Terrorismo: el negocio más rentable del mundo
Las sospechas de
que Al Qaeda especuló antes del atentado de Londres inciden en el lado
empresarial de su actividad
Hay que olvidarse de
Google y demás start ups de Internet. Lo que de verdad es rentable es el
terrorismo. Si Al Qaeda cotizara en Bolsa, y si contara los muertos y
las pérdidas económicas que causa como beneficio, sería el valor más
cotizado del mundo.
Una serie de expertos contactados por EL MUNDO coinciden en que, si se
quiere entender a los fundamentalistas islámicos, hay que analizar no
sólo los aspectos religiosos, sino también el lado empresarial de su
actividad. Porque los integristas saben que, como decía Napoleón, «para
hacer la guerra sólo hace falta dinero, dinero y más maldito dinero», y
por eso tratan de maximizar el impacto económico de sus ataques.
Según el Fondo Monetario Internacional (FMI), los 415.000 euros que Al
Qaeda se gastó en el 11-S ocasionaron una catástrofe económica de 83.000
millones de euros, es decir, tuvo una rentabilidad del 200.000%, algo
inimaginable en ninguna inversión real.
Los terroristas también se benefician directamente de los atentados.
Según Ernst Welteke, presidente del Bundesbank (el banco central de
Alemania) Al Qaeda especuló en los días previos al 11-S. Lo mismo podría
haber sucedido en Londres. «Es difícil confirmarlo, pero claramente es
una posibilidad. Los precios del oro [el valor refugio por excelencia]
se dispararon un par de días antes del ataque debido a una contratación
excepcionalmente alta en el mercado. El día del atentado, el precio del
oro alcanzó un récord histórico», sostiene Loretta Napoleoni, asesora
del Departamento de Seguridad Interior de EEUU en materia de terrorismo
y autora del libro Yihad. Cómo se financia el terrorismo en la Nueva
Economía.
Pero las leyes de la economía también funcionan para los terroristas, y
Al Qaeda y sus grupos afiliados se enfrentan a un beneficio marginal
menor con cada atentado. En pocas palabras: sus matanzas cada vez tienen
menos impacto económico.
«El mercado está adquiriendo experiencia en afrontar estas crisis»,
explica David Wyss, analista de la agencia de calificación de riesgos
Standard and Poor's. «El ataque de Londres ha sido el tercer gran
atentado en una capital occidental, y muestra que el impacto de estas
acciones en la Bolsa desciende de forma progresiva», añade. La Bolsa de
Nueva York cayó un 4,9% en el primer día de contratación tras el 11-S.
Después del 11-M, sólo descendió un 1,5%. Y, tras el 7-J, subió.
El capitalismo se adapta. Pero también los terroristas. En los años 80,
Al Qaeda actuaba como una start up -una empresa de nueva creación- como
las de Internet, y además como una compañía de capital riesgo, de las
que prestan dinero a emprendedores que quieren inician nuevos proyectos.
Ahora, ante la brutal presión a la que ha sido sometida, la organización
de Bin Laden se ha convertido en una franquicia: da su nombre a
cualquier organización que acepte su ideogía y sus métodos de trabajo.
Ese es el caso de los terroristas del 11-M o de la red de Zarqawi en
Irak: grupos que no tienen relación organizativa con Al Qaeda, pero que
utilizan su marca registrada. «Al Qaeda no suele dar dinero para los
atentados. Normalmente, los grupos locales se autofinancian», explica
Camile Pecastaing, profesor de Oriente Medio de la Universidad Johns
Hopkins.
En esa transformación de start up a franquicia, los terroristas han
cambiado sus modelos de financiación, para reducir su dependencia de los
bancos. Es un cambio lógico, porque «desde el 11-S se ha llegado a
controlar gran parte de los sistemas convencionales de financiación [es
decir, los que se realizan por medio del sistema financiero] de estos
grupos», declara Javier Rupérez, director ejecutivo del Comité
Contraterrorista de la ONU (CTC, según sus siglas en inglés). Pero
Rupérez admite: «Hemos tenido poco éxito con los sistemas informales».
Eso permite que los fondos de los terroristas pueda seguir fluyendo, a
través de mecanismos como la hawala, un sistema de transferencias de
dinero entre musulmanes similar a Western Union u otras empresas de
envío de remesas que usan los emigrantes. Pero la diferencia es que en
la hawala no hay ningún tipo de registro documental del movimiento de
dinero.
El agujero de la caridad
Chris Aaron, del think tank de defensa Jane's, cree que el problema está
en esos «procedimientos informales», ya que «los bancos no son
normalmente los medios que usan los terroristas para crear fondos, sino
más bien para guardarlos o transferirlos».
Eso, en una comunidad como la musulmana, en la que existe la obligación
de entregar a obras de caridad alrededor de un 2,5% de la renta anual
(el llamado zakat o limosna), abre un inmenso agujero negro para que los
terroristas sigan teniendo dinero.Para algunos musulmanes, ningún fin es
mejor para sus limosnas que unas pocas bombas en un metro en hora punta
o financiar a una mezquita en la que se explique que todas las mujeres
occidentales son unas prostitutas. Así que el dinero del zakat puede ir
a ONG y asociaciones islámicas, que lo acaban dando a Bin Laden y sus
seguidores.
Y el gran problema ahí son los dos supuestos mayores aliados de
Occidente en la guerra contra el terrorismo: Arabia Saudí y Pakistán.
Para Napoleoni, «el ISI [el Servicio Secreto paquistaní] mantiene el
mecanismo de financiación de los talibán que creó antes del 11-S, aunque
ahora puede que no lo quiera usar por razones políticas. Lo mismo pasa
con los saudíes que apoyan a los extremistas». En otras palabras:
«Aunque en Occidente los terroristas tienen ahora más dificultades para
mover el dinero, en el mundo musulmán no tienen esos problemas».
Fuente: El Mundo
17.07.05
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