Seguridad Medioambiental
y Protección del Entorno
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El
desierto avanza en España
El proceso
de empobrecimiento del suelo, que afecta a un tercio de España, se debe
a las variaciones climáticas, una combinación de altas temperaturas y
lluvias escasas
La desertización es el resultado de una agresiva
deforestación y
degradación del medio que lleva consigo una total pérdida de la cubierta
vegetal y de la fertilidad del suelo. Según algunas estimaciones del
Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (Pnuma), una
extensión similar a la de toda América (unos 33 millones de kilómetros
cuadrados) se encuentra en riesgo de desertización.
En la actualidad, el problema de la pérdida del suelo por erosión
aparece siempre entre las cinco o seis grandes amenazas ambientales. En
la Conferencia de la ONU de Río de Janeiro, en 1992, se cifró en 292.000
millones de dólares lo que habría que gastar en 20 años para detener el
proceso; y en 107.000 millones de dólares para un programa medio de
medidas correctoras mínimas que habría que aplicar en 81 países en vías
de desarrollo.

Continentes secos
África es el continente más afectado por la desertización. Los expertos
sostienen que el 73% de las zonas áridas del continente está seriamente
dañado, proporción que en Asia alcanza el 71%, el 25% en América Latina,
y el Caribe y cerca del 65% en los países mediterráneos.
Aunque los países africanos son los que deben hacer frente a las mayores
pérdidas, el Pnuma calcula que la desertización priva a China de 6.500
millones de dólares anuales, de unos 800 millones a Brasil y de 350
millones a España. Según el programa de la ONU, para revertir esa
tendencia sería necesario “realizar esfuerzos eficaces durante veinte
años y contar con un presupuesto anual global de entre 10.000 y 20.000
millones de dólares”.
La descompensación entre los recursos naturales y su capacidad de
regeneración es fruto del cambio climático y de la explotación agrícola
de carácter industrial implantada en las últimas décadas.
La necesidad de ampliar las zonas de cultivo para obtener más productos
y mayores beneficios económicos de forma inmediata ha degenerado en la
utilización abusiva de maquinaria pesada, pesticidas e invernaderos. Los
efectos son desoladores: falta de agua, pérdida de vegetación y suelo y
ausencia absoluta de biodiversidad en los terrenos afectados.
“Las talas abusivas de árboles, por intensas que fueran, no implicarían
por sí solas la desaparición definitiva del bosque si no estuviera
apoyada por otras causas, como el intenso pastoreo o los fuegos
repetidos”, explica Juan Ruiz de la Torre, catedrático emérito de la
Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Montes de Madrid.
Los expertos coinciden en que el desequilibrio entre la actividad humana
y los recursos naturales no sólo pueden achacarse a consecuencias
climáticas: “El problema no es sólo del tiempo, porque el verdadero
responsable es la mano del hombre, con talas, incendios, sobrepastoreo y
el abandono de las tierras agrarias”, explica Ramón Vallejo, director
del Centro de Estudios Ambientales del Mediterráneo (Ceam).
España, árida
En Europa, la erosión del suelo es cada vez mayor. Cerca de 115 millones
de hectáreas están afectadas por la erosión hídrica y 42 millones sufren
erosión eólica. Según un informe de la ONU, España es el país más árido
de Europa. Junto a ésta, Portugal, Italia, Turquía y Grecia forman el
llamado grupo del Mediterráneo Norte y están consideradas como las zonas
más afectadas por la desertización, un problema que afecta
aproximadamente a 250 millones de personas.
Un seis por ciento del suelo de la Península Ibérica se ha degradado
irreversiblemente, y un tercio de la superficie padece una alta tasa de
terreno desértico. Los datos del Plan Nacional contra la Desertización
alertan de la extrema gravedad del proceso en Alicante y Gran Canaria,
que se encuentran en grado de total desertización, según un dictamen
técnico del Ministerio de Medio Ambiente. En situación de máxima alerta
–por encima del setenta por ciento del suelo convertido en un secarral–
están otras diez provincias: Murcia, Tarragona, Almería, Valencia,
Castellón, Jaén, Granada, Tenerife y Málaga.
Mejores condiciones
Al luchar contra la desertización, se mejoran las condiciones generales
en zonas como la cuenca del Mediterráneo, una de las áreas de máximo
riesgo ante el calentamiento de la Tierra, que conlleva mayor peligro de
incendios forestales, de deforestación y de salinización, señalan los
expertos.
Según Vallejo, “la acción del hombre está en el origen de muchos
problemas. Normalmente es perjudicial de dos modos: por la
sobreexplotación de los recursos o por su utilización inadecuada”.
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La riqueza de un país y la pervivencia de sus habitantes, en peligro |
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La desertificación es un fenómeno peligroso para la riqueza de un país y
la pervivencia de sus habitantes. Se trata de un proceso que reduce la
productividad y el valor de los recursos naturales del suelo como
resultado de las actuaciones humanas no adecuadas y de la variabilidad
climática.
Estos factores provocan que “el suelo pierda su fertilidad y se vuelva
árido; se reduce la biomasa, se altera el régimen hídrico y aumenta la
erosión”, indica Francisco López Bermúdez, catedrático de Geografía
Física de la Universidad de Murcia. Todo esto convierte en inútiles para
el cultivo las tierras afectadas.
Acabar con el proceso de degradación de la tierra no es fácil, a juicio
de los expertos en desertificación , aunque existen algunas medidas que
pueden contribuir a frenarlo. “La restauración forestal es importante;
se trata de mejorar el suelo y sus propiedades.
Es conveniente que sea con árboles o arbustos autóctonos, que son los
que se adaptan mejor y tienen menos riesgos de provocar efectos
colaterales”, comenta Ramón Vallejo, director del Centro de Estudios
Ambientales del Mediterráneo (Ceam). Sin embargo, la reforestación no
siempre es posible: “El árbol es un gran consumidor de agua. Si en una
zona hay déficit de este líquido, la repoblación puede ser perjudicial”,
indica Francisco López Bermúdez.
Existen otras fórmulas de combatir la desertificación: “Es preciso
conocer la calidad del agua que se usa para consumo agrario y controlar
la actividad del ganado”, señala Juan Sánchez. A escala mundial, la
Organización de las Naciones Unidas impulsó un Convenio Internacional de
Lucha contra la Desertificación, al que se ha adherido España, y por el
que los países firmantes se comprometen a tomar medidas para frenar este
fenómeno. Naciones Unidas estima que el proceso de degradación de los
suelos supone unos gastos de más de 44.500 millones de euros anuales en
todo el mundo.
África es el continente más afectado, pero el Mediterráneo Norte tiene
un apartado especial dedicado en el Convenio. También la Unión Europea
prepara una directiva marco que se unirá a los esfuerzos del Programa de
Acción Nacional contra la Desertficación (Pand) del Ministerio de Medio
Ambiente. |
Fuente: Expansión
10.06.05
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