Dirección y Gestión de la
Seguridad Global
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El conocimiento
científico, un salvavidas para evitar las ‘catástrofes sociales’
Científicos,
políticos y ciudadanos están obligados a entenderse y a cooperar para
desarrollar políticas a medio y largo plazo que permitan evitar y
prevenir ‘catástrofes sociales’, como las vacas locas o algunos
desastres ecológicos.
El vertido
tóxico de la mina de Aznalcóllar, el hundimiento del Prestige o la
crisis de las vacas locas son episodios de nuestra historia reciente
cuya resolución ha exigido a los gobernantes contar con asesoramiento
científico. Son claros ejemplos de la interrelación que debe existir
entre sociedad, política y ciencia, especialmente en la época
actual, en la que “la sociedad quiere buscar el avance en el
conocimiento científico y los desarrollos de la tecnología como un
instrumento fundamental para su desarrollo y bienestar”, apunta
el catedrático César Nombela, presidente del Comité Asesor de Ética en
la Investigación Científica y Técnica.
Hoy, con una opinión pública concienciada sobre los problemas emergentes
como el cambio climático, la biodiversidad o el futuro de la naturaleza
humana en el contexto de las intervenciones biotecnológicas, “tenemos
que reforzar en nuestra sociedad las referencias científicas para la
gestión pública, creando estructuras ágiles cuando sean necesarias y
no existan, potenciando el funcionamiento de las existentes y
desarrollando los comités de ética científica”, explica Nombela. El
interés final es que la sociedad disponga del conocimiento suficiente
para forzar a los políticos a que planifiquen sus estrategias basándose
en criterios científicos.
Presión
ciudadana
Precisamente, la presión de la opinión pública frente a determinadas
alarmas, como la de las vacas locas, ha sido la que ha promovido la
creación de la Agencia Española de Seguridad Alimentaria, como reconoce
su presidenta, María Purificación Neira, un claro ejemplo de cómo “el
conocimiento científico ha influido en la toma de decisiones políticas.
Creo que el modelo de seguridad alimentaria materializa la llamada de
atención para primar el asesoramiento científico”. Y sobre argumentos
científicos se apoyan algunas de las líneas de trabajo de la Agencia,
como la vigilancia de la composición de los alimentos en el marco de la
lucha contra la obesidad, “otro muestra de cómo la ciencia tiene que
salir a la calle para orientar políticas”.
Aunque existe una corriente de colaboración entre poderes públicos y
científicos, Neira aboga por “modelar la ciencia para que sirva a la
toma de decisiones políticas. El político puede solicitar consejo al
científico, pero éste tiene la responsabilidad de influir”.
Para Luis Balairón, jefe del servicio de Predicción del Clima del
Instituto Nacional de Meteorología, las posibles repercusiones que pueda
tener el cambio climático están obligando a adoptar medidas
intergubernamentales fundamentadas en las opiniones de un conjunto de
científicos procedentes de diversas áreas (física, química, geología o
ingeniería), asunto en el que el modo de actuar de las Naciones Unidas
ha permitido sacar la ciencia a la sociedad. “Es una lección de cómo se
deben conectar los conocimientos científicos (que paga la sociedad) y la
toma de decisiones políticas”.
No obstante, Balairón cree que debe mejorar el diálogo a tres bandas
entre científicos, políticos y ciudadanos, para lo que cada uno debe
superar sus limitaciones: “La asignatura pendiente de los gobernantes es
atender políticas a medio y largo plazo, un requisito que es fundamental
en ciencia. Por su parte, la comunidad científica no debe limitarse a
exigir financiación y a subrayar la carencia de medios. Finalmente, los
ciudadanos deben elevar su cultura científica, porque no son conscientes
de que todo lo que les rodea (teléfonos, transportes, etc) es ciencia”.
Los expertos insisten en la implicación que deben tener todos los
agentes para hacer frente al futuro, y reiteran que “el científico
debe dar su asesoramiento a la comunidad política sin esperar a que se
lo pidan, y el político tiene la responsabilidad de tomar más en cuenta
el asesoramiento científico”.
Argumentos para la colaboración
Los
argumentos que justifican la necesidad de que exista una estrecha
colaboración entre los gobernantes y los científicos aparecen
detallados en el libro ‘El conocimiento científico como referente
político en el siglo XXI’, editado por la Fundación BBVA y coordinado
por César Nombela, que explica: “Esta obra recoge lo que debe ser un
sistema bien articulado de referencias científicas para la gestión
pública, ya que el conocimiento científico actualizado, riguroso, es
fundamental para la gestión pública”.
Por ello, el libro incide en la planificación científica, la
selección de prioridades y la organización de un sistema de ciencia y
tecnología. “La planificación científica es fundamental para
configurar un esquema de trabajo para el futuro que aporte referencias
de conocimiento para la gestión pública”.
Rafael Pardo, presidente de la Fundación BBVA, insiste en el papel
primordial que desempeñan los científicos en la sociedad actual, aunque
el investigador ya no responde al estereotipo del “genio” recluido en su
laboratorio. “El científico aparece con distintos roles, puede estar
trabajando en la universidad, y el lenguaje que emplea es distinto al
que usa cuando forma parte de una institución o una agencia.
Han aparecido expertos con roles distintos, porque el experto en
diferentes espacios institucionales es el que acaba garantizando el
sentido más independiente de la comunidad científica, que se debe hacer
oír de más formas y a su vez debe escuchar más a la sociedad. Es un
círculo virtuoso”.
Fuente: Expansión
24.02.05