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Viernes, 29 de julio de 2005


Seguridad Pública y Protección Civil

Retrato del suicida: joven veinteañero obsesionado con la venganza

El terrorista suicida no tiene un psicología especial. Suele ser un joven que ronda la veintena impactado emocionalmente con lo que percibe como injusticias contra el mundo musulmán

 

La mayoría de los ocho terroristas de las misiones suicidas de Londres han llevado a cabo sus acciones entre los veinte y treinta años. Esa es una característica habitual de los terroristas suicidas, según Andrew Silke, doctor en Psicología y autor de libro «Terrorists, victims and society».

Silke considera que no existe una psicología especial del kamikaze. «Es gente normal. En realidad, no responden a un tipo psicológico concreto, sino que en ellos se produce una reacción emocional a la vista de lo que interpretan como graves injusticias que sufre otra gente», afirma.

Contactos con grupos de acción

El 40 por ciento de las personas que llegan a ese grado de extremismo se radicalizan antes de entrar en contacto con grupos terroristas. «Ellos mismos, o en las conversaciones con sus amigos, comienzan a desarrollar una preocupación por el sufrimiento que ven en su familia o en otras partes del mundo y sienten la responsabilidad de hacer frente a esa injusticia, de vengarla», según Silke. A partir de esa «reacción emocional» buscan el contacto con grupos de acción que den salida a sus inquietudes.

El resto de la militancia extremista vendría del directo reclutamiento de los distintos grupos, aprovechando el idealismo que encuentran entre ciertos jóvenes musulmanes, generalmente con más paro y menos oportunidades sociales que otros segmentos de la población, aunque algunos de los terroristas tienen estudios y son de clase media.

Para Silke, la guerra de Irak ha dado «energía emocional» a muchos jóvenes, ya que para poner en acción a posibles terroristas «son necesarios algunos catalizadores, y la guerra de Irak es uno de ellos»; les ha enardecido ver la agresión contra un país musulmán y la respuesta terrorista de los grupos que allí operan.

Secuelas psicológicas

Esa respuesta mimética es otra de los efectos que los atentados tienen sobre otros extremistas. «El hecho de que los suicidas del 7 de julio tuvieran éxito, sin duda ha animado a otros a hacer lo mismo», opina. Respecto a las víctimas, apunta que las sociedades más cohesionadas son las que mejor pueden superar las secuelas psicológicas del terrorismo, por lo que el heterogéneo Londres podría presentar alguna dificultad, pero cree que la mayoría de las personas afectadas habrán superado su ansiedad o depresión en seis meses, como en otros casos. El 11-S ha mostrado que únicamente el 5 por ciento de las personas con transtornos los arrastran más allá de ese periodo.

«Hable con sus amigos, con su familia, no se encierre en sí mismo», es su consejo para quienes padezcan algún transtorno. Y para los medios otra receta: suspender por unas horas las emisiones en directo de hechos de este tipo, para que la audiencia pueda despejar la mente.

«Tendré ochenta vírgenes en el cielo»

Dos de los cuatro terroristas del 21-J tenían fama de vagos y pequeños maleantes, que se pasaban el tiempo jugando al fútbol y fumando marihuana

Muktar Said Ibrahim había pertenecido a una banda, varios de cuyos miembros fueron enviados a prisión en 1996 por haber realizado al menos cinco robos violentos. Una de las mayores condenas le correspondió a él, porque llevaba un arma blanca. Así, a los 17 años, después de haber dejado la escuela secundaria, fue condenado a cuatro años de prisión. Cumplió su condena en el reformatorio de Huntercombe y más tarde en la cárcel de Woodhill, donde participó en una revuelta en la que algunos guardias resultaron heridos.

Ese pasado no impidió que las autoridades le dieran la nacionalidad británica a principios de 2004, después de jurar «ser fiel y profesar verdadera lealtad a Su Majestad la Reina Isabel II, sus herederos y sucesores, de acuerdo con la ley».

En la prisión, Ibrahim comenzó a practicar un islamismo más estricto. Ya en libertad, un antiguo miembro de la banda se sorprendió de verle con una larga barba y un gorro islámico. «Me estoy tomando la vida un poco más en serio», fue su explicación.

Omar, por su parte, era tenido por algunos vecinos por un ratero de tiendas. Un tendero le cazó cuando intentaba robar una lata de atún. Al llamarle la atención, Omar le respondió que no era un «verdadero musulmán» porque vendía alcohol. Un hombre de otra tienda asegura que pocos días después del 11-S Omar entró en el establecimiento alabando a Osama bin Laden. «Dijo que yo debería ir a la mezquita de Finsbury Park para ver a Abu Hamza, pero le eché y le prohibí que apareciera por mi tienda en seis meses», ha comentado Ali Dursum.

Sarah Scott era vecina de los padres de Ibrahim, a quien conocía desde que tenía 11 años. Scott le vio poco después del 7-J y asegura que estaba tranquilo. Ha relatado a la prensa que hace tiempo le regaló un panfleto sobre el Islam. «Me preguntó si era católica ya que mi familia es irlandesa y le dije que no creía en nada. Me respondió que debería creer. Me dijo que él obtendría ochenta vírgenes cuando fuera al cielo si rezaba a Alá y le era fiel. Me dio un libro para que lo leyera, porque cambiaría mi visión. Me dijo que la gente tiene miedo de la religión y no debería tenerlo», ha explicado.

En el panfleto, titulado «Entender el Islam«, Ibrahim había subrayado el siguiente párrafo: «Todo el que dice «no hay más Dios digno de adoración que Alá» y muere manteniendo esa creencia entrará en el Paraíso».

Fuente: ABC
26.07.05
28.07.05

* Especial Atentado 11-M.
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11-S. Operación global contra el terrorismo: El análisis de los profesionales

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