Seguridad Pública y Protección Civil
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Retrato del suicida:
joven veinteañero obsesionado con la venganza
El terrorista
suicida no tiene un psicología especial. Suele ser un joven que ronda la
veintena impactado emocionalmente con lo que percibe como injusticias
contra el mundo musulmán
La mayoría de los ocho
terroristas de las misiones suicidas de Londres han llevado a cabo sus
acciones entre los veinte y treinta años. Esa es una característica
habitual de los terroristas suicidas, según Andrew Silke, doctor en
Psicología y autor de libro «Terrorists, victims and society».
Silke considera que no existe una psicología especial del kamikaze. «Es
gente normal. En realidad, no responden a un tipo psicológico concreto,
sino que en ellos se produce una reacción emocional a la vista de lo que
interpretan como graves injusticias que sufre otra gente», afirma.
Contactos con grupos de acción
El 40 por ciento de las personas que llegan a ese grado de extremismo se
radicalizan antes de entrar en contacto con grupos terroristas. «Ellos
mismos, o en las conversaciones con sus amigos, comienzan a desarrollar
una preocupación por el sufrimiento que ven en su familia o en otras
partes del mundo y sienten la responsabilidad de hacer frente a esa
injusticia, de vengarla», según Silke. A partir de esa «reacción
emocional» buscan el contacto con grupos de acción que den salida a sus
inquietudes.
El resto de la militancia extremista vendría del directo reclutamiento
de los distintos grupos, aprovechando el idealismo que encuentran entre
ciertos jóvenes musulmanes, generalmente con más paro y menos
oportunidades sociales que otros segmentos de la población, aunque
algunos de los terroristas tienen estudios y son de clase media.
Para Silke, la guerra de Irak ha dado «energía emocional» a muchos
jóvenes, ya que para poner en acción a posibles terroristas «son
necesarios algunos catalizadores, y la guerra de Irak es uno de ellos»;
les ha enardecido ver la agresión contra un país musulmán y la respuesta
terrorista de los grupos que allí operan.
Secuelas psicológicas
Esa respuesta mimética es otra de los efectos que los atentados tienen
sobre otros extremistas. «El hecho de que los suicidas del 7 de julio
tuvieran éxito, sin duda ha animado a otros a hacer lo mismo», opina.
Respecto a las víctimas, apunta que las sociedades más cohesionadas son
las que mejor pueden superar las secuelas psicológicas del terrorismo,
por lo que el heterogéneo Londres podría presentar alguna dificultad,
pero cree que la mayoría de las personas afectadas habrán superado su
ansiedad o depresión en seis meses, como en otros casos. El 11-S ha
mostrado que únicamente el 5 por ciento de las personas con transtornos
los arrastran más allá de ese periodo.
«Hable con sus amigos, con su familia, no se encierre en sí mismo», es
su consejo para quienes padezcan algún transtorno. Y para los medios
otra receta: suspender por unas horas las emisiones en directo de hechos
de este tipo, para que la audiencia pueda despejar la mente.
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«Tendré ochenta vírgenes en el cielo» |
Dos de los cuatro terroristas
del 21-J tenían fama de vagos y pequeños maleantes, que se
pasaban el tiempo jugando al fútbol y fumando marihuana
Muktar Said Ibrahim había pertenecido a una banda, varios de
cuyos miembros fueron enviados a prisión en 1996 por haber
realizado al menos cinco robos violentos. Una de las mayores
condenas le correspondió a él, porque llevaba un arma blanca.
Así, a los 17 años, después de haber dejado la escuela
secundaria, fue condenado a cuatro años de prisión. Cumplió su
condena en el reformatorio de Huntercombe y más tarde en la
cárcel de Woodhill, donde participó en una revuelta en la que
algunos guardias resultaron heridos.
Ese pasado no impidió que las autoridades le dieran la
nacionalidad británica a principios de 2004, después de jurar
«ser fiel y profesar verdadera lealtad a Su Majestad la Reina
Isabel II, sus herederos y sucesores, de acuerdo con la ley».
En la prisión, Ibrahim comenzó a practicar un islamismo más
estricto. Ya en libertad, un antiguo miembro de la banda se
sorprendió de verle con una larga barba y un gorro islámico. «Me
estoy tomando la vida un poco más en serio», fue su explicación.
Omar, por su parte, era tenido por algunos vecinos por un ratero
de tiendas. Un tendero le cazó cuando intentaba robar una lata
de atún. Al llamarle la atención, Omar le respondió que no era
un «verdadero musulmán» porque vendía alcohol. Un hombre de otra
tienda asegura que pocos días después del 11-S Omar entró en el
establecimiento alabando a Osama bin Laden. «Dijo que yo debería
ir a la mezquita de Finsbury Park para ver a Abu Hamza, pero le
eché y le prohibí que apareciera por mi tienda en seis meses»,
ha comentado Ali Dursum.
Sarah Scott era vecina de los padres de Ibrahim, a quien conocía
desde que tenía 11 años. Scott le vio poco después del 7-J y
asegura que estaba tranquilo. Ha relatado a la prensa que hace
tiempo le regaló un panfleto sobre el Islam. «Me preguntó si era
católica ya que mi familia es irlandesa y le dije que no creía
en nada. Me respondió que debería creer. Me dijo que él
obtendría ochenta vírgenes cuando fuera al cielo si rezaba a Alá
y le era fiel. Me dio un libro para que lo leyera, porque
cambiaría mi visión. Me dijo que la gente tiene miedo de la
religión y no debería tenerlo», ha explicado.
En el panfleto, titulado «Entender el Islam«, Ibrahim había
subrayado el siguiente párrafo: «Todo el que dice «no hay más
Dios digno de adoración que Alá» y muere manteniendo esa
creencia entrará en el Paraíso». |
Fuente: ABC
26.07.05
28.07.05
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Especial Atentado 11-M.
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11-S. Operación global contra el terrorismo: El
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