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Martes, 13 de septiembre de 2005


Seguridad Medioambiental y Protección del Entorno

El planeta, a examen

Con esta entrega comenzamos una serie de reportajes cuyo objetivo es analizar los males que aquejan a los seres vivos y su entorno natural

 

Todos los elementos básicos para la salud de este planeta -energía, aire, agua, tierra, bosques, vivacidad y humanidad- presentan cuadros clínicos que emiten tristes diagnósticos y permiten prever el contagio para los emisores de la pandemia. El verdugo está irremediablemente condenado a convertirse en víctima. Y acaso esta sea una de las peores noticias de nuestro tiempo.

En estos momentos menos del 10 por ciento de la energía que usamos para llevar a cabo nuestras actividades de todo tipo proviene de la que gratuitamente y en tan ingentes cantidades nos proporciona ese otro ambiente más amplio que es nuestro sistema solar. Por tanto, la curación comenzará cuando aceptemos el excepcional regalo que supone el hecho de que las sombras sean posibles.

Foto: ABC
26.000 millones de contaminantes son arrojados a la atmósfera al año, 15 kilos por habitante

El agua nunca nos abandona. Entre otros muchos motivos, porque somos poco más que agua en cuanto a nuestra composición básica. Y aunque olvidemos que somos un charquito que piensa, al menos deberíamos recordar que también la mayor parte de lo que nos sirve, protege, alimenta y, en suma, completa está o estuvo tan mojado, por dentro o por fuera, como nosotros mismos.

Aunque algunas sequías pidan rectificar la primera frase de este apartado, conviene insistir en que la primera cualidad/calidad del agua es que su fidelidad está corroborada por miles de millones de años del ciclo hídrico, es decir, de incesantes retornos al punto de partida y de finalización.

Por eso mismo deberíamos abandonar, con entusiasmo y a su suerte, toda el agua posible, porque en realidad nos devolverá fortunas. Porque cada litro que circule por los ríos, los aires, el subsuelo y los mares fundará o fecundará algo en los sistemas naturales que en algún momento siempre nos acabará beneficiando, directa o indirectamente. Tanto es así que -se reconozca o no- el acto de ahorrar, en cualquiera de los usos que hacemos del agua, es una ayuda prestada a los sistemas vitales, una medicina destinada a curarnos. Acaparar, infectar, secar son, sin embargo, las conductas generalizadas.

En líneas generales, la demanda de agua se incrementa al doble de velocidad que la población. Por eso mismo, en estos momentos y como mínimo, un tercio de la población mundial no accede fácilmente al líquido vital con garantías. El agua en mal estado mata a una persona, casi siempre de corta edad, cada ocho segundos. Medio millón de toneladas de productos tóxicos desembocan en los mares cada minuto que pasa. Es más, la contaminación térmica del agua es en muchos casos el origen de grandes alteraciones en la composición biológica de las aguas y de fuertes irregularidades en la conducta del clima.

Lo que respiramos respira cada día peor. Le falta fuelle a la atmósfera y podemos observar su impensable vejez. Tanto más inquietante desde el momento en que el aire no sólo nos alimenta, sino que también nos protege. Por la atmósfera van y vienen los climas, que son casi siempre preludio de la sinfonía vital.

Tanto es así, que en nada traicionamos a la corrección, afirmando que lo más grave que nos sucede en estos momentos es que tengamos a los aires cansados. Como lo estaría cualquier humano que, en lugar de inhalar transparencia, diera bocanadas de gases tóxicos. Especialmente, porque ha quedado demostrado un acelerado incremento en las temperaturas medias del planeta que propicia demasiadas distorsiones en el resto de los sistemas.

Todas nuestras combustiones son comodidad añadida, pero no menos enfermedades para el aliento del planeta. Con una especial incoherencia: en casi todos los usos que hacemos de la energía contenida en el petróleo, el carbón o el gas, al menos la mitad de lo quemado sólo generó contaminación; es decir, que no se transformó en trabajo útil alguno para nosotros.

Al menos siete gases, producidos por nuestra insatisfacción permanente y por nuestra adoración a la celeridad, consiguen convertirse en una forma de sida para la placenta que en realidad es la atmósfera. Unos, como los CFC, adelgazan el escudo protector que en la alta atmósfera tenemos para que las radiaciones ultravioleta no nos alcancen. Otros envenenan las lluvias. Los más calientan el aire. En suma, unos 26.000 millones de toneladas de contaminantes son arrojadas anualmente a la atmósfera. Es decir, unos 15 kilos por cada habitante.

«La Tierra es toda ella de tierra», piensan todavía demasiados. Muy al contrario, nada de este planeta participa de la colaboración de tantos elementos diferentes como el suelo, sobre todo si hospeda algo de humus. En donde hurgan las raíces hay, además de tierra, mucha agua, aire, no poca energía e infinidad de vida.

Una permanente asamblea de elementos básicos es lo que permite que crezca verde sobre la piel de los continentes. Es más, en ningún otro sistema vital se dan tantas relaciones simbióticas y cooperativas como en los dominios de la fertilidad natural.

Tampoco resulta sencillo encontrar algo más maltratado que los suelos cultivados de forma industrial. El uso de productos tóxicos en la agricultura desmantela de tal forma las tramas vitales de los dos primeros palmos de la tierra, que se puede afirmar que buena parte de los mismos han pasado a ser inertes, estériles, contaminados y contaminantes. Todo ello para más que discutibles resultados. Porque tanto los rendimientos como el balance económico final han variado poco, con relación a los obtenidos en periodos preindustriales. Seguimos perdiendo aproximadamente un 30 por ciento de las cosechas a manos de nuestros competidores, insectos y roedores, principalmente. Baste afirmar que en sólo tres generaciones la disponibilidad de tierra cultivable por persona ha disminuido un 70 por ciento. Salinización, avance de los desiertos, procesos erosivos y un aceleradísimo proceso de urbanización y de infraestructuras están haciendo que el elemento tierra encoja. Los desiertos del planeta han incrementado su superficie dieciséis veces el tamaño de España a lo largo del último siglo.

Cada vez menos sombra

La sombra es uno de los casi tres mil servicios imprescindibles que nos prestan las arboledas. Como cada día caen en el planeta unos dos millones de árboles se podría afirmar que este, nuestro planeta, está cada día más iluminado, que hay menos refugios para esconderse de la insolación directa, pero que al mismo tiempo somos, cada jornada que pasa, más pobres. Me explico. El bosque, acaso sólo superado por los océanos, es el gran garante del funcionamiento de la biosfera. Sus aportaciones, caso de querer usar el lenguaje de la economía, duplican como mínimo al Producto Interior Bruto de todos los estados del mundo.

Que la deforestación voluntaria sea norma y la forestación una rareza convoca al estupor. Los bosques han perdido casi un 30 por ciento de su superficie a lo largo del último siglo. Unos 15 millones de hectáreas por año es lo que perdemos tan solo en los bosques tropicales del planeta.

Los bosques, como la gran fronda de la vida que son, garantizan la continuidad de casi el 70 por ciento de las especies de seres vivos. Acaso lo más lamentable sea, de nuevo como en el caso de la energía, la acusada ineficiencia con la que se resuelve la tragedia de los bosques. Porque por cada árbol que se convierte en mercancía, en las selvas del planeta, quedan abandonados a la putrefacción al menos otros cinco.

Naturaleza viva y clima, por Antonio Ruiz de Elvira. Físico, Universidad de Alcalá
La vida en la Tierra está basada en el carbono, un átomo ligero que forma cadenas largas. Aunque hay vida en forma de microorganismos a temperaturas muy elevadas, no puede haber vida basada en las proteínas a temperaturas por encima de 60ºC, ni vida sin medio líquido, es decir, por debajo de 0ºC (ambas a nivel celular). La vida, desde los organismos más simples hasta los organismos más complejos, depende de que en nuestro planeta se mantenga un intervalo de temperaturas entre los 30ºC bajo cero y los 60ºC por encima de cero. No puede existir vida basada en el carbono en Venus, pues está saturado de CO2 y su temperatura es de 600ºC, ni en Marte, pues su temperatura media es inferior a los 30ºC bajo cero.

A la distancia a la que se encuentra nuestro planeta del Sol, que es nuestra única fuente de energía, su temperatura media debería ser -15ºC. La temperatura media hoy es de 15ºC por encima de cero, y esto se debe a que hace miles de millones de años las rocas desprendieron gas carbónico (CO2, las burbujas de la gaseosa) hacia la atmósfera. Este gas retiene el calor que desprende la superficie del planeta y, como una buena manta de lana, mantiene alta la temperatura de su superficie.

Los seres humanaos, que como cualquier ser vivió somos esencialmente máquinas termodinámicas que dedicamos una buena parte de nuestro tiempo a buscar energía, descubrimos hace 150 años una fuente casi gratis de la misma: el carbón y el petróleo. Esa fuente es nuestra en exclusiva, y por ella hemos superado apabullantemente al resto de los animales del planeta. Pero al hacerlo así estamos quemando, literalmente, nuestro futuro. Estamos cambiando ese clima que ha hecho posible nuestra vida, y al cambiarlo vamos camino de destruir lo conseguido. No podemos seguir quemando carbono. Tenemos que aceptar una energía un poco más cara, porque necesitamos vivir en nuestro planeta con el resto de los seres vivos.

Fuente: ABC
05.09.05

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