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Lunes, 9 de mayo de 2005


Seguridad Pública y Protección Civil

La granja de los horrores de ETA

En marzo de 1973, varios etarras, algunos reinsertados, secuestraron y torturaron hasta la muerte a tres jóvenes a quienes confundieron con policías. Hoy familiares de José Humberto, Jorge Juan y Fernando siguen reclamando sus restos

 

El secuestro, torturas y asesinato a manos de ETA de tres jóvenes gallegos, cuyos restos mortales, 32 años después, aún permanecen ocultos en algún lugar del sur de Francia, constituye un crimen que avergüenza incluso a sus propios autores, la mayoría de ellos hoy reinsertados. Pese a que la terrible matanza está amnistiada, ninguno ha querido hasta la fecha revelar a los familiares, aunque sólo sea por razones humanitarias, el lugar donde fueron sepultados. Una autopsia confirmaría que a los tres los torturaron hasta la muerte.

Foto: ABC Foto: ABC Foto: ABC
Fernando Quiroga Veina

Como sus compañeros, se vio forzado a emigra al País Vasco para labrarse un futuro más prometedor. Llevaba camino de ello porque había conseguido ser agente de Aduana en la localidad fronteriza de Irún. Se sentía muy arraigado en las tierras vascas
José Humerto Fonz

Escobedo. Había llegado a Guipúzcoa, procedente de su Galicia natal, en busca de un futuro mejor, como otros muchos inmigrantes que contribuyeron a la prosperidad del País Vasco. con esfuerzo había conseguido trabajar en una empresa de transporte internacional ubicada en Irún.
Jorge Juan García Carneiro

Era el único de los tres que aún no había conseguido trabajo. Pese a ello, era un apersona que reflejaba optimismo. Tenía previsto casarse en cuanto dispusiera de un empleo estable. apasionado del juego del mus, aseguraba que se sentía a gusto en la Guipúzcoa que lo acogió

El asesinato impune de José Humberto Fonz Escobedo, Jorge Juan García Carneiro y Fernando Quiroga Veina abrió un negro capítulo en la siniestra historia de ETA, aún no cerrado, que desvela demasiados cómplices: desde las autoridades galas, que bajo la farsa de una ridícula investigación taparon los hechos, hasta numerosos testigos, que los silenciaron, pasando por un sinfín de ex etarras que conocieron la matanza y aún hoy la encubren.

El 24 de marzo de 1973 cayó en sábado. Jorge, Fernando y Humberto fueron a comer a casa de la hermana de éste. Después, tras una partida de cartas, se despidieron. Habían decidido ir a San Juan de Luz para ver la película «El último tango en París», prohibida en la España franquista. Lo que fue un «hasta luego» -tenían previsto regresar el mismo sábado por la noche- se tradujo en un «adiós para siempre».

A la salida de la película, los infortunados jóvenes decidieron tomar una consumición en el establecimiento «La Licorne», de San Juan de Luz, capital del «santuario» etarra. Allí se toparon con un grupo de etarras. Entre ellos, el entonces dirigente Tomás Pérez Revilla, alias «Tomás» y «Hueso», así como sus secuaces: Manuel Murua Alberdi, «El casero»; Ceferino Arévalo Imaz, «El ruso», y Jesús de la Fuente Iruretagoyena, «Basacarte».

Como si de una película del lejano Oeste se tratara, los terroristas, que iban armados, se enzarzaron con los «forasteros», a los que confundieron con policías españoles. Tras un forcejeo que alcanzó el nivel de pelea y tuvo continuidad en el aparcamiento, los pistoleros finalmente pudieron reducir a los jóvenes gallegos y secuestrarlos. En dos vehículos, uno de ellos propiedad de Humberto, se los llevaron a una granja, entonces llamada La Sarre, situada en las afueras de Saint Paleis, propiedad de ETA. Pese a que el establecimiento se encontraba abarrotado en esa tarde-noche del sábado, nadie, ni clientes ni camareros, ni vecinos de la zona, oyeron o vieron «nada». Se había impuesto la ley del silencio.

Ante la falta de noticias, los familiares, angustiados, presentaron el lunes siguiente la correspondiente denuncia. Temían que los tres jóvenes se hubieran precipitado al mar por algún alcantilado de la costa. La Policía francesa rastreó le zona, y poco más. Ni un interrogatorio a los terroristas, que disfrutaban de impunidad cuando los rumores sobre la posible autoría de ETA tomaba cuerpo de sospecha y, después, de noticia confirmada.

Sacar los ojos con destornillador

Con cuentagotas llegaban datos a la Policía española. En efecto, los terroristas liderados por Pérez Revilla habían interrogado a los tres jóvenes gallegos. Querían arrancarles una confesión para acusarles de ser agentes de las Fuerzas de Seguridad. Nada, porque no lo eran. Intentaron obtener datos acerca de la misión que les había llevado a su «santuario». Nada de nada, porque habían ido simplemente a divertirse. Pretendían obtener informes acerca de los conocimientos que tenían de la banda. Poco, porque sólo sabían lo que se publicaba en los censurados periódicos de la época. De los golpes, a la tortura más cruel. Mikel Legarza, «El lobo», que en aquellos años se había infiltrado en ETA, relata que el ex dirigente José Manuel Pagoaga, «Peixoto», le confesó que a los tres les habían sacado los ojos con destornilladores.

La farsa de la investigación

A medida que se afianzaba la hipótesis de ETA como autora del crimen, disminuía el interés de las autoridades francesas por esclarecerlo, para no irritar a la amplia colonia terrorista a la que amparaba en su territorio. Si nula fue la investigación en Francia -el vehículo de Humberto estuvo circulando impunemente durante un tiempo por el santuario etarra con matrícula de Zaragoza-, tampoco se hizo mucho en España. Las pesquisas se limitaron a interrogar, en 1974, al pistolero Jesús María Zabarte Arregui. Este etarra, que tras ser amnistiado participó en una treintena de asesinatos, declaró entonces que le había preguntado a Pérez Revilla por los jóvenes gallegos y que el dirigente le había respondido que cuanto menos supiera, mejor. La Policía también interrogó a la novia de Jorge, para que testificara que su prometido no tenía motivos para haberse ido de manera voluntaria.

El juzgado de Irún decidió en octubre de 1975 archivar el caso por falta de pruebas, que, en realidad, nadie había buscado. ¿Por qué nunca se ha excavado en la «granja de los horrores».

En 1997 los familiares de los tres jóvenes recibieron un rayo de esperanza con el que creyeron, por fin, romper ese muro del silencio y de la vergüenza. Un anónimo había comunicado la existencia de unos restos mortales abandonados en el cementerio de Biriatou, que podrían corresponder a los del ex dirigente de ETA Eduardo Moreno Bergareche, «Pertur», también secuestrado y asesinado por sus propios compañeros. Las investigaciones permitieron comprobar como primer resultado que se trataba de tres personas, con lo que los familiares de Humberto, Jorge y Fernando estaban convencidos de que eran los restos de sus allegados. Finalmente, se confirmó que correspondían a tres mujeres. Enésima decepción en el largo calvario de las tres familias.

En 2001, la parlamentaria del PSE Coral Rodríguez, sobrina de Humberto, envió dos cartas a uno de los autores del crimen, reinsertado tras aparente arrepentimiento de su pasado en ETA. En sus sentidas misivas le pedía que aportara información sobre el lugar en el que habían sido abandonados los cadáveres. Ninguna de las dos tuvo respuesta del supuesto arrepentido.

Sobrina Coraje

A principios de este año, Coral Rodríguez conseguía, con las reticencias, cuando no oposición inicial, de los nacionalistas que el Parlamento vasco instara al Gobierno a emprender una investigación. Así, el director de Derechos Humanos del Gobierno vasco, Chema Urquijo, se comprometió, como primera pesquisa, a conseguir el testimonio de uno de los autores del crimen que hoy se encuentra reinsertado. El mismo a quien Coral envió dos cartas suplicando un gesto de humanidad. Pero el etarra, presunto arrepentido, parece resistirse. Al menos así se desprende del silencio que mantiene el Ejecutivo vasco, que no ha llamado a los familiares, ni tan siquiera para decir que las investigaciones avanzan o se mantienen donde estaban hace 32 años. Coral Rodríguez está convencida de que «mucha gente que entonces estaba en ETA conoce las circunstancias en las que ocurrieron los hechos». Entre ellos, «Josu Ternera», que por aquellos años estaba en los aledaños de la cúpula etarra.

Coral, la sobrina Coraje, también envió cartas al magistrado de la Audiencia Nacional Baltasar Garzón para pedirle consejo en su lucha por recuperar los cadáveres de su tío y sus dos amigos. «Pensaba que podía asesorarme, ya que ha investigado a desaparecidos en las dictaduras de Argentina y Chile, pero no me ha contestado». Un Garzón que antes de viajar a Estados Unidos se mostraba favorable a investigar los crímenes del franquismo.

Más receptividad encontró Coral en el alto comisionado Gregorio Peces-Barba. «Me dijo que iba a hacer gestiones en el Ministerio del Interior, con las autoridades francesas y en la Audiencia Nacional para ver las posibilidades de abrir una investigación», afirma Coral Rodríguez, que no cae en el desaliento.

"un crimen así no se puede perdonar, que no nos lo pidan"

"Que no nos lo pidan". Así de rotunda se expresa Coral Rodríguez cuando se le pregunta qué harían los familiares de José Humberto Fonz, Jorge Juan García Carneiro y Fernando Quiroga si se les pidiera que cierren página, aunque sea en falso, en aras de crear el clima propicio, para una tregua que de paso a una negociación entre ETA y el Gobierno. "Nosotros queremos saber lo que pasó, la verdad. Queremos saber dónde están ocultos, para enterrarlos y que así puedan descansar en paz para siempre". Deseo que no pudo cumplir su abuelo, el padre de José Humberto Fonz, ya fallecido. "él luchó contra el franquismo y se nos fue con la pena de no saber dónde dejaron a su hijo. Un hijo a quien mataron aquellos que también decían que se levantaron contra el franquismo".
"¿Que si perdonamos?". De nuevo la claridad en la respuesta: "un crimen así no se puede perdonar, que no nos lo pidan". Y es que, al menos hasta la fecha, nadie, ni autores ni cómplices, ha pedido perdón. Coral es consciente de que quienes hicieron tal atrocidad no van a pagar sus culpas en la cárcel, porque la generosidad de la democracia, contra la que ETA sigue luchando, borró su pasado de sangre y odio. Pero insiste en que quieren que se imponga la verdad. Los tres, aunque ETA nunca ha reivindicado el crimen, son reconocidos como víctimas del terrorismo. Coral no piensa tirar la toalla. Sabe que algún día se sabrá la verdad, para reconfortar, dentro de la desgracia, a los familiares, y también para que este negro capítulo conste, con todos los datos, e la negra historia de ETA.

 

Fuente: ABC
02.05.05

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