Los soldaditos de Putin
Desde la llegada de
Putin, los campamentos de verano militares han recuperado su esplendor.
Chicos de 16 años bañan su verano de patriotismo
«¡El cielo nos llama: ése
es nuestro lema! ¡La fe en la gente: nuestra mejor arma!». Una docena de
arrapiezos uniformados de verde grita la doble consigna aprendida de
memoria en medio de un fuerte viento que se lleva sus palabras y
tambalea la estampa de los más escuálidos.

«¡Firmes!», ordena en
vano el entrenador de vuelos, un experimentado piloto y veterano de
Afganistán que preside la inauguración -por sexto verano consecutivo-
del campamento aeronáutico para menores de Chéjov. Situada a unos 70
kilómetros al sur de Moscú, la localidad cambió su antiguo nombre de
Lopasnia por el de Chéjov en 1954, en honor al escritor homónimo ruso y
padre del cuento moderno, que vivió muy cerca de este lugar, en el
poblado Melijovo.
El componente patriótico flota en el aire. Cuando uno de los
menores es requerido para izar la bandera tricolor rusa, que ondea baja
en un mástil junto a las aulas de instrucción, una funcionaria aprieta
el botón play en un casete del que afloran las notas rotundas del himno
ruso. La música (que no la letra) fue recuperada en 2001 de la versión
original soviética, compuesta para Stalin por Alexander Alexandrov en
1943. Al fondo, tres aviones Antonov-2 apalancados sobre la hierba
salvaje rompen la línea del horizonte plano en una estampa que,
aderezada con las notas del himno, parece sacada de la II Guerra
Mundial. Completan la escena una maqueta de avión sin morro ni alas (en
cuyo interior se simulan los vuelos) y una suerte de noria horizontal
con engarces para sujetar los correajes de los paracaídas en los
entrenamientos.
Con edades que oscilan entre los 13 y los 16 años, los muchachos
llegan dispuestos a volar del nido... desde 700 metros de altura.«Ahora
no tengo miedo, pero cuando nos levantemos en el aire voy a pensármelo
dos veces», confiesa a EL MUNDO Andrei, un quinceañero al que le
gustaría ingresar en la escuela de cadetes.
«Me resulta muy grato ver cómo llegan relevos dignos para quienes
decidieron continuar las tradiciones militares y convertirse en hombres
auténticos», espeta el jefe militar a los muchachos durante la
presentación. «Todos nosotros aspiramos a desarrollar aquí la
valentía, la fe en la victoria, y la fuerza de voluntad», le
responde el jefe de los chicos con tono artificioso y marcial.En medio
del acto solemne, un mozalbete pelirrojo y un larguirucho con gafas se
hacen muecas silenciosas.
Junto a los saltos en paracaídas y clases de pilotaje, los chicos son
instruidos en tiro al blanco y reciben clases de conducción. Muchas
familias eligen esta opción como la mejor alternativa para ocupar el
ocio veraniego de sus hijos, que desde que se levantan (a las 8.00
horas) hasta que se acuestan (a las 21.00 horas), permanecen ocupados
con gimnasia, clases, instrucción y entrenamientos de vuelo. En toda
Rusia existen unos 60 campamentos de este tipo.
Desde la llegada de Putin al poder hace un lustro, estos campamentos
para menores adjuntos a unidades militares han recuperado su brillo
perdido tras la caída la URSS. En 1999 Putin dio su primer paso al
frente en la recuperación de la didáctica militar en las escuelas. Por
un decreto firmado el 31 de diciembre de 1999 -el mismo día en que tomó
posesión del cargo de presidente tras la dimisión de Boris Yeltsin- fue
recuperada una asignatura militar obligatoria para las escuelas (que
incluye un acuartelamiento de pocos días donde los alumnos aprenden a
desfilar y a disparar un kalashnikov). En 2001 se aprobó un programa
educativo en el que la promoción del patriotismo ocupa un lugar
privilegiado.
Cuando se apagan los últimos sones del himno («Nos llena de fuerza la fe
en la patria. Así ha sido, es y será por siempre»), interviene la madre
del mozo Vasili Kovaliov en nombre de los padres. «Quisiera agradecer la
organización de este campamento para niños que tiene como objetivo
inculcar a nuestros hijos la valentía y la capacidad de ayudar al
prójimo en los momentos difíciles», dice con la solemnidad acartonada de
los mítines soviéticos, mientras algunos padres graban el momento con
cámara de vídeo. «Esperamos que durante su estancia aquí los chicos
maduren y se hagan más fuertes. Y quién sabe si les ayudará a
algunos a elegir una profesión militar...», añade la madre, que deja el
deseo en el aire para que los chicos cojan la indirecta al vuelo. Sin
embargo, lo único que los muchachos quieren agarrar son los mandos del
avión. «Nos gusta esto. Pero sobre todo queremos volar», aseguran los
adolescentes, que lucen en el hombro escudos pintados con rotulador con
un paracaídas azul como motivo central.
Herederos de los campos de pioneros, la versión soviética de los boy
scouts (caracterizados por su pañuelo rojo anudado al cuello y sus
exaltaciones del abuelito Lenin), estos campamentos son financiados en
la Rusia poscomunista por el presupuesto estatal a través de las
administraciones regionales. Los sindicatos y algunas empresas privadas
también los costean parcialmente.
En el caso de Chéjov, se trata de la empresa de maquinaria energética
Energomash, que contribuye al mantenimiento del campamento local.«No hay
nada más rentable que invertir en los niños», afirma convencido el jefe
del campamento.
En los planes del Gobierno para fomentar la educación militar se
contemplan campamentos especiales y gratuitos para niños conflictivos,
para los que arrastran problemas de salud o de integración familiar.«A
este tipo de niños se les dispensa una alimentación aumentada y cuentan
con orientadores y una mayor cantidad de médicos en el campamento»,
explica una funcionaria del Ministerio de la Protección Social que pide
no ser identificada.
En otros campamentos más elitistas, los padres costean parcialmente la
estancia. Es el caso de la colonia Orlionok (Aguilucho), a orillas del
Mar Negro, que durante la época comunista estuvo reservada a los hijos
del poder.
Fuente: El Mundo
22.07.05