Seguridad Pública y Protección Civil
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Más de 30 agentes de policía heridos a tiros en una nueva noche de
violencia en Francia
Chirac toma el
mando 10 días después de la crisis. Villepin anuncia mayores medidas de
seguridad "allí donde sea necesario"
Más de 30 agentes de
policía han resultado heridos, dos de ellos graves, por disparos de
perdigones en el barrio de Grigny, al sur de París, en la undécima noche
consecutiva de violencia urbana que vive la capital francesa y otras
ciudades de alrededor. El presidente Jacques Chirac tomó por fin el
mando de la crisis.
Según ha declarado un portavoz de la policía parisina, unos 200 jóvenes
dispararon con escopetas de perdigones contra los antidisturbios,
hiriendo hasta el momento a unos 34 policías. Dos de ellos han sido
hospitalizados, uno con heridas en la garganta y otro en la rodilla.
"Buscaban claramente hacernos daño", dijo a la emisora France Indo uno
de los agentes heridos.
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Un policía de Grigny muestra
uno de los cartuchos que los jóvenes violentos han disparado |
El ministro de Interior,
Nicolas Sarkozy, visitó anoche a los dos heridos en el hospital y, tras
reunirse con varios agentes antiditurbios aseguró que "han apuntado a la
cabeza".
Según un primer balance, además de la treintena de policías heridos, más
de 1.400 vehículos, incluidos autobuses y camiones, han sido incendiados
y 395 personas han sido detenidas hasta el momento. La noche anterior,
del sábado al domingo, hubo 312 detenciones y casi 1.300 vehículos
quemados.
Aparte de Grigny, otros barrios de París y ciudades francesas han vivido
también una nueva noche de revueltas callejeras. En otro barrio
periférico de París, un niño de 13 meses tuvo que ser hospitalizado
después de haber sido apedreado el autobús en el que viajaba con su
madre a las afueras de París.
Además, tres escuelas fueron incendiadas, mientras que en Saint Etienne
(sureste francés) fue quemado un parvulario y un autobús en el que
resultaron heridos con quemaduras leves tanto el conductor como una
pareja que viajaba en su interior.
En el barrio del Mirail a las afueras de Toulouse, sur de Francia, donde
el domingo por la tarde ya se habían constatado al menos media docena de
vehículos quemados, decenas de alborotadores lanzaron diversos tipos de
objetos a las fuerzas del orden, que respondieron con gases
lacrimógenos. Los jóvenes violentos también intentaron destruir una
estación de metro con un coche incendiado.
En Corbeil-Essones, igualmente en la periferia sur de París, decenas de
jóvenes encapuchados lanzaron desde un paso elevado un coche contra un
autobús de antidisturbios.
Una decena de coches fue calcinada a primera hora de la noche en las dos
grandes ciudades de Normandía (noroeste), Ruán y Le Havre, donde las
fuerzas del orden practicaron numerosas detenciones.
También hubo otros incidentes con incendios de vehículos en ciudades
como Nantes (oeste), Rennes (noroeste) y Orleans (centro).
El otro hecho grave de la jornada fue el descubrimiento en Evry, a las
afueras de París, de un taller de fabricación de cócteles molotov, con
varias decenas listas para ser utilizadas.
Esta nueva oleada de violencia se produjo pocas horas después de que
Chirac se pronunciase por primera vez públicamente para subrayar que "la
prioridad absoluta es el restablecimiento de la seguridad y del orden
público".
Chirac subrayó que ese restablecimiento del orden es una condición
previa para aplicar medidas en favor de la justicia social e igualdad de
oportunidades, con las que dijo estar comprometido.
El Estado francés, advirtió el presidente, "es más fuerte que los que
quieren sembrar la violencia o el miedo, y que serán detenidos, juzgados
y condenados".
Para traducir en hechos las directrices de Chirac, el primer ministro
galo, Dominique de Villepin, ha anunciado un reforzamiento de las
medidas de seguridad "allí donde sea necesario", y una aceleración de
los procedimientos judiciales para las personas detenidas.
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Nueve noches de violencia |
| 27 de octubre. Dos
adolescentes de origen africano del suburbio parisino de Clicy-sous-Bois
mueren electrocutados dentro de una subestación, donde se
escondieron al creerse perseguidos por la Policía. Unos 200
jóvenes comienzan los disturbios.
28 de octubre. En el
barrio parisino de Chene-Pointu unos 400 jóvenes se enfrentan a
300 policías. Siete agentes resultan heridos graves.

29 de octubre. Unas 500
personas marchan en silencio en tributo a los fallecidos.
Encabezan la marcha jóvenes que visten camisetas con el lema
"Muertos por nada".
30 de octubre. El
ministro de Interior, Nicolás Sarkozy, niega que los policías
persiguieran a las víctimas y defiende la "tolerancia cero" en
violencia urbana. Varios escuadrones de gendarmes son enviados a
Clichy-sous-Bois. Los abortos repuntan en otras zonas como
Clychy, Montfermeil y la Forestiére.
31 de octubre. Las
familias de las víctimas se niegan a reunirse con Sarkozy y
piden ser recibidos por el primer ministro Dominique de Villepin.
Los disturbios nocturnos en varios lugares cercanos a París
dejan un saldo de doce detenidos y varios vehículos y
contenedores incendiados.
1 de noviembre. Durante
la noche la violencia se extiende a los departamentos de
Seine-e-Marne, Yvelines y Val-dóise, donde pequeños grupos en
constante movimiento acosan a la Policía.
2 de noviembre.
Numerosos edificios sufren actos vandálicos: un centro
comercial, un parvulario, una comisaría, un cuartel de bomberos
y un garaje.
3 de noviembre. El
primer ministro Villepin se reúne con concejales y
representantes de asociaciones locales para buscar "soluciones
adaptadas" a los problemas de la periferia.
4 de noviembre. Noche
más violenta en número de coches quemados. Surgen disturbios en
otras siete ciudades francesas. |
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Rebelión en el gueto de Paris |
La barrera entre el cielo y
el infierno no es infranqueable. En París, basta una estación de
metro, la que separa a Chateau Rouge de Barbés Rochechouart,
para pasar de la pasarela de brillantina al zoco, de Occidente a
Oriente. En barrios como Barbés se elabora el caldo de cultivo
de la protesta contra el sistema, que esta semana estalló en la
periferia de la capital.
El reparto de comunidades étnicas en París está, como en la
mayor parte de las grandes capitales occidentales, bien
definido. Chinos, vietnamitas, judíos, árabes y negros
subsaharianos se concentran al norte y al sur de la capital
francesa. Pero sólo los barrios magrebíes conocen una expansión
demográfica imparable. Y sólo nombres como Barbés, a los pies de
la colina de Montmartre, hacen respingar a los parisinos
europeos.
Salir de la estación de metro que lleva su nombre es emerger en
pleno zoco africano, con el decorado de las fachadas de un viejo
barrio de París como impresas en cartón piedra. Las prevenciones
y consejos imponen la sugestión de que cualquier contacto con la
abigarrada muchedumbre de peatones árabes y subsaharianos, en
algunos tramos del «boulevard» de Barbés, puede tener un final
desgraciado para la cartera.
Pero la vida diurna es ruidosa y de sobresaltos ordinarios. Es
al caer la noche cuando la barrera cae, y el barrio se convierte
en uno de los epicentros de la droga, el robo y la prostitución
organizada. París «à la nuit» tiene dos caras, pero sólo se
vende una a los millones de turistas que acuden durante todo el
año a esta ciudad.
Inseguridad y desempleo
El sentimiento de que el aumento de la población de origen
magrebí en Francia está relacionado con fenómenos como la
inseguridad y el desempleo late en cualquier conversación con un
parisino europeo, aunque Jean-Marie Le Pen asuste a muchos, y a
unos pocos les parezca un personaje histriónico.
Las nueve últimas noches de violencia en algunos barrios
deprimidos de la periferia de París, habitados en su mayoría por
musulmanes de origen magrebí, con su corolario de vandalismo y
violencia en los choques con la Policía, parecen dar la razón a
los agoreros. Unos, critican el estrepitoso fracaso del modelo
de integración francés. Otros aplauden el grito de alerta del
líder del Frente Nacional, Jean Marie Le Pen, que afirma sin
matices que Francia está siendo atacada por las «hordas
extranjeras».
La brutalidad del discurso de la extrema derecha contra la
población magrebí y subsahariana no aparece en el resto de la
clase política francesa. Pero empaña, con más o menos
intensidad, todas las propuestas sobre los dos problemas tabú
enconados desde hace muchos años en Francia: la inseguridad y la
falta de integración, voluntaria o impuesta, de cinco millones
de franceses musulmanes.
El islam en París tiene una cara amable, maquillada para el
disparo de las cámaras fotográficas. Es el islam de la Francia
oficial, pacífico, piadoso y colorista. La mezquita de París, su
buque insignia, está controlada por la fuerte comunidad
argelino-francesa y dirigida por Dalil Boubakeur, muy próximo al
presidente Chirac. En la otra orilla se encuentra el islam de
las barriadas pobres, de la marginación y la fascinación ante el
discurso radical, donde esta semana ardió la revuelta. Muchos
afirman que su espinazo político gira en torno a la Federación
Nacional de los Musulmanes de Francia, controlada por
inmigrantes marroquíes.
El ocaso de las instituciones
La integración oficial avanza. Pero la Francia real presenta un
panorama muy diferente. Y es ahí donde incide el discurso, más o
menos explícito, de los que piden un cambio neto de política.
Muchos franceses musulmanes admiten por ejemplo que su cultura
religiosa es una barrera para los matrimonios mixtos, porque
impone a la francesa cristiana unos deberes muy pesados.
«¿Cómo vamos a promover -afirma un eslogan electoral del Frente
Nacional de Le Pen- el papel de la mujer en la sociedad francesa
y al mismo tiempo proteger el islam, que relega a la mujer a un
segundo plano?». El mensaje tiene mucha carga demagógica. Pero
pasa.
Como ha pasado la imagen mostrada esta semana por los «hermanos
mayores» («les grands frères»), guardianes reales de los
suburbios miserables de las grandes urbes francesas donde ni la
Policía ni el Estado son capaces de imponer sus leyes. La
mediación de los varones primogénitos de las familias de
inmigrantes musulmanes, en su tarea de disuadir a los jóvenes
violentos, ha permitido reducir los daños durante los
disturbios. Pero a un alto precio político.
La intervención, reconocida por el mismo ministro del Interior,
Sarkozy, de «les grands frères» musulmanes en el apaciguamiento
de los disturbios al grito de «Allahu Akbar» (Dios es grande), y
su papel de interlocutores ante los responsables policiales y
civiles, es para muchos una señal clara de que las autoridades
francesas han acabado por aceptar las nuevas reglas de juego que
imponen los dirigentes naturales de la comunidad musulmana. |
Fuentes:ABC
El Mundo
06.11.05
07.11.05
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