Seguridad Medioambiental
y Protección del Entorno
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Venecia intenta salvarse
para siempre
Un ambicioso y
controvertido sistema de diques móviles pretende evitar que la ciudad se
hunda
Venecia acomete una de
las obras de ingeniería más ambiciosas de Europa. Un sistema de
diques móviles que permitirá cerrar la laguna al mar y evitar las
inundaciones (al menos dos al mes) que sufre la ciudad de las 118
islas. Se llama Mose (el término corresponde a las siglas de "módulo
experimental electromecánico", y significa "Moisés" en italiano),
costará 4.300 millones de euros y estará listo en 2011. Silvio
Berlusconi asegura que será la salvación definitiva de Venecia. Pero
grupos ecologistas aducen que es un sistema irreversible y algunos
expertos alertan de que la laguna puede convertirse en una bañera de
aguas estancadas. Mientras, los venecianos se siguen calzando las botas.
El siglo pasado, su ciudad se hundió 24 centímetros.

Setenta y dos compuertas
hundidas en el fondo del mar que emergerán cuando el mar suba un metro,
lo que ocurre en Venecia siete veces al año. El objetivo del sistema de
diques móviles Mose es evitar que el salitre corroa los
pilares de la ciudad y acelere su decadencia. Silvio Berlusconi asegura
que el Mose veneciano es "la más importante obra
medioambiental del mundo". Quienes se oponen al sistema dicen, en
cambio, que se trata de una obra faraónica y excesivamente cara, pensada
para enriquecer a los constructores y destinada a causar graves daños
económicos y ecológicos. Y amenazan con paralizarla si el
centro-izquierda llega al gobierno en 2006.
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La idea de cerrar de
alguna forma los "pasillos" que conectan la laguna de Venecia con el mar
se concretó tras las desastrosas inundaciones de 1966. Aquel año, la
plaza de San Marcos quedó sepultada bajo metro y medio de agua y los
cimientos de la vieja urbe, una precaria maravilla que se alza sobre 118
islas unidas por más de 400 puentes, sufrieron daños muy severos. A
pequeña escala, las inundaciones se reproducen varias veces al año. Con
cada "agua alta" penetra salitre del mar en los sótanos, se corroen los
pilares de madera de la ciudad y la expectativa de vida de Venecia se
acorta un poco más. Se hundió 24 centímetros en el siglo XX. En el XXI
se prevé un descenso similar.
"Los venecianos tardamos 88 años en construir el puente de Rialto; con
un poco de suerte, el Mose nos costará menos tiempo", ironiza Flavia
Faccioli, portavoz del Consorcio Venezia Nuova. El consorcio, formado
por los principales constructores y sociedades de ingeniería de la
región, tiene la misión de realizar el Mose. Se encargó también de
estudiar las soluciones posibles, lo que hace sospechar a algunos que
eligió el más caro por razones de interés privado. "e ha discutido
durante más de 30 años, hemos contado con el dictamen positivo de cinco
expertos internacionales, los tribunales nos han dado la razón cuando ha
habido pleitos; el Mose es un proyecto fantástico que protegerá Venecia
y, además, la convertirá en la ciudad con mayor experiencia en
tecnología portuaria del mundo. Todas estas polémicas absurdas", comenta
Faccioli, "sólo son posibles en Venecia".
El vicealcalde, Michelle Vianello (Partido de los Demócratas de
Izquierda), promete más que polémica. "Esperamos que en primavera haya
un cambio de gobierno, porque lo primero que propondremos a Romano Prodi
será la paralización de las obras y la eliminación de todos los trabajos
ya realizados (un 20% del total)", afirma Vianello. "Estamos analizando
proyectos alternativos: queremos una obra menos costosa y menos dañina
para la laguna", agrega. El vicealcalde piensa que el cierre de los
diques en las mareas muy altas dañará el ecosistema acuático y, sobre
todo, complicará el acceso de buques a la laguna (el puerto es el
principal negocio de la zona, junto al turismo). El consorcio niega esa
hipótesis: "Las esclusas de acceso permanente evitarán que los
transatlánticos, los mercantes y los pesqueros sigan entrando y saliendo
sin dificultad", dicen.
El alcalde, Massimo Cacciari, nunca se ha declarado a favor del Mose ni
totalmente en contra. Sus quejas se centran en los recortes que ha
sufrido la financiación estatal destinada al mantenimiento de Venecia.
Berlusconi, en la práctica, ha vinculado la entrega de fondos con la
construcción del Mose. Insula, la sociedad municipal que mantiene viva
Venecia, se encarga de drenar los 90 kilómetros de canales internos, de
restaurar puentes y fachadas, de proteger el alcantarillado y la red de
electricidad, gas y teléfono; además, eleva poco a poco (lleva ya 50.000
metros cuadrados) las zonas más bajas de la ciudad, como San Marcos. En
10 años ha gastado 373 millones de euros, menos del 10% de lo que cuesta
el Mose.
El vicealcalde Vianello y Flavio del Corso, asesor ambiental del grupo
municipal de Los Verdes, opinan que esos trabajos son más importantes
que el Mose. "Las mareas excepcionales son rarísimas; nuestro problema
son las habituales, las que elevan el agua 120 o 130 centímetros y
complican la vida urbana", dice Vianello.
Maria Giovanna Piva considera que relativizar el riesgo de las mareas
altísimas roza la inconsciencia. Es presidenta de la Magistratura de las
Aguas, departamento que desde 1501 se dedica a proteger la laguna.
"Sufrir otra gran marea sería catastrófico", declara. "También lo sería
paralizar el Mose porque habría que indemnizar a las empresas
constructoras y, entre tanto, seguiríamos a merced del mar. Hay que
terminarlo", afirma, "y lo terminaremos".
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"Hay riesgo de que la laguna sea
una bañera de aguas estancadas", por Pier F. Ghetti, experto en
medio ambiente |
Pier Francesco Ghetti, rector
de la Universidad Ca Foscari de Venecia y catedrático de
Ciencias Ambientales, no es veneciano y procura mantenerse al
margen de las pasiones levantadas por el Mose. Su opinión
técnica sobre el proyecto se resume en una frase: "Es cierto que
no han sido valoradas otras alternativas, pero detener ahora las
obras sería una auténtica italianada. Lo más útil sería que nos
concentráramos en el control de la construcción para que todo se
termine a tiempo y de forma correcta".
Ghetti, desde cuyo despacho se disfruta una espléndida vista
sobre el Gran Canal, admite que el Mose tendrá un cierto impacto
ambiental. "La laguna veneciana y la ciudad respiran con el
flujo del agua marina, que funciona como pulmón. Si se
interrumpe la entrada de agua", explica, "se corre el riesgo de
que la laguna se transforme en una gran bañera de aguas
estancadas. Pero eso se sabía ya antes de que se aprobara el
proyecto".
Los intereses del puerto
El auténtico problema, según el experto, no es ambiental, sino
económico. "En realidad, lo que está en juego son los intereses
del puerto de Venecia. En la boca portuaria de Malamoco se
construirá un canal especial para que los grandes buques de
crucero turístico no se detengan mientras las compuertas móviles
permanecen levantadas, una interrupción que vendrá a durar unas
cuatro horas y media. Pero la administración del puerto", sigue,
"piensa que el canal es insuficiente y que las dos grandes
fuentes de ingresos de Venecia, el turismo y el tráfico
marítimo, se verán dañadas en beneficio de otras ciudades
cercanas".
En cualquier caso, dice, hay que hacer algo "para impedir que
los venecianos sigan escapando, porque de lo contrario la ciudad
carece de futuro y está condenada a convertirse en un museo".
Para Ghetti, el Mose, pese a sus defectos, será útil. "Lo más
grave es que se haya tardado más de 25 años en discutir sin
decidir. No creo que en España, por poner un ejemplo, hubiera
ocurrido algo similar. Aquí ha faltado decisión política", dice.
La organización World Wildlife Fund (WWF) y el Ecoinstituto del
Veneto Alex Langer afirman que los efectos ecológicos del Mose
serán más graves de lo que prevén el profesor Ghetti y otros
especialistas y el pasado 26 de septiembre plantearon una
denuncia ante la Comisión Europea, para que multara a Italia por
una serie de delitos ambientales. "La estructura del Mose es
demasiado pesada para la laguna y es irreversible, por lo que no
respeta dos de los requisitos que impone la ley especial de
protección de la laguna: gradualidad y reversibilidad", afirma
el ecologista Flavio dal Corso. "Una vez concluido el Mose, hará
falta dinamita para eliminarlo". |
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Vivir con las botas puestas |
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Los envejecidos
60.000 habitantes de la ciudad lacustre sufren las inundaciones,
el 'agua alta', dos veces al mes.
Venecia recibe 10 millones de turistas al año. Unos 30.000 al
día. Pocos de ellos han escuchado las nueve sirenas que, como en
tiempo de guerra, avisan a los venecianos de que en cuestión de
tres horas llega el "agua alta" y hay que prepararse. Las mareas
fuertes, las realmente espectaculares, ocurren cuatro o cinco
veces al año. El agua, sin embargo, sube un par de veces al mes.
El lunes pasado, por ejemplo, el nivel del agua aumentó 92
centímetros y las principales calles del centro se inundaron.
Hubo que desplegar cuatro kilómetros de pasarelas de madera,
calzarse las botas de goma y, como siempre, tener paciencia.
En la Venecia vieja, la ciudad lacustre, viven unas 60.000
personas, con una media de edad muy alta. Otras 40.000 acuden
diariamente para trabajar en oficinas, comercios y hostelería.
El agua alta dificulta los accesos (en un año pueden perderse
hasta 260.000 horas de jornada laboral porque la gente no puede
llegar al puesto de trabajo), complica el movimiento de las
lanchas-ambulancia y, en general, amarga la vida a los
ciudadanos.
"La ambulancia siempre llega; si el agua sube tanto que no
pasamos por debajo de los puentes, nos ponemos las botas y
trasladamos la camilla a pie", explica con resignación el doctor
Renzo Giaccomini, encargado de una de las naves sanitarias. Los
gondoleros se lo toman con menos filosofía. "Si no pasamos por
debajo de los puentes, sólo podemos trabajar en el Gran Canal y
perdemos dinero", comenta el gondolero Alessandro Cescon.
"Imagine lo que es tener que andar por ahí siempre con las botas
de agua", añade.
El éxodo
Los taxistas llevan en la lancha tres tipos de botas: hasta el
tobillo, hasta la rodilla y hasta la cadera. "Hay que
acostumbrarse", dice Flavio Gallina, uno de ellos. Los
vendedores de pescado del mercado de Rialto, como los
comerciantes de la plaza de San Marcos, están preparados para
elevar la mercancía hasta la altura necesaria para que no se
moje. En general, la gente se adapta.
Pero Venecia, pese a toda la buena voluntad de sus habitantes y
el entusiasmo de los turistas, se muere. Ningún joven compra
casa en la ciudad lacustre, por los costes de mantenimiento, la
humedad y la incertidumbre que rodea la propia supervivencia de
Venecia.
El ayuntamiento de la ciudad financia desde hace años una parte
de la adquisición de vivienda (ahora, como el Estado ha cortado
el grifo del presupuesto para costear a cambio el Mose, tiene
muchas dificultades para seguir haciéndolo), pero el éxodo
continúa. Entre los 63.000 habitantes de la laguna, sólo 1.170
son mujeres menores de 14 años; hay, en cambio, 1.400 mujeres
mayores de 80 años. El Harry's, uno de los bares más célebres
del mundo, permanece casi vacío en las noches de invierno. Como
las calles. Cuando cierran las tiendas y los turistas se retiran
a sus hoteles, el centro queda desierto.
Las cosas tienden a empeorar. Las bocanas portuarias de Lido y
Malamoco han hecho que el agua del mar entre con más velocidad,
y el calentamiento del planeta constituye una amenaza muy grave
para el futuro.
"El aumento de la temperatura conlleva un aumento del nivel
medio del mar", explica Paolo Canestrelli, director del Centro
de Previsión de las Mareas. La elevación de la ciudad, ya
ensayada con éxito en la zona de San Marcos, es casi una carrera
contra el tiempo: sube el suelo urbano, pero más sube el
Adriático. Y prosigue la corrosión de uno de los patrimonios
artísticos más importantes del mundo, pese a todos los trabajos
de saneamiento.
Octubre y noviembre son los peores meses. El consorcio que
construye el Mose efectúa sondeos periódicos para saber el grado
de apoyo de la población al proyectado sistema de compuertas; en
general, el "sí" al Mose mantiene de forma estable una ligera
mayoría, salvo en noviembre. Cuando la pregunta se hace en
noviembre, el apoyo resulta amplísimo.
Los venecianos tienden a olvidarse del agua alta en verano. Van
a las playas del Lido, soportan como pueden los grupos de
turistas y el hedor de los canales, y se sienten seguros. El
miedo vuelve en invierno, cuando el frío cala los huesos, las
calles quedan vacías y las inundaciones se hacen frecuentes |
Fuente: El País
09.10.05
Especial: Huracán Katrina
Experto: Deltas de zonas habitadas, por
Mark Fischetti
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