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Lunes, 4 de julio de 2005


Seguridad Pública y Protección Civil

Los secretos del "Lobo azul" (I)

En 1984, militares de ultraderecha estuvieron a punto de volar un autobús con familiares de etarras. Este hombre apretó el interruptor de la bomba. Pero era un agente del Cesid y el cable ya había sido desconectado

 

Foto: El MundoHa resistido a la tentación de contarlo, con todos los detalles, durante los últimos 20 años. Se siente abandonado por los organismos del Estado que le empujaron a infiltrarse en la cúpula de extrema derecha para desmantelarla desde dentro. Evitó atentados tan graves como la muerte del diputado de Euskadiko Ezquerra Juan María Bandrés, el preparado contra un autobús lleno de familiares de ETA, cerca de Alcalá Meco, o la voladura de un cine Alphaville, en Madrid, repleto de espectadores durante la proyección de 'Je vous Salue Marie'. Pero, sobre todo, controló, para frustrarlo desde dentro, el atentado contra la Familia Real y el Gobierno de Felipe González en pleno, durante un desfile en A Coruña.

Está vivo. En su caso, es la única victoria de la que puede presumir. Percibe una modesta pensión de invalidez -menos de 500 euros al mes- como consecuencia de una lesión en la espalda que se produjo en acto de servicio cuando era muy joven y estaba recién ingresado en la Guardia Civil. Su piso no sobrepasa los 32 metros cuadrados.

Después de haber cumplido los 50 años, ya ha perdido la esperanza de que alguien le dé trabajo. Con su vieja gorra de béisbol, su ropa sencilla y sus gafas anticuadas, este hombre delgado y discreto ha tratado de pasar los últimos 20 años de su vida lo más desapercibido posible. Sabía que le iba en ello su propio pellejo.

En los tiempos más duros, no salía a la calle sin una granada de fragmentación apretada en su mano derecha, a la que previamente le había quitado el seguro. Las amenazas de muerte eran continuas. Podían venir a por él los terroristas abertzales y los de extrema derecha.

Foto: El Mundo
F. Lerena en la actualidad, en la esquina madrileña donde quisieron atentar contra J.M. Bandrés

Su labor fue esencial para desbaratar actos tan sanguinarios como las explosiones de bombas en un cine atestado de gente o en el metro, el asesinato de dirigentes políticos y de miembros de las Fuerzas de Seguridad y, sobre todo, la masacre de la Familia Real y el Gobierno de Felipe González en pleno, durante un desfile de las Fuerzas Armadas en la ciudad de A Coruña.

Fue el topo, el gran topo, la baza esencial que tenía el Cesid infiltrado durante años en el estamento militar y civil de las tramas más radicales de la derecha. Fue, y así se lo reconocieron en su día, el equivalente en el otro extremo del infiltrado en la cúpula etarra Mikel Lejarza, El Lobo. Su nombre de guerra era Alejandro, pero para los pocos enterados se trataba de El Lobo Azul.

20 años de silencio

Le prometieron un retiro idílico como premio a su impagable labor. Primero, en forma de dinero, unos cuantos millones para poner un negocio y, más tarde, en forma de trabajo. La realidad es que, después de utilizar sus informaciones para salvaguardar al país de la catástrofe, le dejaron tirado a los pies de sus enemigos.

Han pasado 20 años de aquellos acontecimientos y ahora necesita contarlo todo con detalle. No pide nada a cambio. Sólo que la verdad histórica, relatada hasta ahora de una forma fragmentaria, prevalezca.

Este es el relato pormenorizado de unos hechos que tuvieron lugar en los primeros años 80. Fue la intervención directa y arriesgada de Francisco Lerena Zambrano, al que todos conocían como Paco y al que en el Servicio de Inteligencia le asignaron el nombre de Alejandro.

Todo comenzó en Canarias, en el otoño de 1983, la época en la que el comandante Ricardo Sáenz de Ynestrillas llegó a la zona para hacerse cargo de la oficina del CIR, el Centro de Instrucción de Reclutas. Se trataba de una especie de exilio involuntario con el que el mando pretendió alejarlo de Madrid.

Ricardo había superado la condena a seis meses y un día que le habían impuesto por participar en la llamada operación Galaxia. Una reunión de militares en la cafetería madrileña Galaxia, en 1978, en la que se discutió cómo formar un comando para la toma de La Moncloa, en una jornada en la que hubiera Consejo de Ministros.

Más tarde fue detenido por querer irrumpir en una celebración del cumpleaños del Rey. En esta ocasión fue puesto en libertad sin cargos. Sáenz de Ynestrillas había pasado de puntillas por el Golpe del 23-F, en 1981. No se vio implicado pero, a finales de ese mismo año, firmó junto con un grupo amplio de militares descontentos con la marcha de la democracia lo que se llamó El Manifiesto de los 100.

Un encuentro casual

El 27 de octubre de 1982 la cosa fue más seria. Ricardo se vio involucrado en una trama golpista. En esta ocasión es cuando lo envían desterrado a Canarias.

Francisco Lerena Zambrano era un industrial afincado en Las Palmas con ideas cercanas a la derecha dura, sobre todo en materias como la unidad del Estado y la lucha contra ETA.

Ricardo presentó en público una pequeña empresa de seguridad que estaba formando, Prosevi S.A. Francisco se las arregló para congraciarse con él y obtener un puesto de trabajo como instructor de agentes de seguridad en esa compañía. Había nacido en una casa cuartel. Su padre y su tío eran guardias civiles y él mismo ingresó en el Cuerpo antes de hacer el servicio militar. Le dieron de baja permanente por un accidente en acto de servicio, en una playa de Mallorca. Conservó el espíritu del Cuerpo y una pistola reglamentaria y potente con su correspondiente permiso de tipo E.

Alrededor de Prosevi se fueron juntando jóvenes, algunos de ellos exaltados, que participaban en ejercicios de tipo paramilitar, a los que se añadían en ocasiones militares ultras y civiles, con ansias de que cambiara la tortilla.

Fue en ese momento cuando un hombre inteligente y culto se fijó en él. Se trataba del teniente coronel Gilberto Marquina López, en realidad, el jefe de la base del Cesid en Canarias. Era evidente que Francisco Lerena tenía las cualidades que pueden exigírsele a un buen agente: valor, contactos, sangre fría y decisión.

La ayuda de un incidente fortuito -le salvó cuando Ynestrillas se rompió un tobillo al tener que saltar desde una ventana a la calle en situación comprometida- le convirtió en un incondicional suyo. Confiaba en él de tal manera que Francisco vio una buena ocasión para poder acceder al corazón del mundo ultra, en Madrid. Necesitaba aventuras y le podía más su sentido del deber hacia el Estado que sus inclinaciones políticas. Luego se arrepentiría de haber utilizado esa amistad para conseguir sus fines. Para el Cesid no fue difícil captarlo del todo.

La proposición oficial le llegó en el hotel Bécquer de Sevilla, en julio de 1984. El capitán del Cesid Jaime Pino le ofreció entrar en serio -en Canarias había proporcionado sólo algunas informaciones- como agente de los Servicios de Inteligencia. Para ello le exigieron que se buscara, por su cuenta, un empleo en la capital de España y una vivienda.

A sueldo del Cesid

Francisco dejó su próspero negocio y llegó a Madrid con lo ahorrado y un sueldo del Cesid de 100.000 pesetas al mes. Tenía el encargo concreto de infiltrarse en el núcleo duro de las tramas golpistas.

El propio Ricardo Sáenz de Ynestrillas le facilitó un puesto gratis en un avión militar estafeta con destino a Getafe y la dirección de un amigo de confianza, el coronel de paracaidistas José María Medinaceli, en cuyo domicilio pudo pasar los primeros días. Pronto, y tras frecuentar los ambientes de la derecha dura, consiguió un empleo como mecánico -en realidad guardaespaldas- del industrial José Luis Colomer, consejero delegado de la empresa constructora Pryconsa, por 80.000 pesetas al mes.

Ya con el nombre de guerra de Alejandro, Lerena mantiene reuniones periódicas con sus controladores del Cesid. El capitán Jaime le presenta al que llaman señor Robles, en realidad el jefe del Area de Involución del Centro. Después de unos meses, éste pasó a ser su controlador.

Foto: El Mundo
Carnés de seguridad, vales del Ejército, cámaras y grabadoras utilizados por Francisco Lerena

La habilidad de Alejandro hace que detecte a un comando de ETA que pretendía atentar contra Colomer, su jefe. Eso le vale el aumento de la confianza de todos, a un lado y otro de la línea.

Robles le comenta que existe un acta notarial con dos copias -una la guarda el notario y la otra se queda en una caja fuerte de la Casa- en la que se establece que trabaja para ellos y que, en caso de cualquier problema físico o legal, le ayudarán con todos los medios a su alcance. Alejandro consigue introducirse cada vez más en los círculos ultras. Todos le tienen por un hombre capaz de planificar y ejecutar cualquier tipo de acción. Es así como se ve inmerso en la preparación del primer atentado serio.

La idea surge durante la visita a un hijo de Ricardo Sáenz de Ynestrillas encarcelado en Alcalá Meco. Eran tiempos en los que los presos de ETA celebraban allí los atentados de la banda con marisco y cava. Habían tenido en la puerta un pequeño choque con algunos familiares de reclusos etarras cuando éstos esperaban el autobús que les llevaría de regreso a Euskadi. Consideraron más tarde, en el año 1984, que podrían intentar volar uno de esos autobuses con los parientes de la banda dentro.

«Yo activaría la bomba»

«Un capitán de la plana mayor de la brigada paracaidista sería el encargado de agenciar los explosivos. Logramos algunas granadas de mano de tipo piña, cuatro kilos de trilita y XP exógeno plástico de un gran poder destructivo», expone Alejandro.

«Conseguimos la colaboración de un muchacho al que ETA había matado a su padre, guardia civil, de un tiro en la nuca. Era un buen técnico en sistemas de radio control. Tenía un taller en el que reparaba maquetas. El coronel José María Medinaceli le dio los cebos. Preparamos una cacerola con los explosivos a los que añadimos un buen sistema eléctrico de control remoto con un alcance eficaz de 200 metros», continúa.

«En aquel tiempo yo había alquilado una caja de seguridad -la P35- en la sucursal del Banco Central de la calle de Toledo 131.Allí metí 100.000 pesetas en billetes de 5.000, un pasaporte y un DNI que me había proporcionado el Cesid a nombre de Santiago León Navarro. También guardaba allí las mini cintas que iba grabando con una casete Olympus Pearcorder 5901, que me había proporcionado el Centro. Tenía además un pequeño artilugio que emitía ultrasonidos y perturbaba cualquier posible grabación en mi entorno».

Y prosigue su escalofriante relato: «Guardamos la bomba en un taller de un amigo en Vallecas, un lugar donde se fabricaban pequeñas estatuillas de bronce -algunas con el busto de Franco-.Fijamos la posible fecha del atentado y el objetivo. Habíamos desechado una curva cercana a la tapia de la cárcel porque, después de unos días de vigilancia, observamos que la Guardia Civil hacía rondas periódicas. Marcamos definitivamente un lugar que estaba en obras para esconder el artefacto en la ruta por donde necesariamente tenía que pasar el autobús para salir a la carretera de Burgos».

«Al final me designaron a mí como encargado de colocarla en compañía del coronel Medinaceli. Tuve la precaución de no poner en su sitio la palometa tornillo que cerraba el circuito. Pasé una noche muy mala porque no estaba seguro de que aquello fuera suficiente precaución para que no funcionara la bomba y ¡era yo el encargado de apretar el interruptor del mando a distancia!», narra el topo del Cesid.

«Durante varias horas los coches que se dirigían hacia Madrid pasaron por encima de las chapas metálicas que tapaban el lugar exacto donde habíamos puesto la bomba. El Cesid estaba avisado de todos los pormenores».

«A la hora prefijada, desde un coche situado a una distancia conveniente, esperamos a que el autobús estuviera en el lugar adecuado. Apreté el interruptor verde, el de la izquierda que ponía en marcha el emisor. Luego, con el corazón encogido y pensando en si habría desconectado bien la palometa apreté el negro, el que enviaba la señal de radio. No pasó nada y el autobús se alejó entre las maldiciones del coronel».

«Más tarde me enteraría que agentes del Cesid, durante la noche habían inutilizado la bomba con un procedimiento sencillo pero eficaz. Habían dejado uno de los cables sueltos. No me avisaron de nada para que mis nervios parecieran más reales. Ahí me di cuenta de que estaba arriesgando mi vida al límite y de que no me iban a enseñar todas las cartas».

La fama que consiguió con el intento de atentado entre los ultras fue muy útil para subir escalones en la organización. Los antiguos implicados en el intento golpista del 27-O se reunían para conspirar. Sabían que era inútil tratar de que sus ideas políticas triunfaran por vías pacíficas. Entraron en una espiral en la que sólo cabía el uso progresivo de la violencia.

«Fui yo quien coloqué una bomba simulada en la línea 1 del Metro. En realidad era una caja de cartón con dos kilos de arena y unos cables. Queríamos probar si un aviso sería efectivo para meter ruido sin provocar una matanza. Fue dramático comprobar que no. Escribí con rotulador en la caja la palabra bomba. Luego la coloqué debajo de los asientos a la altura de Ríos Rosas. Más tarde llamamos desde Plaza Castilla para avisar de que había un artefacto en esa línea de metro que iba a explosionar en 20 minutos. Para mi horror pude comprobar que cuando volví al vagón, horas más tarde, la bomba seguía allí. ¡No la habían detectado y apenas si habían parado 10 minutos la línea! Y eso en plena época de atentados constantes de ETA».

En la cárcel de Alcalá Meco se reunían periódicamente militares ultras como Medinaceli, Campos, Ynestrillas y Gasca con otros que estaban prisioneros, como los hermanos Crespo Cuspinera.

Fundar un partido

«Yo les acompañaba pero me dejaban fuera de la sala donde conversaban. El comandante Ricardo Pardo Zancada, condenado a 12 años por el 23-F, también prefería mantenerse al margen, normalmente pintando sus cuadros al óleo. Era la época en la que Ynestrillas pretendía fundar un partido político legal, Revolución Nacional, para lo que tendría que pedir la baja en el Ejército. Querían repartir comida para indigentes con unas furgonetas en zonas céntricas».

Se trataba de una forma bastante surrealista de echar en cara al Gobierno socialista lo que consideraban una gestión social desastrosa. Pero el principal problema era que carecían de fondos. El dinero que tenían los hermanos Cuspinera, procedente de la operación del 27-O, no podían tocarlo porque las Fuerzas de Seguridad sabían dónde estaba.

Iniciaron intentos de contactos con empresarios como Olarra o el propio jefe de Alejandro, Colomer. Con algunos ni siquiera llegaron a hablar. El resto daba dinero con cuentagotas.

En los cines Alphaville de Madrid se acababa de estrenar una película que levantó un gran escándalo, Je vous salue Marie. Planteaba dudas sobre la virginidad de María. Quisieron colar una bomba en la sala. El aviso oportuno de Alejandro al Cesid lo desbarató. También pensaron en eliminar a un periodista y se fijaron en Pedro Rodríguez. Tomaron datos sobre él y consideraron que la mejor oportunidad de matarle sería a mediodía en la cervecería Cruz Blanca. No tuvieron ocasión de llevarlo a cabo porque Pedro murió de un infarto.

Fue entonces cuando se atrevieron a subir el listón. Matarían al diputado Juan María Bandrés. En esta ocasión el seguimiento fue en toda regla. El plan detallado consistía en colocar una vespa con explosivos junto a su domicilio de la calle Cervantes, donde vivía con otros dos diputados. La moto estaría manejada por un joven con casco y en el vehículo se podría leer el anagrama de una agencia de mensajería. Se accionaría desde la esquina con San Agustín. Otro individuo con otra moto recogería al autor para huir del lugar del crimen.

«A pesar de que yo sólo había intervenido en la planificación del atentado y no en su ejecución, me las arreglé para enterarme del día concreto de la operación, aunque con muy poco tiempo de antelación. Iba a ser el martes próximo, un día en el que había Pleno en las Cortes. No había forma de contactar con mi controlador, Robles, así que tuve que llamar al teléfono de emergencia del Cesid. Teníamos un sistema de citas con lugares establecidos del uno al 10. Tomábamos muchas precauciones para que no nos detectaran otros cuerpos de seguridad. Después de algunas peripecias conseguí pasar a tiempo la información a Robles».

«El ministro de Defensa, Narcís Serra, sabía de mi existencia y de la importancia de las informaciones que había proporcionado. En este caso, Serra habló con el ministro del Interior, José Barrionuevo. Fue éste quien llamó a Bandrés a su domicilio de Bilbao para prevenirle. Acordaron una súbita enfermedad, que filtraron a la prensa, para tener una excusa razonable por la que pudiera suspender su viaje a Madrid».

Atentar contra el Cesid

Casi simultáneamente se pensó en matar al responsable máximo del Area de Involución del Cesid, Santiago Bastos Noreña. Vivía en el barrio de Cuatro Caminos en un piso bajo, con tres ventanas a ras de la calle. Se iban a emplear de nuevo dos motoristas. Bastos iba todos los mediodías a comer a su casa.

El plan consistía en llamar por teléfono a su casa a esa hora. Un individuo tiraría un martillo de un kilo contra los cristales del comedor. El otro lanzaría por el hueco un ramillete con tres granadas. Toda la operación no iba a durar más de seis segundos. No se podía garantizar que Bastos muriera en el atentado y, además, podía haber otras víctimas de su familia. A nadie le importó esto último.

«Se fijó la fecha, pero antes los informadores que visitaban la zona se dieron cuenta de que las persianas permanecían bajadas durante varios días. Bastos se había mudado de casa y eso preocupó enormemente a los organizadores. El Cesid tuvo que inventar un sistema por el que le llegara a los terroristas -a través de un topo controlado que tenían los ultras en el Gobierno Militar- un escrito por el que el traslado de domicilio de Bastos aparecía como previsto mucho antes de que se planeara su muerte».

Con cada atentado que Alejandro frustraba, aumentaba el riesgo de que le descubrieran como infiltrado. Francisco Lerena tenía que medir cada movimiento para no despertar sospechas. La presión era cada vez mayor.

El dinero para el partido que quería montar Ynestrillas seguía sin llegar. Personajes emblemáticos, como José Antonio Girón de Velasco, aportaban unos fondos que eran insuficientes. Fue entonces cuando se decidieron a entrar en negocios poco limpios en busca de financiación adicional. Entraron en el mercado negro de oro.

En el Rastro madrileño, y a pecho descubierto, comenzaron a comprar objetos de oro robado que más tarde revendían. Francisco Lerena participó directamente en esas operaciones en las que tuvieron que solventar, pistola en mano, las argucias con las que en ocasiones pretendían engañarles. A base de mano dura pronto se hicieron respetar.

Los servicios secretos de la dictadura chilena de Pinochet llegaron a contactar con ellos para ofrecerles ayuda. Fueron más promesas que realidades. Sin dinero y sin la menor capacidad de adaptación a la nueva sociedad, la extrema derecha vivía sus últimos estertores.

Fuente: El Mundo
03.07.05

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