Guardiana de los tesoros de Kabul
La historiadora
sevillana lucha contra los saqueadores que amenazan el patrimonio
cultural de Afganistán
Era marzo de 2002,
Afganistán acababa de vivir su última guerra y el desfiladero de Sarobi
que conduce a Kabul se había convertido en una ruta reservada a los más
temerarios. Ana Rodríguez se enfundó un burka, se subió con su hija
recién nacida a un autobús en la frontera paquistaní y partió hacia lo
que se convertiría en la misión de su vida: salvar el patrimonio
cultural de Afganistán.
 |
|
Ana Rodríguez, junto a los
restauradores del museo de Kabul |
Han pasado casi tres años
y el trabajo de esta licenciada en Historia del Arte se ha triplicado,
fuera y dentro de casa. Dos hijas más, ambas nacidas en Afganistán, le
han obligado a compaginar su labor de madre con una batalla desigual
contra los saqueadores arqueológicos y las mafias del tráfico de
arte que operan en el país.
La historiadora española, de 35 años, viaja en busca de tesoros y piezas
de arte amenazadas, busca fondos para su preservación y los reúne en el
Museo de Kabul, cuya recuperación se convirtió en una obsesión desde que
llegó a Afganistán. «Cuando vine por primera vez no había ni tejados,
todo estaba destrozado», dice mientras señala la sala donde cayó un
misil o la obra que quedó maltrecha por un disparo de mortero.
El museo se encuentra situado en el frente de la guerra civil que
enfrentó a los grupos de muyahidin en los años 90. La llegada de los
talibán, en 1996, supuso la destrucción de más de 2.000 estatuas
condenadas por tener «formas humanas» y la desaparición de gran parte
del arte pre islámico. «Un grupo de empleados del museo había ocultado
las mejores obras en la tesorería del palacio presidencial y ha
mantenido el secreto hasta ahora. Gracias a ello se ha podido salvar una
parte importante del patrimonio», asegura la Indiana Jones sevillana.
El Gobierno afgano ha premiado la lucha de Ana Rodríguez
García convirtiéndola en su principal asesora para la
preservación cultural. El arte es, sin embargo, la última prioridad
en el tercer país más pobre del mundo, donde la esperanza de vida de las
mujeres es de 44 años y uno de cada cinco niños no llega a cumplir los
cinco años.
La falta de fondos, los problemas de seguridad y la corrupción
-generales y políticos dirigen el tráfico del arte- hacen que el trabajo
de la guardiana de los tesoros de Kabul sea una misión casi imposible.
«Estamos en una situación desesperada y necesitamos ayuda. Están
saqueando yacimientos arqueológicos con grúas y nadie hace nada»,
asegura.
Ana Rodríguez ha decidido ligar su futuro al del patrimonio de
Afganistán a pesar de las dificultades de vivir con su familia -tres
hijas pequeñas y su marido holandés- en un país todavía traumatizado por
la violencia. Uno de sus objetivos es mantener a flote Spach (www.spach.info)
, la asociación creada en 1994 por un grupo de diplomáticos para tratar
de salvar el legado afgano. La organización malvive con las escasas
subvenciones que recibe -su mayor donante es el Gobierno griego- y el
trabajo altruista de esta ciudadana española.
Spach ha logrado inventariar más de 23.000 piezas del Museo de Kabul que
van desde la prehistoria al siglo XX y desde el legado del helenismo al
del budismo pasando por el patrimonio cultural del islam.
Lo que para muchos sería el infierno, un lugar donde los extranjeros
viven amenazados de muerte y las comodidades de Occidente quedan muy
lejos, para Ana Rodríguez es «el paraíso».
Desde 2003, su ya de por sí apasionante vida tiene un aliciente más. Con
tres hijas en el mundo, todas pequeñas, se enfrascó en la labor de
fundar una escuela infantil para hijos de extranjeros en la capital
afgana.
El corazón del Museo de Kabul asegura que su trabajo no tiene méritos y
recuerda que son los empleados de este edificio tantas veces bombardeado
quienes merecen su admiración.
Y así, una a una, va contando las increíbles historias del portero que
impidió el paso a unos muyahidin a pesar de que le apuntaban con sus
armas, el restaurador que logró salvar miles de piezas arriesgando su
vida durante la guerra o el director, Omara Khan Masoudi, que sigue en
su puesto a pesar de su sueldo de 45 euros al mes y un presupuesto con
el que no ha podido comprar ni las cortinas.
Rodeada de sus obras y de quienes, como ella, están dispuestos a hacer
cualquier cosa para salvarlas, Ana Rodríguez no tiene dudas: «No me
gustaría estar en ningún otro sitio».
LO DICHO Y HECHO
«Creo que mi misión en la vida es salvar el patrimonio cultural afgano»
1970: Nace en Sevilla. 1999: Se licencia en Historia del Arte y se
marcha a París, donde conoce a su marido. 2002: Comienza a vivir en
Afganistán y se hace cargo de la organización Spach para la preservación
de la cultura local. 2003: Nace su tercera hija y crea una escuela
infantil en Kabul para hijos de extranjeros.2005: El Gobierno de
Afganistán la nombra asesora para la preservación del patrimonio
nacional.
Fuente: El Mundo
21.09.05