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Miércoles,15 de junio de 2005


Seguridad Corporativa y Protección del Patrimonio

Nuevas Tecnologías Aplicadas a la Seguridad

Un chip «vigila» ya a 10.000 empleados británicos

Centros comerciales y supermercados del Reino Unido equipan a sus trabajadores con dispositivos electrónicos que permiten observar sus movimientos Los directivos aseguran que se optimiza el trabajo, pero los sindicatos lo consideran una intromisión en la intimidad

 

Una especie de «Gran Hermano» vigila a más de10.000 trabajadores de Reino Unido. Su objetivo es reducir desplazamientos innecesarios en una gran superficie, pero también saber incluso en qué momento un empleado va al baño.

¿Qué es más importante, la libertad individual o la productividad colectiva? Esta semana, el ancestral debate ha estallado en los centros de trabajo británicos después de que los sindicatos hayan denunciado que algunas empresas fuerzan a sus empleados a portar brazaletes electrónicos para controlar todos sus movi- mientos. Desde que esta tecnología hizo su aparición en territorio británico hace seis meses, unas 10.000 personas tienen que colocarse «chips» cada mañana como parte de su rutina laboral. A partir de entonces, los trabajadores son conscientes de que todos y cada uno de sus movimientos quedan registrados en un ordenador central al que sus superiores tienen acceso permanente.

Según sus partidarios, los «chips» permiten optimizar recursos, simplificar el trabajo y, por tanto, mejorar la productividad de los empleados. Para sus enemigos, sin embargo, esta tecnología supone una intrusión intolerable en la intimidad de sus portadores: si así lo quisiera, cualquier jefe podría controlar el número y duración exacta de los viajes al cuarto de baño de cada uno de sus empleados.

Gráfico: La Razón

Los empresarios, encantados. Por el momento, la implantación de los «chips» sólo se ha extendido en los almacenes de gigantes comerciales británicos, en especial supermercados como Tesco, Asda, Sainsbury's o Marks & Spencer. En estas gigantescas naves, resulta muy útil conocer la ubicación precisa de cada operario en todo momento: ello permite eliminar los desplazamientos inútiles, repartir las diversas tareas con más precisión y, en definitiva, reducir al máximo los gastos de personal.

Además, estos brazaletes establecen una comunicación constante entre los trabajadores y sus jefes. Gracias a los datos suministrados por los «chips», el ordenador central decide qué tareas deben realizarse antes y el empleado sólo tiene que limitarse a cumplir sus órdenes. Las empresas que han probado esta tecnología parecen encantadas con sus resultados, por lo que resulta probable que, poco a poco, los brazaletes se conviertan en una herramienta de trabajo más.

Sin embargo, los sindicatos ven el vaso medio vacío. En su opinión, la implantación de brazaletes hace que los centros de trabajo parezcan prisiones o, incluso, granjas avícolas. En esta especie de «Gran Hermano» laboral, los trabajadores están en tensión constante, pues saben que cualquier descanso no autorizado, por breve que sea, será registrado en el ordenador central. Además, los «chips» eliminan cualquier margen de iniciativa personal en los empleados, que se limitan a cumplir como autómatas las órdenes de sus terminales electrónicos: así se multiplica la monotonía de unos trabajos de por sí poco estimulantes.

En un congreso celebrado esta semana, el sindicato GMB denunció que las nuevas tecnologías están incentivando los despidos voluntarios de decenas de trabajadores. «Tenemos noticias de personas que han dimitido tras varios días de trabajo, o incluso horas», dijo Paul Campbell, portavoz del sindicato. «Todos dicen que no les gusta este empleo porque no aportan nada, se limitan a seguir las instrucciones de un ordenador».

Además, algunos temen que, cuando la tecnología robótica avance, las empresas sean capaces de sustituir a sus trabajadores por máquinas pseudointeligentes. «El GMB no es una organización ludita (movimiento obrero contra las máquinas), pero no nos quedaremos de brazos cruzados mientras reducen a nuestros afiliados a la condición de autómatas», advirtió Paul Kenny, secretario general del sindicato. «Deben rediseñar los usos de estas tecnologías para que sean una ayuda para el trabajador, en vez de convertirle en un mero esclavo».

La otra gran preocupación es la intromisión en la intimidad de los trabajadores en un país, el Reino Unido, que ya cuenta con más cámaras de vigilancia que cualquier otro lugar del mundo. Los sindicatos temen que los brazaletes sean un mero aperitivo de otro tipo de medidas de control en fase de experimentación, como un programa que permite evaluar la productividad de los oficinistas midiendo la frecuencia de pulsaciones en sus teclados de ordenador.

La avalancha de publicidad negativa no ha intimidado a las empresas que han introducido los brazaletes. Todas ellas seguirán adelante con sus experimentos, al menos por ahora. Según una portavoz de Tesco, la segunda cadena de supermercados más grande del mundo, los empleados están contentos con esta tecnología, que «les hace el trabajo más fácil y, además, recorta el papeleo». Aún así, a juzgar por el contundente tono adoptado por los sindicatos al amenazar con una oleada de huelgas, parece que el Reino Unido se enfrenta a una nueva batalla laboral. La diferencia es que, en esta ocasión, no será por los salarios ni por las horas de trabajo, sino por el irrenunciable derecho a ir al baño sin que el jefe se entere.

Fuente: La Razón
12.06.05

Experto: Valor probatorio de las imágenes captadas por cámaras de videovigilancia, por Esmeralda Saracíbar (13.06.05) 

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