El
modelo antiterrorista francés
La clave está en
concentrar la información y las operaciones con un afán preventivo
Enfrentada a atentados
islamistas desde muy temprano (todo empezó a mediados de los años
ochenta), Francia ha vivido debates intensos sobre los recortes a la
libertad que un país democrático puede soportar como precio a su
seguridad. La solución ha consistido en organizar un sistema de
"justicia preventiva", en expresión de Irène Stoller, la persona que
encabezó la fiscalía antiterrorista del país vecino hasta hace tres
años.
En conversación mantenida el martes pasado, Stoller confirmó que el
dispositivo judicial del antiterrorismo francés permite "detener a las
personas antes de que cometan el delito, lo cual ha servido para impedir
el paso a la acción de muchas redes terroristas". Que todo sea
legal: no hay más que ver el empeño de París para sacar a siete
franceses presos del Ejército estadounidense en Guantánamo, que fueron
repatriados hace un año, seis de los cuales se vieron recluidos
legalmente en cuanto pisaron el suelo patrio. Uno de ellos acaba de ser
puesto en libertad tras 11 meses de cárcel preventiva.
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Soldados franceses patrullan
la Gard du Nord de París, el pasado 7 de julio, tras
conocerse los atentados de Londres |
Una sola fiscalía
La clave de la opción gala es la concentración de las informaciones
y de las decisiones en una fiscalía antiterrorista, que trabaja con una
unidad policial (la División Nacional Antiterrorista) y con el Servicio
de Contraespionaje, ambos autorizados a practicar detenciones. La ley en
la que descansa esa concentración de tareas fue promulgada tres lustros
antes del 11 de septiembre de 2001, cuando nadie había pensado en Osama
Bin Laden como agitador de una guerra santa globalizada. Otra pata del
sistema es la aplicación del tipo penal de la "asociación de
malhechores con fines terroristas" a investigaciones sin apenas pruebas
materiales.
"La estructura se creó como consecuencia de los atentados sufridos en
Francia a mediados de los años ochenta, respaldados por el régimen
iraní", explica Irène Stoller. "La diferencia es grande respecto al
sistema legal británico, donde no existe una estructura judicial
centralizada". Jubilada en la actualidad, Stoller todavía se subleva
contra el Reino Unido, que ha denegado a la justicia francesa la
extradición de Rachid Ramda, acusado de ser el cerebro y financiero de
un gran atentado contra la estación ferroviaria de Saint Michel (en
pleno centro de París), que provocó ocho muertos y 150 heridos en 1995.
"Dicen que lo van a entregar, pero a día de hoy (por el martes pasado)
no me consta que lo hayan hecho, !casi diez años después de pedírselo!",
se queja la ex jefa de la fiscalía antiterrorista. Se refiere a la
segunda oleada de bombas islamistas en París, que afectó a las
estaciones de Saint Michel (1995) y de Port Royal (1996), encargadas por
los Grupos Islámicos Armados (GIA) argelinos.
En virtud de las detenciones "preventivas", cientos de personas son
arrestadas cada año; los sospechosos de terrorismo permanecen hasta
96 horas en poder de la policía, antes de ver a un magistrado. Lo cual
no evita la elaboración de sumarios formales, pero la lentitud de la
instrucción mantiene al sospechoso en prisión provisional durante mucho
tiempo. El trabajo de la fiscalía y de la policía antiterrorista está
controlado por cinco jueces de instrucción, entre ellos Jean-Louis
Bruguière, siempre en medio de las investigaciones más espectaculares, y
Laurence Le Vert, esta última especializada en ETA (muy conocida por el
juez español Baltasar Garzón) y que, a diferencia de Bruguière,
representa la discreción personificada.
Cierto: la implantación de una "justicia preventiva" en plena "patria
de las libertades" ha provocado controversias. Pero no se aprecia
una gran oposición pública a que se identifique y neutralice a simples
sospechosos, en un país que tiene entre 5 y 6 millones de musulmanes. El
servicio policial de Investigaciones Generales acaba de informar al
ministro del Interior, Nicolas Sarkozy, sobre un mínimo de 1.600
"conversos" al islam en territorio francés: jóvenes, hombres en el 80%
de los casos, un tercio sin empleo: una de cada 10 conversiones se
produce en prisión, pero el resto coincide con los suburbios donde viven
las poblaciones inmigrantes peor integradas. Entre tres y cinco
franceses se estima que han muerto ya en Irak, implicados en la lucha
contra el ocupante estadounidense.
El precio de la seguridad
Sin embargo, la conciencia francesa sobre el problema islamista es
muy anterior a Irak y al 11-S. La mayoría de la opinión pública se
muestra benevolente respecto a la ampliación de poderes de la policía si
esto es el precio de la seguridad interior, por más que asociaciones de
defensa de los derechos humanos y parte de los intelectuales lo
denuncien como propio de un Estado de excepción.
En fecha ya tan alejada como el otoño de 2000, una encuesta de Amnistía
Internacional descubrió que uno de cada cuatro franceses consideraba
tolerable la tortura "en ciertos casos", y a un 27% le parecía
justificado dar de bofetadas a un detenido, en caso de "interrogatorios
difíciles". Poco después, el general Paul Aussaresses reveló el uso
sistemático de la tortura por los franceses durante la guerra de la
independencia de Argelia. El Gobierno de izquierda que rigió el país
vecino hasta mayo de 2002, encabezado por Lionel Jospin, sufrió incluso
manifestaciones callejeras de policías por haber promulgado garantías
legales para los detenidos, entre ellas la asistencia de abogado desde
la primera hora de la retención policial -medida que fue derogada por el
actual Ejecutivo de derechas-.
En conversaciones con colaboradores del presidente francés, Jacques
Chirac, a lo largo de los últimos años, la explicación sobre los
equilibrios entre seguridad y libertad terminaba desembocando en la
confianza de la población en el dispositivo antiterrorista, al que
se atribuye haber abortado un atentado de los GIA contra el Estadio de
Francia en 1998, con motivo del Mundial de fútbol; otro atentado contra
la catedral de Estrasburgo, en la Navidad de 2000; una intentona contra
intereses estadounidenses en París, en otoño de 2001 (en la época de los
atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono), y otra en el metro
de París, durante una de las últimas navidades, esta última revelada por
el juez Bruguière en persona, a quien se considera cercano a Chirac.
Al dispositivo judicial se añade el derroche de medios públicos cada vez
que surge una alarma interior o se teme el contagio de grandes atentados
(11-S en Estados Unidos, 11-M en Madrid). El objetivo perseguido es
disuadir por la exhibición de fuerza. Los uniformes azules de la policía
y los verde oliva de los militares se mezclan en patrullas conjuntas por
aeropuertos, estaciones y otros lugares estratégicos; lo corriente es
que una patrulla policial esté constituida por tres agentes, y en París,
de noche, se despliegan hasta de cinco en cinco. Ningún Gobierno
francés repara en gastos. Los efectivos de policía y gendarmería a su
disposición (unas 250.000 personas) superan largamente los que suman la
Policía Nacional, la Guardia Civil y las policías autonómicas en España,
lo cual no es proporcional a la diferencia de población (62 millones de
franceses, 43 millones de españoles).
Plan Vigipirate
Cada vez que salta la alarma se activa el llamado Plan Vigipirate,
que funciona como una maquinaria implacable de identificación y
retención de sospechosos. Incluye medidas tales como tapar todas las
papeleras de las ciudades y sustituirlas por sacos de plástico, incluso
la prohibición de excursiones escolares si éstas han de utilizar el
metro. La asociación de jueces progresistas y los colegios de abogados
han protestado vivamente contra el último artefacto añadido al arsenal
de medidas legales, que permite introducir micrófonos o cámaras de
grabación en oficinas, coches y otros lugares privados, sobrepasando así
la clásica escucha telefónica.
El restablecimiento de los controles en las fronteras interiores,
anunciado el miércoles, es una medida reclamada
por la extrema derecha desde hace años para frenar la
inmigración, pese a que el mismo Sarkozy echó en cara al
ultraderechista Jean-Marie Le Pen la inutilidad de restablecer "la línea
Maginot", durante un debate hace un par de años. A juicio de la ex
fiscal Stoller, "lo que realmente falta es una verdadera cooperación
internacional. No se trata sólo del intercambio de datos, sino de una
armonización de las legislaciones y de los procedimientos de
investigación a escala europea".
Fuente: El País
17.07.05
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