Ser soldado español en Herat
En la base de Herat
no hay ni un solo refugio donde ponerse a salvo si empezaran a caer del
cielo bombas de mortero.
En
el otro cuartel español en el oeste afgano, el de Qal-i-Naw, ya
construyeron uno al principio, aprovechando una piscina vieja. Pero en
Herat, con más de un millar de militares dentro, nada de nada. Bien es
cierto que, por ahora, no han saltado las alarmas porque ningún
proyectil ha caído dentro del perímetro del acuartelamiento, pero
también lo es que si alguna vez sucede, hasta la grava del suelo se
convertirá en una metralla letal.
De eso saben mucho los soldados que estuvieron antes en Irak, donde los
últimos veinte días antes del repliegue los cohetes que impactaron
contra el suelo de Diwaniya se contaron por decenas. Muchos más de los
que nunca se llegó a reconocer. Pero Afganistán no es el infierno de
Irak: ahora que las comparaciones baratas triunfan en las tertulias
políticas, que se vuelve a hablar de repliegues, de «acciones de
guerra», misiones inconfesables y resoluciones de la ONU, los militares
reconocen que la operación en Herat es otra cosa.
«¿Miedo? Aquí menos que en Irak... Allí quedó bien demostrado el peligro
que corríamos. En Afganistán sabemos que hay amenazas, que puede que un
día salgas y no vuelvas nunca. Cada mañana, en el "briefing" de las 8,30
nos informan de los riesgos: del último armamento que se ha incautado,
sobre todo misiles antiaéreos Mampax y RPG que entran por la frontera de
Irán hacia Farah, donde están los americanos; de si crece la presencia
talibán... pero hasta ahora no hemos tenido ningún susto, todo está
tranquilo y se trabaja bien. En tres meses, lo peor ha sido lo del
Cougar, no ha habido nada más».
A 5.600 kilómetros
Habla un militar, pongamos soldado, destinado en la «Base Camp Arena».
De nombre desconocido, porque cuando se firma con las Fuerzas Armadas
españolas mejor no abrir la boca más de la cuenta, y menos para quejarse
a la prensa de que no hay un refugio. O de que para ir hasta el
helipuerto, que está protegido con un muro doble de hormigón de tres
metros, hay que atravesar andando o en coche por el aeropuerto civil,
que tiene libre acceso a la calle y aterrizan los aviones comerciales
con pasajeros que nunca se sabe... «¿Y si alguno lleva un cinturón de
explosivos?...».
Pero el silencio va en el sueldo, los escandalosos 800 euros -cincuenta
arriba, cincuenta abajo- del salario mensual con seis años de servicio,
más los 80 diarios de dieta por estar a 5.600 kilómetros de España en
una misión en el extranjero. Total, unos 3.000 euros de nómina por
jugarse la vida, aunque esto no sea Irak, y sobre los que se piensa
mucho si merecen la pena, si no merecen la pena... Sobre todo cuando se
acaba de despedir a 17 compañeros en 17 féretros. Y si el piloto del
segundo helicóptero del siniestro del 16 de agosto no llega a ser tan
hábil, podría haber sido mucho peor. Y uno sigue ahí, en Herat,
preguntándose sin respuesta posible qué ocurrió y sabiendo que en casa
la familia lo pasa tan mal...
Y en la base uno piensa, y a veces se arrepiente, cuando se sufre el
primer mes sin aire acondicionado en una tienda de campaña neumática,
con 63 grados en el interior después de todo el día azotadas por 57
grados de sol, o durmiendo sobre la lona, dura como la piedra, del catre
porque todavía no han llegado los colchones, tragando polvo a todas
horas mientras se chorrea de sudor.
Con el fusil HK pegado al hombro hasta para ir al baño, aunque eso es un
decir, porque las letrinas en Herat son tan estrechas que no se puede
entrar con el arma, y más vale dejársela confiada a un compañero unos
minutos. Se pasa mal comiendo «¡tres meses seguidos!» pasta a diario -la
cocina es competencia de la fuerza italiana que está en el campamento-,
y guardando turno para llamar a casa por la noche. A precio de llamada
local, gracias al Ministerio de Defensa, que reparte a cada uno una
tarjeta prepago de 6 euros al mes, y gracias a Dios si funcionan a la
vez al menos tres de las diez.
«Cuando estás allí, no piensas que todavía te queda un mes por delante,
sino que ya han pasado ochenta y cinco días, ochenta y seis, ochenta y
siete ... Es la única forma de llevarlo, estás deseando venirte...»,
reflexiona en voz alta el militar anónimo, que a pesar de lo que diga,
es la segunda o la tercera vez que se apunta a una misión exterior.
Porque ninguno oculta que, al lado de la miseria de 800 euros, ingresar
medio millón de las antiguas pesetas es, visto desde casa, un gran
reclamo y un gran argumento para ir voluntario cuando se es joven y hay
un coche, una boda pendiente o una hipoteca por pagar. Y aún así, hay
unidades en las que no se cubren plazas, y hasta la mitad son forzosos.
«Si falta gente, eligen entre los más capacitados, y si no estás de
acuerdo te dicen que haberlo pensado antes, que no hubieras firmado el
contrato con el Ejército... Una vez que te buscan, la única forma de
escapar es cogerse una baja psicológica. Lo hacen muchos, por ellos y
también por el miedo de los que tienen alrededor».
Como en «Gran Hermano»
Pero si el señuelo de la paga funciona, en medio del desolador mapa
afgano el incentivo económico sabe a triste y a poco si se compara con
el sacrificio del día a día. Llegado ese punto, aquello de la vocación
vale para templar el desánimo y los malos ratos -la de «he venido a
ayudar a esta pobre gente», la de que «estoy sirviendo a España», la de
«esto es lo que elegí»-, pero, en realidad, los compañeros son la única
tabla de salvación. Sólo en un entorno adverso, como el de un país en
conflicto, y duro, como lo es en extremo Herat, puede crearse esa
especie de familia grande «de 24 horas al día, codo con codo» que
aguanta junta lo que haga falta, lo de reír y lo de llorar.
«Es como un Gran Hermano», dice otro militar, pongamos también
soldado, maestro en contar anécdotas cuarteleras sobre las mil y una
formas de hacer escarmentar al compañero de tienda que no se lava los
pies. En su narración, los ratos después de cenar en la cantina,
máximo de dos cervezas por cabeza de 7 a 10, -prohibido tajantemente 24
horas antes para los que tienen que volar-, los encuentros en el «Dragón
latino» del aeropuerto y en el «Camp Nabis», de los de Mantenimiento,
los campeonatos de mus y de voleivol cobran tintes de película. Por no
hablar del montaje de la «Peña Falete», la tienda a la que pertenecían
dos de los fallecidos en el Cougar y algún herido, que con un futbolín
heredado del anterior contingente de Bétera y una piscina portátil de
metro y medio de diámetro y dibujos de Spiderman, que una novia tuvo el
acierto de enviar por paquetería, era la envidia de la calle en las
horas libres. Ahora, sin los que faltan, nada volverá a ser lo mismo.
Hay quien no sale demasiado de la base de Herat. Una vez reconocido el
entorno, ensayados los ejercicios de integración con otras fuerzas de
alrededor, la misión del cuartel es dar apoyo a los Equipos de
Reconstrucción Provincial (PRT) del oeste del país, lo que en términos
prácticos significa tener a la Fuerza de Reacción Rápida siempre lista
para salir: la compañía de Cazadores de Montaña del Ejército de Tierra,
que últimamente se entrena a modo antidisturbios sobre cómo disolver una
revuelta con porras y pelotas de goma, y, para facilitarles la
movilidad, los helicópteros de las FAMET procedentes de Bhelma IV con
base en «El Copero», Sevilla.
Material bajo control
Más vale no permitirse un fallo, y las aeronaves, las armas, los
vehículos, la munición, se repasan y se comprueban obsesivamente. «Están
sobremantenidos», dice uno de los militares sin nombre, «que nadie
piense que se dejan las cosas a la improvisación: los técnicos comen
incluso en el helipuerto para tener a punto los Cougar, se trabaja por
la mañana, por la tarde, nada sale si no está al cien por cien» .
Porque fuera hay riesgo real, dentro del campamento no han construido un
refugio todavía, se pasa un calor asfixiante, se cobra muy poco dinero,
se echa mucho de menos a la familia, vestir de limpio, tener intimidad,
que se compensa apoyándose con los compañeros. Codo con codo, 24 horas
al día. Es Afganistán. «¿Y si caes?, lo importante es que te vas
haciendo lo que quieres hacer. ¿Ha servido para algo? Si. Pues con eso
me conformo», remata, aunque le han mandado guardar silencio, un soldado
de Herat.
Fuente: ABC
28/08/2005
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