Seguridad
Industrial y Prevención de Riesgos
Laborales
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Los profesionales
sanitarios demandan material más seguro
Imagínese un
quirófano abarrotado (enfermeras, anestesistas, cirujanos...) con un
paciente en una situación crítica.
La celeridad con la que
hay que actuar hace que los cortes, heridas y pinchazos fortuitos con
jeringuillas y agujas estén a la orden del día. Lo mismo le ocurre al
personal de ambulancias. Atender a un individuo en plena calle o hacerse
con el control de una persona bajo los efectos del alcohol u otras
drogas no permite, a veces, observar la prudencia óptima.
Al cabo de un año, en cualquier centro hospitalario de nuestro país, se
producen una media de 14 pinchazos y cortes accidentales. De hecho, y
hasta que se instauraron los programas rutinarios de vacunación para la
hepatitis B, el 70% del personal sanitario presentaba anticuerpos frente
a la enfermedad. Es más, si tomamos una muestra de 100 exposiciones de
riesgo declaradas (muchas de ellas no se confiesan por miedo a quedar
relegado en el puesto de trabajo o marginado socialmente) tendremos que
una de cada 10 acaba en hepatitis C y una de cada 20 en VIH.
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Dispositivos para evitar
contagios accidentales |
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Muchos pensarán que
dichos trabajos implican este peligro, pero quizá no sepan que existen
mecanismos para reducirlo hasta en un 70%. Se trata de diferentes
dispositivos de bioseguridad (ver gráfico) dotados de mecanismos
que ocultan, encapsulan o retraen las agujas o la parte cortante una vez
utilizados.
Movilización
El colectivo de enfermería está siendo uno de los más beligerantes a
la hora de reclamar la implantación de este material en los centros
españoles. Al fin y al cabo, el 46% de los accidentes de este tipo se
dan entre sus trabajadores. Máximo González, presidente del Consejo
General de Enfermería lleva años luchando por hacer oír la voz de estos
profesionales en todos los foros posibles y desde esta institución ha
contribuido a promover todo tipo de directivas en materia de prevención
del riesgo biológico, una tarea que empieza a dar sus frutos.
«Ya nadie se plantea la existencia de jeringuillas de cristal [que había
que esterilizar en agua hirviendo] pero su sustitución por las
desechables de plástico supuso una revolución», pone como ejemplo.
Como es fácil de imaginar, una de las trabas con las que se han
encontrado los impulsores de este tipo de material ha sido su
financiación. Lógicamente, estos dispositivos son más caros que sus
homólogos convencionales porque son más sofisticados. Hay que tener en
cuenta que, además de esconder la aguja, el método ha de ser seguro y
cómodo para el paciente, además de no poder abrirse o romperse y dejar
partes punzantes al descubierto.
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Dispositivos para evitar
contagios accidentales |
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Sin embargo, una
experiencia piloto llevada a cabo en el Hospital Son Dureta (Baleares),
demuestra que el ahorro a medio y largo plazo es evidente. Cada pinchazo
leve implica un gasto de unos 330 euros, incluyendo el seguimiento que
necesite el trabajador (pruebas, visitas médicas, bajas laborales...).
Si resulta ser un contagio de hepatitis C o VIH, las cifras se disparan
ya que, por ejemplo, la terapia antirretroviral supone al principio un
desembolso de más de 600 euros mensuales, sin contar la medicación
necesaria para paliar los efectos secundarios y las bajas, ya sean
temporales o definitivas.
«Y además no podemos obviar el coste emocional, ya que los trabajadores
pasan por una situación angustiosa hasta que se enteran del diagnóstico.
Si encima éste es desfavorable tienen que enfrentarse a cuadros
depresivos, de ansiedad... que, además de acarrear otro gasto económico,
también se cobran una factura en el ámbito sociofamiliar», apostilla
Máximo González.
El ahorro
En definitiva, los autores de la experiencia en Son Dureta
calcularon que el coste de dotar al centro con el material de
bioseguridad necesario supondría unos 474 euros por cama. «Contrastando
el precio de la incorporación de los dispositivos de seguridad con los
costes post-accidente de los profesionales afectados, la reducción del
total resulta, aproximadamente, del 51%», concluyen los miembros del
centro balear. Además, hay varias empresas dedicadas a la fabricación de
estos dispositivos de forma que, al no haber un monopolio, se pueden
conseguir precios muy ajustados para las arcas de los sistemas
sanitarios.
Madrid ha sido la Comunidad pionera a la hora de proteger a sus
trabajadores sanitarios de los accidentes percutáneos. De hecho, la
orden 827/2005, promulgada en mayo de este año por la Consejería de
Sanidad y Consumo está considerada como «piedra angular» a la hora de
implantar el instrumental de bioseguridad. No obstante, los expertos en
este tema se muestran muy optimistas ante lo que consideran un fenómeno
imparable.
«Castilla-La Mancha ha tenido una acogida muy favorable y se ha puesto
manos a la obra y en Baleares también lo tienen a punto», explica el
presidente del Consejo General de Enfermería.
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Precedentes jurídicos
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| Aunque lo más efectivo es que
haya una normativa al respecto de estos instrumentos, lo cierto
es que los que decidan hacer la 'vista gorda' ante su
implantación no lo tienen fácil. «Ésta es una lucha por tierra,
mar y aire», bromea Máximo González. «Si alguna vez tenemos que
recurrir a los tribunales no dudaremos; aunque lo que nos gusta
es el diálogo y el entendimiento», añade para explicar su
rotunda frase. Y la verdad es que, al revisar los antecedentes
que hay en los juzgados españoles, encontramos una grata
sorpresa. Hace años, un paciente denunció a la Administración
Pública por haberle transfundido sangre infectada con el VIH.
Por aquel entonces (1984) no existían las Órdenes Ministeriales
que obligaban a que todo donante de sangre se hiciera no sólo un
reconocimiento externo, sino una analítica que descartase
enfermedades infectocontagiosas. En la sentencia se dice
claramente que, incluso así, en aquel tiempo había los
suficientes conocimientos científicos para justificar este
chequeo previo y que no hacerlo constituía una negligencia. Lo
mismo puede pasar con los dispositivos 'bioseguros'. No dar a
los profesionales el material adecuado para evitar pinchazos
accidentales (y formarles en su uso) es dejarles desprotegidos
ante patologías graves. |
Fuente: El Mundo
01.10.05
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