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La cicatriz del tsunami
Seis meses después
de la catástrofe que causó 25.000 muertos en Asia, crece la frustración
entre los supervivientes
Día
a día, la frustración y el miedo crecen entre los más del millón de
desplazados que sobrevivieron a la gran ola, que el 26 de diciembre de
2004 se llevó sus casas, sus medios de vida y a muchos de sus seres
queridos. La catástrofe fue tan brutal, tan inesperada, que los
Gobiernos de los países afectados han tardado meses en asimilarla, en
saber qué hacer y cómo gestionar -al igual que sucedió a las ONG- la
lluvia de millones que desató la generosa respuesta internacional.
La naturaleza es la que menos ayuda. Desde el terremoto que aquella
mañana enfureció las aguas del Índico y se llevó la vida de unas 250.000
personas, la tierra no ha dejado de temblar en torno a la isla indonesia
de Sumatra. Las sacudidas se suceden cada pocas horas y en este medio
año ha habido al menos 11 terremotos de magnitud superior a 6 en las
escala de Richter. El seísmo de 8,7 ocurrido el 29 de marzo en las
cercanías del islote de Banyak, frente a la costa oeste central de
Sumatra, convirtió en una ruina la isla de Nias y dejó un nuevo reguero
de muerte, desolación y espanto.
La gente se siente confundida. ¿De dónde procede la amenaza, de la
tierra o del océano?, se preguntan los encerrados entre las cuatro
paredes de aglomerado de las viviendas prefabricadas de cuatro por cinco
metros, esos habitáculos básicos para poder rehacer sus vidas y que,
hasta ahora, sólo han conseguido algunas decenas de miles de afectados.
Para las víctimas, todo va muy despacio. Sumidas en su propia desgracia,
se desesperan al ver que el tiempo pasa y siguen sin reconstruir sus
casas, sin los pequeños negocios con los que se ganaban la vida, ni el
barco con el que salían a la mar a sacarse un salario. Para aquellos que
vivían del turismo en la isla tailandesa de Phuket, en Sri Lanka o en
Maldivas, a la maldición de entonces se suma la ausencia de visitantes
de ahora.
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Casi seis mil personas, en su
mayoría extranjeros, murieron en Tailandia |
En el caso de la región indonesia de
Aceh, donde se aunaron las fuerzas del terremoto y del maremoto para
reducir a escombros toda la costa oeste de ese extremo norte de Sumatra,
el grueso del esfuerzo desplegado ha sido para cubrir las necesidades
básicas, incluido el suministro de agua potable, para desescombrar
millones de toneladas, restaurar las carreteras más importantes y
construir miles de barracones de viviendas provisionales para quienes lo
perdieron todo.
"El Gobierno indonesio se ha empleado con brío en la planificación de la
reconstrucción para que el resultado sea mejor y más moderno que antes
del maremoto", afirma por teléfono el español Carlos Afonso, jefe de la
Oficina de ECHO (Agencia Humanitaria de la Comisión Europea) en ese
país. ECHO donó para la primera fase de emergencia 103 millones de euros
y el 23 de mayo aprobó la entrega de otros 323 millones para financiar
distintos proyectos de rehabilitación y reconstrucción en Indonesia, Sri
Lanka y Maldivas.
La semana pasada comenzó oficialmente en Indonesia el proceso de
reconstrucción, que dirige la Agencia de Reconstrucción del Gobierno.
Este nuevo organismo se encargó de la selección y aprobación de 500
proyectos que, a partir de ahora, se pondrán en marcha. Lo que más
retrasó el arranque del proceso fue la búsqueda de terrenos donde
levantar de forma permanente escuelas, hospitales, viviendas y los
servicios esenciales.
Dinero no falta, ni tampoco ONG dispuestas a quedarse los cinco años que
durará la reconstrucción, pero después del caos de la fase de
emergencia, Yakarta, en cooperación con Naciones Unidas, seleccionó con
rigor los proyectos, para que no se solapen y poner freno a la
desorbitada competencia entre algunas ONG, que dieron un pésimo
espectáculo. Además, los donantes, tienen acceso a la Agencia de
Reconstrucción para supervisar el destino de sus fondos y evitar que se
pierdan por los bolsillos de los intermediarios.
La avalancha de ONG y la urgencia de algunas de éstas por hacerse la
foto con la ayuda aportada provocaron el desconcierto de los Gobiernos y
la ansiedad de la población en los primeros meses, y un auténtico caos
en la administración de la ayuda, según reconocen algunos cooperantes.
El desbarajuste fue tan descomunal que ECHO está financiando cursillos
para los funcionarios gubernamentales y locales de estos países para
promover la coordinación y la calidad de la ayuda en este tipo de
operaciones humanitarias.
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Toda una generación de
huérfanos debe comenzar de cero |
La desorganización, a la larga hizo
mella en los supervivientes y aumentó su miedo a ser los grandes
olvidados. Una idea del horror vivido en estos seis meses en Indonesia,
el país más castigado, la da el que todavía siguen apareciendo cadáveres
bajo los escombros de Banda Aceh y Meulaboh -principales ciudades de la
región-, y por pueblos e islas devastados. Aún hay 90.000 desaparecidos
y 500.000 desplazados, la mayoría realojados en casas de amigos y
parientes.
Las escenas de pánico desatadas por el terremoto de marzo pasado se
sucedieron por Indonesia, Malaisia, Tailandia, India y Sri Lanka. La
gente huyó despavorida de las costas. Radios, televisiones, campanas y
almuédanos avisaron de la probabilidad de un nuevo maremoto que no
sucedió. Nadie había olvidado que el tsunami se cebó en sus víctimas
porque las pilló desprevenidas y a sus Gobiernos sin preparación y sin
sistemas de alerta. El Índico carece -ya se está poniendo en marcha- de
un sistema de alerta temprana como tienen los países del Pacífico.
Médicos del Mundo, Cruz Roja y Médicos sin Fronteras, entre otros, han
determinado que uno de los mayores problemas que enfrentan los
supervivientes del tsunami es el deterioro de la salud mental. La gran
ola puebla sus sueños y sus largas noches de insomnio. Y no saben dónde
volver a empezar: ¿a la orilla del mar asesino o lejos de su tradicional
medio de vida?
Borja Miguélez, de 29 años, español como su homólogo en Indonesia,
experto humanitario y jefe de ECHO en Sri Lanka, señala que el "gran
desafío" del Gobierno cingalés es la reubicación de cientos de miles de
personas, a los que hay que encontrar un terreno donde establecerles y
crear un entorno con carreteras, electricidad y saneamiento en el que
puedan vivir. Algunos de los proyectos financiados por ECHO tratan no
sólo de dotar de saneamiento a estos enclaves, sino también de instruir
a la población en el uso de letrinas, ya que los chabolistas de la playa
nunca las tuvieron.
Como suele ocurrir con las desgracias, los más pobres son los más
afectados. Muchas de las víctimas del maremoto vivían en chozas y
chabolas levantadas sobre la arena. Colombo pretende ahora hacer cumplir
la ley que, según las zonas, prohíbe vivir a menos de 100 o 200 metros
de la playa, pero en un país tan densamente poblado como Sri Lanka -20
millones de habitantes en 65.610 kilómetros cuadrados de extensión,
menos que Castilla-La Mancha- la tierra tiene un valor incalculable. A
esto se añade el conflicto étnico que desangra la antigua Ceilán desde
hace más de 20 años y que ha dejado el noreste de la isla bajo el
control de los Tigres de Liberación de la Tierra Tamil (LTTE).
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La entrega de ayuda y el
trabajo de reconstrucción ha sido lento |
El viernes pasado precisamente, el
Gobierno y los Tigres firmaron un acuerdo para gestionar conjuntamente
la ayuda a las víctimas del maremoto en la zona bajo control tamil. La
radical oposición del influyente clero budista y del minoritario Partido
Marxista, que apoyaba al Ejecutivo, estuvieron a punto de dar al traste
con un acuerdo que la presidenta, Chandrika Kumaratunga, considera que
puede impulsar un acuerdo de paz.
Pese a la tregua alcanzada en 2002, aún hay 300.000 desplazados por un
conflicto que ha costado más de 50.000 vidas. El tsunami ha convertido a
muchos de ellos en doblemente desplazados, aunque otros muchos, que
llevan 20 años viviendo en tiendas de campaña como refugiados en un
conflicto olvidado, consideran a los nuevos damnificados "víctimas de
lujo".
La gran ola colocó un cinturón de muerte a lo largo de tres cuartas
partes de la costa de Sri Lanka. Hubo 30.000 muertos y aún hay 9.000
desaparecidos y 200.000 desplazados, de los que 15.000 han sido
realojados en viviendas semipermanentes.
El miedo que los niños plasman en dibujos con monstruos azules, como el
color del mar, hace que mucha gente no quiera volver nunca más a vivir
sobre la playa, pero otros no se acostumbran al interior y, pese a la
prohibición, volvieron a levantar allí sus chozas.
En India, donde el Gobierno no quiso recibir ayuda internacional, la
emergencia funcionó muy bien, pero después cayeron en el olvido y hoy,
decenas de miles de supervivientes siguen sin casa y sin esperanza.
En las cálidas playas de Phuket, donde la gran ola se tragó a centenares
de turistas occidentales, el paso del maremoto se aprecia sobre todo en
los hoteles y restaurantes vacíos. "Había estado en Phuket con mi marido
y queríamos que lo conociera mi hija. Teníamos reservadas las
vacaciones, pero los terremotos que sigue habiendo en la zona nos
decidieron a cambiar Tailandia por España", asegura Svetlana Evseeva,
una turista rusa.
En Maldivas, el mayor problema es que el Gobierno pretende, para
proteger mejor a su población, que algunas de las islas anegadas queden
desiertas. Con 1,30 metros de altura media sobre el nivel del mar, el
Gobierno se siente amenazado por el cambio climático y quiere reagrupar
a la población en las islas de más fácil acceso.
La cicatriz que dejó el tsunami es terrible, porque la herida fue larga
y profunda. Y sigue abierta.
Fuente: El País
26.06.05
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