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Jueves, 1 de septiembre de 2005


Seguridad Colectiva y Defensa Nacional

Ser soldado español en Herat

En la base de Herat no hay ni un solo refugio donde ponerse a salvo si empezaran a caer del cielo bombas de mortero.

 

En el otro cuartel español en el oeste afgano, el de Qal-i-Naw, ya construyeron uno al principio, aprovechando una piscina vieja. Pero en Herat, con más de un millar de militares dentro, nada de nada. Bien es cierto que, por ahora, no han saltado las alarmas porque ningún proyectil ha caído dentro del perímetro del acuartelamiento, pero también lo es que si alguna vez sucede, hasta la grava del suelo se convertirá en una metralla letal.

De eso saben mucho los soldados que estuvieron antes en Irak, donde los últimos veinte días antes del repliegue los cohetes que impactaron contra el suelo de Diwaniya se contaron por decenas. Muchos más de los que nunca se llegó a reconocer. Pero Afganistán no es el infierno de Irak: ahora que las comparaciones baratas triunfan en las tertulias políticas, que se vuelve a hablar de repliegues, de «acciones de guerra», misiones inconfesables y resoluciones de la ONU, los militares reconocen que la operación en Herat es otra cosa.

«¿Miedo? Aquí menos que en Irak... Allí quedó bien demostrado el peligro que corríamos. En Afganistán sabemos que hay amenazas, que puede que un día salgas y no vuelvas nunca. Cada mañana, en el "briefing" de las 8,30 nos informan de los riesgos: del último armamento que se ha incautado, sobre todo misiles antiaéreos Mampax y RPG que entran por la frontera de Irán hacia Farah, donde están los americanos; de si crece la presencia talibán... pero hasta ahora no hemos tenido ningún susto, todo está tranquilo y se trabaja bien. En tres meses, lo peor ha sido lo del Cougar, no ha habido nada más».

A 5.600 kilómetros

Habla un militar, pongamos soldado, destinado en la «Base Camp Arena». De nombre desconocido, porque cuando se firma con las Fuerzas Armadas españolas mejor no abrir la boca más de la cuenta, y menos para quejarse a la prensa de que no hay un refugio. O de que para ir hasta el helipuerto, que está protegido con un muro doble de hormigón de tres metros, hay que atravesar andando o en coche por el aeropuerto civil, que tiene libre acceso a la calle y aterrizan los aviones comerciales con pasajeros que nunca se sabe... «¿Y si alguno lleva un cinturón de explosivos?...».

Pero el silencio va en el sueldo, los escandalosos 800 euros -cincuenta arriba, cincuenta abajo- del salario mensual con seis años de servicio, más los 80 diarios de dieta por estar a 5.600 kilómetros de España en una misión en el extranjero. Total, unos 3.000 euros de nómina por jugarse la vida, aunque esto no sea Irak, y sobre los que se piensa mucho si merecen la pena, si no merecen la pena... Sobre todo cuando se acaba de despedir a 17 compañeros en 17 féretros. Y si el piloto del segundo helicóptero del siniestro del 16 de agosto no llega a ser tan hábil, podría haber sido mucho peor. Y uno sigue ahí, en Herat, preguntándose sin respuesta posible qué ocurrió y sabiendo que en casa la familia lo pasa tan mal...

Y en la base uno piensa, y a veces se arrepiente, cuando se sufre el primer mes sin aire acondicionado en una tienda de campaña neumática, con 63 grados en el interior después de todo el día azotadas por 57 grados de sol, o durmiendo sobre la lona, dura como la piedra, del catre porque todavía no han llegado los colchones, tragando polvo a todas horas mientras se chorrea de sudor.

Con el fusil HK pegado al hombro hasta para ir al baño, aunque eso es un decir, porque las letrinas en Herat son tan estrechas que no se puede entrar con el arma, y más vale dejársela confiada a un compañero unos minutos. Se pasa mal comiendo «¡tres meses seguidos!» pasta a diario -la cocina es competencia de la fuerza italiana que está en el campamento-, y guardando turno para llamar a casa por la noche. A precio de llamada local, gracias al Ministerio de Defensa, que reparte a cada uno una tarjeta prepago de 6 euros al mes, y gracias a Dios si funcionan a la vez al menos tres de las diez.

«Cuando estás allí, no piensas que todavía te queda un mes por delante, sino que ya han pasado ochenta y cinco días, ochenta y seis, ochenta y siete ... Es la única forma de llevarlo, estás deseando venirte...», reflexiona en voz alta el militar anónimo, que a pesar de lo que diga, es la segunda o la tercera vez que se apunta a una misión exterior.

Porque ninguno oculta que, al lado de la miseria de 800 euros, ingresar medio millón de las antiguas pesetas es, visto desde casa, un gran reclamo y un gran argumento para ir voluntario cuando se es joven y hay un coche, una boda pendiente o una hipoteca por pagar. Y aún así, hay unidades en las que no se cubren plazas, y hasta la mitad son forzosos. «Si falta gente, eligen entre los más capacitados, y si no estás de acuerdo te dicen que haberlo pensado antes, que no hubieras firmado el contrato con el Ejército... Una vez que te buscan, la única forma de escapar es cogerse una baja psicológica. Lo hacen muchos, por ellos y también por el miedo de los que tienen alrededor».

Como en «Gran Hermano»

Pero si el señuelo de la paga funciona, en medio del desolador mapa afgano el incentivo económico sabe a triste y a poco si se compara con el sacrificio del día a día. Llegado ese punto, aquello de la vocación vale para templar el desánimo y los malos ratos -la de «he venido a ayudar a esta pobre gente», la de que «estoy sirviendo a España», la de «esto es lo que elegí»-, pero, en realidad, los compañeros son la única tabla de salvación. Sólo en un entorno adverso, como el de un país en conflicto, y duro, como lo es en extremo Herat, puede crearse esa especie de familia grande «de 24 horas al día, codo con codo» que aguanta junta lo que haga falta, lo de reír y lo de llorar.

«Es como un Gran Hermano», dice otro militar, pongamos también soldado, maestro en contar anécdotas cuarteleras sobre las mil y una formas de hacer escarmentar al compañero de tienda que no se lava los pies. En su narración, los ratos después de cenar en la cantina, máximo de dos cervezas por cabeza de 7 a 10, -prohibido tajantemente 24 horas antes para los que tienen que volar-, los encuentros en el «Dragón latino» del aeropuerto y en el «Camp Nabis», de los de Mantenimiento, los campeonatos de mus y de voleivol cobran tintes de película. Por no hablar del montaje de la «Peña Falete», la tienda a la que pertenecían dos de los fallecidos en el Cougar y algún herido, que con un futbolín heredado del anterior contingente de Bétera y una piscina portátil de metro y medio de diámetro y dibujos de Spiderman, que una novia tuvo el acierto de enviar por paquetería, era la envidia de la calle en las horas libres. Ahora, sin los que faltan, nada volverá a ser lo mismo.
Hay quien no sale demasiado de la base de Herat. Una vez reconocido el entorno, ensayados los ejercicios de integración con otras fuerzas de alrededor, la misión del cuartel es dar apoyo a los Equipos de Reconstrucción Provincial (PRT) del oeste del país, lo que en términos prácticos significa tener a la Fuerza de Reacción Rápida siempre lista para salir: la compañía de Cazadores de Montaña del Ejército de Tierra, que últimamente se entrena a modo antidisturbios sobre cómo disolver una
revuelta con porras y pelotas de goma, y, para facilitarles la movilidad, los helicópteros de las FAMET procedentes de Bhelma IV con base en «El Copero», Sevilla.

Material bajo control

Más vale no permitirse un fallo, y las aeronaves, las armas, los vehículos, la munición, se repasan y se comprueban obsesivamente. «Están sobremantenidos», dice uno de los militares sin nombre, «que nadie piense que se dejan las cosas a la improvisación: los técnicos comen incluso en el helipuerto para tener a punto los Cougar, se trabaja por la mañana, por la tarde, nada sale si no está al cien por cien» .

Porque fuera hay riesgo real, dentro del campamento no han construido un refugio todavía, se pasa un calor asfixiante, se cobra muy poco dinero, se echa mucho de menos a la familia, vestir de limpio, tener intimidad, que se compensa apoyándose con los compañeros. Codo con codo, 24 horas al día. Es Afganistán. «¿Y si caes?, lo importante es que te vas haciendo lo que quieres hacer. ¿Ha servido para algo? Si. Pues con eso me conformo», remata, aunque le han mandado guardar silencio, un soldado de Herat.

Fuente: ABC
28/08/2005

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