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Viernes, 28 de enero de 2005


Seguridad Pública y Protección Civil

«Unas 4.400 personas fueron eliminadas con los vuelos de la muerte»

Adolfo Scilingo Ex militar argentino procesado por genocida

 

El ex militar argentino Adolfo Scilingo, juzgado estos días por la Audiencia Nacional española por los delitos de genocidio y torturas, describe los vuelos de la muerte con los que la Armada argentina eliminaba a los disidentes en la dictadura (1976-1983).

Foto: La Razón

Ante los desmentidos y contradicciones en los que ha incurrido durante sus comparecencias de los dos último días ante la Audiencia española, reproducimos la entrevista que el periodista de Onda Cero Radio Carlos Herrera realizó al capitán argentino el 7 de octubre de 1997 en la prisión de Carabanchel.

Pregunta.– ¿Se siente usted más seguro en esta cárcel de Carabanchel que en las calles de Buenos Aires?

Respuesta.– Sin ninguna duda. Porque por supuesto no me agrada estar donde estoy, pero las tensiones que sufría permanentemente, a través de amenazas, cartas y seguimientos, me mantenían en un estado de tensión tremendo.

P.– Le intentaron matar hace poco.

R.– Me secuestraron y me agredieron fundamentalmente para que no volviese a tocar el tema de los desaparecidos.

P.– ¿Qué le hizo a usted cambiar y declarar todo lo que sabe?

R.– Todo fue un proceso en el que yo de forma reservada declaré a las autoridades de la Armada que yo quería aclarar la situación de una vez por todas porque la situación de los desaparecidos era inaceptable en Argentina.

P.– ¿Qué métodos de tortura empleaba la Escuela Mecánica de la Armada?

R.– Yo no participaba en las torturas, pero en ellas se empleaban descargas eléctricas.

P.– ¿Usted podía conciliar el sueño tras contemplar la cara de los torturados?

R.– Yo no participaba directamente, puesto que yo desempeñaba funciones logísticas. Tuve unos problemas a nivel personal que me presionaron a tal punto que... Lo que no hizo la autoridad naval lo hice yo.

P.– ¿Quién dirigió la operación de los llamados «vuelos de la muerte»?

R.– El almirante Massera y un gabinete especial que lo asesoraba.

P.– ¿Cuántas personas viajaban en cada uno de los vuelos?

R.– El número era variable. Entre quince y treinta personas una vez por semana y se acoplaba los fines de semana algún vuelo más. En total el número de desaparecidos por este sistema asciende a 4.400 personas.

P.– ¿A las personas se las tiraba vivas o muertas al mar?

R.– Se las tiraba con una gran dosis de anestesia.

P.– ¿Qué les decían ustedes cuando les ponían la inyección?

R.– No, se la ponían los médicos navales. Irónicamente, los sacerdotes navales la consideraban una muerte liviana.

P.– ¿Viajaba un médico en ese avión?

R.– Viajaba un médico naval que se retiraba de la cabina antes de que fuesen arrojados al agua.

P.– ¿Para no violar el juramento hipocrático?

R.– Una actitud muy cínica.

P.– ¿A cuántas personas ha detenido usted?

R.– Prefiero terminar la declaración con Baltasar Garzón.

P.– Usted calcula que fueron arrojadas alrededor de 4.000 personas. ¿Desde qué altura?

R.– No sé exactamente la altura, pero serían unos 2.000 metros.

P.– ¿A mucha distancia de la costa?

R.– A una hora de vuelo.

P.– ¿Usted estuvo a punto de caer en unos de esos vuelos?

R.– Sí, estuve a punto de caer en uno de esos vuelos.

P.– ¿Qué fue lo que ocurrió?

R.– Patiné. Había mucha tensión en el vuelo, porque había gente que no sabía cuál era la misión y eso provocó que yo patinara y casi cayera.

P.– ¿Qué es lo que pensó usted al día siguiente de esa salvajada?

R.– Yo me quise confesar y no encontré apoyo de los sacerdotes porque dijeron que no había ningún tipo de pecado. Habíamos cumplido con el precepto bíblico de eliminar la hierba mala del trigal. Y caí en el alcohol a partir de ese momento hasta que me recuperé hace dos años.

P.– ¿Alguno de los torturados estaba consciente, gritaba, sabía lo que pasaba?

R.– Todos estaban absolutamente dormidos. Lo que ocurre es que en varios vuelos se suscitaron problemas por actitudes automáticas.

P.– 4.000 personas de 30.000 desaparecidos.

R.– Esa información es cierta, pero 4.400 es la cifra que corresponde a la Armada.

P.– ¿Cuándo supo su familia lo que había hecho?

R.– Siete años después.

P.– ¿Qué le dijo?

R.– Pude decirle poco como consecuencia de los problemas que yo tenía a nivel naval que me llevaron a solicitar el retiro obligatorio al ser inaceptable que la Armada siguiera haciendo eso.

P.– ¿Pudo explicárselo a alguien?

R.– No, pero creo que fue una actitud cobarde hasta que acabé afrontando la situación.

P.– ¿Cuántos militares argentinos piensan como usted?

R.– Ahora soy el único. Pienso que hay muchos, pero la actitud del presidente evita que se de esta posibilidad.

P.– La única posibilidad para que se reabran los caso, porque en Argentina la Ley de Punto Final lo prohíbe, es en España el juez Garzón.

R.– Yo tengo mucha fe en que la investigación del juez Garzón siga adelante a través de la mayor clarificación. O sea, que se investigue como genocidio, porque si no estaríamos juzgando nuevamente lo que ya se juzgó en Argentina. Espero que mi declaración ayude al juez a llegar a esclarecer la verdad.

P.– ¿De qué vive usted ahora?

R.– El Gobierno argentino a través de una falsa causa que duró dos años y cuarenta y cinco días durante los cuales estuve en prisión me han sacado hasta el último peso. Vivo de mis hijos y mi familia, que trabajan.

P.– ¿Qué le dicen los familiares de los desaparecidos que se encuentran con usted frente a frente en la calle?

R.– No, no he tenido problemas en Argentina. Al contrario, ésta es una posibilidad para que se sepa la verdad. De todas manera, no creo que estén muy conforme con lo que yo hice.

P.– Pero sí con que esté usted ahora mismo arrepentido.

R.– Colaborando para que la investigación continúe, pese a que esto en modo alguno me disculpa ante ellos.

P.– El vuelo de la muerta era lo más terrible que se hacía en la dictadura.

R.– Yo tengo mis dudas si no era la vida diaria de lo que tenían.

P.– ¿Qué sabe usted de los niños desaparecidos?

R.– Esa investigación tiene en Argentina todos los elementos para que siga adelante. No está prescrita, pero lamentablemente la Justicia argentina, dominada por muchos jueces corruptos amparados por el poder político impiden que esto siga adelante. Los niños fueron dados a familias de la Armada para que no se contaminaran con ideas extremistas. Fíjese que ya han pasado veinte años y estos chicos ya tienen edad suficiente para tomar decisiones y saber la verdad.

P.– ¿Qué condena cree que merece?

R.– La que corresponde. No puedo tomar decisiones por un juez.

P.– ¿Los relatos que hemos conocido para secuestrar a personas son ciertos?

R.– Correcto. Lo que pasa es que en ese momento pensábamos que lo que se estaba haciendo era una guerra, que realmente fue un genocidio. Murieron miles de inocentes, lo que que justifica que no se anime a la Armada argentina a decir la verdad.

P.– ¿Hubo alguna imagen de los vuelos que le impresionó especialmente?

R.– Los cuerpos amontonados para ser arrojados al mar todos juntos en una actitud muy similar a la del nazismo. Yo creo que fue más cínico y más sofisticado.

P.– Después de estas declaraciones, ¿peligra más su vida?

R.– Peligra mi vida, y fundamentalmente he librado una sentencia de muerte para mi familia.

P.– ¿Qué le diría usted al general Videla?

R.– Que no hay una persona más basura que él.

P.– ¿A Videla o a Massera?

R.– Fue más cínico Massera, sobre todo porque sigue aspirando asumir cargos públicos.

 

El libro de los muertos de Scilingo

En 1996, el ex militar argentino arrepentido ahora de haberse arrepentido escribió un libro con el relato pormenorizado de sus asesinatos. Apenas se imprimieron 100 ejemplares, que han desaparecido. CRONICA encontró uno

El teniente Vaca me fue acercando los cuerpos dormidos y los fui empujando uno a uno al vacío». Con estas palabras el ex militar argentino Adolfo Scilingo, arrepentido ahora de haberse arrepentido, narra en un libro escrito de su puño y letra, ¡Por siempre nunca más!, cómo llevó a la muerte a 30 personas lanzándolas en vuelo a las aguas del Atlántico. Cerca de 2.000 detenidos políticos fueron asesinados durante la dictadura argentina (1976-1983) por este método, avalado por la Iglesia argentina, según el propio Scilingo, por ser «más humanitario», por ejemplo, que los fusilamientos de Pinochet en Chile.

Foto: La Razón

TORTURADO. En 1997, unos secuestradores grabaron en su rostro iniciales de investigadores del genocidio

A este ex capitán de corbeta estas muertes «cristianas y humanitarias» le parecieron «poco honrosas», pues no habían sido en combate, lo que le llevó a comenzar a cuestionar la Unidad Operativa Antisubversiva más importante de la Armada, donde había sido destinado. Ocho años después de la dictadura, Scilingo no aguantó más su silencio y comenzó su periplo de confesiones a la prensa y a la Justicia de su país buscando venganza contra sus superiores, especialmente contra Emilio Massera, ex jefe de la Junta Militar y máximo responsable de la Armada. Sintiéndose poco seguro en Argentina, se presentó de forma voluntaria en 1997 ante el juez Garzón con la aspiración de recibir protección como colaborador de la Justicia.

Ahora que en Madrid la Audiencia Nacional le está juzgando (se enfrenta a 6.626 años de cárcel por genocidio, terrorismo y tortura), dice que todo lo que contó es una farsa. «Vine para contar la fantasía más grande del mundo para sensibilizar a la opinión pública y ayudar a Garzón...». Pero el libro, titulado ¡Por siempre nunca más!, publicado por la editorial La Plata, con una tirada de apenas 100 ejemplares, lo escribió en 1996, y por más que reniegue también de él -dice que sólo puso su nombre a cambio de 300 dólares-, su relato le perseguirá por siempre.

La orden de ejecutar los llamados vuelos de la muerte la recibieron los jefes y oficiales navales e infantes de Marina en el cine Martín Rivadavia de la base naval de Puerto Belgrano en 1976.«Durante algún viaje en avión podría ocurrir que algunos subversivos no llegaran a destino», cuenta Scilingo que les dijo el vicealmirante Luis María Mendía. «Explicó que se había consultado a las autoridades eclesiásticas y se había aprobado el método por considerarlo una muerte cristiana y humanitaria». Meses después, en diciembre de 1976, Scilingo logró destino como jefe de electricidad en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), el mayor centro clandestino de detención. «Mis sueños estaban cumplidos. Iría a la guerra, a combatir contra el enemigo que, solapado, escondido y a traición, intentaba destruir los valores de la argentinidad».

Todos los martes, Inteligencia proponía los listados de los que serían «trasladados» al día siguiente. Traslado y se va para arriba eran «los términos elegantes con que se definían las ejecuciones.Se realizaban los miércoles y consistían en arrojar a aguas del Atlántico a los condenados desde aviones Electra de la Aviación Naval, previo ser anestesiados. En caso de necesidad se ampliaban vuelos los sábados. Cuando la urgencia lo requería, se usaban lanchas que operaban desde el Apostadero Naval de San Fernando y se fondeaban los cuerpos dormidos en aguas del Delta del Tigre».

Un miércoles de junio de 1977 le avisaron que había sido asignado para un vuelo. El capitán Jorge Eduardo Acosta, alias El Tigre, entró en el sótano de la ESMA, donde había alineados 25 detenidos, a quienes comunicó que iban a ser puestos a disposición del Poder Ejecutivo nacional y trasladados a un penal del Sur. «Para que estuviesen alegres hizo poner música y a los gritos les decía que bailaran. Todos comenzaron a hacerlo. En determinado momento comunicó que todos serían vacunados». Un médico entró y comenzó a aplicarles una primera dosis de Penthotal. «Poco a poco los movimientos de los bailarines fueron más lentos (...) Parecían zombis». Al llegar a Aeroparque (aeropuerto de Buenos Aires), de noche, 13 fueron subidos a un Sky-Van, especie de Hércules con forma de cajón, bimotor». Se había averiado el avión previsto, que era mayor, y en el que habrían cabido todos.

Junto con los 13 trasladados estaban, además de Scilingo, jefe del vuelo, el teniente Vaca, un suboficial, un cabo de Prefectura y el médico naval, cuyas identidades no son reveladas por el ex militar. Ya en vuelo, «el médico aplicó a cada detenido una sobredosis de Penthotal y se fue a la cabina (...). Vaca y yo comenzamos a desvestir a cada uno. Le avisé al piloto que estábamos listos. Las 13 personas estaban desnudas, semisentadas y dormidas, apoyadas unas contra otras, del lado izquierdo del avión. Igual a una escena de un campo de concentración de la II Guerra Mundial.Desde la cabina ordenaron abrir la puerta trasera (...). El suboficial mantendría la puerta sujeta con el pie de modo que sólo dejara una abertura de unos 40 centímetros. Vaca me fue acercando los cuerpos dormidos y los fui empujando uno a uno al vacío (...).En determinado momento patiné en el piso de acero y casi caigo.Entre Vaca y el suboficial lo impidieron. Terminamos con los que faltaban. Cerramos la puerta. Avisé a la cabina y me senté donde minutos antes había 13 personas vivas».

Al llegar a la ESMA, Scilingo se bebió dos vasos de whisky -«no quería pensar»- y al día siguiente fue a buscar al padre Luis Manseñido, a quien le dijo que había hecho un vuelo. Según su relato, el sacerdote le habló sobre la «importancia de eliminar la maleza. Nosotros debíamos hacerlo para permitir que el trigo creciera. No había pecado. Tampoco debía arrepentirme. Sólo había cumplido las órdenes de mis superiores, que eran las órdenes de Dios (...). Ese día cambió mi vida. Nunca más dormiría sin los efectos de algo, ya sea alcohol o sedantes».

Un mes después, cuando pensaba ir a pasar el fin de semana junto a su familia en Bahía Blanca, fue asignado para uno de los vuelos extra de los sábados. «Había 16 detenidos (...) Esta vez no hubo música ni baile. Todo fue más sobrio (...). El vuelo tuvo una escala: Punta Indio. Se embarcó un detenido que estaba en pésimas condiciones. No habló cuando vio al resto dormido, pero tengo dudas si no presintió su próximo destino. Hizo sus necesidades en su pantalón. El médico aplicó las inyecciones y cuando hicieron efecto se desvistió a los detenidos. Un suboficial me ató con una soga al lado de la puerta de emergencia de popa estribor (atrás derecha) y luego con mucho cuidado la fue retirando. Me acercaron a cada uno de los trasladados y una vez más cumplí mi misión de hacerles traspasar la puerta rumbo a la muerte...».Palabra de Scilingo.

 

Fuente: La Razón
19.01.05

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