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Viernes, 17 de junio de 2005


Seguridad Pública y Protección Civil

Diario de un secuestro en Iraq

La periodista francesa Florence Aubenas relata el día a día de sus cinco meses de cautiverio

 

«Un secuestro es tan largo de vivir como corto de contar». Corto, como los 24 pasos al día, de camino al baño y vuelta, que Florence Aubenas dio durante los 157 que permaneció como rehén en Iraq. Corto, como los cuatro metros de largo, por dos de ancho y uno y medio de alto del cuchitril bajo tierra en el que pasó su cautiverio. Corto, como las 80 palabras diarias que sus captores le permitían, por las que apenas escapaba la amordazada frustración del silencio. La periodista francesa Florence Aubenas, secuestrada el 5 de enero y liberada el pasado sábado, resumió ayer con esta certera definición lo que nadie puede imaginar: cómo soportó cinco meses encerrada en un sótano donde las temperaturas alcanzan los 50 grados, sin poder moverse de un desvencijado colchón, con los ojos y el optimismo bien vendados, manos y pies ligados y sin saber si cada vez que oía «número seis» era para ir al servicio, para anunciarle su liberación o para degollarla ante una cámara de vídeo.

Foto. La Razón
Florence Aubenas mostró ayer en París el bolso que le devolvieron sus secuestradores tras 157 días de cautiverio en Iraq

En una masiva comparecencia, Aubenas esgrimió la sonrisa y la ironía que la acompañan desde su llegada a París, el pasado domingo, y se lanzó a un espeluznante y trepidante relato periodístico: la crónica de un secuestro. La periodista evitó ciertos detalles, asesorada por los servicios especiales. Por eso no reconoció haber pasado parte de su cautiverio con los tres periodistas rumanos, aunque éstos lo hayan confirmado. Con respecto a las dudas sobre si Francia entregó un rescate para obtener su liberación, Aubenas afirmó que «nunca» oyó «hablar de dinero» durante su cautiverio, aunque consideró normal que se baraje el supuesto pago.

El asfixiante lugar en el que fue recluida le hizo pensar que sería trasladada, pero los días pasaban. Al poco tiempo, entró otro rehén, «número cinco», con quien se le prohibió hablar. A veces, fue golpeada. La periodista describió sus comidas como una dieta de arroz y bocadillos de huevo duro. Los días pasaban sin nada que hacer salvo contar: «los minutos, las horas, los días o las vigas del techo».

Sólo la grabación de una decena de vídeos, para demostrar que estaba con vida, alteró la rutina. El jefe del grupo, desesperado por el poco dramatismo que Florence imprimía a las tomas, llegó a acusarla de ser «un rehén inútil». No sin antes preguntarle si tenía «el e-mail de Chirac» para contactar con él. Cuando consiguió el tono patético que deseaba para su vídeo, la premió con un Corán en diez volúmenes y con un encuentro ante un sanedrín de «voces maduras y solemnes» que le preguntó por un amplio abanico de temas políticos, desde la actuación francesa en Argelia hasta Oriente Próximo. «Creyeron que era una espía», sostiene la reportera. «Me decían: ‘Seréis liberados en una semana’. Es algo que siempre tenía en mi cabeza y que sin parar se retrasaba». Así hasta el día en que «número cinco», la presencia masculina que no había conseguido reconocer en cinco meses y que en realidad era su guía, Husein Hanun, y «número seis», ella, fueron llamados al mismo tiempo para ir al baño. En lo alto de las escaleras, una voz les espetó: «Today Paris». Antes de partir uno de los secuestradores le explicó que habían preparado regalos para ella: dos sortijas y un frasco de perfume.

Enfrente se encontró una taza de té y una silla. El verdadero regalo, «tras haber vivido en cuclillas. Era la primera vez que me sentaba desde el 5 de enero». Los secuestradores le explicaron que para sortear los puntos de control estadounidenses e iraquíes dirían que ella era periodista y Husein su chófer, y que mostraría su verdadera documentación. Pero el plan cambió y la periodista tuvo que hacerse pasar por la esposa de Husein y cubrir su rostro. «Si alguien te habla te pones a llorar, diremos que tienes una depresión», le ordenaron. Tras atravesar varios puestos de control, unas manos la agarraron y le destaparon el velo. Era un agente galo, que la introdujo a toda velocidad en un coche, donde varias voces le gritaron: «¡Se acabó!, ¡se acabó!».

Fuente: La Razón
15.06.05

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