¿Arde París?
Varios suburbios de
la capital francesa se suman a la revuelta juvenil de Clichy-sous-bois
Inútil buscar el centro
de Clichy. No existe. La localidad es un cúmulo de colonias de mala
reputación, compuestas por edificios descascarillados de
hasta 20 plantas, con los bajos atestados de grafittis, junto a
otras zonas de apariencia tranquila, con hileras de casas bajas, como en
cualquier cinturón de clase trabajadora de los que rodean las grandes
ciudades. El transporte es casi inexistente. Las
infraestructuras, deficientes. Los comercios, escasos. Aquí, un
restaurante turco, allí, una carnicería musulmana y alguna panadería. Ni
una tienda de discos o ropa.
Si no fuese por los
restos de coches calcinados, un simple paseo apenas deja entrever que en
esas calles se libra una cruenta batalla, desde hace días, entre la
Policía y los jóvenes del barrio, saldada con más de 50 detenciones.
Hasta que, frenando ante una de las primeras rotondas del pueblo, como
salidos de una película, se aparecen dos decenas de antidisturbios, con
protecciones, cascos y armas en mano. «Estamos aquí para evitar que
ocurran los problemas. Y no al contrario, como dicen algunos», comenta
secamente el jefe de la dotación.
Los disturbios
comenzaron tras la muerte de Ziad y Banou, dos jóvenes de 15 y 17
años, el jueves, cuando huían o creían huir de la Policía. La
mayoría de los habitantes de Clichy cree que los agentes «acorralaron a
los chicos», que, presa del pánico, escalaron un transformador en el que
murieron electrocutados. Las autoridades, a pesar de continuos cambios
de versión, sostienen que no hubo tal persecución. La granada
lacrimógena policial lanzada al interior de la mezquita de la localidad,
hace dos días, fue la gota que terminó por desbordar la ira. La última
madrugada se saldó con otras 19 detenciones. Los primeros enjuiciados
por enfrentarse a la Policía han sido ya condenados a dos meses de
prisión. Y, más preocupante aún, revueltas parecidas estallaron en
otras cuatro localidades depauperadas de la periferia parisiense,
como si otros suburbios hubiesen decidido solidarizarse con lo ocurrido
en Clichy.
A 20 metros de la rotonda
tomada por los antidisturbios, un restaurante McDonald’s parece
reivindicar que la globalización también alcanza a Clichy-sous-bois. En
su interior, a las 14:00 horas de ayer, una veintena de personas de al
menos seis razas diferentes. Ahmed, de 20 años y origen tunecino,
reconoce que «podría ser uno de ellos» refiriéndose a los detenidos por
lanzar piedras contra la Policía. «Estudio, ayudo a niños con problemas
y no soy ningún delincuente. Pero aquí vivimos en la miseria. Y
tenemos que soportar continuos controles de identidad sólo porque el
90% somos de origen extranjero, aunque seamos franceses. Yo estuve
cuatro horas en comisaría porque no llevaba la documentación cuando
venía de hacer deporte. Por eso cuando ves a la poli, corres».
Abdul lleva un traje
típico marroquí y camina fatigosamente a sus 60 años. Lleva 36 en Clichy-sous-bois
y aún chapurrea el francés. Una prueba del repliegue social en el que
viven las poblaciones islámicas en localidades donde son mayoría. La
desazón le obliga a repartir culpas: «Es triste todo lo que está
pasando. No tiene sentido lo que están haciendo los chicos [en
referencia a los causantes de la revuelta], pero tampoco que cuando
llamamos a la Policía por la delincuencia no venga nunca, y ahora
tengamos el pueblo lleno».
La retahíla de quejas no
tiene fin cuando se aborda a los jóvenes, que se sienten olvidados por
el Estado y criminalizados apenas pronuncian las primeras letras del
pueblo donde han nacido. «Aquí se puede vivir, no te roban cada vez que
sales a la calle», afirma Tariq, ataviado con túnica y una prominente
barba islámica, y vecino de Clichy desde hace 22 años, «y con la Policía
de proximidad no había ningún problema. Con los antidisturbios sí,
porque no son de aquí, nos provocan y pertenecen casi todos al Frente
Nacional», partido francés de ultraderecha.
Clichy es el punto negro
del departamento de Seine Saint-Denis, al noreste de París. Los
habitantes de las ciudades que rodean a esta localidad dormitorio evitan
pasar por allí. Tampoco es muy difícil; nada invita a visitarla. Una
lacra con la que conviven sus 28.000 habitantes. «Somos una isla
separada del mundo», se lamenta frente al Ayuntamiento Alí, de 25 años y
titulado en Administración de empresas. «He querido mudarme, pero nadie
quiere firmar un contrato porque vengo de Clichy. Busco trabajo, pero no
consigo el puesto por el lugar donde vivo». Cuando intuye la sorpresa
del periodista, esboza una sonrisa irónica: «Es que esto no es como
España, allí no hay guetos».
Fuente: La Razón
02.11.05