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Jueves, 3 de noviembre de 2005


Seguridad Pública y Protección Civil

¿Arde París?

Varios suburbios de la capital francesa se suman a la revuelta juvenil de Clichy-sous-bois

 

Inútil buscar el centro de Clichy. No existe. La localidad es un cúmulo de colonias de mala reputación, compuestas por edificios descascarillados de hasta 20 plantas, con los bajos atestados de grafittis, junto a otras zonas de apariencia tranquila, con hileras de casas bajas, como en cualquier cinturón de clase trabajadora de los que rodean las grandes ciudades. El transporte es casi inexistente. Las infraestructuras, deficientes. Los comercios, escasos. Aquí, un restaurante turco, allí, una carnicería musulmana y alguna panadería. Ni una tienda de discos o ropa.

Si no fuese por los restos de coches calcinados, un simple paseo apenas deja entrever que en esas calles se libra una cruenta batalla, desde hace días, entre la Policía y los jóvenes del barrio, saldada con más de 50 detenciones. Hasta que, frenando ante una de las primeras rotondas del pueblo, como salidos de una película, se aparecen dos decenas de antidisturbios, con protecciones, cascos y armas en mano. «Estamos aquí para evitar que ocurran los problemas. Y no al contrario, como dicen algunos», comenta secamente el jefe de la dotación.

Los disturbios comenzaron tras la muerte de Ziad y Banou, dos jóvenes de 15 y 17 años, el jueves, cuando huían o creían huir de la Policía. La mayoría de los habitantes de Clichy cree que los agentes «acorralaron a los chicos», que, presa del pánico, escalaron un transformador en el que murieron electrocutados. Las autoridades, a pesar de continuos cambios de versión, sostienen que no hubo tal persecución. La granada lacrimógena policial lanzada al interior de la mezquita de la localidad, hace dos días, fue la gota que terminó por desbordar la ira. La última madrugada se saldó con otras 19 detenciones. Los primeros enjuiciados por enfrentarse a la Policía han sido ya condenados a dos meses de prisión. Y, más preocupante aún, revueltas parecidas estallaron en otras cuatro localidades depauperadas de la periferia parisiense, como si otros suburbios hubiesen decidido solidarizarse con lo ocurrido en Clichy.

A 20 metros de la rotonda tomada por los antidisturbios, un restaurante McDonald’s parece reivindicar que la globalización también alcanza a Clichy-sous-bois. En su interior, a las 14:00 horas de ayer, una veintena de personas de al menos seis razas diferentes. Ahmed, de 20 años y origen tunecino, reconoce que «podría ser uno de ellos» refiriéndose a los detenidos por lanzar piedras contra la Policía. «Estudio, ayudo a niños con problemas y no soy ningún delincuente. Pero aquí vivimos en la miseria. Y tenemos que soportar continuos controles de identidad sólo porque el 90% somos de origen extranjero, aunque seamos franceses. Yo estuve cuatro horas en comisaría porque no llevaba la documentación cuando venía de hacer deporte. Por eso cuando ves a la poli, corres».

Abdul lleva un traje típico marroquí y camina fatigosamente a sus 60 años. Lleva 36 en Clichy-sous-bois y aún chapurrea el francés. Una prueba del repliegue social en el que viven las poblaciones islámicas en localidades donde son mayoría. La desazón le obliga a repartir culpas: «Es triste todo lo que está pasando. No tiene sentido lo que están haciendo los chicos [en referencia a los causantes de la revuelta], pero tampoco que cuando llamamos a la Policía por la delincuencia no venga nunca, y ahora tengamos el pueblo lleno».

La retahíla de quejas no tiene fin cuando se aborda a los jóvenes, que se sienten olvidados por el Estado y criminalizados apenas pronuncian las primeras letras del pueblo donde han nacido. «Aquí se puede vivir, no te roban cada vez que sales a la calle», afirma Tariq, ataviado con túnica y una prominente barba islámica, y vecino de Clichy desde hace 22 años, «y con la Policía de proximidad no había ningún problema. Con los antidisturbios sí, porque no son de aquí, nos provocan y pertenecen casi todos al Frente Nacional», partido francés de ultraderecha.

Clichy es el punto negro del departamento de Seine Saint-Denis, al noreste de París. Los habitantes de las ciudades que rodean a esta localidad dormitorio evitan pasar por allí. Tampoco es muy difícil; nada invita a visitarla. Una lacra con la que conviven sus 28.000 habitantes. «Somos una isla separada del mundo», se lamenta frente al Ayuntamiento Alí, de 25 años y titulado en Administración de empresas. «He querido mudarme, pero nadie quiere firmar un contrato porque vengo de Clichy. Busco trabajo, pero no consigo el puesto por el lugar donde vivo». Cuando intuye la sorpresa del periodista, esboza una sonrisa irónica: «Es que esto no es como España, allí no hay guetos».

Fuente: La Razón
02.11.05

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