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Seguridad Colectiva y Defensa Nacional.

 

Revista de Prensa: Noticias

Viernes, 27 de mayo de 2011

El espía que encontró a Bin Laden

Desde el búnker anexo a su despacho, en la séptima planta del edificio de la CIA, Leon Panetta lideró la operación más difícil de su carrera: localizar a Bin Laden. Y lo consiguió. Católico, campechano y jovial, el director de la agencia de inteligencia ha devuelto el brillo a su organización..., aunque pocos daban un duro por ello.

 


El jefe de la CIA, Leon Panetta

OK. “¿Qué diablos significa eso?” Leon Panetta no estaba para que se anduviesen con tecnicismos. La atmósfera en el despacho sin ventanas de la séptima planta del cuartel general de la CIA en Langley (Virginia), donde se había ‘atrincherado’ con sus hombres de confianza, era de una tensión insoportable, y cuando el vicealmirante William McRaven, comandante supremo de las fuerzas especiales, se demoraba en responder a una pregunta muy concreta ‘«¿pero está o no está?»‘, el director de la CIA sacaba su temperamento italiano y soltaba un exabrupto. Por fin, McRaven le confirmó que sus muchachos, el operativo especial del cuerpo de élite de la Marina, los SEAL, destacados en Pakistán, habían identificado a Gerónimo, nombre en clave de Bin Laden. «Todos soltamos el aire que teníamos retenido en los pulmones», cuenta Panetta, el suficiente para poder a su vez comunicar al Gabinete de crisis encerrado en la Casa Blanca, con el presidente Obama al frente: «Contacto visual con Gerónimo. Enemigo muerto en acción». Un cuarto de hora más tarde arreciaron los aplausos. El terrorista más buscado del planeta había sido liquidado.

Panetta tiene motivos de sobra para sentirse eufórico. Obama le encomendó una misión -«tráeme a Bin Laden, vivo o muerto»- y la ha cumplido. En tiempos bíblicos hubiera exhibido su cabeza, como hizo Judith con Holofernes. Hoy basta una prueba de ADN o una foto atroz. Pero no solo eso. Ha devuelto el prestigio a la agencia una década después del fiasco de los atentados del 11-S, que el espionaje estadounidense no fue capaz de evitar. Precisamente él, al que sus subalternos miraban por encima del hombro y a quien los republicanos ridiculizaban por considerarlo un novato en asuntos de inteligencia. Y lo ha hecho desmarcándose de prácticas habituales en anteriores mandatos, como le exigió Obama.

Desde 2007, cuando se identificó a un sospechoso de ser el mensajero de Bin Laden, la CIA fue tirando del hilo. Durante largos meses se dibujaron mapas de los lugares donde operaba este correo y el verano pasado fue localizada la mansión de Abbottabad. ¡Bingo! Entonces comenzó la vigilancia de la residencia, habitada por varias familias, con un total de 9 mujeres y 23 niños. «Pero nunca tuvimos una evidencia indiscutible de que fuera su escondite», afirmó.

El talante conciliador de Panetta fue esencial para coordinar las escuchas entre las agencias implicadas -las de inteligencia geoespacial y de seguridad nacional-, algo que no es fácil en Estados Unidos, donde cada institución es muy celosa de sus competencias. El 2 de mayo, tras presentar a Obama el último briefing de inteligencia, recibió la orden de ataque. Panetta siguió la operación en directo y vía satélite desde Langley mientras Obama, el vicepresidente -Joe Biden- y la secretaria de Estado -Hillary Clinton- lo hacían desde la Casa Blanca. «Solo había entre un 60 y un 80 por ciento de posibilidades de que Bin Laden estuviese allí. La verdad es que pudimos entrar y no encontrarlo», reconoce Panetta. Rezó.

Es un hombre recto. Cuando en julio abandone la CIA para convertirse en jefe del Pentágono, lo hará con la cabeza bien alta. Lo sustituye otro hombre de palabra, el general David Petraeus, actual comandante de las fuerzas en Afganistán, al que muchos ven como candidato republicano a la Presidencia en 2016. «Panetta tiene principios, es decente, honorable... ¿Podrá cabalgar al tigre sin que se lo coman?», se preguntó un analista cuando asumió la jefatura de los servicios secretos. Lo hizo de manera sorprendente y después de fustigar por escrito las ilegalidades y vejaciones en la lucha antiterrorista durante la presidencia de George W. Bush. «Aquellos que apoyan la tortura quizá crean que podemos abusar de los prisioneros en determinadas circunstancias y, aun así, ser fieles a nuestros valores. Pero eso es una falsa componenda. O creemos en la dignidad de los individuos y en el imperio de la ley, y en consecuencia prohibimos el castigo cruel e inusitado, o no creemos. No hay término medio.» Aquel artículo, publicado en 2008, levantó ampollas en Langley. Panetta siempre se ha distinguido por no callarse una. Pero Obama llegó a la Casa Blanca y prometió depurar la agencia. Una limpieza a fondo que incluía a todos aquellos que se hubiesen manchado en la guerra contra Al Qaeda. Era el Obama recién llegado, idealista. Y ese artículo, y su amistad con el flamante jefe de Gabinete, Rahm Emanuel, le valieron a Panetta su designación como patrón de los espías. Toda una declaración de intenciones por parte del nuevo presidente. Y también una provocación.

Fuente: XL Semanal
15/05/11

Especial: 11-S. Operación global contra el terrorismo: El análisis de los profesionales

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