando el tsunami los engulló. Ella fue detrás, instantes después.

Stina Hedlund, otra mujer sueca que estaba en Hat Rai Lay Beach el 26 de diciembre, asegura que la primera de las cinco olas gigantes que asolaron Krabi aquel día la llevó casi 70 metros tierra adentro desde la playa. Tras ese primer embate, Karin pudo agarrarse a una palmera.

Aguantó una segunda ola, ahogada en la incertidumbre de no ver ya a sus hijos, pero a la tercera sacudida no pudo seguir agarrada a la palmera. Tuvo la suerte de acabar en un montículo al que no había llegado el nivel del agua.

«A esas alturas pensaba que de mi familia estaban todos muertos. Sentí como si la vida dejara de tener sentido para mí. Pasaron 10 minutos, los 10 peores minutos de mi vida, hasta que los encontré, en tierra firme, fuera del agua».

Hasta 1.152 veces más duró la pelea, también angustiosa, de Rizal Saputra, el indonesio de 23 años que sobrevivió ocho días al maremoto -de nueve grados en la escala Richter- a bordo de una barcaza hecha con ramas de árbol. Mientras sus compañeros iban muriendo, bebió el agua de la lluvia y se alimentó de cocos hasta que lo encontró a la deriva un carguero malayo.

Pero estábamos hablando de Karin. Y nos habíamos dejado lo mejor de su historia. El final. El final feliz: «Estaban todos, los chicos, Lars y Per, sujetándose unos a otros. Tenían cara de estar aterrorizados y enormemente confundidos. Fui corriendo hacia ellos gritando: "Gracias a Dios, estáis vivos", y nos abrazamos todos». O no tan feliz, después de todo: «Por todo alrededor había gente gritando el nombre de sus familiares y sus seres queridos. Todos sentíamos su pánico».

Fuente: El Mundo
09.01.05

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