Seguridad Medioambiental
y Protección del Entorno
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El planeta, a examen
Con esta entrega
comenzamos una serie de reportajes cuyo objetivo es analizar los males
que aquejan a los seres vivos y su entorno natural
Todos los elementos
básicos para la salud de este planeta -energía, aire, agua, tierra,
bosques, vivacidad y humanidad- presentan cuadros clínicos que emiten
tristes diagnósticos y permiten prever el contagio para los emisores de
la pandemia. El verdugo está irremediablemente condenado a convertirse
en víctima. Y acaso esta sea una de las peores noticias de nuestro
tiempo.
En estos momentos menos del 10 por ciento de la energía que usamos para
llevar a cabo nuestras actividades de todo tipo proviene de la que
gratuitamente y en tan ingentes cantidades nos proporciona ese otro
ambiente más amplio que es nuestro sistema solar. Por tanto, la curación
comenzará cuando aceptemos el excepcional regalo que supone el hecho de
que las sombras sean posibles.
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26.000 millones de
contaminantes son arrojados a la atmósfera al año, 15 kilos
por habitante |
El agua nunca nos abandona. Entre otros muchos motivos, porque somos
poco más que agua en cuanto a nuestra composición básica. Y aunque
olvidemos que somos un charquito que piensa, al menos deberíamos
recordar que también la mayor parte de lo que nos sirve, protege,
alimenta y, en suma, completa está o estuvo tan mojado, por dentro o por
fuera, como nosotros mismos.
Aunque algunas sequías pidan rectificar la primera frase de este
apartado, conviene insistir en que la primera cualidad/calidad del agua
es que su fidelidad está corroborada por miles de millones de años del
ciclo hídrico, es decir, de incesantes retornos al punto de partida y de
finalización.
Por eso mismo deberíamos abandonar, con entusiasmo y a su suerte, toda
el agua posible, porque en realidad nos devolverá fortunas. Porque cada
litro que circule por los ríos, los aires, el subsuelo y los mares
fundará o fecundará algo en los sistemas naturales que en algún momento
siempre nos acabará beneficiando, directa o indirectamente. Tanto es así
que -se reconozca o no- el acto de ahorrar, en cualquiera de los usos
que hacemos del agua, es una ayuda prestada a los sistemas vitales, una
medicina destinada a curarnos. Acaparar, infectar, secar son, sin
embargo, las conductas generalizadas.
En líneas generales, la demanda de agua se incrementa al doble de
velocidad que la población. Por eso mismo, en estos momentos y como
mínimo, un tercio de la población mundial no accede fácilmente al
líquido vital con garantías. El agua en mal estado mata a una persona,
casi siempre de corta edad, cada ocho segundos. Medio millón de
toneladas de productos tóxicos desembocan en los mares cada minuto que
pasa. Es más, la contaminación térmica del agua es en muchos casos el
origen de grandes alteraciones en la composición biológica de las aguas
y de fuertes irregularidades en la conducta del clima.
Lo que respiramos respira cada día peor. Le falta fuelle a la atmósfera
y podemos observar su impensable vejez. Tanto más inquietante desde el
momento en que el aire no sólo nos alimenta, sino que también nos
protege. Por la atmósfera van y vienen los climas, que son casi siempre
preludio de la sinfonía vital.
Tanto es así, que en nada traicionamos a la corrección, afirmando que lo
más grave que nos sucede en estos momentos es que tengamos a los aires
cansados. Como lo estaría cualquier humano que, en lugar de inhalar
transparencia, diera bocanadas de gases tóxicos. Especialmente, porque
ha quedado demostrado un acelerado incremento en las temperaturas medias
del planeta que propicia demasiadas distorsiones en el resto de los
sistemas.
Todas nuestras combustiones son comodidad añadida, pero no menos
enfermedades para el aliento del planeta. Con una especial incoherencia:
en casi todos los usos que hacemos de la energía contenida en el
petróleo, el carbón o el gas, al menos la mitad de lo quemado sólo
generó contaminación; es decir, que no se transformó en trabajo útil
alguno para nosotros.
Al menos siete gases, producidos por nuestra insatisfacción permanente y
por nuestra adoración a la celeridad, consiguen convertirse en una forma
de sida para la placenta que en realidad es la atmósfera. Unos, como los
CFC, adelgazan el escudo protector que en la alta atmósfera tenemos para
que las radiaciones ultravioleta no nos alcancen. Otros envenenan las
lluvias. Los más calientan el aire. En suma, unos 26.000 millones de
toneladas de contaminantes son arrojadas anualmente a la atmósfera. Es
decir, unos 15 kilos por cada habitante.
«La Tierra es toda ella de tierra», piensan todavía demasiados. Muy al
contrario, nada de este planeta participa de la colaboración de tantos
elementos diferentes como el suelo, sobre todo si hospeda algo de humus.
En donde hurgan las raíces hay, además de tierra, mucha agua, aire, no
poca energía e infinidad de vida.
Una permanente asamblea de elementos básicos es lo que permite que
crezca verde sobre la piel de los continentes. Es más, en ningún otro
sistema vital se dan tantas relaciones simbióticas y cooperativas como
en los dominios de la fertilidad natural.
Tampoco resulta sencillo encontrar algo más maltratado que los suelos
cultivados de forma industrial. El uso de productos tóxicos en la
agricultura desmantela de tal forma las tramas vitales de los dos
primeros palmos de la tierra, que se puede afirmar que buena parte de
los mismos han pasado a ser inertes, estériles, contaminados y
contaminantes. Todo ello para más que discutibles resultados. Porque
tanto los rendimientos como el balance económico final han variado poco,
con relación a los obtenidos en periodos preindustriales. Seguimos
perdiendo aproximadamente un 30 por ciento de las cosechas a manos de
nuestros competidores, insectos y roedores, principalmente. Baste
afirmar que en sólo tres generaciones la disponibilidad de tierra
cultivable por persona ha disminuido un 70 por ciento. Salinización,
avance de los desiertos, procesos erosivos y un aceleradísimo proceso de
urbanización y de infraestructuras están haciendo que el elemento tierra
encoja. Los desiertos del planeta han incrementado su superficie
dieciséis veces el tamaño de España a lo largo del último siglo.
Cada vez menos sombra
La sombra es uno de los casi tres mil servicios imprescindibles que nos
prestan las arboledas. Como cada día caen en el planeta unos dos
millones de árboles se podría afirmar que este, nuestro planeta, está
cada día más iluminado, que hay menos refugios para esconderse de la
insolación directa, pero que al mismo tiempo somos, cada jornada que
pasa, más pobres. Me explico. El bosque, acaso sólo superado por los
océanos, es el gran garante del funcionamiento de la biosfera. Sus
aportaciones, caso de querer usar el lenguaje de la economía, duplican
como mínimo al Producto Interior Bruto de todos los estados del mundo.
Que la deforestación voluntaria sea norma y la forestación una rareza
convoca al estupor. Los bosques han perdido casi un 30 por ciento de su
superficie a lo largo del último siglo. Unos 15 millones de hectáreas
por año es lo que perdemos tan solo en los bosques tropicales del
planeta.
Los bosques, como la gran fronda de la vida que son, garantizan la
continuidad de casi el 70 por ciento de las especies de seres vivos.
Acaso lo más lamentable sea, de nuevo como en el caso de la energía, la
acusada ineficiencia con la que se resuelve la tragedia de los bosques.
Porque por cada árbol que se convierte en mercancía, en las selvas del
planeta, quedan abandonados a la putrefacción al menos otros cinco.
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Naturaleza viva y clima, por
Antonio Ruiz de Elvira. Físico, Universidad de Alcalá |
| La vida en la Tierra está
basada en el carbono, un átomo ligero que forma cadenas largas.
Aunque hay vida en forma de microorganismos a temperaturas muy
elevadas, no puede haber vida basada en las proteínas a
temperaturas por encima de 60ºC, ni vida sin medio líquido, es
decir, por debajo de 0ºC (ambas a nivel celular). La vida, desde
los organismos más simples hasta los organismos más complejos,
depende de que en nuestro planeta se mantenga un intervalo de
temperaturas entre los 30ºC bajo cero y los 60ºC por encima de
cero. No puede existir vida basada en el carbono en Venus, pues
está saturado de CO2 y su temperatura es de 600ºC, ni en Marte,
pues su temperatura media es inferior a los 30ºC bajo cero.
A la distancia a la que se
encuentra nuestro planeta del Sol, que es nuestra única fuente
de energía, su temperatura media debería ser -15ºC. La
temperatura media hoy es de 15ºC por encima de cero, y esto se
debe a que hace miles de millones de años las rocas
desprendieron gas carbónico (CO2, las burbujas de la gaseosa)
hacia la atmósfera. Este gas retiene el calor que desprende la
superficie del planeta y, como una buena manta de lana, mantiene
alta la temperatura de su superficie.
Los seres humanaos, que como
cualquier ser vivió somos esencialmente máquinas termodinámicas
que dedicamos una buena parte de nuestro tiempo a buscar
energía, descubrimos hace 150 años una fuente casi gratis de la
misma: el carbón y el petróleo. Esa fuente es nuestra en
exclusiva, y por ella hemos superado apabullantemente al resto
de los animales del planeta. Pero al hacerlo así estamos
quemando, literalmente, nuestro futuro. Estamos cambiando ese
clima que ha hecho posible nuestra vida, y al cambiarlo vamos
camino de destruir lo conseguido. No podemos seguir quemando
carbono. Tenemos que aceptar una energía un poco más cara,
porque necesitamos vivir en nuestro planeta con el resto de los
seres vivos. |
Fuente: ABC
05.09.05
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