Seguridad Pública y Protección Civil
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La granja de los horrores
de ETA
En marzo de 1973,
varios etarras, algunos reinsertados, secuestraron y torturaron hasta la
muerte a tres jóvenes a quienes confundieron con policías. Hoy
familiares de José Humberto, Jorge Juan y Fernando siguen reclamando sus
restos
El
secuestro, torturas y asesinato a manos de ETA de tres jóvenes
gallegos, cuyos restos mortales, 32 años después, aún
permanecen ocultos en algún lugar del sur de Francia,
constituye un crimen que avergüenza incluso a sus propios autores, la
mayoría de ellos hoy reinsertados. Pese a que la terrible matanza está
amnistiada, ninguno ha querido hasta la fecha revelar a los familiares,
aunque sólo sea por razones humanitarias, el lugar donde fueron
sepultados. Una autopsia confirmaría que a los tres los torturaron hasta
la muerte.
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Fernando Quiroga
Veina
Como sus compañeros, se vio forzado a emigra al País
Vasco para labrarse un futuro más prometedor. Llevaba camino
de ello porque había conseguido ser agente de Aduana en la
localidad fronteriza de Irún. Se sentía muy arraigado en las
tierras vascas |
José Humerto Fonz
Escobedo. Había llegado a Guipúzcoa, procedente de
su Galicia natal, en busca de un futuro mejor, como otros
muchos inmigrantes que contribuyeron a la prosperidad del
País Vasco. con esfuerzo había conseguido trabajar en una
empresa de transporte internacional ubicada en Irún. |
Jorge Juan García
Carneiro
Era el único de los tres que aún no había conseguido
trabajo. Pese a ello, era un apersona que reflejaba
optimismo. Tenía previsto casarse en cuanto dispusiera de un
empleo estable. apasionado del juego del mus, aseguraba que
se sentía a gusto en la Guipúzcoa que lo acogió |
El
asesinato impune de José Humberto Fonz Escobedo, Jorge Juan García
Carneiro y Fernando Quiroga Veina abrió un negro capítulo en la
siniestra historia de ETA, aún no cerrado, que desvela demasiados
cómplices: desde las autoridades galas, que bajo la farsa de una
ridícula investigación taparon los hechos, hasta numerosos testigos, que
los silenciaron, pasando por un sinfín de ex etarras que conocieron la
matanza y aún hoy la encubren.
El 24 de marzo de 1973 cayó en sábado. Jorge, Fernando y Humberto fueron
a comer a casa de la hermana de éste. Después, tras una partida de
cartas, se despidieron. Habían decidido ir a San Juan de Luz para ver la
película «El último tango en París», prohibida en la España franquista.
Lo que fue un «hasta luego» -tenían previsto regresar el mismo sábado
por la noche- se tradujo en un «adiós para siempre».
A la salida de la película, los infortunados jóvenes decidieron tomar
una consumición en el establecimiento «La Licorne», de San Juan de Luz,
capital del «santuario» etarra. Allí se toparon con un grupo de etarras.
Entre ellos, el entonces dirigente Tomás Pérez Revilla, alias «Tomás» y
«Hueso», así como sus secuaces: Manuel Murua Alberdi, «El casero»;
Ceferino Arévalo Imaz, «El ruso», y Jesús de la Fuente Iruretagoyena, «Basacarte».
Como si de una película del lejano Oeste se tratara, los terroristas,
que iban armados, se enzarzaron con los «forasteros», a los que
confundieron con policías españoles. Tras un forcejeo que alcanzó el
nivel de pelea y tuvo continuidad en el aparcamiento, los pistoleros
finalmente pudieron reducir a los jóvenes gallegos y secuestrarlos.
En dos vehículos, uno de ellos propiedad de Humberto, se los llevaron a
una granja, entonces llamada La Sarre, situada en las afueras de Saint
Paleis, propiedad de ETA. Pese a que el establecimiento se encontraba
abarrotado en esa tarde-noche del sábado, nadie, ni clientes ni
camareros, ni vecinos de la zona, oyeron o vieron «nada». Se había
impuesto la ley del silencio.
Ante la falta de noticias, los familiares, angustiados, presentaron el
lunes siguiente la correspondiente denuncia. Temían que los tres jóvenes
se hubieran precipitado al mar por algún alcantilado de la costa. La
Policía francesa rastreó le zona, y poco más. Ni un interrogatorio a los
terroristas, que disfrutaban de impunidad cuando los rumores sobre la
posible autoría de ETA tomaba cuerpo de sospecha y, después, de noticia
confirmada.
Sacar los ojos con destornillador
Con cuentagotas llegaban datos a la Policía española. En efecto, los
terroristas liderados por Pérez Revilla habían interrogado a los tres
jóvenes gallegos. Querían arrancarles una confesión para acusarles de
ser agentes de las Fuerzas de Seguridad. Nada, porque no lo eran.
Intentaron obtener datos acerca de la misión que les había llevado a su
«santuario». Nada de nada, porque habían ido simplemente a divertirse.
Pretendían obtener informes acerca de los conocimientos que tenían de la
banda. Poco, porque sólo sabían lo que se publicaba en los censurados
periódicos de la época. De los golpes, a la tortura más cruel. Mikel
Legarza, «El lobo», que en aquellos años se había infiltrado en ETA,
relata que el ex dirigente José Manuel Pagoaga, «Peixoto», le confesó
que a los tres les habían sacado los ojos con destornilladores.
La farsa de la investigación
A medida que se afianzaba la hipótesis de ETA como autora del crimen,
disminuía el interés de las autoridades francesas por esclarecerlo, para
no irritar a la amplia colonia terrorista a la que amparaba en su
territorio. Si nula fue la investigación en Francia -el vehículo de
Humberto estuvo circulando impunemente durante un tiempo por el
santuario etarra con matrícula de Zaragoza-, tampoco se hizo mucho en
España. Las pesquisas se limitaron a interrogar, en 1974, al pistolero
Jesús María Zabarte Arregui. Este etarra, que tras ser amnistiado
participó en una treintena de asesinatos, declaró entonces que le había
preguntado a Pérez Revilla por los jóvenes gallegos y que el dirigente
le había respondido que cuanto menos supiera, mejor. La Policía también
interrogó a la novia de Jorge, para que testificara que su prometido no
tenía motivos para haberse ido de manera voluntaria.
El juzgado de Irún decidió en octubre de 1975 archivar el caso
por falta de pruebas, que, en realidad, nadie había buscado. ¿Por
qué nunca se ha excavado en la «granja de los horrores».
En 1997 los familiares de los tres jóvenes recibieron un rayo de
esperanza con el que creyeron, por fin, romper ese muro del silencio y
de la vergüenza. Un anónimo había comunicado la existencia de unos
restos mortales abandonados en el cementerio de Biriatou, que podrían
corresponder a los del ex dirigente de ETA Eduardo Moreno Bergareche, «Pertur»,
también secuestrado y asesinado por sus propios compañeros. Las
investigaciones permitieron comprobar como primer resultado que se
trataba de tres personas, con lo que los familiares de Humberto, Jorge y
Fernando estaban convencidos de que eran los restos de sus allegados.
Finalmente, se confirmó que correspondían a tres mujeres. Enésima
decepción en el largo calvario de las tres familias.
En 2001, la parlamentaria del PSE Coral Rodríguez, sobrina de Humberto,
envió dos cartas a uno de los autores del crimen, reinsertado tras
aparente arrepentimiento de su pasado en ETA. En sus sentidas misivas le
pedía que aportara información sobre el lugar en el que habían
sido abandonados los cadáveres. Ninguna de las dos tuvo respuesta
del supuesto arrepentido.
Sobrina Coraje
A principios de este año, Coral Rodríguez conseguía, con las
reticencias, cuando no oposición inicial, de los nacionalistas que el
Parlamento vasco instara al Gobierno a emprender una investigación. Así,
el director de Derechos Humanos del Gobierno vasco, Chema Urquijo, se
comprometió, como primera pesquisa, a conseguir el testimonio de uno de
los autores del crimen que hoy se encuentra reinsertado. El mismo a
quien Coral envió dos cartas suplicando un gesto de humanidad. Pero el
etarra, presunto arrepentido, parece resistirse. Al menos así se
desprende del silencio que mantiene el Ejecutivo vasco, que no ha
llamado a los familiares, ni tan siquiera para decir que las
investigaciones avanzan o se mantienen donde estaban hace 32 años. Coral
Rodríguez está convencida de que «mucha gente que entonces estaba en ETA
conoce las circunstancias en las que ocurrieron los hechos». Entre
ellos, «Josu Ternera», que por aquellos años estaba en los aledaños de
la cúpula etarra.
Coral, la sobrina Coraje, también envió cartas al magistrado de la
Audiencia Nacional Baltasar Garzón para pedirle consejo en su lucha
por recuperar los cadáveres de su tío y sus dos amigos. «Pensaba que
podía asesorarme, ya que ha investigado a desaparecidos en las
dictaduras de Argentina y Chile, pero no me ha contestado». Un Garzón
que antes de viajar a Estados Unidos se mostraba favorable a investigar
los crímenes del franquismo.
Más receptividad encontró Coral en el alto comisionado Gregorio
Peces-Barba. «Me dijo que iba a hacer gestiones en el Ministerio del
Interior, con las autoridades francesas y en la Audiencia Nacional para
ver las posibilidades de abrir una investigación», afirma Coral
Rodríguez, que no cae en el desaliento.
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"un crimen
así no se puede perdonar, que no nos lo pidan" |
"Que no nos lo pidan". Así de
rotunda se expresa Coral Rodríguez cuando se le pregunta qué
harían los familiares de José Humberto Fonz, Jorge Juan García
Carneiro y Fernando Quiroga si se les pidiera que cierren
página, aunque sea en falso, en aras de crear el clima propicio,
para una tregua que de paso a una negociación entre ETA y el
Gobierno. "Nosotros queremos saber lo que pasó, la verdad.
Queremos saber dónde están ocultos, para enterrarlos y que así
puedan descansar en paz para siempre". Deseo que no pudo cumplir
su abuelo, el padre de José Humberto Fonz, ya fallecido. "él
luchó contra el franquismo y se nos fue con la pena de no saber
dónde dejaron a su hijo. Un hijo a quien mataron aquellos que
también decían que se levantaron contra el franquismo".
"¿Que si perdonamos?". De nuevo la claridad en la respuesta: "un
crimen así no se puede perdonar, que no nos lo pidan". Y es que,
al menos hasta la fecha, nadie, ni autores ni cómplices, ha
pedido perdón. Coral es consciente de que quienes hicieron tal
atrocidad no van a pagar sus culpas en la cárcel, porque la
generosidad de la democracia, contra la que ETA sigue luchando,
borró su pasado de sangre y odio. Pero insiste en que quieren
que se imponga la verdad. Los tres, aunque ETA nunca ha
reivindicado el crimen, son reconocidos como víctimas del
terrorismo. Coral no piensa tirar la toalla. Sabe que algún día
se sabrá la verdad, para reconfortar, dentro de la desgracia, a
los familiares, y también para que este negro capítulo conste,
con todos los datos, e la negra historia de ETA. |
Fuente: ABC
02.05.05
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