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Un chip «vigila» ya a
10.000 empleados británicos
Centros comerciales
y supermercados del Reino Unido equipan a sus trabajadores con
dispositivos electrónicos que permiten observar sus movimientos Los
directivos aseguran que se optimiza el trabajo, pero los sindicatos lo
consideran una intromisión en la intimidad
Una
especie de «Gran Hermano» vigila a más de10.000 trabajadores de Reino
Unido. Su objetivo es reducir desplazamientos innecesarios en una gran
superficie, pero también saber incluso en qué momento un empleado va al
baño.
¿Qué es más importante, la libertad individual o la productividad
colectiva? Esta semana, el ancestral debate ha estallado en los centros
de trabajo británicos después de que los sindicatos hayan denunciado que
algunas empresas fuerzan a sus empleados a portar brazaletes
electrónicos para controlar todos sus movi- mientos. Desde que esta
tecnología hizo su aparición en territorio británico hace seis meses,
unas 10.000 personas tienen que colocarse «chips» cada mañana como parte
de su rutina laboral. A partir de entonces, los trabajadores son
conscientes de que todos y cada uno de sus movimientos quedan
registrados en un ordenador central al que sus superiores tienen acceso
permanente.
Según sus partidarios, los «chips» permiten optimizar recursos,
simplificar el trabajo y, por tanto, mejorar la productividad de los
empleados. Para sus enemigos, sin embargo, esta tecnología supone una
intrusión intolerable en la intimidad de sus portadores: si así lo
quisiera, cualquier jefe podría controlar el número y duración exacta de
los viajes al cuarto de baño de cada uno de sus empleados.

Los
empresarios, encantados. Por el momento, la implantación de los «chips»
sólo se ha extendido en los almacenes de gigantes comerciales
británicos, en especial supermercados como Tesco, Asda, Sainsbury's o
Marks & Spencer. En estas gigantescas naves, resulta muy útil conocer la
ubicación precisa de cada operario en todo momento: ello permite
eliminar los desplazamientos inútiles, repartir las diversas tareas con
más precisión y, en definitiva, reducir al máximo los gastos de
personal.
Además, estos brazaletes establecen una
comunicación constante entre los
trabajadores y sus jefes. Gracias a los datos suministrados por los
«chips», el ordenador central decide qué tareas deben realizarse antes y
el empleado sólo tiene que limitarse a cumplir sus órdenes. Las empresas
que han probado esta tecnología parecen encantadas con sus resultados,
por lo que resulta probable que, poco a poco, los brazaletes se
conviertan en una herramienta de trabajo más.
Sin embargo, los sindicatos ven el vaso medio vacío. En su opinión, la
implantación de brazaletes hace que los centros de trabajo parezcan
prisiones o, incluso, granjas avícolas. En esta especie de «Gran
Hermano» laboral, los trabajadores están en tensión constante, pues
saben que cualquier descanso no autorizado, por breve que sea, será
registrado en el ordenador central. Además, los «chips» eliminan
cualquier margen de iniciativa personal en los empleados, que se limitan
a cumplir como autómatas las órdenes de sus terminales electrónicos: así
se multiplica la monotonía de unos trabajos de por sí poco estimulantes.
En un congreso celebrado esta semana, el sindicato GMB denunció que las
nuevas tecnologías están incentivando los despidos voluntarios de
decenas de trabajadores. «Tenemos noticias de personas que han dimitido
tras varios días de trabajo, o incluso horas», dijo Paul Campbell,
portavoz del sindicato. «Todos dicen que no les gusta este empleo porque
no aportan nada, se limitan a seguir las instrucciones de un ordenador».
Además, algunos temen que, cuando la tecnología robótica avance, las
empresas sean capaces de sustituir a sus trabajadores por máquinas
pseudointeligentes. «El GMB no es una organización ludita (movimiento
obrero contra las máquinas), pero no nos quedaremos de brazos cruzados
mientras reducen a nuestros afiliados a la condición de autómatas»,
advirtió Paul Kenny, secretario general del sindicato. «Deben rediseñar
los usos de estas tecnologías para que sean una ayuda para el
trabajador, en vez de convertirle en un mero esclavo».
La otra
gran preocupación es la intromisión en la intimidad de los trabajadores en un país, el Reino Unido, que ya cuenta con más cámaras
de vigilancia que cualquier otro lugar del mundo. Los sindicatos temen
que los brazaletes sean un mero aperitivo de otro tipo de medidas de
control en fase de experimentación, como un programa que permite evaluar
la productividad de los oficinistas midiendo la frecuencia de
pulsaciones en sus teclados de ordenador.
La avalancha de publicidad negativa no ha intimidado a las empresas que
han introducido los brazaletes. Todas ellas seguirán adelante con sus
experimentos, al menos por ahora. Según una portavoz de Tesco, la
segunda cadena de supermercados más grande del mundo, los empleados
están contentos con esta tecnología, que «les hace el trabajo más fácil
y, además, recorta el papeleo». Aún así, a juzgar por el contundente
tono adoptado por los sindicatos al amenazar con una oleada de huelgas,
parece que el Reino Unido se enfrenta a una nueva batalla laboral. La
diferencia es que, en esta ocasión, no será por los salarios ni por las
horas de trabajo, sino por el irrenunciable derecho a ir al baño sin que
el jefe se entere.
Fuente: La Razón
12.06.05
Experto: Valor probatorio de las imágenes
captadas por cámaras de videovigilancia, por Esmeralda Saracíbar
(13.06.05)
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