Seguridad Pública y Protección Civil
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La Torre de la Libertad,
contra Fort Knox
El temor a que el
nuevo techo de la ciudad se convierta en un imán para los terroristas ha
hecho que los planos regresen a los tableros de arquitectos y
delineantes
En febrero
tenían que haber comenzado a excavarse los cimientos y en abril haber
empezado a fraguar el acero y el hormigón de la futura Torre de la
Libertad, el emblema de la nueva Zona Cero de Manhattan, la prueba de
que Nueva York no tolerará jamás que los terroristas dibujen su
perfil. Un tardío informe de la policía neoyorquina ha echado un
jarro de agua helada sobre los planes del gobernador George Pataki y el
promotor inmobiliario Larry Silverstein: el temor a que el nuevo techo
de la ciudad, con 574 metros de altura, se convierta en un imán para los
que redujeron a escombros las Torres Gemelas hace tres años y medio ha
hecho que los planos regresen a los tableros de arquitectos y
delineantes.
El inicio de las obras de un rascacielos que sería el techo del mundo y
que debería concluir en 2009 se retrasará como mínimo un año, con
el temor añadido de que si se asumieran todas las exigencias de la
policía, la Torre de la Libertad se tendría que parecer a Fort Knox,
el archiprotegido acuartelamiento de Kentucky donde se atesoran las
reservas de oro de Estados Unidos.
Hace unos días, Ada Louise Huxtable, la exigente comentarista de
arquitectura, que, tras jubilarse como tal en el «New York Times»,
destila ahora su sabiduría en las páginas del «Wall Street Journal»,
escribía una elegía sobre la Zona Cero, sobre el apasionado proyecto
levantado en el papel por el arquitecto Daniel Libeskind, del que no va
quedando nada: desde el muro de contención de las aguas del Hudson, que
pretendía convertir en símbolo de la capacidad de la ciudad para
resistir los embates de los apóstoles de la muerte, ahora reducido a un
murito decorativo, a la propia Torre de la Libertad, retocada y
corregida por un arquitecto experto en el arte del rascacielos y las
exigencias de las corporaciones inmobiliarias, David Childs, que ya se
ha puesto manos a la obra para atender a las demandas del Departamento
de Policía de Nueva York.
Entre las peticiones más sonadas de la policía figura que los casi ocho
metros que distaban de la calzada de la calle West se conviertan en
treinta (aunque en realidad pretendían que fueran sesenta, y que hasta
trasladaran su emplazamiento aún más lejos de una arteria por la que
circularán camiones de 16 ejes sin que hayan sido inspeccionados). La
policía teme que los terroristas que atacaron Nueva York y Washington el
11 de septiembre de 2001 vuelvan a hacerlo por tierra (mediante un coche
o camión-bomba) o por aire, aunque espías británicos a sueldo del MI-5
les comentaron a sus colegas estadounidenses que si los terroristas
volvían a golpear en Manhattan lo harían seguramente mediante ingenios
químicos o biológicos.
Campaña de financiación pública
Silverstein, el promotor inmobiliario que se había hecho con el alquiler
del Centro Mundial de Comercio poco antes del 11-S, y que ha logrado una
formidable indemnización de las compañías de seguros, ha propuesto una
campaña de financiación pública para acceder a los costosos
requerimientos de la policía. Tanto Silverstein como los propietarios
del gigantesco solar -la Autoridad Portuaria de Nueva York y Nueva
Jersey- y la oficina del gobernador Pataki no han ocultado su fastidio
ante el tardío informe policial, no sólo por el incremento de los
costes del rediseño y de la adopción de medidas extra de seguridad, sino
porque entienden que reaviva el temor a un nuevo atentado, lo que hará
más difícil atraer inquilinos para una torre coronada por una antena
que, según Libeskind, debería «dialogar» con la antorcha de la Estatua
de Libertad y alcanzar los 1.776 pies de altura (547 metros), el año de
la fundación de Estados Unidos.
El «New York Times» exigió la semana pasada en un editorial que, si el
proyecto de la Torre de la Libertad, desvelado en diciembre de 2003, iba
a ser diseñado de nuevo, debería volver a someterse a público escrutinio
y valoración, ya que el ambicioso plan de Libeskind fue adoptado después
de que vecinos de Nueva York, Estados Unidos y el resto del mundo
manifestaran su opinión. Si no se hiciera así, y la torre fuera
«reemplazada por algo menos magnífico que lo prometido, el público
tendrá razones para sentirse traicionado».
Fuente: ABC
02.05.05
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