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Martes, 18 de octubre de 2005


Seguridad Medioambiental y Protección del Entorno

Venecia intenta salvarse para siempre

Un ambicioso y controvertido sistema de diques móviles pretende evitar que la ciudad se hunda

 

Venecia acomete una de las obras de ingeniería más ambiciosas de Europa. Un sistema de diques móviles que permitirá cerrar la laguna al mar y evitar las inundaciones (al menos dos al mes) que sufre la ciudad de las 118 islas. Se llama Mose (el término corresponde a las siglas de "módulo experimental electromecánico", y significa "Moisés" en italiano), costará 4.300 millones de euros y estará listo en 2011. Silvio Berlusconi asegura que será la salvación definitiva de Venecia. Pero grupos ecologistas aducen que es un sistema irreversible y algunos expertos alertan de que la laguna puede convertirse en una bañera de aguas estancadas. Mientras, los venecianos se siguen calzando las botas. El siglo pasado, su ciudad se hundió 24 centímetros.

Foto: El País

Setenta y dos compuertas hundidas en el fondo del mar que emergerán cuando el mar suba un metro, lo que ocurre en Venecia siete veces al año. El objetivo del sistema de diques móviles Mose es evitar que el salitre corroa los pilares de la ciudad y acelere su decadencia. Silvio Berlusconi asegura que el Mose veneciano es "la más importante obra medioambiental del mundo". Quienes se oponen al sistema dicen, en cambio, que se trata de una obra faraónica y excesivamente cara, pensada para enriquecer a los constructores y destinada a causar graves daños económicos y ecológicos. Y amenazan con paralizarla si el centro-izquierda llega al gobierno en 2006.

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La idea de cerrar de alguna forma los "pasillos" que conectan la laguna de Venecia con el mar se concretó tras las desastrosas inundaciones de 1966. Aquel año, la plaza de San Marcos quedó sepultada bajo metro y medio de agua y los cimientos de la vieja urbe, una precaria maravilla que se alza sobre 118 islas unidas por más de 400 puentes, sufrieron daños muy severos. A pequeña escala, las inundaciones se reproducen varias veces al año. Con cada "agua alta" penetra salitre del mar en los sótanos, se corroen los pilares de madera de la ciudad y la expectativa de vida de Venecia se acorta un poco más. Se hundió 24 centímetros en el siglo XX. En el XXI se prevé un descenso similar.

"Los venecianos tardamos 88 años en construir el puente de Rialto; con un poco de suerte, el Mose nos costará menos tiempo", ironiza Flavia Faccioli, portavoz del Consorcio Venezia Nuova. El consorcio, formado por los principales constructores y sociedades de ingeniería de la región, tiene la misión de realizar el Mose. Se encargó también de estudiar las soluciones posibles, lo que hace sospechar a algunos que eligió el más caro por razones de interés privado. "e ha discutido durante más de 30 años, hemos contado con el dictamen positivo de cinco expertos internacionales, los tribunales nos han dado la razón cuando ha habido pleitos; el Mose es un proyecto fantástico que protegerá Venecia y, además, la convertirá en la ciudad con mayor experiencia en tecnología portuaria del mundo. Todas estas polémicas absurdas", comenta Faccioli, "sólo son posibles en Venecia".

El vicealcalde, Michelle Vianello (Partido de los Demócratas de Izquierda), promete más que polémica. "Esperamos que en primavera haya un cambio de gobierno, porque lo primero que propondremos a Romano Prodi será la paralización de las obras y la eliminación de todos los trabajos ya realizados (un 20% del total)", afirma Vianello. "Estamos analizando proyectos alternativos: queremos una obra menos costosa y menos dañina para la laguna", agrega. El vicealcalde piensa que el cierre de los diques en las mareas muy altas dañará el ecosistema acuático y, sobre todo, complicará el acceso de buques a la laguna (el puerto es el principal negocio de la zona, junto al turismo). El consorcio niega esa hipótesis: "Las esclusas de acceso permanente evitarán que los transatlánticos, los mercantes y los pesqueros sigan entrando y saliendo sin dificultad", dicen.

El alcalde, Massimo Cacciari, nunca se ha declarado a favor del Mose ni totalmente en contra. Sus quejas se centran en los recortes que ha sufrido la financiación estatal destinada al mantenimiento de Venecia. Berlusconi, en la práctica, ha vinculado la entrega de fondos con la construcción del Mose. Insula, la sociedad municipal que mantiene viva Venecia, se encarga de drenar los 90 kilómetros de canales internos, de restaurar puentes y fachadas, de proteger el alcantarillado y la red de electricidad, gas y teléfono; además, eleva poco a poco (lleva ya 50.000 metros cuadrados) las zonas más bajas de la ciudad, como San Marcos. En 10 años ha gastado 373 millones de euros, menos del 10% de lo que cuesta el Mose.

El vicealcalde Vianello y Flavio del Corso, asesor ambiental del grupo municipal de Los Verdes, opinan que esos trabajos son más importantes que el Mose. "Las mareas excepcionales son rarísimas; nuestro problema son las habituales, las que elevan el agua 120 o 130 centímetros y complican la vida urbana", dice Vianello.

Maria Giovanna Piva considera que relativizar el riesgo de las mareas altísimas roza la inconsciencia. Es presidenta de la Magistratura de las Aguas, departamento que desde 1501 se dedica a proteger la laguna. "Sufrir otra gran marea sería catastrófico", declara. "También lo sería paralizar el Mose porque habría que indemnizar a las empresas constructoras y, entre tanto, seguiríamos a merced del mar. Hay que terminarlo", afirma, "y lo terminaremos".

"Hay riesgo de que la laguna sea una bañera de aguas estancadas", por Pier F. Ghetti, experto en medio ambiente
Pier Francesco Ghetti, rector de la Universidad Ca Foscari de Venecia y catedrático de Ciencias Ambientales, no es veneciano y procura mantenerse al margen de las pasiones levantadas por el Mose. Su opinión técnica sobre el proyecto se resume en una frase: "Es cierto que no han sido valoradas otras alternativas, pero detener ahora las obras sería una auténtica italianada. Lo más útil sería que nos concentráramos en el control de la construcción para que todo se termine a tiempo y de forma correcta".

Ghetti, desde cuyo despacho se disfruta una espléndida vista sobre el Gran Canal, admite que el Mose tendrá un cierto impacto ambiental. "La laguna veneciana y la ciudad respiran con el flujo del agua marina, que funciona como pulmón. Si se interrumpe la entrada de agua", explica, "se corre el riesgo de que la laguna se transforme en una gran bañera de aguas estancadas. Pero eso se sabía ya antes de que se aprobara el proyecto".

Los intereses del puerto

El auténtico problema, según el experto, no es ambiental, sino económico. "En realidad, lo que está en juego son los intereses del puerto de Venecia. En la boca portuaria de Malamoco se construirá un canal especial para que los grandes buques de crucero turístico no se detengan mientras las compuertas móviles permanecen levantadas, una interrupción que vendrá a durar unas cuatro horas y media. Pero la administración del puerto", sigue, "piensa que el canal es insuficiente y que las dos grandes fuentes de ingresos de Venecia, el turismo y el tráfico marítimo, se verán dañadas en beneficio de otras ciudades cercanas".

En cualquier caso, dice, hay que hacer algo "para impedir que los venecianos sigan escapando, porque de lo contrario la ciudad carece de futuro y está condenada a convertirse en un museo". Para Ghetti, el Mose, pese a sus defectos, será útil. "Lo más grave es que se haya tardado más de 25 años en discutir sin decidir. No creo que en España, por poner un ejemplo, hubiera ocurrido algo similar. Aquí ha faltado decisión política", dice.

La organización World Wildlife Fund (WWF) y el Ecoinstituto del Veneto Alex Langer afirman que los efectos ecológicos del Mose serán más graves de lo que prevén el profesor Ghetti y otros especialistas y el pasado 26 de septiembre plantearon una denuncia ante la Comisión Europea, para que multara a Italia por una serie de delitos ambientales. "La estructura del Mose es demasiado pesada para la laguna y es irreversible, por lo que no respeta dos de los requisitos que impone la ley especial de protección de la laguna: gradualidad y reversibilidad", afirma el ecologista Flavio dal Corso. "Una vez concluido el Mose, hará falta dinamita para eliminarlo".

 

Vivir con las botas puestas

Los envejecidos 60.000 habitantes de la ciudad lacustre sufren las inundaciones, el 'agua alta', dos veces al mes.

 

Venecia recibe 10 millones de turistas al año. Unos 30.000 al día. Pocos de ellos han escuchado las nueve sirenas que, como en tiempo de guerra, avisan a los venecianos de que en cuestión de tres horas llega el "agua alta" y hay que prepararse. Las mareas fuertes, las realmente espectaculares, ocurren cuatro o cinco veces al año. El agua, sin embargo, sube un par de veces al mes. El lunes pasado, por ejemplo, el nivel del agua aumentó 92 centímetros y las principales calles del centro se inundaron. Hubo que desplegar cuatro kilómetros de pasarelas de madera, calzarse las botas de goma y, como siempre, tener paciencia.

En la Venecia vieja, la ciudad lacustre, viven unas 60.000 personas, con una media de edad muy alta. Otras 40.000 acuden diariamente para trabajar en oficinas, comercios y hostelería. El agua alta dificulta los accesos (en un año pueden perderse hasta 260.000 horas de jornada laboral porque la gente no puede llegar al puesto de trabajo), complica el movimiento de las lanchas-ambulancia y, en general, amarga la vida a los ciudadanos.

"La ambulancia siempre llega; si el agua sube tanto que no pasamos por debajo de los puentes, nos ponemos las botas y trasladamos la camilla a pie", explica con resignación el doctor Renzo Giaccomini, encargado de una de las naves sanitarias. Los gondoleros se lo toman con menos filosofía. "Si no pasamos por debajo de los puentes, sólo podemos trabajar en el Gran Canal y perdemos dinero", comenta el gondolero Alessandro Cescon. "Imagine lo que es tener que andar por ahí siempre con las botas de agua", añade.

El éxodo

Los taxistas llevan en la lancha tres tipos de botas: hasta el tobillo, hasta la rodilla y hasta la cadera. "Hay que acostumbrarse", dice Flavio Gallina, uno de ellos. Los vendedores de pescado del mercado de Rialto, como los comerciantes de la plaza de San Marcos, están preparados para elevar la mercancía hasta la altura necesaria para que no se moje. En general, la gente se adapta.

Pero Venecia, pese a toda la buena voluntad de sus habitantes y el entusiasmo de los turistas, se muere. Ningún joven compra casa en la ciudad lacustre, por los costes de mantenimiento, la humedad y la incertidumbre que rodea la propia supervivencia de Venecia.

El ayuntamiento de la ciudad financia desde hace años una parte de la adquisición de vivienda (ahora, como el Estado ha cortado el grifo del presupuesto para costear a cambio el Mose, tiene muchas dificultades para seguir haciéndolo), pero el éxodo continúa. Entre los 63.000 habitantes de la laguna, sólo 1.170 son mujeres menores de 14 años; hay, en cambio, 1.400 mujeres mayores de 80 años. El Harry's, uno de los bares más célebres del mundo, permanece casi vacío en las noches de invierno. Como las calles. Cuando cierran las tiendas y los turistas se retiran a sus hoteles, el centro queda desierto.

Las cosas tienden a empeorar. Las bocanas portuarias de Lido y Malamoco han hecho que el agua del mar entre con más velocidad, y el calentamiento del planeta constituye una amenaza muy grave para el futuro.

"El aumento de la temperatura conlleva un aumento del nivel medio del mar", explica Paolo Canestrelli, director del Centro de Previsión de las Mareas. La elevación de la ciudad, ya ensayada con éxito en la zona de San Marcos, es casi una carrera contra el tiempo: sube el suelo urbano, pero más sube el Adriático. Y prosigue la corrosión de uno de los patrimonios artísticos más importantes del mundo, pese a todos los trabajos de saneamiento.

Octubre y noviembre son los peores meses. El consorcio que construye el Mose efectúa sondeos periódicos para saber el grado de apoyo de la población al proyectado sistema de compuertas; en general, el "sí" al Mose mantiene de forma estable una ligera mayoría, salvo en noviembre. Cuando la pregunta se hace en noviembre, el apoyo resulta amplísimo.

Los venecianos tienden a olvidarse del agua alta en verano. Van a las playas del Lido, soportan como pueden los grupos de turistas y el hedor de los canales, y se sienten seguros. El miedo vuelve en invierno, cuando el frío cala los huesos, las calles quedan vacías y las inundaciones se hacen frecuentes

 

Fuente: El País
09.10.05

Especial: Huracán Katrina

Experto: Deltas de zonas habitadas, por Mark Fischetti

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