Seguridad de la Información y Protección de Datos
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Confesiones de un 'hacker' español
El misterioso
'Tasmania' está detenido en una prisión argentina a la espera de juicio
Hace
dos años llegó a un pequeño pueblo argentino desde España. Lucía un
piercing en la ceja izquierda y, las pocas veces que abandonaba su
casita, conducía una moto que aguantaba a duras penas sus más de 100
kilos. En el Caracañá, a 300 kilómetros de Buenos Aires, empezó a crecer
la leyenda de El Gallego. Dicen que era amable, que le visitaban hombres
con collares de oro que se bajaban de deportivos, y que añoraba el mar
de Algeciras, su tierra. Hace cuatro meses, la policía argentina detuvo
a José Manuel García Rodríguez, alias Tasmania, por ser el cabecilla
de una banda internacional que desvalijaba mediante correos electrónicos
a los usuarios de banca a través de Internet.
Estaban ahí, aburridísimos. Habían pasado el día sentados en un coche,
mirando una puerta blanca y esperando que El Gallego -así le decían en
el pueblo- diera una señal de vida. Les habían dicho que él estaba en
casa. Que casi siempre estaba en casa. Solía salir temprano a comprar
pan para el desayuno, pero luego se encerraba y no volvía a despegarse
del ordenador. El 28 de julio de 2005 El Gallego se levantó del asiento
y fue hasta la calle: eran las siete de la tarde, tenía que entrar la
moto. Pero no pudo.
-¡Al suelo! -los cuatro policías se abalanzaron a gritos, lo pusieron de
rodillas, le esposaron las manos-. ¿Quién sos?
-José Manuel -dijo El Gallego con la voz serena. Era, a decir de todos,
un hombre tranquilo.
-¿Qué apellido?
-García Rodríguez.
-¿García Rodríguez? Bueno, queda detenido.
En Carcarañá -un pueblo de 15.000 habitantes en la provincia de Santa
Fe, a 300 kilómetros de Buenos Aires- todos los vecinos vieron con la
boca abierta cómo la sospecha, en cuestión de segundos, se había vuelto
real: El Gallego era un auténtico hacker. Y le habían pillado.
"La calle estaba llena de gente: salieron los chicos del cíber, las
señoras de la peluquería", recuerda García Rodríguez con la voz pausada
mientras enciende, también con pausa, un cigarro negro. "Los de Interpol
creen que están en una película de acción: como no tenían orden de
allanamiento me esperaron fuera, luego me tiraron al piso, me leyeron
mis derechos, vinieron dos testigos, dejaron que buscara una campera,
que cerrara mi puerta con llave... y acá estoy".
Y acá está: en un cuarto de visitas de la dependencia que la Policía
Federal tiene en Rosario, provincia de Santa Fe. Hace ya cuatro meses
que García Rodríguez está detenido en el marco de un operativo que el
Gobierno español denominó Pampa-Tasmania: lo acusan de ser el cabecilla
de una banda de delitos informáticos bancarios que ya se habría
agenciado unos cuantos millones de euros. La causa se abrió cuando
la policía detuvo en Madrid al rumano Adrian Alexandru Picú y lo acusó
de hacer phishing, una técnica que consiste en captar mediante engaños
las claves para operar en bancos por Internet, y luego entrar en la
cuenta de la víctima para enviar el dinero a otra cuenta con nombre
ficticio que luego usufructúa.
En sus declaraciones ante el juez, Picú aseguró que quien lideraba el
trabajo era García Rodríguez, a quien la comunidad de hackers también
conocía como Tasmania. Pero, según Tasmania, lo único cierto es que él y
Picú iban al mismo cibercafé en Madrid, y terminaron haciéndose amigos.
"Cuando me vine para la Argentina me seguí hablando con él por Internet,
pero nada más -se defiende-. Yo no tenía conocimiento de que él
estuviera en cosas raras. Él sabía que yo me daba mañas con la
computadora... así que supo a quién tirarle el muerto".
La situación procesal de Tasmania es compleja: un tratado entre
España y Argentina sostiene que, para que se cumpla una extradición, el
hecho por el que se reclama al reo sea delito en ambos países. Y esto,
según Nicolás Fonzo, su abogado, no se cumple: en España sí existe la
figura de delito informático, pero en Argentina no. Hacia finales de
este año, en una fecha seguramente próxima a su cumpleaños número 24 (el
6 de diciembre) un juicio oral decidirá si el cargo por el que se acusa
a Tasmania puede estar contemplado en la ley argentina bajo otro nombre.
En el caso de que así sea, podría efectuarse la extradición. Pero hasta
ese momento, El Gallego pasa sus días en una celda junto a cuatro
detenidos más, con los que comparte rondas de mate y se embarca en
competencias de playstation. "Mis compañeros se asombran un poco, porque
ven los reportajes conmigo y dicen: '¡Ja! Mirá a quién tenemos acá'. Nos
hemos hecho amigos, jugamos al truco, vemos televisión, charlamos... Hay
que pasar las horas muertas", dice Tasmania, como si hablara de la
eternidad.
El Gallego no tiene acento español. Llegó hace dos años de Algeciras, su
pueblo natal, pero ya no quedan muchos rastros de su origen. Allí
quedaron sus padres: José, funcionario del ayuntamiento, y Ana
Concepción, ama de casa. Fueron ellos quienes, a los trece años, le
compraron su primer ordenador. En la adolescencia, Tasmania tenía una
rara forma de pasar el tiempo: durante el día iba al colegio (repitió
cuatro veces el mismo curso), más tarde se encerraba en su cuarto a leer
libros de informática, y a la noche trabajaba cargando pescado en el
puerto: una actividad que le permitía costearse la conexión a Internet,
que entonces -1995- era bastante más cara que ahora. "Siento que nací
con unas ganas de aprender y saberlo todo, es algo que me supera a mí
mismo", explica. "Pero eso no me convierte en un delincuente: yo me
siento un hacker solamente en la acepción que dice que hacker es una
persona curiosa, que busca información y no la esconde. Mi especialidad
es detectar fallas en los sistemas de seguridad, pero luego publico en
la web la forma de corregirlas. Y lo que dicen de mí es falso: si soy
millonario todavía no me he enterado".
Su primera detención fue a los dieciséis años. Telefónica lo
había acusado de hacer conexiones ilegales a la red, pero lo liberaron
dos días más tarde por falta de pruebas. Desde entonces, según Tasmania,
la policía acude a él cada vez que descubre un delito informático. Hasta
ahora fueron 18 allanamientos, que pusieron a su madre en un ataque de
nervios y obligaron a Tasmania a mudarse de casa. Primero se fue a
Madrid, y allí un compañero de piso argentino le habló, por primera vez,
de Carcarañá. "Él venía de allí... imaginate un típico argentino
agrandado: me hablaba tantas maravillas que finalmente vine. Y me
encantó. Me alquilé una casita y me quedé, con ahorros que tenía y
dinero que me enviaba mi madre".
En Carcarañá los niños andan en bici, los perros cojean, las mujeres
toman mate a la sombra de las parras, y en algunas esquinas se mezcla el
olor de las flores con el de la bosta. Aquí, en septiembre de 2003,
llegó Tasmania. Y el pueblo lo recibió como se recibe a un ovni.
Tasmania era español, pálido, robusto, usaba un piercing en la ceja
izquierda y andaba por las calles trajinando una motocicleta que
aguantaba milagrosamente sus más de cien kilos. Hoy, Carcarañá entero
murmura sobre el caso: dicen que al Gallego lo visitaban hombres con
collares de oro que bajaban de coches deportivos. Que tenía un
ramillete de tarjetas de crédito. Que volvía del supermercado con el
carro lleno de comida y whiskies, que luego convidaba generosamente a
sus muchos amigos. Que había confesado, en una noche de copas, que tenía
planeado hacer saltar la banca española.
"Me están atribuyendo tantas cosas que cuando salga de acá, aunque no
haya terminado el colegio, me van a ofrecer trabajo en todas partes: soy
más famoso que Bill Gates", se divierte Tasmania. Lo que sí se sabe es
que las cajeras del supermercado, en Carcarañá, extrañan a su mejor
cliente. "Extraño el mar y mi gente, pero no España: yo quiero quedarme
aquí", dice mientras mira con desgano por la ventana. "Bueno: no
exactamente aquí, sino afuera. Cuando me detuvieron mi madre casi se
desmaya. Una vez vio un motín por televisión y se quería morir. Y yo le
decía: 'Mamá, tengo un living grande, un televisor, música, playstation...'.
Pero no me creía, pensaba que yo estaba en una especie de Alcatraz y a
14.000 kilómetros. Quiere que me extraditen para tenerme cerquita. Así
son las madres".
Se comunica con ella por carta manuscrita. Le resulta casi insoportable.
"Antes me pasaba todo el día con la computadora... No se apagaba nunca.
Yo sí me apagaba, pero cuando algo sonaba me despertaba, la tenía pegada
a la cama, tecleaba un poco. Y con esto de las cartas a mano... me estoy
acostumbrando" dice mientras golpetea los dedos gordos y pálidos sobre
la mesa. Desde el primer día, Tasmania sufre de abstinencia por la
ausencia de teclado: le pidió uno a su abogado, aunque fuera para
tocarlo. Pero en el penal lo miraron torcido y él entendió que no era
momento, ni lugar, para ciertos caprichos.
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'Phising', el más moderno 'cibertimo'
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José Manuel García Rodríguez
fue detenido por agentes de Interpol en la pequeña
ciudad argentina de Carcarañá, situada a unos 60 kilómetros al
oeste de Rosario. La operación policial que permitió su
detención se desarrolló además en Madrid, Barcelona, Palencia,
Valencia y supuso la intervención de unas 8.000 llamadas
telefónicas y 150 cuentas corrientes y la detención de otras 15
personas. Todo ello para detener a este experto informático, al
que la Guardia Civil y el Cuerpo Nacional de Policía nsideran
responsable de gran parte de las estafas a través de Internet
que sufrieron los clientes de entidades bancarias españolas en
los primeros meses de 2005.
El método que presuntamente García Rodríguez utilizaba para
hacerse con el dinero de otros se conoce como phishing y
una de las amenazas para la seguridad de la Red que más
rápido crecen en todo el mundo. Como en la mayoría de timos,
estos engaños aprovechan un exceso de confianza de la víctima.
El estafador realiza un envío masivo de mensajes electrónicos
que simulan provenir de una entidad bancaria e intentan
convencer al destinatario de que debe proporcionar las claves de
su tarjeta de crédito o servicio de banca online. Los métodos
son diversos, y pueden ir desde pedir una respuesta por e-mail,
a visitar una página web o incluso el envío de un fax. El grupo
que supuestamente encabezaba el español detenido en Argentina
obtenía las contraseñas de los incautos a través de páginas web
casi idénticas a las de su entidad, y abría cuentas en la misma
oficina de la víctima para poder transferir a ellas más
rápidamente la mayor cantidad de dinero posible.
Aunque no existe mucha información sobre la incidencia de este
fenómeno en España, estudios internacionales publicados este año
señalan que ocupa el séptimo puesto en número de ataques, lejos
aún de EE UU. Los internautas de ese país reciben el 44% de los
intentos de estafa, según la compañía de seguridad y
certificación Verisign. El Informe Global de Seguridad en los
Negocios, elaborado por IBM, señala que de enero a junio de 2005
se detectaron en todo el mundo 35,7 millones de correos
electrónicos destinados a sustraer datos críticos e información
personal. |
Fuente: El País
27.11.05
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