Seguridad Pública y Protección Civil
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Grabar palizas con el
móvil se convierte en el «pasatiempo» de moda en el Reino Unido
Una enferma de
cáncer y el viceprimer ministro británico, últimas víctimas del «happy
slapping»
Después de
recibir sus periódicas sesiones de quimioterapia, a Caroline Monk le
gustaba recobrar fuerzas caminando por Primrose Hill, un parque del
norte de Londres. Una tarde, sin embargo, un chico interrumpió su
habitual paseo y la derribó de un certero golpe en la cabeza. Cuando
recobró la consciencia, Caroline se vio rodeada por un grupo de
adolescentes encapuchados que, durante unos minutos que se le hicieron
eternos, la insultaron, se rieron de su calvicie y, para redondear la
humillación, grabaron su sufrimiento con sus móviles.
«Cuando la
gente va por ahí torturando a gente con cáncer y llamándoles “calvorotas”,
te hace preguntarte en qué tipo de planeta vivimos», explicó
recientemente su novio, el presentador de televisión Mathew Wright.
Caroline, de 35 años, se convirtió así en la penúltima víctima de la
nueva moda entre los adolescentes británicos más descarriados: el
llamado «happy slapping», cuya traducción aproximada sería «tortazo
feliz». Las reglas del «juego» son tan sencillas como crueles: eligir a
una víctima y la someten a vejaciones de toda índole. Mientras, uno de
ellos guarda el ataque para la posteridad con la videocámara de su
teléfono móvil.
Al cabo de
unas horas, las imágenes de la agresión están disponibles en diversos
foros especializados de Internet, que también sirven para que los «happy
slappers» alardeen de sus actividades y organicen sus futuros golpes. A
pesar de la chulería con la que publicitan sus agresiones, los
pandilleros rara vez acaban en la comisaría, pues pocas víctimas se
atreven a denunciar los hechos. Algunos afectados temen represalias,
mientras que otros prefieren mantener en secreto la humillación de haber
recibido una paliza de manos de chavales que, en muchos casos, apenas
han cumplido los 12 o 13 años.
Desde hace
6 meses. Según la cadena de televisión BBC, el «happy slapping» surgió
hace unos seis meses entre los adolescentes del sur de Londres. Al
principio, los ataques no eran excesivamente violentos: más que dañar
físicamente a sus víctimas, las pandillas buscaban reírse de ellas.
Su
principal inspiración eran programas de televisión como «Jackass» o «Dirty
Sanchez», en los que los protagonistas gastan bromas pesadas a
viandantes, además de someterse ellos mismos a todo tipo torturas
voluntarias.
Con el
paso del tiempo, la tendencia se ha expandido al resto del país. Con
centenares de «slappers» compitiendo por obtener las imágenes más
impactantes, la espiral de violencia se ha acelerado y ahora algunas
pandillas no abortan sus agresiones hasta que la víctima se queda
inconsciente. Los «aficionados» a este «pasatiempo», ahora, además de
cubrir sus rostros con capuchas y pasamontañas, concentran sus acciones
en zonas sin cámaras de seguridad, como parques o grandes aparcamientos
al aire libre, lo que dificulta aún más la labor policial.
Sólo en el
sistema de transportes londinense, los servicios de seguridad han
investigado unos 200 ataques similares en lo que va de año. Aunque la
Policía aún no ha recopilado datos específicos sobre el problema a
escala nacional, todo apunta a que se producen varios centenares de
casos cada mes. Los tabloides británicos se han obsesionado con el «happy
slapping» y reciben con gruesos titulares cada nueva agresión. Para
algunos, sin embargo, el interés de la Prensa por este fenómeno resulta
excesivo y ha contribuido a generar una atmósfera de temor
injustificado, puesto que la mayoría de las víctimas apenas sufre daños
físicos de gravedad.
El «happy
slapping» ha alcanzado incluso al viceprimer ministro, John Prescott.
Durante la reciente campaña electoral, el político laborista admitió que
hace unos meses estuvo a punto de recibir una paliza en un área de
servicio de una autopista. «Me vi rodeado por unos diez chavales con
capuchas», explicó Prescott a la BBC. «Lo que más me llamó la atención
es que tenían una especie de videocámara para rodarlo todo».
Afortunadamente sus guardaespaldas regresaron a tiempo.
Una vez
detectada la nueva moda, el gran debate es cómo atajar esta ola de
violencia antes de que se produzca la primera víctima mortal. Algunos
centros comerciales, por ejemplo, no permiten a los adolescentes llevar
capuchas y una escuela del sur de Londres, Saint Martin-in-the-Fields,
ya ha prohibido el uso de móviles. Sin embargo, todas estas iniciativas
son meros parches para un desajuste social más profundo, la denominada
«conducta antisocial», uno de los problemas que más preocupan a los
ciudadanos británicos y para la que el recién reelegido primer ministro,
Tony Blair, ya ha prometido combatirla con una nueva «cultura del
respeto» en el país, para lo que ha presentado un ambicioso paquete
legislativo centrado en la lucha contra la pequeña delincuencia.
Fuente: La Razón
05.06.05