Una operación de comandos rescató 82 obras de Munch en las garras nazis
Un libro relata
cómo sobrevivieron a la exposición de "arte degenerado"
En 1938 Adolf Hitler
ordenó a su ministro de Propaganda, Joseph Goebbels, que organizara una
exposición modélica con las obras de los pintores y escultores de «moral
baja y estilo pernicioso». Con esa muestra, que se organizó en Berlín y
recibió el nombre de «Contra el arte degenerado», el tirano quería
denunciar «corrientes diabólicas creadas por individuos con bajos
instintos». Según los planes de Hitler, una vez terminado el periodo de
la exposición se haría una hoguera con todos esos cuadros. Entre las
obras había ochenta y dos de Edvard Munch, incluida «El Grito».
Cuenta la nueva biografía del pintor, «Munch, behind The Scream (Munch,
tras El Grito)», de Sue Pridaux (Yale University Press), que Adolf
Hitler odiaba a Munch y toda su obra y que tampoco soportaba el
movimiento expresionista, por encontrarlo «degenerado y pernicioso». Por
eso decidió destruir todas las obras expresionistas que había en
Alemania, obras que las hordas nazis robaron de los museos y galerías de
Suecia y Noruega. Según escribe la historiadora anglonoruega Sue Pridaux,
autora de este libro, al conocerse en el reino nórdico los planes de
Hitler, un grupo de valientes decidió «salvar» el destino de las
pinturas. Thomas Olsen, tío abuelo de la autora, recibió un encargo «del
más alto nivel» para organizar el viaje a Berlín.
Contrató a seis jóvenes que viajaron con él por carretera a la capital
alemana con la misión, casi imposible, de recuperar los cuadros. Estos
patriotas recibieron los medios económicos necesarios para llevar a buen
fin su difícil cometido.
La operación fue un éxito
La operación de rescate de las obras de Munch, según explica el libro,
se coronó con éxito, aunque la misión fue muy arriesgada y el grupo
expedicionario se jugó la vida en varias ocasiones. Lo que no cuentan
esos textos, repletos de inauditas historias y graciosos detalles sobre
el pintor desconocidos hasta ahora, es si los noruegos compraron los
cuadros; si pudieron sobornar a Goebbels, a algún jerarca subordinado o
a un empleado de la pinoteca para que se los entregara; o si se los
agenciaron de forma poco académica dando un «golpe» al filo de la ley.
No se sabe, o por lo menos no se desvela, quién descolgó de la pared las
pinturas de la sala número 7 donde estaban expuestas; o por orden de
quién fueron retiradas. El caso es que esas obras volvieron a Oslo,
donde estuvieron celosamente guardadas durante años, cubiertas con
sábanas y mantas y dentro de un cofre de metal en una cueva bajo una
finca propiedad de Freitz Olsen, familiar de Prudeaux. Pero, tras el
suicidio de Hitler, secundado por Goebbels y su familia al final de la
II Guerra Mundial, estos lienzos emergieron de su refugio para volver a
ser expuestos en el museo.
Fuente: ABC
30.08.05
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