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Martes, 5 de julio de 2005


Seguridad Pública y Protección Civil

Los secretos del "Lobo Azul" (y II): así intentamos matar al Rey 

El 29 de diciembre de 1984, Francisco Lerena, un importante topo del Cesid conocido como 'Lobo Azul', acompañó a Ynestrillas a A Coruña. Comenzaban así los preparativos para eliminar a la Familia Real y al Gobierno de González

 

Francisco Lerena Zambrano ha decidido contar todos los detalles de su infiltración, para el Cesid, en la extrema derecha. Fueron los años 84 y 85, cuando un grupo de militares arropados por nostálgicos pretendieron derribar la democracia con atentados salvajes. Hoy terminamos la confesión del Lobo Azul con los pormenores de un plan para matar a la Familia Real y a todo el Gobierno de Felipe González durante un desfile militar en A Coruña. La infiltración de Alejandro, su nombre en clave, desbarató toda la operación y permitió el control de todos los implicados. Hoy Lerena apenas sobrevive abandonado económicamente por quien le empujó a jugarse la vida, durante años, en nombre del Estado.

En el Cesid estaban muy satisfechos con la actuación de Francisco Lerena Zambrano, Alejandro, el topo de la seguridad española en la extrema derecha, el Lobo Azul. Produce ahora verdadero bochorno el saber que a un hombre que había evitado la muerte de uno de sus propios jefes, de un diputado, de al menos 50 familiares de ETA y de un número indiscriminado de personas inocentes en el Metro o en un cine, le pagaban 140.000 pesetas al mes.

Foto: El Mundo
Francisco Lerena Zambrano en la actualidad, en la terraza de una cafetería madrileña

 

Era la misma época en la que los grandes jefes de la Seguridad se embolsaban millones sin salir de los despachos. Corría el año 84 y el GAL, y toda la corrupción que arrastró consigo, estaba en pleno apogeo.

«Además de mi pistola reglamentaria de 9 milímetros, el Cesid me proporcionó otra más pequeña, del 22 largo, que llevaba camuflada en una tobillera», relata Lerena.

«Las medidas de precaución se extremaron. En el momento más álgido de las operaciones tenía que llamar hasta cuatro veces al día a mi control de seguridad en el Centro para que supieran que todo iba bien».

Fue entonces cuando le propusieron participar en la acción más descabellada que se pueda imaginar. Se trataba de un macro atentado en el que morirían de golpe el Rey, la Reina, las Infantas, todo el Gobierno con Felipe González a la cabeza, además de los almirantes Angel Liberal y Guillermo Salas y los tenientes generales José María Sáenz de Tejada y José Santos.

El atentado definitivo

El atentado se ejecutaría en A Coruña, al año siguiente, aprovechando el desfile del Día de las Fuerzas Armadas previsto para el 1 de junio. Los ideólogos ultras estaban convencidos de que eso crearía un vacío de poder que sólo podía llenar la cúpula militar.

«Fue Ricardo Ynestrillas quien me propuso que le acompañara a Galicia para iniciar el proyecto, que calificó de muy importante y absolutamente secreto. 'No hay otra forma de que esto cambie', me dijo».

«Compramos los billetes para el expreso Madrid-Coruña en la Estación del Norte. Eran para la noche del 29 de diciembre de 1984, en segunda clase. Pagamos con vales de un talonario de cheques correspondiente al número 286830, expedido por el Ministerio de Defensa. Aún conservo esos billetes».

La casualidad quiso que en su vagón viajaran sólo dos estudiantes de la Universidad Autónoma, que comenzaron a hablar entre ellas de las acciones que había que realizar contra el capitalismo burgués. ¡Eran jóvenes simpatizantes del Grapo!

«Ricardo había llamado a un amigo, el armador gallego Rafael Regueira, al que llamaban Lucho, para que nos ayudara en nuestra estancia. Este lo hizo sin hacer preguntas y sin conocer la trama que se estaba preparando».

«En la estación de A Coruña nos recogió en su Ford Fiesta un hijo del armador. Nos llevó hasta un almacén que hacía las veces también de oficina, cerca del puerto. Allí estaban los aparejos de su barco de pesca de altura, el Alza».

«Nos llevó a la cafetería Picadilly, que era de su propiedad, y nos alojó, a su costa, en un hostal cercano, nada elegante. Compramos un mapa de la ciudad en un quiosco y paseamos por el lugar donde teóricamente se situaría unos meses más tarde la tribuna para el desfile militar».

«Estudiamos la zona y consideramos que para hacer un túnel teníamos que alquilar un local que estuviera lo más cercano posible a esa tribuna donde estarían en su día las autoridades. Preguntamos en una galería comercial y nos presentamos como industriales del textil. Queríamos un local para meter nuestras máquinas de confección. Preferíamos uno con sótano para que los vecinos no se quejaran del ruido».

Un local para cavar el túnel

«Encontramos el local perfecto. tenía en la planta baja un espacio diáfano de 80 metros cuadrados y un sótano, al que se accedía por una escalerilla de caracol, de otros 70».

«Llegamos a un acuerdo con el dueño para alquilarlo con opción a compra por 140.000 pesetas al mes. Medimos la distancia desde la fachada de nuestro local hasta el lugar donde se situaría la tribuna. Eran exactamente 36 pasos. Si le dábamos dos metros más para salvar la pared nos teníamos que plantear hacer un túnel de unos 40 metros. Faltaban seis meses para el mes de junio. Teníamos el tiempo justo».

Lucho se comprometió a adelantarles el dinero que necesitaran para montar el negocio de confección. Además ofreció una furgoneta por si la necesitaban. A los conjurados les faltaba un trámite que consideraban esencial. Visitar a quien representaba la máxima autoridad en la derecha ultra, el general Milans del Bosch que se encontraba preso cumpliendo condena por el golpe del 23-F en la prisión militar de El Ferrol.

«Lucho quiso acompañarnos y lo hizo con una caja de buen marisco para regalársela al general. Era un día de lluvia. Tuve que dejar la pistola en la caja fuerte del cuerpo de guardia. A base de cháchara conseguí pasar por el arco detector de metales una minúscula cámara Rollei».

«Me sorprendió la comodidad del salón en el que nos iba a recibir el general. Había cinco sillones además de un gran sofá. En la mesita estaban esparcidas revistas y periódicos. En una barra se veían botellas de licor. Un camarero uniformado con pantalón azul y chaqueta blanca con entorchados dorados en los hombros nos atendió en silencio».

«El general me pareció un hombre muy delgado, muy frágil. Estaba allí con el general Torres Rojas. Les acompañaban en esta ocasión sus esposas. Lucho había hecho de intermediario para conseguirles unos pisos alquilados cerca de la prisión».

«Dimos novedades y recuerdos de los compañeros de Alcalá Meco. Milans estaba amable y hablador. Nos invitó a una copa de coñac VSOP que él denominó 'Virgen Santa, otro poquito', como lo llamaban en Rusia cuando la División Azul».

«Después de un rato de distensión y ante nuestra petición de hablar con él a solas, nos llevó a su dormitorio. Muy espartano. Una cama de tubo y un armario todo en tono verde cuartelero además de un lavabo y un pequeño espejo. Antes de que comenzáramos a hablar, Milans manipuló algo que estaba escondido entre la almohada y la pared. Luego miró el reloj y nos hizo una seña para que comenzáramos a hablar».

Ricardo Sáenz de Ynestrillas y Francisco Lerena, el topo, le explicaron los pormenores del plan para el atentado de A Coruña. Escuchó en silenció y sin decir una sola palabra. De pronto, salió de la habitación.

«Se ha especulado mucho sobre ese momento. Hay versiones que dicen que Milans se puso, con gusto, al frente de la conspiración. En otras versiones, la difundida por el Cesid y la que se ha convertido en la versión oficial que yo mismo he sostenido hasta ahora, es que se limitó a decir '¡Adelante!'»

«Lo que sucedió realmente es lo que ahora comento. Milans nos escuchó y, para nuestro desconcierto, salió de golpe de la habitación sin decir una sola palabra. En la sala, ya con los demás contertulios presentes, siguió hablando de cosas inocuas como si no hubiera escuchado nada».

En los Servicios de Inteligencia se analizó más tarde cada segundo de esa jornada. En el entorno ultra de Alejandro había disparidad de criterios. Para Ricardo Sáenz de Ynestrillas era evidente que Milans avalaba el plan con su silencio. Era una forma discreta de decirles que continuaran con él.

El silencio misterioso

«A mí me parecía que el silencio del general tenía que ser interpretado de otra forma. Pensaba que estaba horrorizado. Que le parecía el plan de unos chalados que no tenían la menor posibilidad de llevarlo a cabo. Su silencio era una forma de decirnos: 'Yo no os voy a delatar. Considerad que no he oído nada'. En el Cesid prefirieron alentar la otra versión. Incluso Perote en su libro sostiene que Milans dijo: ¡Adelante! La verdad histórica es diferente».

Alejandro intentó hacer dos fotografías con su pequeña máquina después de pedir permiso a Milans para hacerlas y éste se lo denegara.

«Comentó que había llegado a un acuerdo con Rojas para no dejarse retratar en prisión. Yo lo intenté de todos modos. Disparé dos veces, pero luego comprobé en el laboratorio que no había salido nada más que una mancha borrosa».

«A Robles, mi controlador del Cesid, le preocupó mucho aquel artefacto que había manipulado Milans detrás de la almohada.Sin duda se trataba de un perturbador de grabaciones. Los hombres del Centro estaban muy cerca de Milans y vigilaban todos sus movimientos, sus contactos, sus cartas, sus visitas, sus llamadas, pero no conocían que tenía ese aparato y se preocuparon por no haberlo controlado».

En los días siguientes, los conjurados intentaron obtener planos del subsuelo de la zona donde iban a excavar. Los jefes de Alejandro estaban cada vez más entusiasmados con su trabajo. Manglano, director del Cesid; el coronel Bastos, responsable del área de Involución, y el comandante Robles, el máximo controlador de Alejandro, seguían el tema al minuto.

Infiltrado en lo más alto

«Robles me hizo ver que había llegado a lo más alto. Me comentó que sólo habían conseguido infiltrar a otro con el mismo nivel que yo, pero en el área de ETA. Luego supe que estaba refiriéndose a Mikel Lejarza, El Lobo».

En el Cesid insistían en la responsabilidad de Milans en la preparación del atentado de A Coruña. «No ha hecho nada para evitarlo. Conoce el plan y no ha dicho nada, así que es responsable».

«Comentaban que cuando se descubriera la trama, Milans quedaría definitivamente destrozado y que se derrumbaría el mito».

Ricardo encontró a varios jóvenes ultras que se encargarían de perforar el túnel. Antonio Izquierdo, el director del diario El Alcázar, sería el encargado de calentar a la opinión pública.En la División Acorazada se conseguirían los explosivos.

«En el hotel Mindanao, Ricardo recogió de Lucho los planos subterráneos de la zona coruñesa que nos interesaba. Yo le di al gallego una botella de coñac VSOP para que se la hiciera llegar a Milans».

«Fue en la cafetería California de Velázquez 47 donde le dimos a un ingeniero jubilado del Canal de Isabel II los planos subterráneos para que los interpretara y nos indicara los obstáculos a salvar en la ejecución del túnel. Colaboró con nosotros pero sin saber exactamente en lo que estábamos metidos. El director de El Alcázar estaba feliz. Le dijimos que Milans tenía conocimiento del tema y se puso eufórico».

En los primeros días de enero de 1985 se organiza un viaje a Murcia para una reunión de empresarios y políticos en la que se habla directamente del golpe de A Coruña, de sus consecuencias y de cómo manejar la situación para enderezar el rumbo de España

La reunión de Murcia

«Grabé punto por punto toda la reunión y la cinta llegó hasta el Cesid. Por supuesto que guardé una copia que tengo a buen recaudo. Estaban un concejal de AP en Murcia, un ex alcalde franquista que teníamos infiltrado en el CDS, un empresario relacionado con la construcción y un empleado de banca que prestó su casa.Era el mismo que en una ocasión había ofrecido a Ynestrillas un cobijo en la costa para que pudiera esconderse un hijo del militar que estaba perseguido por la Justicia por haber robado, a punta de metralleta, las armas a una pareja de policías».

En la reunión se revisan los planes del golpe de A Coruña. Se decide que hay que involucrar sólo a gente que no esté quemada. Se trata de crear un vacío de poder y echarle en un primer momento la culpa a ETA o el Grapo. Comentan que es esencial controlar los medios de comunicación para manipular a la opinión pública.

Foto: El Mundo
El desfile del 1 de junio de 1985 en A Coruña. L a tribuna tendría que haber volado por los aires

«Tenían gente en agencias de información y hasta en Presidencia del Gobierno. Gente durmiente, infiltrada que saldría a la luz en el momento preciso. Lo alucinante es que cuando dijimos claramente que se va a matar al Rey y a todo el Gobierno los presentes alzaron la voz para gritar ¡Qué bien! ¡Qué bueno!».

Fue en esa misma reunión cuando comentaron que al Rey habían estado a punto de derribarlo en la zona cuando llegó a bordo de un helicóptero en mayo de 1984. El plan era entonces sacar un misil del propio arsenal de la base naval donde iba a aterrizar para derribarlo.

Hay que matar a Cortina

«Se calentaban unos a otros. Se habló del golpe de Naser en Egipto y de que lo ideal era que hubiera salido bien lo de Tejero, en el 23-F. '¡Un golpe limpio y con poca sangre!'. Ahora, la única forma de hacerlo era de manera brutal».

«Comentaron también que Cortina fue el gran traidor, el que alertó a todos los servicios de Inteligencia antes del 23-F. 'Hay que pegarle un tiro ya', añadió alguien».

«Toda la operación de A Coruña podía financiarse con 10 millones de pesetas. Bueno, dije 10, aunque en realidad nos hubiera bastado con seis. Las palabras sonaban en aquella sala con mucha solemnidad.'Será un golpe violento, pero después vendrá una paz y un miedo tremendo y nadie jamás se moverá. Va a ser sobrecogedor'».

«Se habló de un hombre clave que sería el encargado de redactar un manifiesto. Más tarde podría encargarse del Ministerio de Información para controlar a los medios. 'No es un Pedro Rodríguez ni un Jaime Campmany, pero servirá'».

De regreso a Madrid se hace un recuento de la situación. Se han conseguido ya 20 kilos de explosivo plástico y otros 10 de un material granulado muy fácil de transportar. En una reunión en el mesón Venta la Reina les ofrecen un técnico decidido para la acción. Se trata de un hombre que está metido en los GAL y que pertenece a la Inteligencia Militar.

«El ingeniero jubilado al que le confiamos los planos subterráneos nos los devolvió con todo tipo de interpretaciones e indicaciones. Había hecho un trabajo excelente. Nos marcó la dirección de la brújula de cada tramo de túnel y nos añadió las herramientas y utensilios que eran necesarios para excavar, entibar y airear el reducto».

Los ejecutivos de El Alcázar no pueden contener el entusiasmo y publican una columna y un artículo, aparentemente turístico, en los que se habla de grandes explosiones y de planes apocalípticos.

«Yo tenía un pacto con el Cesid para que, pasara lo que pasara, no detuvieran a Ynestrillas. Teníamos ya el dinero para alquilar el local desde el que horadaríamos el túnel. Habíamos confeccionado un plan para robar dinamita de un convoy en Murcia, camino de una mina. No se pudo llevar a cabo porque de pronto apareció custodiado por una dotación de la Guardia Civil. Era evidente que alguien se había ido de la lengua. Comenzó una búsqueda muy agria del topo. La caza de brujas fue especialmente incómoda para mí. Supe que tenía que haber otro topo y era imprescindible descubrirlo cuanto antes».

«Me llegó una pistola Walter TPH del 22 LR. Se las proporcionaba al Cesid un armero de Andorra vía aeropuerto de Barcelona. Cuando llegaba a Madrid, un guardia civil adscrito al Centro la recogía a pie de avión en la boca de carga. El peligro aumentaba. Ya era seguro que la Brigada de Información del comisario Elías se había enterado de todo. Un policía de Información al que llaman El Gordo, y que siempre frecuentaba los ambientes fachas, había metido la nariz. Mi posición peligraba cada vez más. La llegada de la nueva pistola me lo confirmó».

«Llamaba un mínimo de cuatro veces al día a un teléfono de seguridad del Cesid sólo para decir: 'Soy Alejandro. Estoy bien'. Si me detenían lo iba pasar mal antes de que pudiera aclararse la situación. Elías quería detenernos a Ricardo y a mí con las pruebas que tenía. En marzo de 1985 se reunieron el ministro de Defensa, Narcís Serra; Manglano, director del Cesid; Martínez Torres, director general de la Policía, y Alberto Elías, jefe de la Comisaría de Información».

El puñetazo de Serra

El ministro tuvo que dar un puñetazo encima de la mesa para hacer valer su criterio. No se detendría todavía a nadie. En realidad quería preservar vivo al topo del Cesid. La fuente Alejandro era demasiado buena como para liquidarla.

«Me quité de en medio inmediatamente. Me retiré a Toledo después de haber quemado decenas de papeles comprometedores en el servicio de mi casa hasta que la taza se resquebrajó con el calor. Metí los papeles claves y las cintas en mi caja de seguridad y otorgué un poder notarial a una persona para que la abriera en el caso de que me pasara algo».

«Las reuniones con mi controlador del Cesid tenían unas medidas de seguridad cada vez más sofisticadas. Un equipo de especialistas del Centro me protegía y hacía la contravigilancia para asegurarse de que la Policía no estaba en los alrededores. Abortábamos reuniones en el último momento. Tardábamos horas en despistarles a base de ropas cambiadas, autobuses, taxis, Metro y grandes almacenes. Era una tarea agotadora pero necesaria».

Los golpistas comprendieron que ya no tenía sentido seguir adelante. La decisión final se tomó en un chalé de Las Rozas, en las cercanías de Madrid. Fueron seis militares. Un general, dos coroneles, un teniente coronel y dos comandantes.

«Hubo un duro cruce de acusaciones. Al final se impuso lo obvio. Había que cancelar la operación. El Gobierno prefirió no hacer detenciones. No querían fabricar nuevos mártires en prisión».

Para Alejandro, comenzó el declive, la decepción. Sabía que lo iban a matar. El Cesid le había aumentado la asignación por haber tenido que dejar el trabajo en Pryconsa. Le dieron, durante una temporada, ¡160.000 pesetas al mes!

Una granada sin seguro

«Le pedí al coronel Medinaceli una granada y ya no volví a salir de casa sin llevarla en la mano apretada y con el pasador del seguro quitado. Estaba dispuesto a llevarme por delante al que viniera a por mí. Recibí constantes amenazas de muerte por teléfono y a través del interfono del portal de mi casa».

«Fue una locura insoportable, pero yo me encontraba entero y convencido de que había hecho un gran bien al país. Sabía que no me dejarían tirado. Pero me equivoqué».

El Cesid comenzó a hacerle falsas promesas de trabajo. Primero le rebajaron la asignación mensual a 40.000 pesetas.

«Un buen día, en la primavera de 1988, el propio Robles me citó en un bar de la calle Conde de Casal para decirme que me olvidara de cualquier empleo y que desde el mes siguiente ya no me iban a dar ningún dinero más».

«A Ricardo Ynestrillas lo crucificaron en Cambio 16, lo señalaron como objetivo. ETA lo mató el 17 de junio de 1986. Nunca me repuse».

«El 8 de octubre de 1992 yo trabajaba como inspector de seguridad en la Segur Ibérica. Tenía a mi cargo 70 vigilantes en el Museo Thyssen. El Rey y la Reina asistieron a la inauguración junto al presidente Felipe González y los varones Thyssen».

«Por una casualidad del destino se metieron todos a la vez en el ascensor. Sólo se consiguió colar allí uno de sus guardaespaldas. La Reina me miró y dijo: 'Supongo que este ascensor será seguro'.Nunca supo quién era el hombre que estaba apretando los botones».

Francisco Lerena era aquel hombre enjuto y discreto que escondía detrás de su sonrisa el secreto de que siete años antes había impedido, con grave riesgo de su vida, que todos ellos volaran por los aires.

El Estado tiene una grave deuda con Alejandro, el Lobo Azul, el topo en la extrema derecha, que contribuyó a asegurar el futuro de España, Un hombre al que sólo le queda una dirección de email: elzambombazo@yahoo.es y todos sus recuerdos.

Fuente: El Mundo
04.07.05

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