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Lunes, 7 de noviembre de 2005


Seguridad Pública y Protección Civil

Más de 30 agentes de policía heridos a tiros en una nueva noche de violencia en Francia

Chirac toma el mando 10 días después de la crisis. Villepin anuncia mayores medidas de seguridad "allí donde sea necesario"

 

Más de 30 agentes de policía han resultado heridos, dos de ellos graves, por disparos de perdigones en el barrio de Grigny, al sur de París, en la undécima noche consecutiva de violencia urbana que vive la capital francesa y otras ciudades de alrededor. El presidente Jacques Chirac tomó por fin el mando de la crisis.

Según ha declarado un portavoz de la policía parisina, unos 200 jóvenes dispararon con escopetas de perdigones contra los antidisturbios, hiriendo hasta el momento a unos 34 policías. Dos de ellos han sido hospitalizados, uno con heridas en la garganta y otro en la rodilla.

"Buscaban claramente hacernos daño", dijo a la emisora France Indo uno de los agentes heridos.

Foto: EL Mundo
Un policía de Grigny muestra uno de los cartuchos que los jóvenes violentos han disparado

El ministro de Interior, Nicolas Sarkozy, visitó anoche a los dos heridos en el hospital y, tras reunirse con varios agentes antiditurbios aseguró que "han apuntado a la cabeza".

Según un primer balance, además de la treintena de policías heridos, más de 1.400 vehículos, incluidos autobuses y camiones, han sido incendiados y 395 personas han sido detenidas hasta el momento. La noche anterior, del sábado al domingo, hubo 312 detenciones y casi 1.300 vehículos quemados.

Aparte de Grigny, otros barrios de París y ciudades francesas han vivido también una nueva noche de revueltas callejeras. En otro barrio periférico de París, un niño de 13 meses tuvo que ser hospitalizado después de haber sido apedreado el autobús en el que viajaba con su madre a las afueras de París.

Además, tres escuelas fueron incendiadas, mientras que en Saint Etienne (sureste francés) fue quemado un parvulario y un autobús en el que resultaron heridos con quemaduras leves tanto el conductor como una pareja que viajaba en su interior.

En el barrio del Mirail a las afueras de Toulouse, sur de Francia, donde el domingo por la tarde ya se habían constatado al menos media docena de vehículos quemados, decenas de alborotadores lanzaron diversos tipos de objetos a las fuerzas del orden, que respondieron con gases lacrimógenos. Los jóvenes violentos también intentaron destruir una estación de metro con un coche incendiado.

En Corbeil-Essones, igualmente en la periferia sur de París, decenas de jóvenes encapuchados lanzaron desde un paso elevado un coche contra un autobús de antidisturbios.

Una decena de coches fue calcinada a primera hora de la noche en las dos grandes ciudades de Normandía (noroeste), Ruán y Le Havre, donde las fuerzas del orden practicaron numerosas detenciones.

También hubo otros incidentes con incendios de vehículos en ciudades como Nantes (oeste), Rennes (noroeste) y Orleans (centro).

El otro hecho grave de la jornada fue el descubrimiento en Evry, a las afueras de París, de un taller de fabricación de cócteles molotov, con varias decenas listas para ser utilizadas.

Esta nueva oleada de violencia se produjo pocas horas después de que Chirac se pronunciase por primera vez públicamente para subrayar que "la prioridad absoluta es el restablecimiento de la seguridad y del orden público".

Chirac subrayó que ese restablecimiento del orden es una condición previa para aplicar medidas en favor de la justicia social e igualdad de oportunidades, con las que dijo estar comprometido.

El Estado francés, advirtió el presidente, "es más fuerte que los que quieren sembrar la violencia o el miedo, y que serán detenidos, juzgados y condenados".

Para traducir en hechos las directrices de Chirac, el primer ministro galo, Dominique de Villepin, ha anunciado un reforzamiento de las medidas de seguridad "allí donde sea necesario", y una aceleración de los procedimientos judiciales para las personas detenidas.

Nueve noches de violencia
27 de octubre. Dos adolescentes de origen africano del suburbio parisino de Clicy-sous-Bois mueren electrocutados dentro de una subestación, donde se escondieron al creerse perseguidos por la Policía. Unos 200 jóvenes comienzan los disturbios.

28 de octubre. En el barrio parisino de Chene-Pointu unos 400 jóvenes se enfrentan a 300 policías. Siete agentes resultan heridos graves.

Gráfico: ABC

29 de octubre. Unas 500 personas marchan en silencio en tributo a los fallecidos. Encabezan la marcha jóvenes que visten camisetas con el lema "Muertos por nada".

30 de octubre. El ministro de Interior, Nicolás Sarkozy, niega que los policías persiguieran a las víctimas y defiende la "tolerancia cero" en violencia urbana. Varios escuadrones de gendarmes son enviados a Clichy-sous-Bois. Los abortos repuntan en otras zonas como Clychy, Montfermeil y la Forestiére.

31 de octubre. Las familias de las víctimas se niegan a reunirse con Sarkozy y piden ser recibidos por el primer ministro Dominique de Villepin. Los disturbios nocturnos en varios lugares cercanos a París dejan un saldo de doce detenidos y varios vehículos y contenedores incendiados.

1 de noviembre. Durante la noche la violencia se extiende a los departamentos de Seine-e-Marne, Yvelines y Val-dóise, donde pequeños grupos en constante movimiento acosan a la Policía.

2 de noviembre. Numerosos edificios sufren actos vandálicos: un centro comercial, un parvulario, una comisaría, un cuartel de bomberos y un garaje.

3 de noviembre. El primer ministro Villepin se reúne con concejales y representantes de asociaciones locales para buscar "soluciones adaptadas" a los problemas de la periferia.

4 de noviembre. Noche más violenta en número de coches quemados. Surgen disturbios en otras siete ciudades francesas.

 

Rebelión en el gueto de Paris
La barrera entre el cielo y el infierno no es infranqueable. En París, basta una estación de metro, la que separa a Chateau Rouge de Barbés Rochechouart, para pasar de la pasarela de brillantina al zoco, de Occidente a Oriente. En barrios como Barbés se elabora el caldo de cultivo de la protesta contra el sistema, que esta semana estalló en la periferia de la capital.

El reparto de comunidades étnicas en París está, como en la mayor parte de las grandes capitales occidentales, bien definido. Chinos, vietnamitas, judíos, árabes y negros subsaharianos se concentran al norte y al sur de la capital francesa. Pero sólo los barrios magrebíes conocen una expansión demográfica imparable. Y sólo nombres como Barbés, a los pies de la colina de Montmartre, hacen respingar a los parisinos europeos.

Salir de la estación de metro que lleva su nombre es emerger en pleno zoco africano, con el decorado de las fachadas de un viejo barrio de París como impresas en cartón piedra. Las prevenciones y consejos imponen la sugestión de que cualquier contacto con la abigarrada muchedumbre de peatones árabes y subsaharianos, en algunos tramos del «boulevard» de Barbés, puede tener un final desgraciado para la cartera.

Pero la vida diurna es ruidosa y de sobresaltos ordinarios. Es al caer la noche cuando la barrera cae, y el barrio se convierte en uno de los epicentros de la droga, el robo y la prostitución organizada. París «à la nuit» tiene dos caras, pero sólo se vende una a los millones de turistas que acuden durante todo el año a esta ciudad.

Inseguridad y desempleo
El sentimiento de que el aumento de la población de origen magrebí en Francia está relacionado con fenómenos como la inseguridad y el desempleo late en cualquier conversación con un parisino europeo, aunque Jean-Marie Le Pen asuste a muchos, y a unos pocos les parezca un personaje histriónico.

Las nueve últimas noches de violencia en algunos barrios deprimidos de la periferia de París, habitados en su mayoría por musulmanes de origen magrebí, con su corolario de vandalismo y violencia en los choques con la Policía, parecen dar la razón a los agoreros. Unos, critican el estrepitoso fracaso del modelo de integración francés. Otros aplauden el grito de alerta del líder del Frente Nacional, Jean Marie Le Pen, que afirma sin matices que Francia está siendo atacada por las «hordas extranjeras».

La brutalidad del discurso de la extrema derecha contra la población magrebí y subsahariana no aparece en el resto de la clase política francesa. Pero empaña, con más o menos intensidad, todas las propuestas sobre los dos problemas tabú enconados desde hace muchos años en Francia: la inseguridad y la falta de integración, voluntaria o impuesta, de cinco millones de franceses musulmanes.
El islam en París tiene una cara amable, maquillada para el disparo de las cámaras fotográficas. Es el islam de la Francia oficial, pacífico, piadoso y colorista. La mezquita de París, su buque insignia, está controlada por la fuerte comunidad argelino-francesa y dirigida por Dalil Boubakeur, muy próximo al presidente Chirac. En la otra orilla se encuentra el islam de las barriadas pobres, de la marginación y la fascinación ante el discurso radical, donde esta semana ardió la revuelta. Muchos afirman que su espinazo político gira en torno a la Federación Nacional de los Musulmanes de Francia, controlada por inmigrantes marroquíes.

El ocaso de las instituciones
La integración oficial avanza. Pero la Francia real presenta un panorama muy diferente. Y es ahí donde incide el discurso, más o menos explícito, de los que piden un cambio neto de política. Muchos franceses musulmanes admiten por ejemplo que su cultura religiosa es una barrera para los matrimonios mixtos, porque impone a la francesa cristiana unos deberes muy pesados.

«¿Cómo vamos a promover -afirma un eslogan electoral del Frente Nacional de Le Pen- el papel de la mujer en la sociedad francesa y al mismo tiempo proteger el islam, que relega a la mujer a un segundo plano?». El mensaje tiene mucha carga demagógica. Pero pasa.

Como ha pasado la imagen mostrada esta semana por los «hermanos mayores» («les grands frères»), guardianes reales de los suburbios miserables de las grandes urbes francesas donde ni la Policía ni el Estado son capaces de imponer sus leyes. La mediación de los varones primogénitos de las familias de inmigrantes musulmanes, en su tarea de disuadir a los jóvenes violentos, ha permitido reducir los daños durante los disturbios. Pero a un alto precio político.

La intervención, reconocida por el mismo ministro del Interior, Sarkozy, de «les grands frères» musulmanes en el apaciguamiento de los disturbios al grito de «Allahu Akbar» (Dios es grande), y su papel de interlocutores ante los responsables policiales y civiles, es para muchos una señal clara de que las autoridades francesas han acabado por aceptar las nuevas reglas de juego que imponen los dirigentes naturales de la comunidad musulmana.

Fuentes:ABC
El Mundo
06.11.05
07.11.05

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* ¿Arde París? (03.11.05)

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